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Relatos Ardientes

La ducha fue solo el principio de aquella noche

Esa noche entramos juntos a la ducha sin ninguna intención, o eso me dije a mí mismo mientras abría el grifo y esperaba a que el agua dejara de salir helada. Mariela se metió detrás de mí, pegó su cuerpo a mi espalda y dejó que el chorro nos cayera encima a los dos. Llevábamos todo el día fuera, con los pies cansados y la piel pegajosa, y lo único que queríamos era sacarnos de encima el calor de la calle.

Empezamos a enjabonarnos como dos personas normales. Le pasé las manos por los hombros, por la espalda, repartiendo la espuma con un cuidado casi distraído. Ella hizo lo mismo conmigo, frotándome la nuca, bajando por la columna. El agua arrastraba el jabón en hilos blancos que desaparecían por el desagüe.

—Date la vuelta —me dijo.

Me giré. Le enjaboné los pechos despacio, dibujando círculos con la palma abierta, y ella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás para que el agua le mojara la cara. Tomé la esponja y se la pasé por el vientre, más abajo, sobre el pubis, con una suavidad que ya no tenía nada de inocente. La esponja resbalaba y yo iba aprendiendo el mapa de su cuerpo como si fuera la primera vez.

Ella tampoco se quedó quieta. Bajó una mano y empezó a acariciarme, primero con la punta de los dedos, después rodeándome entero. No tenía prisa. Me masajeaba con el agua corriendo entre nosotros, y yo notaba cómo todo el cansancio del día se transformaba en otra cosa, en una urgencia que me subía por el estómago.

Sin avisar, me empujó contra la pared de azulejos. La fría superficie me arrancó un escalofrío, pero su boca llegó enseguida a la mía y me olvidé del azulejo y del agua y de todo lo demás. Me besó hondo, mordiéndome el labio, y mientras lo hacía volvió a tomarme con la mano y a marcar un ritmo lento que me obligaba a respirar despacio.

—Te quiero ahora —murmuró contra mi boca.

Nos giramos. Ella levantó una pierna y la apoyó en el borde de la bañera, y yo, que ya estaba más que listo, me hundí en ella de una sola vez. Mariela soltó un suspiro largo y se aferró a mis hombros para no resbalar. Tardamos un momento en encontrar el equilibrio: el suelo mojado, el agua cayéndonos en la cara, las piernas buscando un punto de apoyo que no terminaba de llegar.

Ella enroscó las dos piernas alrededor de mis caderas y nos dejamos llevar por algo que ya no pensaba, que solo empujaba. Me movía dentro de ella sosteniéndola contra la pared, sintiendo cómo el agua tibia nos resbalaba por todas partes. Era torpe y resbaladizo y nos reíamos a medias entre jadeo y jadeo, porque cada vez que creíamos tener el ritmo, uno de los dos perdía el pie.

No estoy del todo ahí.

Lo noté antes de querer admitirlo. El cuerpo respondía, pero la cabeza se me iba a la incomodidad del espacio estrecho, al agua que me entraba en los ojos, a la postura imposible. Estaba excitado, sí, pero no lo suficiente como para que aquello llegara a ningún lado memorable. Seguimos un rato más, sosteniéndonos, riéndonos, hasta que ella misma frenó.

—Así no —dijo, y se rió bajito, sin reproche—. Tengo otras ideas.

—Yo también —contesté.

Cerré el grifo. El silencio repentino, sin el ruido del agua, lo volvió todo más íntimo. Íbamos a salir, ya estiraba la mano hacia la toalla, pero le pedí que esperara un segundo.

—Siéntate ahí —le dije, señalando la tapa cerrada del retrete.

Me miró con una ceja levantada, esa media sonrisa que conozco de memoria, y se sentó. Tenía la piel todavía cubierta de gotas, el pelo pegado a la frente, y una expectativa en los ojos que me gustaba más que cualquier otra cosa.

***

Me apetecía hacérselo con calma, sin la prisa torpe de la ducha. Me arrodillé delante de ella, sobre las baldosas frías, y le separé las piernas con suavidad. Le pasé las manos por los muslos, de la rodilla hacia adentro, marcando el camino sin llegar todavía a ningún sitio.

—Acércate al borde —le pedí.

Se deslizó hacia el filo, ofreciéndose sin pudor, limpia y mojada por el agua de antes. La tenía justo frente a mí y me tomé mi tiempo. No quería ir directo a nada. Quería besarla ahí abajo igual que se besa una boca, jugar con sus labios, demorarme, perder el tiempo a propósito. Jugar por jugar, sin meta, solo por el placer de hacerlo.

Empecé despacio, apenas rozándola, soplando, dejando que la anticipación hiciera la mitad del trabajo. A Mariela ese juego lento la desarmaba como ninguna otra cosa. Sentí cómo se aflojaba, cómo la tensión de los hombros se le iba disolviendo y se entregaba al asiento, a mí, al momento.

—No pares —dijo en un hilo de voz.

No pensaba parar. Subió las piernas y me las apoyó sobre los hombros, abriéndose más, y noté cómo se resbalaba un poco hacia adelante hasta quedar todavía más expuesta. Aproveché la nueva postura para apretar con más firmeza, para usar la lengua con más intención, alternando los movimientos amplios con otros mínimos y precisos.

Ella respondía con todo el cuerpo. Las caderas empezaron a buscarme, los dedos se me enredaron en el pelo, las uñas se me clavaron apenas en el cuero cabelludo cada vez que daba con el punto exacto. Yo escuchaba su respiración como quien lee un mapa: cuándo acelerar, cuándo detenerme un segundo solo para volverla loca, cuándo insistir.

—Espera, espera —jadeó de pronto, tirándome suavemente del pelo hacia arriba—. Ponte de pie.

Me incorporé con las rodillas entumecidas de tanto azulejo, pero no me importaba lo más mínimo. Tenía la cara encendida, la boca húmeda, y ella me miraba desde abajo con una sonrisa que prometía revancha.

—Te toca a ti sentarte —dijo.

***

Intercambiamos los lugares. Me senté yo en la tapa del retrete y ella se quedó de pie un instante, mirándome, dejándome esperar a propósito, devolviéndome con intereses el juego de la paciencia. Yo estaba listo, más que listo después de tenerla así durante tanto rato.

Se acercó despacio, pasó una pierna por encima de mí y se quedó a horcajadas sobre mis muslos. Bajó una mano, me acomodó a su gusto, sin prisa, decidiendo ella el ángulo, el momento, todo. Y entonces se dejó caer.

Sentí cómo me iba recibiendo poco a poco, centímetro a centímetro, hasta que quedamos completamente unidos. Mariela soltó el aire que estaba conteniendo y apoyó la frente contra la mía. Nos quedamos un segundo así, quietos, sintiendo solo la respiración del otro y el latido que parecía habernos sincronizado.

—Ahora sí —susurró.

Empezó a moverse. Primero lento, balanceándose con las manos apoyadas en mis hombros, midiendo cada subida y cada bajada como si quisiera memorizarlas. Yo le sostenía las caderas, no para guiarla sino para sentir cada movimiento, para no perderme nada. La luz del baño le caía sobre la espalda mojada y yo no podía dejar de mirarla.

El ritmo fue creciendo solo. Un poco más rápido. Después un poco más. Sus muslos golpeaban contra los míos, su pecho me rozaba la cara, y de la calma del principio no quedaba ya casi nada. Ahora éramos puro instinto, dos cuerpos buscándose con una avidez que no admitía pausas.

Y en algún momento, entre jadeo y jadeo, ella me dijo al oído lo que siempre nos terminaba de encender.

—El primero que se corra, pierde.

Me reí sin aire. Era nuestro juego de siempre, esa competición tonta y deliciosa de ver quién aguantaba más sin rendirse. Una excusa para estirar el placer hasta el límite, para apretar los dientes y respirar hondo y pensar en cualquier cosa con tal de no ceder primero.

—Acepto —dije, aunque dudaba mucho de poder ganar.

A partir de ahí todo se volvió una guerra de paciencia. Ella aceleraba a propósito, buscando hacerme perder; yo le frenaba las caderas con las manos, robándole un segundo de tregua que ella no me agradecía nada. Mariela me clavaba la mirada, desafiante, mordiéndose el labio, y yo le sostenía esa mirada aunque por dentro estuviera al borde del precipicio.

—¿Tan pronto? —se burló, notando cómo me temblaban los muslos.

—Ni de cerca —mentí.

Era mentira y los dos lo sabíamos. Apreté las manos contra sus caderas, intenté llevarla a un ritmo más lento, pero ella se resistía, se mecía hacia adelante y hacia atrás de una forma que me hacía perder la cuenta de mis propios trucos. Yo apretaba los párpados, contaba números, pensaba en cualquier tontería, en lo que fuera con tal de aguantar un segundo más que ella.

Ella tampoco la tenía fácil. Cada tanto se le escapaba un gemido que delataba que estaba tan al límite como yo, y entonces era mi turno de provocarla, de empujar hacia arriba justo cuando bajaba, de buscar con la mano el punto que la dejaba sin defensa.

—Eso es trampa —protestó entre dientes.

—No hay reglas —le recordé.

Y era verdad: nunca había habido reglas, solo el orgullo absurdo de no ceder primero y el placer de fingir que podíamos controlar algo que ya nos había superado a los dos hacía rato. Nos sosteníamos al borde, riéndonos a medias, jadeando, retándonos con la mirada, prolongando lo inevitable hasta que dejó de ser posible prolongarlo.

Llegamos juntos. No hubo manera de saber quién cedió un segundo antes; fue como si el cuerpo de uno arrastrara al del otro al mismo precipicio en el mismo instante. Mariela se aferró a mí, yo la abracé contra mi pecho, y todo lo que habíamos estado conteniendo se soltó a la vez en una sola sacudida que nos dejó sin aire.

Nos quedamos quietos, pegados, recuperando el aliento. El baño olía a jabón y a humedad, y la única luz era la del extractor, que zumbaba como si nada acabara de pasar.

—¿Quién ganó? —pregunté cuando por fin pude hablar.

Ella levantó la cabeza, todavía con la respiración entrecortada, y me sonrió con esa cara de pícara que se le pone cuando sabe que tiene razón.

—Empatamos —dijo.

Y nos reímos los dos, abrazados sobre la tapa del retrete, con la piel mojada enfriándose despacio, sabiendo que en ese juego en particular el empate era, de lejos, el mejor de los resultados posibles.

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Comentarios (5)

NocheLibre22

Que tituloooo!!! ya con eso me enganche antes de leer la primera linea jaja

PatoRiver22

Muy bueno, se hizo corto. Esperando la continuacion!!

Vero_Parana

Me encanto como planteaste la tension desde el principio. Se siente natural, no forzado. Eso es lo mas dificil de lograr en este tipo de relatos.

CarlosArg_87

increible!!!

RodrigoMdq

Me recordo a una noche parecida en mi departamento jaja. Los mejores planes son los que no se planean. Muy bueno el relato

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