Mi antigua profesora de inglés me esperaba en Edimburgo
El primer sonido fue el de la lluvia golpeando los ventanales de la librería. Después, el murmullo de las páginas y, al final, su nombre pronunciado con una entonación que Tomás reconoció antes de girarse.
—¿Tú eres… Tomás?
Se volvió despacio. Habían pasado ocho años, pero el timbre seguía intacto: cálido, firme, con ese leve acento británico que él había intentado imitar durante media adolescencia. Y ahí estaba ella. Helena. Su antigua profesora de inglés del instituto. Llevaba el pelo más corto que entonces, de un castaño con vetas claras, y un abrigo oscuro que le marcaba los hombros y hacía brillar el verde de sus ojos.
—Vaya —respondió él, sonriendo sin poder evitarlo—. No esperaba encontrarte aquí.
El local era pequeño, de esos que huelen a papel viejo y café quemado. Ella dejó el bolso sobre una mesa junto a la cristalera y lo observó con media sonrisa, la misma que en clase siempre parecía esconder algo que no contaba.
—Tampoco yo. Aunque supongo que Edimburgo siempre fue refugio de gente inquieta.
Tomás se rió, recordando cuántas frases así soltaba ella entre verbo irregular y verbo irregular. Se sentaron. Al principio hablaron de lo pequeño: viajes, trabajo, libros. Pero había otra cosa flotando en el aire, una cuerda tensa estirada entre dos tiempos distintos.
—Nunca te lo dije —soltó él al fin, apoyando los codos en la mesa—. Fuiste la razón por la que quise venir a esta ciudad. Tus clases abrían ventanas.
Ella bajó la vista, como si el cumplido pesara más de lo que él había calculado.
—Me alegra haber sido una inspiración —murmuró—. Pero, Tomás… eras un crío. Yo solo hacía mi trabajo.
Él se inclinó un poco más. Su voz bajó de tono.
—Y ahora ya no lo soy.
Hubo un silencio que lo dijo todo. El aire pareció volverse más denso, más caliente. Sus ojos se encontraron y fue como si el tiempo retrocediera y avanzara a la vez.
—Es curioso —dijo ella—. Siempre pensé que ibas a ser más tímido.
—Y yo siempre pensé que tú sabías demasiado.
Entonces ella sonrió de un modo distinto, como quien lleva rato esperando el momento exacto.
—De hecho —continuó—, esperaba encontrarte hoy.
Él parpadeó.
—¿Cómo?
Ella abrió el bolso y sacó una carpeta delgada.
—Formo parte del comité del posgrado al que te has presentado. Tenía tu entrevista esta tarde. No sabía si aparecerías, pero suponía que tendrías el carácter suficiente para hacerlo.
Tomás se quedó mudo. Había cruzado media Europa para optar a ese programa, y ella iba a sentarse al otro lado de la mesa del tribunal.
—Eres… mi evaluadora.
—Lo soy. Y esto —dijo, señalando con un gesto suave la mesa, el café, la tensión suspendida— no ha ocurrido, ¿verdad?
Él tragó saliva. Podía sentir el filo perfecto entre el deseo y la prudencia, entre lo permitido y lo que estaba a punto de desbordarse.
—No —respondió, lento—. Aún no ha ocurrido nada.
Los dedos de ella rozaron los suyos al levantar la taza. Apenas un contacto, pero suficiente para que el pulso de ambos se disparara.
—Entonces veamos —susurró— si sigues siendo tan buen alumno como recuerdo. Pero esta vez quiero verte demostrarlo fuera del aula.
Un trueno retumbó afuera. Él respiró como quien está a punto de lanzarse al vacío más prometedor de su vida.
***
Se levantó primero. Ella lo siguió con la mirada, esa mezcla peligrosa de control y duda. Helena siempre había sido la que dominaba la sala, pero ahora algo en su expresión vacilaba, como si por primera vez estuviera a punto de perder el equilibrio.
—No deberíamos —murmuró.
Fue un susurro sin convicción, mucho más cerca del deseo que de la cordura. Él se acercó hasta quedar a unos centímetros. Sentía el calor de su respiración, la tensión vibrando entre los dos como un cable pelado.
—Eso es lo fascinante —respondió muy bajo—. Nadie recuerda lo que debía pasar. Solo lo que no debió pasar.
Ella levantó la mano como si fuera a tocarlo y se detuvo a milímetros de su cuello. No hubo contacto, pero esa caricia interrumpida quemó más que cualquier beso.
—Dime que pare —murmuró él, con un filo de posesión en la voz— y me detengo.
—No quiero que pares —contestó ella, la respiración temblorosa.
Y entonces él se lanzó. No fue un beso tímido ni dulce: fue una reclamación. Sus bocas se encontraron con una violencia silenciosa, como si el mundo se hubiera contenido demasiado tiempo y reventara en un segundo lento, ardiente, inevitable. Él llevó la mano a su mandíbula, los dedos atrapando su rostro, sin tirar, sin forzar, solo guiando. Y ella no se resistió.
Al principio Helena intentó conservar el mando, llevar el beso bajo su ley. Pero él conocía el ritmo de su respiración, la forma en que sus labios temblaban cuando trataba de adueñarse de algo que ya había perdido. Su cuerpo cedió un milímetro. Luego otro. Sus manos subieron a la nuca de él y lo atrajo hasta cerrar el espacio que quedaba, como si solo pegada a su pecho pudiera respirar.
Cuando él rompió el beso —por pura falta de aire—, las dos frentes quedaron apoyadas, respiración contra respiración.
—Si seguimos —dijo ella, con la voz rota—, no habrá vuelta atrás.
Él le levantó el rostro con dos dedos bajo la barbilla, despacio, casi con reverencia.
—Nunca quise volver atrás.
***
La lluvia los recibió en la calle como una cómplice. Caminaron rápido, hombro con hombro, sin tocarse más, porque el contacto que acababa de partirlos por la mitad seguía latiendo bajo la piel. Ella marcaba la dirección; él, el ritmo. Un equilibrio extraño y eléctrico: no quien manda, sino quien no cede.
Llegaron a un hotel pequeño de la esquina, de esos donde el lujo no presume, solo observa. Helena pidió la habitación.
—Una noche —murmuró al recepcionista, sin mirarlo.
Detrás de ella, él sonrió apenas. Una noche no era un límite. Era una excusa.
El ascensor subió demasiado lento. Él no la tocó, pero pegó la mano abierta contra la pared, justo al lado de la cabeza de ella, y le habló al oído sin bajar la voz.
—En cuanto se cierre esa puerta —dijo— voy a arrancarte la ropa y voy a comerte el coño hasta que me pidas que pare. Y no vas a pedírmelo.
Ella tragó saliva. Los muslos se le apretaron solos bajo la falda. No contestó. No hacía falta.
Cuando la puerta de la habitación se cerró a su espalda, el silencio explotó.
Él encendió la luz baja, dorada. Ella se quitó el abrigo y él lo recogió sin dejar de mirarla, con una atención total y posesiva, como si cada gesto dijera te veo, te quiero así, sin defensas. Se encontraron en el centro de la habitación, ya sin paredes que justificaran la cercanía.
Él le rozó la mandíbula con el dorso de los dedos, paciente, cruel de tan suave.
—Podemos parar —dijo—. Solo di la palabra.
Ella cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había fuego, miedo y hambre, todo mezclado.
—No quiero parar —contestó, y esa fue su rendición más honesta—. Fóllame de una vez.
Él sonrió con un lado de la boca. Le soltó el primer botón de la blusa sin prisa, mirándola a los ojos mientras lo hacía. Luego el segundo. La tela se abrió sobre el encaje oscuro del sujetador, y el pecho de ella subía y bajaba a un ritmo que ya no controlaba. Él deslizó la blusa por sus hombros y la dejó caer al suelo. Ella no se cubrió. Le sostuvo la mirada, desafiante incluso desnuda a medias, y esa fue la imagen que durante ocho años él no se había atrevido siquiera a imaginar del todo.
La besó en el cuello, justo bajo la oreja, y la sintió estremecerse. Bajó por la clavícula, por el nacimiento del pecho, mientras sus manos le soltaban el cierre de la espalda. Cuando el sujetador cedió, lo apartó de un tirón y le tomó las tetas con las dos manos, sopesándolas, apretándoselas hasta que los pezones se le pusieron duros contra sus palmas. Se llevó uno a la boca, lo chupó fuerte, y después lo mordió con los dientes justo lo suficiente para que ella soltara un grito ronco.
—Joder —jadeó Helena, enredándole los dedos en el pelo para que no se apartara.
—Ese vocabulario en la profesora —murmuró él con la boca todavía sobre su pezón—. Voy a sacarte cosas peores esta noche.
—Cállate y sigue.
Él pasó al otro pecho y le hizo lo mismo, chupando, mordiendo, tirando con los labios hasta que ella se retorcía contra él, buscando fricción con la pelvis. Le desabrochó la falda y la dejó caer sobre las medias. Debajo llevaba unas bragas de encaje empapadas. Él las tocó por encima con dos dedos, apretando, y notó cómo la tela cedía, mojada, contra el coño.
—Estás chorreando —le dijo, sonriendo contra su boca—. ¿Hace cuánto que no te follan bien, Helena?
Ella no respondió. Le mordió el labio inferior a modo de respuesta y él tuvo que reír bajito, con los ojos oscuros.
La empujó con suavidad hasta la cama y ella cayó de espaldas, arrastrándolo con las manos clavadas en su camisa. Él se deshizo de ella de un tirón y se sacó los pantalones. Cuando salió la polla, dura y pesada contra el vientre, Helena se lamió los labios sin poder evitarlo. Él lo notó.
—Todo a su tiempo —le dijo, arrodillándose entre sus piernas—. Primero, lo que te prometí en el ascensor.
Le bajó las bragas por las caderas, lento, memorizando cada centímetro que descubría, hasta dejarla solo con las medias. Se las quitó con los dientes, mordisqueándole el muslo, y ella arqueó la espalda y soltó el aire de golpe.
Él le abrió las piernas con las palmas, las apretó hacia atrás contra el colchón dejándola completamente abierta, y se quedó mirándole el coño un segundo largo, con las bocas de ella —las dos— entreabiertas.
—Precioso —dijo—. Todo rosado y brillando para mí.
—No me hables, hazlo —jadeó ella.
La besó despacio en la cara interna de los muslos, subiendo, ignorando a propósito el lugar donde más lo quería. Cuando por fin la recorrió con la lengua de abajo hacia arriba, todo el cuerpo de ella dio una sacudida y un gemido largo se le escapó sin filtro. Él la sostuvo por las caderas, se hundió con la cara entre sus piernas, y la trabajó con la boca sin piedad: la lengua plana subiendo por los labios, la punta girando alrededor del clítoris, los labios succionando, dos dedos entrando de golpe hasta los nudillos.
—Ay, joder, joder —Helena gritó y le clavó los talones en la espalda.
Él bombeó con los dedos, buscando ese punto rugoso adentro, mientras seguía chupándole el clítoris. Cuando la sintió cerrarse alrededor de sus dedos, se retiró. Ella soltó un quejido de frustración pura.
—No te atrevas a parar —jadeó, con una orden que ya no tenía nada de profesora y todo de mujer al límite.
—Te has puesto exigente —murmuró él contra su coño. Le sopló el aire caliente sobre el clítoris hinchado y ella maldijo entre dientes—. Pídelo bien.
—Por favor —escupió ella—. Por favor, no pares, hazme correrme, cabrón.
Él sonrió y volvió a chupársela. Le metió los dos dedos otra vez, curvándolos, y con la otra mano le pellizcó un pezón. La llevó al borde tres veces más antes de dejarla ir. Cuando por fin la dejó, Helena se rompió bajo su boca: las manos cerradas en las sábanas, el cuerpo temblando en oleadas, el coño apretándole los dedos con espasmos que la dejaron sin voz. Él no despegó la lengua hasta que ella le empujó la cabeza, sobrepasada.
Subió por su vientre besándola, con la barbilla brillante, hasta llegar de nuevo a sus labios, y ella lo probó en su propia boca sin pudor, chupándole la lengua, saboreándose entera.
—Ahora yo —murmuró, empujándolo hasta tumbarlo de espaldas.
Se acomodó entre sus piernas y le pasó la lengua por el vientre, bajando, con esa misma paciencia calculada que él había usado con ella. Cuando le tomó la polla en la mano y se la envolvió con los labios, él tuvo que cerrar los ojos y respirar hondo para no correrse ahí mismo. Ella lo tragó despacio, centímetro a centímetro, hasta que la punta le tocó la garganta, y se quedó ahí un segundo antes de subir con la lengua trazando la vena de abajo.
—Puta madre, Helena —jadeó él, mirándola.
Ella lo miraba mientras lo hacía, comprobando el efecto de cada movimiento, disfrutando del poder recuperado. Le sacó la polla de la boca, escupió sobre la punta y bajó la mano trabajándolo firme mientras le lamía los huevos. Después volvió a metérsela hasta el fondo y empezó a chuparle en serio, con las mejillas hundidas, la mano acompañando lo que no le entraba, los ojos húmedos y fijos en él.
Él le agarró el pelo con una mano y la guió, marcándole el ritmo. Ella gimió con la polla dentro y la vibración lo hizo maldecir.
—Para —dijo él, ronco—. Para o me corro en tu boca ahora mismo.
—Igual quiero eso —murmuró ella, con los labios brillantes.
—Otro día. Hoy te lleno el coño.
La levantó por la cintura y la colocó sobre él, a horcajadas. Ella se agarró la polla con la mano, se la frotó contra el clítoris un par de veces —con los ojos cerrados, mordiéndose el labio— y después se guió y bajó. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, hasta que los dos soltaron el aire a la vez. Se quedó quieta un instante, las manos apoyadas en el pecho de él, los ojos cerrados, como aprendiendo de nuevo a respirar. Sentía la polla clavada hasta el fondo, tensándola por dentro.
—Joder, qué grande —susurró.
—Muévete —le pidió él, apretándole las caderas.
Ella empezó a moverse. Al principio marcó el ritmo, lento, profundo, dueña de cada vaivén. Se levantaba hasta dejar solo la punta dentro y volvía a bajar de golpe, arrancándose gemidos que no intentaba disimular. Él le sostenía las caderas, dejándola creer que mandaba, mientras le miraba las tetas botar con cada bajada. Le llevó los pulgares a los pezones y se los apretó al mismo tiempo. Ella echó la cabeza hacia atrás.
—Dios, así —jadeó ella—. Así, así, así.
—Móntame, Helena. Móntame como llevas ocho años queriendo.
Ella aceleró, apoyada en su pecho, follándoselo con el coño con una desesperación que le venía de lejos. Cuando la sintió acelerar, perdida en su propio placer, él la giró sin previo aviso y quedó encima. Las piernas de ella le rodearon la cintura y él entró más hondo, más firme, arrancándole un grito que ella ahogó contra su hombro.
La embistió sin tregua, apoyado en los brazos, mirándole la cara mientras se la follaba. Cada golpe seco le arrancaba un jadeo. La cama chocaba contra la pared.
—Esto —jadeó él contra su oído, marcando cada embestida— es lo que evitaste durante ocho años.
—Cállate —gimió ella, clavándole las uñas en la espalda— y no pares. Más fuerte. Más fuerte, joder.
La agarró por detrás de las rodillas, se las echó hacia los hombros de ella y le entró todavía más hondo. Helena gritó sin cuidarse ya del ruido. Él le veía la polla entrar y salir empapada, brillando con lo de ella, y la escena casi lo terminó ahí.
—Ponte de rodillas —le ordenó, saliendo de golpe.
Ella obedeció sin discutir. Se giró, se apoyó en las manos y las rodillas, y le arqueó la espalda, ofreciéndoselo todo. Él le puso una mano en la nuca y con la otra se guió otra vez adentro. La embestida le arrancó un gemido gutural a los dos.
—Mírate —le dijo, dándole un azote seco en el culo—. Mi profesora de inglés en cuatro patas para que me la folle.
—Fóllame —le suplicó ella, empujando hacia atrás para que entrara más—. Fóllame, no me dejes pensar.
Él la agarró del pelo, se lo enredó en el puño y la sujetó mientras la embestía sin piedad. Cada golpe le arrancaba a ella un gemido corto y agudo. El culo de Helena rebotaba contra sus caderas. Él le pasó la mano libre por debajo, encontró el clítoris con los dedos, y empezó a frotárselo al ritmo de las embestidas.
—Ay, no, no aguanto, no aguanto —balbuceó ella.
—Córrete otra vez. Córrete en mi polla.
La tormenta seguía golpeando el cristal, pero la única que importaba estaba dentro de esa habitación. Se movían en una sincronía rota y urgente, el cuerpo de ella recibiendo el de él golpe tras golpe. Cuando la sintió tensarse de nuevo, contraída alrededor de él, el coño apretándole la polla en espasmos, dejó de aguantar. Ella se corrió gritando contra la almohada, temblando entera, y él la siguió a los pocos segundos. Se hundió hasta el fondo y se corrió dentro, en oleadas largas y calientes, mordiéndole el hombro para no gritar, vaciándose con un temblor que lo dejó sin fuerzas sobre la espalda de ella.
Se derrumbaron juntos de costado, todavía unidos, la respiración deshaciéndose poco a poco. Él la sintió apretarlo por dentro un par de veces más, en réplicas, y notó cómo su propio semen se escurría cuando por fin se retiró. La miró y le pasó los dedos por entre los muslos, jugando con lo que le había dejado adentro. Ella soltó un suspiro tembloroso y se apretó contra su mano.
La lluvia perdía intensidad afuera. Él le apartó un mechón húmedo de la frente y ella lo miró con una calma que no le había visto en todo el día.
—Mañana —dijo ella, todavía sin aliento— vas a sentarte frente a un tribunal y yo voy a fingir que no te conozco.
—¿Y crees que podrás? —preguntó él, trazando con un dedo la línea de su cadera—. ¿Con mi corrida todavía dentro?
Ella sonrió, esa media sonrisa de siempre, la que escondía un secreto.
—Lo dudo —admitió—. Pero hay cosas que una buena profesora aprende a disimular.
Apoyó la cabeza en el hombro de él y, por primera vez en ocho años, ninguno de los dos sintió la necesidad de mirar hacia otro lado.





