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Relatos Ardientes

Los gemidos de mi vecina encendieron mi fantasía

Las once y veintidós de la noche. Lo recuerdo porque miré el reloj del teléfono justo cuando el primer gemido atravesó la pared. No era un ruido cualquiera. Era largo, ahogado, de esos que se escapan cuando ya no queda voluntad para contenerlos. Mi vecina del otro lado del tabique no dormía. A mi vecina se la estaban follando bien, y yo, boca arriba en la oscuridad, me quedé escuchando con una envidia que me subió por el pecho como una marea caliente.

El edificio es viejo y las paredes son de papel. Llevo meses acostumbrándome a sus horarios, a sus discusiones, al ruido del agua cuando se ducha de madrugada. Pero esto era distinto. Esto me obligó a tragar saliva y a apretar los muslos por reflejo, como si mi cuerpo entendiera antes que yo lo que estaba a punto de pasar.

Qué ganas de ser ella.

No lo pensé dos veces. Aparté las sábanas y me senté en el borde de la cama con el corazón latiéndome en sitios donde no debería sentirse un corazón. No me bastaba con tocarme y ya. Cuando me pongo así, cuando la calentura me trepa de esta manera, necesito el ritual completo. Necesito vestir la fantasía antes de habitarla.

Fui hasta el armario y saqué lo que tenía escondido al fondo, detrás de la ropa que uso para ir a trabajar y parecer una mujer normal. Una falda corta, roja, de las que no me atrevo a llevar a ningún sitio. Unas medias de rejilla finas, que se enganchan con solo mirarlas. Unos tacones de aguja absurdos para estar dentro de casa. Y una tanga de hilo, mínima, casi un gesto más que una prenda.

Me vestí despacio, frente al espejo, con la única luz de la calle colándose por la persiana. Me gusta verme así. Me gusta sentirme como una cualquiera cuando me doy placer, transformarme en alguien que de día jamás dejaría salir. Me subí las medias centímetro a centímetro, sintiendo cómo la rejilla me marcaba la piel del muslo. Me ajusté la falda. Me calcé los tacones. Y al otro lado de la pared, ella seguía gimiendo, ajena a que se había convertido en la banda sonora de mi noche.

***

Volví a la cama y me senté en el centro, con la espalda apoyada en el cabecero. Empecé por arriba, sin prisa. Me toqué los pechos por encima de nada, porque no llevaba nada arriba, solo mi piel y la penumbra. Tenía los pezones tan duros que dolían un poco al rozarlos. Los apreté entre los dedos, primero suave, después con saña, y un escalofrío me bajó recto hasta el vientre.

Qué bien se siente esto. Apretar, soltar, volver a apretar. Cada pellizco me mandaba una descarga hacia abajo y notaba cómo me iba humedeciendo, cómo la tanga empezaba a estorbar antes incluso de tocarme ahí. Mi vecina cambió de tono. Ahora gemía más agudo, más seguido, y yo seguí su ritmo sin darme cuenta, respirando como respiraba ella, abriendo las piernas como imaginaba que las abría ella.

Las abrí del todo, tanto como pude, con los tacones clavados en el colchón. Bajé la mano despacio, recreándome en el camino. Pasé por el ombligo, por la cinturilla de la falda, y la metí por debajo de la tela hasta apoyar la palma abierta sobre mi sexo. El calor que encontré allí me sorprendió a mí misma.

Empecé a masajearme por encima de la tanga, en círculos lentos. El hilo ya estaba empapado y se me había metido entero entre las nalgas. Lo noté tirante, áspero, una presión justa que me hizo arquear la espalda. Cerré los ojos. Dejé de pensar. Me concentré en el latido que tenía entre las piernas, en cómo todo allí abajo palpitaba pidiendo más, en cómo mis labios se iban abriendo solos como si tuvieran voluntad propia y esa voluntad fuera la de ser invadidos.

No aguanté mucho así. Una fantasía como esta no se construye despacio del todo; en algún punto el cuerpo manda y la cabeza obedece.

No lo soporto más. Necesito sentirme follada.

***

Rompí las medias de un tirón, sin pena, oyendo cómo la rejilla cedía con un crujido seco. Con una mano aparté la tanga hacia un lado. Junté dos dedos de la otra y los empujé adentro de golpe, hasta el fondo, sin compasión conmigo misma. El primer gemido se me escapó tan fuerte que me asustó, y por un segundo me pregunté si ella, al otro lado, también me oiría a mí.

La idea me encendió todavía más. Quizá éramos dos desconocidas gimiendo a la vez, separadas por un palmo de yeso, cada una atrapada en su propia escena. Empecé a moverme dentro de mí con un ritmo torpe y desesperado. El sonido húmedo de mis dedos entrando y saliendo me ponía de una manera que no sabría explicar, como si escucharme fuera tan excitante como sentirme.

Y entonces empecé a hablarme. Bajito, entre dientes, esas palabras que jamás diría con la luz encendida. Me insulté. Me llamé de todo, de lo más bajo y lo más sucio, porque en ese estado las palabras crudas son combustible. Me dije lo que merecía, lo que quería que me hicieran, y cada frase me empujaba un poco más hacia el borde.

Pero los dedos no me bastaban. Esa noche no quería caricias. Quería fuerza. Quería el peso de otro cuerpo, el desgarro, la sensación de ser usada por alguien que no piensa en mí para nada. Quería sentirme un objeto, una cosa, algo que se agarra y se folla sin preguntar.

Me quité la falda y la tiré al suelo, quedándome solo con la tanga corrida y los jirones de las medias. Después me dejé caer yo también, de la cama al suelo, sobre la alfombra fría, porque el suelo me parecía el sitio correcto para lo que me estaba pasando por dentro. Me sentía baja, rastrera, y eso era exactamente lo que buscaba.

***

Me puse a cuatro patas sin pensarlo. Con una mano me frotaba el clítoris en círculos rápidos y con la otra alcancé el cajón de la mesilla, palpé a ciegas y saqué el consolador. Lo guié hasta mi entrada y lo empujé hacia dentro de una sola vez. El estirón me cortó la respiración. Era justo eso, justo esa frontera entre el placer y el demasiado, lo que necesitaba.

Empecé a follarme con él, hacia delante y hacia atrás, marcando un ritmo que ya no tenía nada de delicado. En ese momento vi el cielo. No exagero. Hubo un instante en que dejé de ser una mujer sola en su apartamento un martes cualquiera y me convertí solo en sensación, en un cuerpo conectado, empotrado, atravesado. Quería quedarme ahí para siempre, suspendida en ese punto en que todo se reduce a la presión y al calor.

Esta noche soy de quien quiera tomarme.

Me incorporé un poco y planté el consolador de pie en el suelo, sujetándolo con la base contra la alfombra. Me coloqué encima, en cuclillas, con los muslos temblando por el esfuerzo y por las ganas. Y empecé a bajar. Despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro, cómo me llenaba.

En mi cabeza ya no era un juguete de silicona. Era un hombre. Un señor maduro, de manos grandes, de esos que no piden permiso y que azotan mientras embisten. Me imaginé su palma cayéndome sobre la nalga, el escozor, su voz ronca diciéndome justo lo que yo me estaba diciendo a mí misma. Me dejé caer del todo hasta tenerlo entero dentro, y ahí me quedé un segundo, respirando, deshecha.

***

Volví a moverme. Subía y bajaba sobre él, una y otra vez, con los muslos ardiendo y los gemidos saliéndome sin filtro. La vecina seguía sonando del otro lado o quizá ya solo la oía en mi imaginación, no sabría decirlo. A esas alturas el mundo se había reducido al cuadrado de mi habitación y al fuego que tenía entre las piernas.

La excitación se adueñó de mí por completo. Sin sacármelo, me incliné hacia delante y me puse otra vez a cuatro patas, dejando que entrara desde atrás en ese ángulo nuevo que me hizo gemir más alto. Seguí empujándome contra él, hacia atrás, embistiéndome yo sola con una violencia que me asustaba y me gustaba a partes iguales. Noté cómo algo se desbordaba, cómo un chorro me resbalaba muslo abajo y empapaba la alfombra.

Estaba sudada, despeinada, sucia, y nunca me había sentido tan libre. No quedaba nada de la mujer correcta del horario de oficina. Solo estaba yo, en el suelo, persiguiendo el final con todo lo que tenía.

***

Me lo saqué un momento, jadeando, y lo subí hasta mi boca. No sé por qué lo hice, fue puro instinto. Lo recorrí de arriba abajo con la lengua, despacio, saboreándome a mí misma en él. Me lo metí entre los labios y chupé con fuerza, mirando hacia la nada, perdida del todo en el papel que me había inventado.

Con la otra mano volví a frotarme, rápido, sin tregua, justo donde sabía que me llevaría al final. Sentí cómo todo se concentraba, cómo el cuerpo entero se me tensaba como una cuerda a punto de partirse. Aguanté un segundo más, solo por el gusto de estar al borde. Y después me dejé ir.

El orgasmo me sacudió de los pies a la cabeza. Me corrí con un gemido largo que ya no me molesté en callar, mojándome entera otra vez, formando un charco bajo mis rodillas. Las piernas me fallaron y caí de lado sobre la alfombra, abrazada a mí misma, temblando todavía con las réplicas de ese terremoto.

Me quedé así un buen rato, recuperando el aliento, sintiendo cómo el corazón me volvía despacio a su sitio. Al otro lado de la pared todo se había quedado en silencio. Mi vecina ya había terminado, o se había dormido, o quizá nunca había existido fuera de mi cabeza y todo había sido un pretexto que mi deseo necesitaba para soltarse.

Sonreí en la penumbra, con la mejilla pegada al suelo y la respiración aún irregular. Mañana volvería a ser la de siempre, la que sale puntual y saluda en el ascensor con una sonrisa educada. Pero esa noche, durante un rato, había sido exactamente lo que quería ser. Y eso, pensé mientras cerraba los ojos, no me lo quitaba nadie.

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Comentarios (5)

EnzoLector

Tremendo relato, me atrapó desde la primera linea. Muy bueno!

PatriLectora

Por favor que haya segunda parte, me quedé con muchas ganas de saber como sigue esto...

Sandra_bsas

Me hizo acordar a cuando vivía en un departamento y tenía un vecino igual jaja. Que tiempos! Buen relato.

Scorpionjm

Corto pero con mucho morbo. Justo como me gustan, bien logrado.

NocheDespierta

Buenisimo!!! de los mejores que lei ultimamente en esta categoria.

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