Lo que entró en la fiesta esa noche no era humano
Mara llevaba el cuerpo de Bruno como se lleva un traje robado: cómodo por fuera, inquieto por dentro. El chico flaco y callado que había sido aquella mañana ya no existía del todo; quedaban su carne, su nombre y poco más. La esencia que Mara le había arrancado horas antes seguía hormigueándole bajo la piel, una corriente caliente que le mantenía la polla dura y atenta contra la bragueta, como si el deseo fuera ahora su única forma de respirar.
A su lado, invisible para todos, flotaba el verdadero Bruno. Era un espectro pálido y translúcido, una sombra de sí mismo condenada a seguir a su propio cuerpo como un perro detrás de su dueño. No tenía boca para gritar ni manos sólidas con que reclamar lo suyo. Solo podía mirar, y mirar dolía.
La fiesta rugía en un piso del centro de Valencia, con la música escapándose por las ventanas y el aire denso de alcohol, perfume y sudor. Mara empujó la puerta sin que nadie la hubiera invitado. Entró con la barbilla alta, paseando esos ojos prestados por la habitación llena de universitarios borrachos, hasta que encontró lo que buscaba.
Daniela.
La rubia bailaba en el centro del salón, con un corpiño blanco que apenas contenía unas tetas firmes y un movimiento de caderas que arrastraba todas las miradas. El pelo ondulado le caía hasta la cintura y se mecía con cada giro. Mara sonrió. Ese cuerpo va a sentarme de maravilla.
—Hola —dijo, plantándose frente a ella con la voz de Bruno teñida de algo ronco que no era suyo—. ¿Me echabas de menos?
Daniela parpadeó, riéndose al reconocerlo.
—¿Bruno? El callado de clase. Joder, ¿qué te has hecho? Estás… distinto.
—Distinto como para no soltarte el coño en toda la noche —respondió Mara, acercándose hasta que su aliento le rozó el cuello—. Llevo todo el semestre pensando en follarte.
***
Daniela se sonrojó, pero no se apartó. El alcohol y la sorpresa la tenían clavada en el sitio, y había algo en aquella mirada nueva que la inquietaba y la mojaba a partes iguales. Mara le rozó la cintura con una mano, despacio, midiendo cuánto se dejaba, y bajó los dedos hasta el nacimiento del culo.
—¿Desde cuándo eres tan lanzado? —murmuró ella, mordiéndose el labio.
—Desde que dejé de tener miedo.
La condujo hacia un rincón en penumbra, donde la música ahogaba las palabras. La espalda de Daniela chocó contra la pared y Mara la besó: un beso lento al principio, casi tierno, que se fue volviendo voraz hasta dejarla sin aire. La lengua de Mara le abrió la boca a la fuerza, se le enredó con la suya, y la mano del chico subió a apretarle una teta por encima del corpiño hasta que el pezón se puso duro bajo la tela. Cuando se separó, los ojos azules de la chica brillaban turbios y una hilo de saliva le colgaba del labio.
—Esto es una locura —jadeó ella.
—Lo mejor siempre lo es. Toca —le dijo Mara, agarrándole la muñeca y llevándosela al bulto de los pantalones—. Mira lo que me haces.
Daniela apretó por encima de la tela y se le escapó un gemido corto al notar el grosor. Cerró los dedos, midió el tamaño, y se relamió sin darse cuenta.
Flotando a un metro, el espectro de Bruno apretaba los puños fantasmales. Veía su propia cara besar a la mujer que había deseado en silencio durante meses, y no podía hacer nada salvo sentir el eco hueco de un placer que ya no le pertenecía. Ese era mi sueño, pensó. Y me lo está robando con mi propia boca y con mi propia polla.
***
Mara la arrastró al baño y cerró la puerta con el pie. El cerrojo sonó como una sentencia. Daniela se rió, nerviosa, mientras se apoyaba en el lavabo.
—¿Aquí? Hay gente esperando para mear.
—Que esperen.
La besó otra vez, una mano subiendo por el muslo, colándose bajo la falda corta hasta encontrar la tela empapada de las bragas. Daniela contuvo el aliento. Los dedos de Mara presionaron por encima del algodón, trazando círculos lentos sobre el coño ya hinchado, y la chica se aferró al borde del lavabo con los nudillos blancos.
—Joder, qué mojada estás —murmuró Mara, apartándole la tela y hundiendo la yema del corazón entre los labios inflamados—. Estás chorreando.
—Cállate…
—¿Quieres que pare? —preguntó, sabiendo de antemano la respuesta.
—No. Ni se te ocurra.
Hundió los dedos en ella, primero uno, luego dos, con un ritmo firme que arrancó a Daniela un gemido largo. El pulgar le encontró el clítoris y empezó a girar sobre él mientras los dedos entraban y salían con un chapoteo obsceno que resonaba en el baño. La chica se mordía el dorso de la mano para no gritar, las caderas moviéndose solas al encuentro de aquella caricia, mientras el espejo a su espalda se empañaba con su propio aliento.
—Mírate —dijo Mara, con esa sonrisa ajena—. Toda la fiesta detrás de ti y tú aquí, en un baño de mierda, con dos dedos míos dentro del coño.
—Cállate y sigue, joder…
—Antes vas a mamármela.
Mara obedeció solo a medias su propia orden. Sacó los dedos brillantes de flujo, se los pasó por los labios de Daniela para que se probara y le bajó la cremallera del pantalón de Bruno con la otra mano. La polla saltó fuera, dura, larga, hinchada. Daniela abrió los ojos como platos.
—Hostia, Bruno, no me esperaba…
—Nadie se lo espera. Arrodíllate.
La chica entendió sin que se lo dijera dos veces. Se dejó caer sobre las baldosas frías, agarró la verga con la mano derecha, la sopesó como quien mide un premio, y sacó la lengua. Empezó por la base, lamiendo despacio hacia arriba, deteniéndose en la vena gruesa, dando un beso húmedo en la punta. Después abrió la boca y la tomó entera, o casi, mirando hacia arriba con los ojos vidriosos.
—Así, cerda, mámamela bien —gruñó Mara, enredándole los dedos en el pelo rubio—. Toda. Trágatela.
Daniela se relajó la garganta y bajó más, hasta que la nariz le rozó el pubis y las arcadas le hicieron llorar los ojos. Mara marcaba el ritmo tirándole del pelo, entrando y saliendo con embestidas cortas que hacían chapotear la saliva. Los sonidos de la chica atragantándose se mezclaban con los pisotones de la fiesta al otro lado de la puerta.
El espectro de Bruno gimió sin voz, pegado al techo. Aquello era a la vez su fantasía y su tortura: ver su cuerpo recibir lo que tantas veces había imaginado, sin sentir nada propio salvo un cosquilleo lejano que se evaporaba antes de cuajar.
Mara enredó los dedos en el pelo rubio y marcó el ritmo, conteniéndose para no correrse todavía. La quería despierta, ardiente, suplicante. La necesitaba al borde para que el momento final fuera perfecto. La sacó de la boca con un pop húmedo, dejando un hilo de saliva colgando del labio inferior de la chica.
—Levántate —ordenó, tirando con suavidad—. Quiero más que tu boca. Quiero follarte hasta que te olvides de tu nombre.
***
La giró contra el lavabo. El espejo le devolvió la imagen de los dos: el chico que ya no era un chico y la rubia con la falda subida, las bragas colgando de un tobillo y la respiración entrecortada. Mara le besó la nuca, le bajó el corpiño hasta liberar las tetas y le pellizcó un pezón entre el pulgar y el índice, retorciéndolo hasta arrancarle un quejido. Con la otra mano la dobló hacia adelante, obligándola a arquear el culo, y le abrió las nalgas para ver el coño hinchado brillando entre los muslos.
—Mira qué obscena estás —susurró, y se guió la polla con la mano hasta apoyar la punta contra la entrada empapada.
La penetró de una sola embestida lenta, hundiéndose hasta los huevos. Daniela ahogó un grito contra el cristal.
—Dios… qué grande… qué bueno…
—Aún no has sentido nada.
Empezó a moverse, cada empuje firme y medido, marcando un compás que hacía temblar a la chica de la cabeza a los pies. Las tetas de Daniela rebotaban contra el espejo helado, dejando rastros de vaho de los pezones erectos; sus dedos buscaban algo a lo que aferrarse y solo encontraban porcelana. El chapoteo del sexo llenaba el baño, obsceno, húmedo, un ritmo carnal que subía y bajaba con cada envión. Mara la sujetó por las caderas y aceleró, los huevos golpeando contra el clítoris de la chica, observando su propio reflejo con una calma que ningún humano habría tenido en ese momento.
—Pídemelo —susurró—. Dime que es tuya, que soy tuyo. Que esta polla es tuya.
—Es mía —jadeó ella, perdida—. Tu polla es mía, no pares, por favor, fóllame más fuerte.
Mara sonrió y le hizo caso. La agarró del pelo, tiró hacia atrás hasta arquearle la espalda, y empezó a embestir con violencia, cada golpe seco haciendo temblar el lavabo. El sudor le corría por la frente de Bruno y caía sobre la espalda desnuda de la chica. Le escupió en la raja del culo, extendió la saliva con el pulgar y hundió el dedo en el agujero apretado mientras seguía follándola por el coño.
—Ay… ay, no… ahí no…
—Ahí sí. Aguanta, guarra.
Daniela dejó de protestar. El doble estímulo la volvió loca; empezó a echar el culo atrás sola, a buscar la polla y el dedo con embestidas propias, gimiendo entre dientes apretados. El espejo se llenó de vaho por completo. Sus tetas dibujaban dos círculos húmedos sobre el cristal.
El espectro de Bruno flotaba sobre ellos, atrapado entre el deseo y el espanto. Cada movimiento de su cuerpo robado era un latigazo silencioso. Quería apartar la mirada y no podía; aquella escena lo mantenía sujeto como un anzuelo clavado en el pecho.
Daniela se acercaba al final. Mara lo notó en el temblor de sus muslos, en cómo el coño se cerraba en torno a él en espasmos cada vez más rápidos, en el modo en que su voz se rompía en sílabas y babeaba sobre el mármol. Ahora, pensó la criatura. Justo cuando creas tocar el cielo.
—Mírame —ordenó, girándole la cara hacia el espejo—. Mírame mientras te corres en mi polla.
Los ojos de Bruno, los que Mara llevaba puestos, ardieron un instante con un fulgor rojo que nadie habría sabido explicar. Daniela se corrió con un grito ahogado, todo su cuerpo convulsionando contra el lavabo, el coño ordeñándole la verga en oleadas mientras los muslos le castañeteaban. En ese mismo segundo, Mara empujó hasta el fondo y descargó su corrida caliente contra el fondo del coño, chorro tras chorro, cada latigazo de semen sincronizado con un espasmo de la chica… y mientras el placer la cegaba, algo se desprendió de ella como humo arrancado por el viento.
Su alma.
***
El cuerpo de Daniela se quedó quieto, apoyado en el espejo, respirando todavía pero hueco, como una casa de la que acaban de marcharse sus habitantes. Un hilo espeso de semen empezó a escurrirle por la cara interna del muslo. A su lado se alzó un tercer espectro: la propia Daniela, translúcida y desconcertada, mirándose las manos transparentes.
—¿Qué… qué me has hecho? —preguntó con una voz que ya no hacía ruido.
—Te he liberado de tener que elegir —respondió Mara, retirándose del cuerpo inerte con la polla todavía chorreando corrida—. A partir de ahora solo tendrás que mirar. Como tu amigo Bruno.
El espectro de Bruno se acercó al de Daniela, y por un instante los dos fantasmas se reconocieron en su condena compartida. Habían deseado cosas distintas y habían terminado en el mismo lugar: flotando, sin cuerpo, espectadores eternos de un hambre que no se sacia.
Mara, en cambio, cerró los ojos. La carne de Bruno empezó a deshacerse y a recomponerse, plegándose sobre sí misma como cera caliente. En cuestión de segundos, el chico flaco había desaparecido. En su lugar estaba Daniela: la misma melena ondulada, las mismas tetas firmes, la misma cara angelical, el mismo coño empapado de semen ajeno. Mara se miró en el espejo empañado, se pasó una mano por el cuello, se metió dos dedos entre las piernas para probar el sabor de la corrida que ella misma acababa de vaciar allí, y sonrió con unos labios que ya no eran los de nadie.
—Puedo ser quien quiera —dijo en voz baja, chupándose los dedos—. Y esta noche, Valencia va a conocer a su nueva reina.
***
Volvió a la fiesta con el cuerpo de Daniela y el andar de una depredadora. La música seguía atronando, los cuerpos seguían rozándose, ajenos a que la chica que cruzaba la pista ya no era la que había entrado. Los chicos la miraban con la boca abierta; las chicas, con una mezcla de envidia y deseo que Mara saboreó como un licor.
Tres universitarios la interceptaron junto al sofá, envalentonados por el alcohol.
—Daniela, joder, estás increíble esta noche —dijo uno.
—¿Y si me lo demostráis? —respondió ella, lamiéndose los labios—. Los tres. A la vez. Quiero una polla en cada agujero.
No hizo falta repetirlo. Mara se sentó entre ellos en el sofá, les desabrochó los pantalones con dedos hábiles y sacó tres vergas duras. Se agachó primero sobre la del centro y se la metió en la boca hasta la garganta, mientras con cada mano masturbaba a los otros dos, tirando de los prepucios con giros lentos. Alternaba, chupaba uno, lamía otro, escupía saliva sobre las puntas y las frotaba entre sí, riéndose ronca cuando los tres gemían a la vez.
—Venga, no os quedéis ahí mirando —les dijo—. Alguien va a follarme el coño y alguien va a follarme el culo.
Se subió a horcajadas del más grande, guió su polla y se dejó caer despacio sobre ella, hundiéndosela entera con un gemido gutural. Otro se colocó detrás, le abrió las nalgas, escupió sobre el agujero apretado y empujó hasta que el culo se le abrió a la fuerza. Mara arqueó la espalda, sintiendo las dos vergas separadas solo por una fina pared de carne, y abrió la boca para el tercero, que se le plantó delante y le folló la cara agarrándola del pelo.
Empezaron a moverse los tres, torpes al principio, buscando el compás. Mara les marcó el ritmo con las caderas, meciéndose entre las dos pollas mientras chupaba la tercera. El sofá crujía. Los otros invitados se acercaban a mirar, algunos ya tocándose por encima de la ropa, ninguno capaz de apartar los ojos. Los chicos creían que la usaban; eran ellos los usados. Con cada gemido que les arrancaba, con cada empujón que les permitía, los dejaba un poco más vacíos, un poco más suyos.
—Corréos —les susurró cuando los notó al límite—. Corréos dentro. Los tres. Ahora.
El de abajo se corrió primero, vaciándose en el coño con embestidas cortas. El del culo aguantó dos segundos más antes de descargar contra el fondo del agujero. El de la boca la agarró de la nuca y le llenó la garganta de semen, obligándola a tragar hasta la última gota. Cuando los tres se derrumbaron alrededor, con los ojos vidriosos y las respiraciones rotas, sus almas se desprendieron a la vez como tres velas que se apagan de un soplo.
Encima de todos ellos, los espectros de Bruno y Daniela flotaban pegados al techo, mirando cómo aquella criatura cosechaba la sala entera. Uno tras otro, los cuerpos que la rodeaban se quedaban quietos al alcanzar el clímax, los ojos vidriosos y las entrepiernas chorreando semen o flujo, mientras nuevas sombras translúcidas se sumaban al enjambre silencioso del techo.
Para cuando el cielo empezó a clarear sobre los tejados de Valencia, la fiesta se había convertido en un campo de cuerpos dormidos que ya no despertarían del todo, empapados en su propia corrida, y en un coro de espectros condenados a contemplar.
Bruno, con su voz que nadie oía, susurró al fantasma que flotaba a su lado:
—Yo solo quería acercarme a ti.
—Y ahora —respondió Daniela— vamos a mirarla para siempre.
Abajo, en el portal, Mara salió a la calle con el cuerpo perfecto de la rubia y el aire fresco del amanecer en la cara. Estiró los brazos, respiró hondo y sonrió, sintiendo cómo el semen ajeno le resbalaba todavía por la cara interna de los muslos. La ciudad despertaba sin saberlo bajo una piel nueva.
Y la noche, para ella, apenas estaba empezando.





