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Relatos Ardientes

El masaje a cuatro manos que cumplió nuestra fantasía

Tomás llevaba semanas con una sonrisa rara, esa que se le pone cuando esconde algo y se muere por que lo descubra. Mi marido sabe que los masajes son mi debilidad, mi único capricho de verdad, y que regalarme uno es acierto seguro. Lo que no sabía yo es que esta vez no me había reservado un masaje cualquiera.

—Tienes que dejarte sorprender —fue todo lo que me dijo en el coche, con una mano en mi rodilla y la vista en la carretera.

Después de tantos años recibiendo masajes en todas partes, había aprendido a distinguir lo bueno de lo mediocre, y siempre buscaba algo distinto, algo que me hiciera sentir que valía la pena. Esa tarde, mientras subíamos por una escalera estrecha hacia un primer piso del centro, no tenía ni idea de hasta qué punto iba a ser distinto.

El lugar era pequeño y cálido. Luz tenue, paredes de un color tierra que invitaba a bajar la voz. Olía a algo amaderado, suave, sin esa dulzura empalagosa que tienen algunos sitios. Una mujer nos esperaba junto a la puerta de la sala.

—Vosotros debéis de ser Renata y Tomás —dijo, tendiéndome la mano—. Yo soy Adriana.

Tenía una calma en la voz que tranquilizaba de inmediato. El pelo recogido, los antebrazos firmes de quien trabaja con las manos todos los días, y unos ojos oscuros que sostenían la mirada un segundo más de lo necesario.

—Renata —siguió, ya con tono profesional—, hoy vamos a hacer algo especial. Tomás va a aprender conmigo a darte el masaje, para que pueda repetirlo en casa cuando te apetezca. Tú no tienes que hacer nada. Solo dejarte cuidar.

Miré a Tomás de reojo. Así que ese era el secreto. Me hizo gracia imaginarlo de aprendiz, él que siempre presume de manos torpes.

—Pasa a la sala y desnúdate del todo —añadió Adriana—. Sin ropa interior, que el aceite la mancha. Túmbate boca abajo y cúbrete con la sábana. Entramos en un minuto.

Entré sola. La camilla estaba en el centro, con una sábana blanca doblada con cuidado. Me quité la ropa despacio, sintiendo el aire fresco en la piel, y me tumbé boca abajo. Me cubrí hasta la cintura. Tenía ese cosquilleo de anticipación en el estómago, el que aparece siempre antes de un buen masaje, pero esta vez había algo más, una corriente distinta que no supe nombrar.

Oí la puerta. Oí los pasos de los dos. Y oí, sobre todo, la voz de Adriana explicándole a Tomás dónde ponerse, cómo colocar las manos, cómo respirar para acompañar el movimiento.

—Calienta el aceite primero en tus manos, nunca lo eches frío sobre la piel —le dijo.

Las primeras gotas cayeron sobre mi espalda con un escalofrío tibio. Eran las manos de Adriana, lo supe enseguida: firmes, seguras, deslizándose desde los hombros hasta el final de la espalda en un solo trazo largo. Unos segundos después llegaron las de Tomás, imitando el mismo recorrido, más torpes, más cautelosas, como si tuviera miedo de romperme.

—Más presión aquí —susurró ella—. Eso es. Sigue la línea del músculo. Escucha cómo respira.

Cerré los ojos y decidí entregarme del todo. Un masaje a cuatro manos es algo que hay que saborear, no analizar.

Notaba perfectamente la diferencia entre unas manos y otras. Las de ella, expertas y envolventes; las de él, aprendiendo, ganando confianza poco a poco. Era una combinación extraña, casi hipnótica, que me iba desarmando centímetro a centímetro. Y cada vez que Adriana corregía a Tomás, la oía acercarse a él, sentía cómo el peso de los dos se inclinaba un poco más sobre la camilla.

Empecé a imaginar cosas. Cómo se mirarían por encima de mi espalda. Cómo sus brazos se rozarían sin querer al cruzar las manos sobre mi piel. No debería estar pensando en esto, me dije, y sin embargo no podía parar.

El ambiente fue cambiando sin que nadie lo decidiera del todo. Las indicaciones de Adriana se volvieron más suaves, más susurradas, hasta convertirse casi en un murmullo. Las manos de Tomás dejaron de dudar. Las de ella se hicieron más lentas, más largas, como si aquello hubiera dejado de ser una clase para convertirse en una coreografía íntima alrededor de mi cuerpo.

Me cubrieron de nuevo la espalda y bajaron hacia las piernas. Adriana retiró la sábana hasta dejarme apenas tapada la parte baja de la espalda, descubriendo el resto. El aire en la piel desnuda me puso la carne de gallina.

En un momento dado, ella se inclinó hacia él para guiarle las manos. Yo no veía nada, con la cara hundida en el hueco de la camilla, pero lo sentía todo. Sentí cómo los dos cuerpos se acercaban, cómo las cuatro manos se cruzaban sobre mis muslos, cómo la respiración de Tomás cambiaba de ritmo de golpe. Y entonces lo supe, sin verlo: sus bocas se habían encontrado. Un beso corto, suave, el roce de dos lenguas que se buscan por primera vez. Los oí sonreír.

—Muy bien —murmuró Adriana, muy cerca de él—. Lo estás haciendo perfecto.

Sonreí contra la camilla sin poder evitarlo. Desde luego que lo está haciendo bien. Imaginé la escena que no podía ver y noté cómo el calor se me concentraba por dentro, espeso, urgente. El aire de la sala ya no olía solo a aceite y a calma: había en él una tensión dulce, eléctrica, que me hacía estremecer con cada contacto.

—Quiero que ahora te centres en lo que siente Renata —le dijo ella, bajando todavía más la voz—. No solo en el músculo. En cómo responde su cuerpo cuando la tocas.

Y vaya si respondía. Cada vez que las manos de uno se cruzaban con las del otro sobre mi piel, se me escapaba un suspiro que ya no me molestaba en disimular. Llevábamos meses hablando de esto en la cama, después de hacer el amor, jugando con la idea sin atrevernos nunca a dar el paso. Ahora lo estábamos viviendo, y la realidad era mucho más intensa que cualquier cosa que hubiéramos imaginado a oscuras.

Pensé en lo curioso que era todo: el mismo hombre con el que llevaba años compartiendo la vida, ahora aprendiendo de otra mujer a tocarme, y los dos pendientes únicamente de mi placer. No había celos, ni incomodidad, solo una complicidad nueva que me encendía aún más.

Las cuatro manos empezaron a subir por mis muslos. Amasaron mis nalgas con firmeza y, cuando llegaron a la cara interna de los muslos, la necesidad de que me tocaran de verdad, ahí donde ya estaba húmeda, se volvió casi insoportable. Apreté los dientes para no pedirlo en voz alta.

—Date la vuelta —dijo Adriana.

Obedecí despacio, con la sensación de estar abriendo mucho más que los ojos. Ya boca arriba, por fin pude verles las caras. Tomás tenía las pupilas dilatadas y las mejillas encendidas; Adriana me sostenía la mirada con una serenidad que era casi un desafío. Volvieron a las piernas, esta vez de frente, subiendo sin prisa.

Cuando las manos llegaron arriba, se detuvieron un instante. Adriana debió de notar lo caliente que estaba, porque rozó mi sexo con la yema de los dedos, despacio, midiendo mi reacción. Tomás me miró, pidiendo permiso en silencio. Siempre habíamos fantaseado con algo así, los dos, en la cama, en voz baja, sin creer del todo que llegaríamos a cumplirlo. Le sostuve la mirada y, sin una palabra, le dije que siguiera.

***

Empezaron a tocarme a la vez. Adriana abría los dedos sobre mí mientras Tomás trazaba círculos lentos en mi clítoris, mirándome a la cara para no perderse ni una de mis reacciones. Arqueé la espalda. Cada caricia me arrancaba un suspiro que ya no intentaba contener.

—Tienes una mujer preciosa —le dijo Adriana a Tomás, sin dejar de tocarme—. ¿Te gusta verla así?

—Mucho —respondió él, con la voz ronca.

Ella me separó las piernas con suavidad, dejándome del todo expuesta sobre la camilla. Apartó a Tomás con un gesto de la cadera, se inclinó y empezó a lamerme con una avidez que no esperaba. Su lengua me recorría entera, sin pausa, y yo me agarré al borde de la camilla porque sentía que me deshacía.

Con la mano derecha buscó el cuerpo de Tomás. Lo encontró, y él entendió enseguida lo que quería: se desabrochó el pantalón, se bajó la ropa y se acercó. Adriana empezó a masturbarlo despacio mientras seguía con la boca pegada a mí, las dos cosas a la vez, sin perder el ritmo de ninguna.

Tomás se inclinó sobre mí, me besó la boca, el cuello, y me acarició los pechos con esa mezcla de deseo y ternura que solo él sabe. Yo tenía una mano en su nuca y la otra enredada en el pelo de Adriana, sujetándolos a los dos, sintiéndome el centro de algo que apenas un rato antes era solo una fantasía contada en la oscuridad de nuestro dormitorio.

El placer iba subiendo en oleadas. Cuando noté que estaba a punto, tiré de Tomás hacia mí.

—Quiero que acabes en mi boca —le pedí, casi sin aliento.

Le encanta, y a mí me encanta correrme así. Me incorporé lo justo para tenerlo a mi alcance mientras Adriana seguía entre mis piernas. El orgasmo me sacudió entera, largo, intenso, tan fuerte que hasta ella levantó la vista, sorprendida. Tomás no aguantó mucho más; terminó casi al mismo tiempo, y yo lo recibí entero, con su sabor desbordándoseme por la comisura de los labios.

Nos quedamos los tres quietos un momento, recuperando el aliento, la piel brillante de aceite y sudor.

Adriana se apartó, nos miró con una sonrisa tranquila, como si acabara de terminar la sesión más rutinaria del mundo.

—Ahí tenéis toallas para limpiaros —dijo, recogiéndose un mechón suelto—. Os espero fuera y brindamos con una copa de champán.

Cerró la puerta al salir. Tomás y yo nos miramos, todavía agitados, y soltamos una carcajada nerviosa, esa risa de quien acaba de cruzar una línea y descubre que del otro lado solo hay placer.

—Feliz no-cumpleaños —me dijo él, dándome un beso en la frente.

Y así fue como cumplimos por fin nuestra fantasía: con un masaje a cuatro manos que terminó siendo el primer trío de los dos, el regalo que ninguno de nosotros se atrevía a pedir en voz alta.

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Comentarios (5)

LauraVdG

que bueno estuvo!!! me encantó

martin_ok

Muy bien narrado, la tensión del principio está perfecta. Espero que hagas mas relatos así

Miguelin_77

Me lo lei de una sola vez, no pude parar. La forma en que va construyendo la situacion es increible, te mete adentro sin que te des cuenta. Muy buen trabajo!!

CrisLectora

Genial!! esto les paso de verdad o es pura imaginacion?

Ferchu77

algo parecido nos paso una vez a nosotros jaja pero muy distinto al final. Relato hermoso igual, muy bien escrito

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