El súcubo que nació de un deseo prohibido
Hace casi mil ochocientos años, en las afueras de Mérida, bajo una luna que se teñía de rojo como una herida abierta en el cielo, una muchacha llamada Adira tomó una decisión que la condenaría para siempre. Tenía diecinueve años, el pelo negro hasta la cintura y unos ojos verdes que los hombres del pueblo evitaban mirar de frente, porque en ellos ardía un hambre que ninguna oración lograba apagar.
Hija de un erudito desterrado, Adira había crecido entre susurros de demonios y conjuros prohibidos. Pero ella no rezaba: deseaba. Y la noche anterior a su boda con un mercader viejo y fofo, en lugar de entregarse a un lecho sin fuego, huyó al viejo cementerio de las afueras.
Las lápidas torcidas se alzaban en la oscuridad como dedos rotos. Se desnudó sobre la hierba fría, la piel pálida brillando bajo la luna, y pronunció el nombre que su padre le había enseñado a no pronunciar jamás.
—Ven a mí, Belial —murmuró, abriendo las piernas sobre una losa partida—. Toma lo que nadie ha tomado. Dame libertad eterna a cambio de mi cuerpo.
El aire se enfrió de golpe. Un olor a azufre y a tierra removida llenó el cementerio, y entonces apareció él: una sombra alada de piel del color del hierro caliente, ojos como dos pozos sin fondo. No hubo ternura. Hubo un peso enorme cayendo sobre ella, unas manos que le sujetaron las caderas hasta dejar marcas, y un dolor que se hundió hasta partirla en dos.
Adira gritó, y el grito se transformó en algo que no era del todo dolor. Cada embestida le arrancaba un poco de la mujer que había sido. Cuando él se derramó dentro de ella, un calor abrasador le subió por el vientre, le llenó el pecho y le robó el último latido.
El cuerpo mortal de Adira se deshizo en humo negro sobre la losa. Pero su deseo no murió: renació convertido en otra cosa. En un súcubo sin nombre que el tiempo terminaría llamando Naama, condenado a alimentarse del placer ajeno para seguir existiendo, capaz de habitar cuerpos vivos y arrastrarse de siglo en siglo robando almas, una por una, con cada orgasmo que provocaba.
***
Trescientos años después, Naama vagaba por las calles de Sevilla como una corriente de aire frío y lascivo. Buscaba carne joven, y la encontró en Sor Catalina, una novicia de un convento a las afueras: piel intacta, pezones que el roce áspero del hábito mantenía siempre despiertos, y un deseo enterrado tan hondo que ni ella sabía que existía.
El súcubo entró en su cuerpo durante el rezo de medianoche. Un escalofrío recorrió la espalda de Catalina, y por primera vez en su vida sintió su propio sexo humedecerse bajo la tela.
Esa misma noche, con la voz dulce de la novicia, Naama convocó en la capilla a una veintena de monjes de los monasterios cercanos. Llegaron uno tras otro, atraídos por una promesa que no entendían pero no podían rechazar. La capilla olía a incienso y a sudor, las velas temblaban como si respiraran.
Naama se desnudó sobre el altar.
—Arrodillaos —ordenó, y la voz ya no era la de Catalina—. Adoradme con la boca, y os daré lo que vuestro dios os niega.
Y la adoraron. Bocas hambrientas recorrieron su cuerpo, manos torpes le abrieron los muslos. Ella los dejó hacer, los montó uno a uno, los exprimió hasta la última gota mientras gemía con un placer que no tenía fondo. Pero cada vez que un hombre se vaciaba dentro de ella, algo invisible se lo llevaba: el color huía de su rostro, los ojos se le apagaban y se desplomaba sobre las losas convertido en una cáscara seca. Su alma se desprendía como una voluta de humo y se quedaba flotando, atrapada, condenada a desear sin cuerpo para siempre.
Al amanecer, una veintena de hábitos vacíos yacían en la capilla. Naama, saciada, abandonó el cuerpo agotado de la novicia y siguió su camino.
***
En el siglo XII, en Ávila, el súcubo se vistió con el cuerpo de una ramera callejera para acercarse a don Tristán, un templario alto y curtido que había vuelto de las cruzadas con cicatrices y fama de amante incansable. Tristán tenía una hija, Leonor, de veintidós años: rubia, serena, prometida a un noble al que no amaba.
Naama sedujo al templario en una taberna, le susurró al oído promesas de un placer que ningún confesor perdonaría, y se lo llevó a un cuarto sobre el establo. Lo montó despacio, disfrutando cada centímetro, hasta dejarlo temblando. Y mientras él recuperaba el aliento, le plantó la semilla de su voluntad como quien siembra una maldición.
—Tu hija te desea en secreto —le murmuró, y la mentira prendió en él como brasa en paja seca—. Esta noche, tómala. Y seréis míos para siempre.
Poseído por una compulsión que ya no distinguía de su propio deseo, Tristán entró esa noche en la alcoba de Leonor. Y la maldición de Naama también la había alcanzado a ella: cuando despertó y vio a su padre, el horror duró apenas un instante antes de que el mismo fuego negro le nublara el juicio.
Lo que ocurrió entre aquellas cuatro paredes fue lento y prohibido, y los dos se entregaron a ello como sonámbulos. Cuando terminó, Naama recogió su cosecha: las almas de padre e hija se desprendieron juntas y se desvanecieron en humo, condenadas a flotar enredadas para siempre.
***
Ahora, una noche de finales de octubre, el súcubo habitaba el cuerpo de Nadia: rubia, de sonrisa angelical, con unos pechos firmes que se mecían bajo una camiseta rota y un sexo que goteaba el placer robado a sus víctimas. Valencia latía como un corazón en celo. Las discotecas vomitaban música, los bares rebosaban de cuerpos sudorosos y en los parques las parejas se buscaban bajo las farolas. Naama caminaba con las caderas en llamas. Esta ciudad será mi banquete, pensó.
Flotando invisibles tras ella iban dos fantasmas. Uno era Diego; el otro, la verdadera Nadia, ahora un espectro translúcido condenado a ver cómo otra usaba su cuerpo. Diego había muerto sin saber muy bien cómo, y arrastraba un tormento peor que la muerte: deseaba a Nadia con todas sus fuerzas y jamás podría tocarla.
—Esto va a peor —murmuró Diego, su voz un eco hueco que solo ella oía—. Si no la detenemos, mañana no quedará nadie vivo en la ciudad.
Pero mientras lo decía, sus ojos no se apartaban de Naama. Cada vez que ella entraba en celo, un morbo enfermizo lo quemaba por dentro. Si pudiera tocarte, Nadia. Si pudiera hacerte lo que ella le hace a todos…
Naama entró en el Averno, un antro subterráneo donde el techno latía como un pulso enloquecido. Se subió a una tarima en el centro de la pista y se quitó la camiseta de un tirón.
—¡Escuchadme! —gritó, y su voz se impuso sobre la música—. ¡Esta noche follamos hasta que salga el sol!
La multitud rugió. Cinco hombres subieron primero, ya duros, atraídos por un aura que no sabían nombrar. Naama se arrodilló entre ellos y empezó: una boca lenta y sabia que arrancaba jadeos, dos manos que no descansaban, un cuerpo que se ofrecía y se retiraba para volver loco a cualquiera. Luego se tendió en la tarima, abrió las piernas y los dejó turnarse.
Uno la penetraba mientras otro le llenaba la boca; cambiaban de sitio, sincronizados, sin tregua. Y cuando el primero se corrió dentro de ella, palideció de golpe, dio un paso atrás y se desplomó. Su alma salió flotando hacia el techo, una más en el coro de espectros que ya se acumulaban sobre la pista.
Diego flotaba cerca, la mano fantasmal moviéndose sobre sí mismo sin que pudiera evitarlo.
—Tenemos que pararla —repitió, pero la frase sonaba cada vez más vacía—. O esto será un cementerio.
La verdadera Nadia se acercó a él, su contorno temblando como humo.
—No podemos tocarla, Diego. No tenemos cuerpo. Solo… esto.
Se rozaron. Sus formas translúcidas se atravesaron, y por un instante hubo un eco de placer, un fantasma de fricción, un orgasmo hueco que los hizo gritar sin voz. No bastaba. Nunca bastaba.
***
Naama no se detuvo. Salió del Averno dejando un reguero de cuerpos inertes y se dirigió a un parque, donde una decena de desconocidos la rodeó bajo los árboles. Se arrodilló en la hierba húmeda y los tomó a todos: bocas, manos, su cuerpo abierto en todas direcciones, dos y tres a la vez, acompasados como un solo animal. Con cada orgasmo absorbía una vida más, y el aire se iba llenando de almas que gemían.
De allí pasó a una fiesta privada en un hotel de lujo: veinte cuerpos borrachos y desnudos que cayeron uno tras otro. Dominó a unos, se entregó a otros, los exprimió a todos. Cuando salió, dejaba atrás una sala llena de cadáveres tibios y un enjambre de espectros nuevos.
Valencia ya no era una ciudad. Era un único cuerpo palpitante, y Naama era la reina que lo follaba hasta la muerte.
Llegó por fin a la plaza del Ayuntamiento, abarrotada de gente que salía de los bares. Se subió a la fuente central, desnuda, empapada, divina y terrible.
—¡Esta noche follamos todos hasta morir! —rugió, y un centenar de personas se abalanzó sobre ella.
Fue una marea. Cuerpos sobre cuerpos, manos por todas partes, su nombre robado coreado entre gemidos. Se corría cada pocos segundos, y con cada orgasmo arrancaba almas a puñados. El cielo sobre la plaza empezó a teñirse de rojo, igual que la luna de Mérida mil ochocientos años atrás.
***
Diego flotaba sobre la fuente, rodeado de los miles de espectros que el súcubo había cosechado a lo largo de los siglos. Su deseo lo consumía, pero entre la niebla de placer algo se abrió paso: un recuerdo.
La noche en que había muerto. Aquella noche de octubre en que se había encerrado a solas, pensando en Nadia, tocándose hasta el final. Y en el instante en que se corrió, algo había cruzado al mundo. Una puerta. Una sombra de ojos verdes.
—Fui yo —susurró, y la certeza lo golpeó como un rayo—. Mi deseo la trajo. Mi placer le dio carne. —Miró a la verdadera Nadia—. Y solo lo mismo que la invocó puede destruirla.
—¿Cómo? —gimió ella—. ¡No tienes cuerpo!
—No lo necesito. Necesito entrar en ella.
Diego descendió como un rayo de luz apagada y se superpuso al cuerpo de Nadia que el súcubo habitaba, sin poseerlo, solo ocupando el mismo espacio. Esperó a que un hombre la penetrara y, en el mismo instante, empujó. Su sexo espectral se hundió donde el de carne, doble, imposible.
Naama se irguió de golpe.
—¿Qué…? —Por primera vez en mil ochocientos años, había miedo en su voz—. ¡Diego! ¡Sal de mí!
Pero él ya no se detenía. Embestía con una furia que no era de este mundo, y cada golpe quemaba el alma del súcubo en lugar de su cuerpo.
—Esto empezó con mi deseo —jadeó—. Y termina conmigo dentro de ti.
La verdadera Nadia se sumó: se superpuso también, hundió una mano espectral donde nadie podía alcanzar y apretó. Naama gritó, un alarido que hizo temblar los cristales de la plaza.
—¡Yo soy eterna! —chilló.
—Ya no —dijo Diego.
Y se derramó. Su orgasmo espectral estalló dentro del cuerpo robado, mezclándose con el placer ajeno, quemando al súcubo desde el centro como ácido. La piel que Naama habitaba se deshizo en humo negro, y el súcubo se desvaneció en un último alarido, arrastrado al vacío del que nunca debió salir.
Diego sintió que su propia forma se apagaba, deshaciéndose en luz.
—Lo hice —susurró—. Nadia… lo hice.
Sobre la plaza, las almas robadas regresaron a sus cuerpos. Los espectros se disolvieron uno a uno. El cielo recuperó su negro limpio y la ciudad, poco a poco, volvió a respirar.
En algún rincón del éter, dos chispas quedaron flotando juntas: Diego y Nadia, sin cuerpo, sin hambre, libres al fin del deseo que los había condenado. Por primera vez, no necesitaban tocarse para estar en paz.