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Relatos Ardientes

La curiosidad que mi amigo me ayudó a saciar

Soy un tipo bastante común. Me gustan las mujeres, siempre me han gustado, y nunca he dudado de eso. Pero hay cosas que uno guarda en un rincón de la cabeza, curiosidades que crecen en silencio durante años y que solo se atreven a salir cuando el alcohol y la confianza coinciden en el momento justo.

Esta es una de esas cosas. La única vez que me permití averiguar qué había al otro lado de una pregunta que nunca me había animado a formular.

Se llamaba Damián, y era mi amigo de toda la vida. De esos con los que terminas la noche sin acordarte de cómo empezó. Aquel sábado habíamos salido por los bares del centro, sin plan ni rumbo, solo por el placer de beber y hablar de tonterías hasta que cerraran. Después de un par de horas y demasiadas cervezas, decidimos seguir en su casa, como tantas otras veces.

Su piso era pequeño, con un sofá viejo y cómodo donde nos dejamos caer los dos, pesados, riéndonos de cualquier cosa. Él trajo una botella de algo fuerte y dos vasos, y seguimos bebiendo aunque ninguno lo necesitaba ya.

La conversación derivó hacia donde siempre derivaba a esas horas: las mujeres, el sexo, las experiencias que cada uno arrastraba. Damián nunca había ocultado que era bisexual. Lo decía con la misma naturalidad con la que hablaba del fútbol, sin darle importancia, y por eso nunca había sido un tema raro entre nosotros.

—¿Y tú nunca has tenido curiosidad? —me preguntó, mirándome de reojo con esa media sonrisa que ponía cuando intuía algo.

Me encogí de hombros. Mentí a medias. Dije que no, que lo mío eran las mujeres y punto.

Pero llevaba años pensando en ello.

No sabría explicar de dónde venía. Era una idea concreta, casi terca, que aparecía de vez en cuando y que yo siempre apartaba. Quería saber qué se sentía. Solo eso. La curiosidad de tocar a otro hombre, de comprobar si aquello era tan distinto como me habían hecho creer.

Estábamos medio dormidos sobre el sofá, los dos muy borrachos, cuando las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.

—Oye —dije, con la lengua espesa—. ¿Me dejarías tocártela? Por curiosidad, nada más.

Hubo un silencio que duró un par de segundos eternos. Damián se quedó mirándome, extrañado, como tratando de decidir si hablaba en serio. Después soltó una carcajada corta.

—Vale —dijo, encogiéndose de hombros.

Supongo que se lo tomó a broma. Yo también pensé que ahí quedaría todo, en una de esas frases que se dicen de madrugada y se olvidan al día siguiente.

Pero algo dentro de mí no estaba dispuesto a dejarlo pasar.

—En serio —insistí—. Desnúdate de cintura para abajo y túmbate.

Esta vez no se rio. Frunció el ceño, se incorporó un poco y me miró con una seriedad nueva.

—¿De verdad estás seguro de lo que me estás pidiendo?

No lo estaba. El corazón me latía como si quisiera salirse, y una parte de mí gritaba que parara, que aquello era una locura que arruinaría años de amistad. Pero la otra parte, la que llevaba demasiado tiempo callada, sabía que era ahora o nunca.

—Que sí, joder —dije—. Quiero hacerlo.

Me sostuvo la mirada un instante más, como buscando una grieta en mi decisión. No la encontró. Entonces se levantó, se desabrochó el pantalón y se lo bajó junto con el calzoncillo, dejándolo todo en el suelo. Se dejó caer de espaldas sobre el sofá, con el pene flácido descansando sobre el muslo, y esperó.

***

Me quedé quieto un momento, asimilando lo que tenía delante. La luz de la lámpara del rincón lo iluminaba de medio lado, y de pronto la habitación me pareció más silenciosa de lo que era, como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración conmigo.

Durante un segundo dudé. Pensé en mi vida ordenada, en las novias que había tenido, en la imagen que todos tenían de mí. Nada de eso encajaba con lo que estaba a punto de hacer. Y sin embargo, precisamente por eso, no podía detenerme. Llevaba demasiados años imaginando este instante como para desperdiciarlo por miedo.

Damián no decía nada. Me observaba con una calma extraña, sin presión, dejándome marcar el ritmo. Esa paciencia suya, lejos de incomodarme, me dio el último empujón que necesitaba.

Pensé que, si de verdad quería experimentar algo, no podía echarme atrás. Me deslicé del sofá al suelo y me senté frente a su cintura, con su cuerpo a la altura de mis ojos.

Acerqué la mano despacio. Pasé los dedos por su ombligo, sintiendo el calor de su piel, el ligero temblor de su vientre cuando lo rocé. Bajé poco a poco, recorriendo la línea de vello hasta llegar a la base de su sexo.

Con el índice tracé el contorno de su miembro flácido, de la base hasta el prepucio, con una lentitud casi torpe. No sabía qué estaba haciendo. Solo me dejaba llevar por lo que sentía en ese momento.

Su polla dio una sacudida bajo mi dedo, como respondiendo a algo que yo aún no comprendía del todo.

Bajé la mano y le acaricié los testículos. Estaban calientes, la piel suave y tensa al mismo tiempo. Damián soltó el aire despacio por la nariz, y noté cómo su cuerpo empezaba a abandonarse.

El miembro empezó a crecer, a levantarse poco a poco, ganando peso y firmeza contra mi palma. Lo rodeé con la mano. Sentía cómo palpitaba, cómo cada latido lo endurecía un poco más.

Retiré la piel hacia atrás con cuidado y quedó expuesto el glande, de un tono rosado oscuro, brillante bajo la luz tenue. Acerqué la cara sin pensarlo y percibí su olor, intenso y cercano, una mezcla que me golpeó directo en algún lugar que no sabía que existía.

Empecé a mover la mano arriba y abajo, sintiendo la erección completa, la dureza palpitante bajo mis dedos. Damián tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo del sofá.

Estaba excitado. Más de lo que jamás habría imaginado estarlo en una situación así. Seguí acariciándolo hasta que su sexo quedó completamente duro, y entonces vi asomar una gota de líquido transparente en la punta.

Ahí ya no pude contenerme.

***

Me arrodillé del todo y acerqué la boca a aquel glande enrojecido y palpitante. Lo lamí, despacio primero, probando, y en cuestión de segundos lo tenía dentro de la boca.

No sé describir lo que sentí. No era repulsión, ni vergüenza, ni nada de lo que había temido. Era una especie de vértigo, la confirmación de que aquella curiosidad llevaba razón, de que necesitaba saber esto antes de morirme.

Lo chupé con ansia durante varios minutos, perdido en el ritmo, atento a cada reacción de su cuerpo. Disfrutaba de cada lamida, de cada gota que recogía con la lengua, de cada gemido ronco que se le escapaba y de cada espasmo que le recorría las piernas.

Damián tenía una mano apoyada en el borde del sofá y la otra crispada sobre el cojín. Murmuraba cosas que apenas entendía, palabras sueltas, mi nombre una vez, y aquello me empujaba a seguir.

—Para… que me voy a correr —dijo, con la voz quebrada.

Lejos de detenerme, sus palabras me encendieron todavía más. Era exactamente lo que quería. Llegar hasta el final, no dejar nada a medias, vivir aquella fantasía completa antes de que el alcohol y la valentía se disiparan.

Bajé el ritmo, recorriéndolo con los labios y la lengua, mientras con la otra mano le masajeaba suavemente los testículos. Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba, cómo su sexo se endurecía aún más dentro de mi boca, a punto de estallar.

Lo rodeé con los labios justo cuando llegó. Su semen caliente se derramó en mi garganta en oleadas, y un gemido largo y profundo le subió desde el pecho mientras se vaciaba.

No me aparté. Seguí ahí, lamiendo y tragando hasta dejarlo limpio, hasta sentir que el último temblor abandonaba su cuerpo.

***

Después nos quedamos los dos en silencio, él recostado y yo todavía en el suelo, recuperando el aliento. La risa floja del alcohol volvió poco a poco, y con ella una especie de complicidad que no necesitaba palabras.

—Bueno —dijo al fin, pasándose la mano por la cara—. ¿Saciaste la curiosidad?

Me reí. Asentí. La había saciado, y de qué manera.

Nunca volvimos a hablar demasiado de aquella noche. No hizo falta. Seguimos siendo amigos, saliendo a los mismos bares, riéndonos de las mismas tonterías, como si nada hubiera cambiado. Y en el fondo no había cambiado nada, salvo que yo por fin sabía la respuesta a una pregunta que me había acompañado durante años.

A veces la curiosidad no busca repetirse. Solo busca dejar de ser curiosidad.

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Comentarios (4)

FrancoLector

Dios mio, que forma de arrancar un relato. Me quede pegado desde la primer linea.

DieguiMdp

Por favor que haya segunda parte!!! no puede quedar asi, quiero saber como siguio todo jaja

CandeSur

Me recorde de algo parecido que le paso a una amiga, aunque en ese caso el amigo tampoco se rio jajaja. Muy bueno el relato.

ValentinaR

Hay alguna continuacion? Ese final me dejo con mil preguntas

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