La fantasía que mi novia propuso para igualar el pasado
Después de diez años con Mariela, llegamos a esa conversación que casi nadie quiere tener del todo. La del pasado. La de cuántas personas hubo antes del otro. La que parece inofensiva hasta que alguien dice un número en voz alta y el aire de la habitación cambia.
Empezó como un juego, tirados en el sofá un domingo por la tarde, con la televisión de fondo y dos copas de vino a medio terminar. Ella apoyó la cabeza en mi pecho y soltó la pregunta como quien comenta el clima.
—¿Cuántas fueron antes de mí? —dijo—. La verdad. Sin redondear.
Cometí el error de creer que la honestidad siempre se premia. Tengo treinta y cuatro años, y le confesé que antes de ella había estado con doce mujeres. Lo dije sin dramatismo, casi con orgullo tonto, como si fuera un dato neutral.
Mariela se incorporó despacio. Tiene veintinueve, y una manera de mirar cuando algo le molesta que aprendí a temer con los años: no grita, no se ofende, calcula.
—Yo tuve dos —dijo—. Sin contarte a ti.
Diez de diferencia. El número quedó flotando entre los dos como una cuenta pendiente.
—No es una competencia —le dije, que es exactamente lo que se dice cuando ya se convirtió en una.
Ella sonrió de costado y no respondió. Conozco esa sonrisa. Es la misma que pone cuando perdemos al truco y promete revancha, la misma que tuvo el día que aprendió a manejar mejor que yo solo para demostrarlo. Mariela es competitiva desde la cuna. Y yo, sin darme cuenta, acababa de marcarle un partido que ella no pensaba dejar así.
***
Esa misma noche, antes de dormir, lo entendí mejor.
Estábamos en la cama, la luz apagada, y de repente sentí su boca en mi cuello. No el beso de buenas noches de siempre, sino algo más lento, más cargado. Su lengua bajó por mi pecho, sin prisa, dibujando una línea tibia que me erizó la piel. Se detuvo un instante en cada pezón, chupándolos con la punta de la lengua, mordisqueándolos apenas, hasta que se me endurecieron. Yo no dije nada. Apenas respiraba, esperando.
Siguió bajando. Pasó la lengua por mi ombligo, mordió la piel del vientre bajo, y con las dos manos me bajó el bóxer de un tirón. Mi polla ya estaba dura, apuntándole a la cara, y ella se quedó mirándola unos segundos, como estudiándola, con una media sonrisa que no le conocía. La rodeó con la mano en la base, la apretó, y sacó la lengua para lamerme desde los huevos hasta la punta, despacio, arrastrando la saliva por toda la longitud.
—Mírame —dijo, sin soltarla.
Bajé la vista y la vi abrir la boca. Se metió la punta primero, jugando con la lengua alrededor del glande, chupando apenas la cabeza, con los ojos clavados en los míos. Después abrió más, y de golpe se la tragó entera, hasta el fondo, hasta que sentí el roce de su garganta contra la punta. Se atragantó un segundo, tosió sin sacarla, y siguió. Cuando la sacó, un hilo de saliva le colgaba del labio hasta mi polla, y ella se rió por lo bajo antes de volver a metérsela.
Lo hacía con una entrega que no le conocía, como si estuviera demostrando algo, como si cada movimiento fuera un argumento en una discusión que solo ella entendía. Subía y bajaba con la cabeza a un ritmo parejo, ahuecando los cachetes, chupando fuerte. Con la otra mano me acariciaba los huevos, los pesaba, los apretaba apenas. De vez en cuando se paraba, me miraba y me escupía encima, y usaba la saliva para pajearme rápido mientras me chupaba los cojones uno por uno.
Justo cuando sentí que no iba a aguantar más, se detuvo. Subió hasta mi oído y susurró, con la voz ronca:
—Te voy a cumplir una fantasía. Pero después tú me cumples la mía.
No alcancé a contestar. Volvió a bajar y me la metió entera otra vez, ahora más rápido, con la mano bombeándome la base al mismo ritmo de la boca. Sentí el orgasmo subir desde los huevos, imparable. Intenté avisarle, moví la cadera para atrás, pero ella me clavó la mano en la ingle y no me dejó. Se la metió más adentro y me tragó la punta hasta el fondo justo cuando exploté. Sentí cada chorro salir a presión dentro de su boca, uno, dos, tres, cuatro, y ella tragó apenas los primeros y después se la sacó, dejando que los últimos chorros le cayeran en los labios y en el mentón.
Hay algo que en diez años nunca había pasado entre nosotros: Mariela jamás había querido terminar de esa manera, con todo en su boca. Era un límite suyo y yo lo respetaba sin discutir. Por eso, cuando esa noche no solo lo permitió sino que pareció buscarlo, entendí que el trato ya estaba sellado mucho antes de que yo dijera que sí.
Después se quedó un momento mirándome a los ojos, sin tragar del todo, abriendo la boca para que yo viera mi semen sobre su lengua. Sacó la lengua entera, cargada, y dejó caer unas gotas espesas sobre su pecho. Las repartió despacio con dos dedos por la piel, entre los pechos, alrededor de los pezones, embadurnándose como quien se pone crema, y recién entonces cerró la boca y tragó, con un gemido largo.
Por último, se agachó de nuevo y pasó la lengua una vez más por toda mi polla, recogiendo lo último que había quedado, sin dejar de mirarme. La chupó de la punta a la base, la limpió entera, y me dio un beso suave en la cabeza antes de soltarla.
—Yo ya cumplí —dijo, dándome un beso corto en la boca, un beso donde sentí el gusto de mi propia corrida—. Ahora te toca a ti. Mañana te digo cuál es la mía.
Y se acomodó contra la almohada, me dio la espalda y se durmió, o fingió dormirse, dejándome despierto durante horas, mirando el techo, preguntándome en qué me había metido.
***
Al día siguiente trabajé pésimo. No podía concentrarme. Cada vez que el teléfono vibraba pensaba que era ella, anunciándome la fantasía. Pero no escribió nada en todo el día. Silencio absoluto, que con Mariela es la peor de las amenazas.
Llegué a casa cerca de las ocho. La puerta estaba sin llave. Las luces, apagadas. Solo una lámpara baja del living encendida, y ella esperándome de pie en el pasillo, con un conjunto de encaje negro que no le había visto nunca y que claramente había comprado para la ocasión. El sostén le levantaba las tetas hasta que se le desbordaban por el borde, y la tanga era apenas un triángulo de encaje que le marcaba los labios del coño.
—Ve a ducharte —dijo, sin saludar—. Cuando vuelvas, te lo cuento. Mientras te lo hago.
Me bañé más rápido de lo que me bañé en mi vida, entre la excitación y un nudo en el estómago. No sabía qué esperar. Mariela tiene una imaginación que cuando se enciende no conoce frenos, y la noche anterior me había dejado claro que iba en serio.
Cuando salí, la encontré en la cama. Se había sacado la tanga. Tenía las piernas abiertas de par en par y se acariciaba despacio, con los ojos entrecerrados, dos dedos entrando y saliendo de su coño ya mojado, ofreciéndome el espectáculo a propósito. Con la otra mano se pellizcaba un pezón por encima del encaje. Sobre la sábana, a un costado, había dejado un juguete: uno nuevo, grueso, negro, más grande de lo que cualquier hombre podría tomarse como un cumplido. No dijo nada del juguete. Solo me miró, se sacó los dedos del coño y me los extendió, brillando.
—Chupa —dijo.
Obedecí. Le lamí los dedos uno por uno, sintiendo su gusto salado, y ella me miraba con una sonrisa nueva, satisfecha. Después dio una palmada suave en el colchón.
—Acuéstate boca arriba.
Obedecí otra vez. Se acomodó entre mis piernas y empezó otra vez con la boca, con esa misma dedicación de la noche anterior. Me chupó la polla despacio, empapándola de saliva, y después bajó a los huevos, se los metió uno por uno en la boca, los lamió por debajo, me pasó la lengua por el perineo, siempre volviendo arriba a chupar la punta. Y mientras lo hacía, entre pausa y pausa, fue contándome su fantasía, palabra por palabra, como si la estuviera leyendo de algún lugar de su cabeza donde la había guardado todo el día.
—Para estar a mano —dijo, levantando la cabeza un segundo, con la mano pajeándome despacio— hice una lista.
—¿Una lista de qué? —pregunté, con la voz quebrada.
—De diez. —Sonrió y me lamió la punta—. Diez perfiles que armé en una aplicación de citas. Si me follo a cada uno, quedamos empatados. Doce y doce. Justos.
Quise decir algo y no me salió. Ella volvió a metérsela en la boca, hasta el fondo, dejándome procesar el golpe, sabiendo perfectamente el efecto que tenían sus palabras. Chupaba y hablaba, chupaba y hablaba.
—No te preocupes —siguió, después de un rato, con los labios brillantes—. Ya los elegí. Hay de todo en la lista. Altos, rubios, morenos, uno mayor con la polla gorda que se le nota en la foto, uno que parece tímido pero seguro me la mete como un animal. —Hizo una pausa estudiada, chupándome de nuevo—. Y una chica.
—¿Una chica? —repetí, idiota.
—Una chica —confirmó, divertida con mi cara—. Quiero saber qué se siente que otra mujer me coma el coño. Dijiste que no era competencia. Yo solo estoy empatando el marcador.
Se tomó su tiempo antes de seguir. Subió un momento, se acostó a mi lado, apoyó la cabeza en mi hombro y me pajeó con la mano llena de saliva, sin apuro, como si estuviéramos charlando de las vacaciones y no de esto.
—Lo pensé todo el día en el trabajo —dijo, apretándome la polla en el puño—. Cada vez que iba al baño me tocaba pensando en esto. Me hice acabar dos veces sentada en el inodoro imaginándome con ellos. No es por venganza, que conste. Es que necesito entender qué tuviste tú que yo no. Doce personas, doce pijas distintas, doce maneras de que te cogieran la boca. Quiero saber qué se siente que me abra de piernas para un desconocido, que me la meta uno que no sé cómo se llama, sin que sea grave, sin que se acabe nada entre nosotros. Quiero contártelo después. Cada detalle. Cómo la tenían, cómo se corrían, dónde me acababan.
—¿Y si no puedo soportarlo? —pregunté, con la polla goteando en su puño.
—Por eso vamos despacio —contestó, y me besó el hombro—. Por eso empezamos esta noche, los dos solos. Para que sepas hasta dónde aguantas antes de que aparezca el primero de la lista.
Lo más perturbador no era la lista en sí. Era la calma con la que la había planeado, el detalle, la frialdad alegre con que había convertido mi confesión tonta de un domingo en un proyecto con nombres y caras. Mariela no improvisaba. Mariela ejecutaba.
Y lo peor de todo —lo que me costó admitir incluso a mí mismo— es que la idea, en lugar de espantarme, me tenía más excitado que nunca. La imaginé con cada uno de esos diez, montada, de rodillas, en cuatro, contándome los detalles después, mirándome a los ojos como me miraba ahora. La sola fantasía me nublaba el juicio.
***
—¿De verdad lo vas a hacer? —pregunté, cuando pude armar una frase entera.
Mariela se detuvo. Apoyó la barbilla en mi vientre y me clavó la mirada, esa mirada que no admite que le mientan, con la mano todavía envuelta alrededor de mi polla.
—Eso depende —dijo—. De lo bien que cumplas tu parte primero.
—Yo no acepté nada todavía.
—Aceptaste anoche —contestó—. Cuando dejaste que te tragara la leche como nunca te dejé y no me paraste. Cuando me viste jugar con tu semen en las tetas y no te movías. Ese era el trato. Yo cumplo una tuya, tú cumples una mía. Y la mía recién empieza.
Tenía razón, y los dos lo sabíamos. El juego ya había comenzado la noche anterior, en la oscuridad, cuando creí que solo me estaba premiando y en realidad me estaba comprando.
—Entonces —dije, rendido—, ¿qué quieres exactamente esta noche?
Ella sonrió, esa sonrisa de revancha, y se estiró para tomar el juguete de la sábana. Lo sostuvo un momento entre los dos, midiéndolo contra mi polla para que yo viera la diferencia, como mostrándome una promesa y una advertencia al mismo tiempo. Después se llevó el juguete a la boca y lo chupó despacio, lubricándolo con saliva, mirándome, dejando que un hilo largo le cayera hasta la punta.
—Esta noche —dijo, acercándose a mi oído, despacio, para que cada palabra pesara— quiero cogerte yo. Con esto. Para ir practicando. Quiero saber qué se siente estar del otro lado, ser la que la mete, antes de empezar mi lista. Quiero abrirte el culo despacio y meterte esto hasta el fondo, y quiero que mientras te lo hago, pienses en cada uno de esos diez nombres. Que te imagines a cada uno metiéndomela a mí como yo te la voy a meter a vos.
Se me secó la boca. El corazón me golpeaba en el pecho de una manera nueva, mezcla de miedo y de un deseo que no reconocía en mí. Mariela apagó la lámpara baja con un gesto perezoso, y la habitación quedó casi a oscuras, apenas iluminada por la luz que entraba de la calle. Sentí sus manos separarme las piernas, subírmelas, doblármelas contra el pecho, y después el frío del lubricante cayéndome entre las nalgas, y el dedo suyo tanteando, entrando con cuidado, girando.
—Relájate —susurró, con una ternura que contrastaba con todo lo demás, mientras metía un segundo dedo y me abría despacio—. Lo vamos a hacer despacio. Tenemos toda la noche. Y mañana —agregó, mientras sentía la punta del juguete apoyarse donde antes habían estado sus dedos, empujando apenas— te muestro las fotos de la lista, una por una, para que sepas con quién voy a empezar.
No dije que sí. Tampoco dije que no. Solo gemí cuando sentí que la cabeza del juguete se abría paso, y ella se rió por lo bajo, satisfecha, y siguió empujando milímetro a milímetro. En la oscuridad, con su respiración en mi nuca y diez desconocidos rondándome la cabeza, entendí que ya no importaba lo que yo dijera. La revancha de Mariela había empezado, y yo era apenas el primer asalto.
Continuará.





