El vecino que no quiso quedarse
Sofía llegó a su nuevo piso con cuatro cajas medianas, una mochila que le aplastaba los hombros y la certeza de que estaba haciendo lo correcto. Veintidós años, sola en una ciudad desconocida, con un contrato de alquiler firmado y lo justo en la cuenta corriente. La sala era pequeña pero luminosa, con ventanas que daban a un patio interior y parquet que crujía en el mismo punto cada vez que pisaba cerca del armario. Le pareció perfecta desde el primer momento.
Pasó las primeras horas con una energía que no recordaba haber sentido en mucho tiempo. Colocó la ropa, ordenó la cocina, alineó los libros en el estante que había colgado antes de entrar los muebles. Todo fue bien hasta que, casi dos horas después, se quedó parada frente al sofá y se dio cuenta del problema.
Era un sofá enorme, de tela gruesa y color crema, que le había cedido su prima al marcharse al extranjero. Sofía lo había aceptado sin pensar demasiado en los detalles logísticos. Ahora lo miraba de frente, ocupando el centro de la sala en un ángulo absurdo que lo hacía inútil para sentarse y para moverse, y pensó que había cometido un error de cálculo monumental.
Lo empujó con los brazos. No se movió.
Lo intentó desde el otro lado, apoyando el hombro contra el respaldo. Tampoco.
Se sentó encima y resopló mirando el techo. Necesitaba desplazarlo unos ochenta centímetros hacia la derecha para que la sala tuviera algún sentido. Ochenta centímetros. Una estupidez. Pero ese sofá pesaba lo que pesaba, y ella era delgada de huesos, con los brazos que no habían visto un gimnasio en meses. Llevaba ya un cuarto de hora en esa batalla cuando alguien llamó a la puerta.
Abrió con el pelo pegado a la frente y cara de derrota. Era un hombre de unos cincuenta y pico años, cara redonda, expresión amable, con una camiseta desteñida y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
—Soy Rodrigo, del cuarto A —dijo—. Escuché los golpes. ¿Necesitas ayuda?
Sofía lo miró, luego miró hacia el pasillo vacío, luego de nuevo a él.
—Acabo de mudarme —respondió, como si eso lo explicara todo.
—Ya lo veo. Y ese sofá tiene mala pinta desde aquí.
Rodrigo resultó ser de esas personas que convierten una situación caótica en algo manejable sin hacer alarde de ello. Le habló de ángulos, de cómo distribuir el peso, de usar el crujido del parquet a favor en lugar de en contra. Sofía siguió sus instrucciones, empujó cuando él dijo que empujara, y el sofá comenzó a moverse. Despacio, centímetro a centímetro, pero se movía.
—Casi —dijo Rodrigo, secándose la frente con el antebrazo—. Para terminarlo necesito más fuerza. Un momento.
Sacó el móvil del bolsillo y marcó sin pensarlo dos veces.
—¿Nicolás? Baja al tercero B. La vecina nueva necesita ayuda con un mueble. —Una pausa breve—. Sí, ahora. Son cinco minutos.
Colgó y le sonrió a Sofía.
—Mi hijo. Trabaja desde casa, así que no tiene excusa.
Sofía no dijo nada. Imaginó mentalmente a alguien parecido a Rodrigo en versión más joven: la misma cara afable, quizás la misma camiseta. Se equivocó completamente.
La puerta del piso de enfrente se abrió tres minutos después y Sofía entendió de inmediato por qué Rodrigo había dicho «más fuerza» con esa seguridad.
Era alto, metro ochenta y algo, con el pelo oscuro algo revuelto como quien se levanta de la silla sin pensar en el aspecto. Llevaba una camiseta básica blanca y pantalones oscuros de deporte. Tenía los antebrazos marcados, las muñecas anchas, el tipo de cuerpo que se nota aunque uno intente no notar nada en particular. Entró sin hacer ruido, evaluó la sala con una sola mirada, y luego la miró a ella con unos ojos oscuros que no transmitían nada especial.
—Nicolás —dijo, a modo de presentación completa.
—Sofía.
Asintió. Se colocó al otro extremo del sofá sin más ceremonia.
—Tú empuja desde ese lado —le indicó a su padre—. Sofía, sujeta las patas delanteras para que no arañen el suelo. A la de tres.
Lo hicieron. El sofá se desplazó sin resistencia, como si hubiera esperado a que llegara alguien con la calma y la fuerza suficientes para tomárselo en serio. En menos de un minuto estaba en su sitio, exactamente donde Sofía lo había imaginado cuando firmó el contrato.
—Perfecto —dijo ella, mirando el resultado con una satisfacción que no era solo por el sofá.
—De nada —dijo Nicolás. Y ya estaba dando media vuelta hacia la puerta.
—Espera —lo llamó Sofía—. ¿Os apetece tomar algo? Tengo zumo, agua fría. Es lo mínimo que puedo hacer.
Rodrigo aceptó encantado. Nicolás se detuvo en el umbral con la mano en el pomo y miró un momento hacia su propio piso con una expresión que no era indiferencia exactamente, sino la de alguien que tiene algo pendiente y lo sabe.
—Gracias, pero tengo una llamada en diez minutos. Otro día.
Y se fue. La puerta del piso de enfrente se cerró con un clic suave y definitivo.
Sofía se quedó mirando esa puerta un instante antes de darse la vuelta y sonreírle a Rodrigo.
—Bueno —dijo—. Más zumo para nosotros.
***
Rodrigo se quedó casi una hora. Le contó cosas del edificio: quién era ruidoso y quién no, que la calefacción central tardaba en arrancar en octubre y que valía la pena tener un edredón decente desde septiembre. Le habló del bar de la esquina donde hacían el mejor café del barrio y del mercadillo del domingo a tres manzanas. Era agradable y hablaba con esa calidez de quien está acostumbrado a vivir rodeado de gente.
Sofía lo escuchaba, servía más zumo y asentía. Pero su mente estaba en otra parte.
Cuando Rodrigo se fue, la tarde había caído por completo. Sofía cenó lo que tenía: dos huevos revueltos, una rebanada de pan y una copa de vino que se sirvió porque le pareció que el momento lo merecía. Primera noche sola. No de visita en casa de una amiga, no en la habitación de sus padres: sola en su propio espacio, con sus propias cosas y el silencio que ella misma decidía cuándo romper.
Se sentó en el sofá con las piernas cruzadas y la copa en la mano y miró la sala. Las cajas pendientes. La televisión sin conectar todavía. El cuadro que había que colgar. Todo eso podía esperar.
Lo que no podía esperar, al parecer, era su cabeza.
Nicolás había estado en esa sala exactamente el tiempo que tardó en mover un sofá. Había dicho cuatro frases. Se había ido sin mirarla dos veces. Y sin embargo Sofía seguía viendo con una precisión incómoda los antebrazos sobre el borde del mueble, la camiseta blanca pegada al pecho cuando se inclinó a empujar, la forma en que había dicho su nombre —Sofía— sin entonación especial, sin nada que pudiera interpretarse como interés.
Eso era exactamente lo que no podía quitarse de la cabeza.
Estaba acostumbrada a los hombres que miraban. A la atención pequeña pero constante, el segundo vistazo, la sonrisa que duraba un momento de más. Nicolás no había hecho ninguna de esas cosas. No porque fuera grosero, sino porque sencillamente no se había detenido en ella. Había entrado, había resuelto el problema, se había ido.
Otro día, había dicho.
Apuró la copa y se sirvió otra. La habitación estaba tranquila y el vino entraba bien.
Pensó en sus muñecas. En cómo había agarrado el sofá sin aparente esfuerzo. En los cuarenta segundos justos que había tardado en resolver lo que ella no había podido resolver en veinte minutos. No era la fuerza en sí lo que le llamaba la atención, sino la calma con que la usaba. Sin presumir, sin hacer más de lo necesario. Entraba, hacía, se iba.
Apoyó la copa en el suelo y se recostó en el sofá.
Cerró los ojos.
En la oscuridad construyó la escena de otra manera: Rodrigo se despide antes de tiempo, dice que le espera arriba, y Nicolás se queda porque ha aceptado el vaso de agua y se sienta al otro extremo del sofá. Hay un silencio que ninguno de los dos se apresura a romper. Sofía lo mira de reojo y él la mira de frente, directo, con esa calma que ya había visto antes, y esa vez sí hay algo en sus ojos que no estaba cuando entró por la puerta.
Notó el calor antes de ser del todo consciente de adónde iban sus pensamientos. Un peso sordo que empezaba en el abdomen y bajaba despacio. Cruzó las piernas. Las descruzó.
Llevaba una camiseta vieja y pantalones de chándal. Sin sujetador. La tela le rozaba con cada respiración y eso, combinado con lo que le estaba pasando por la cabeza, era demasiado para ignorarlo.
Es una tontería, pensó.
Y luego dejó de pensar.
Metió la mano despacio por la cinturilla del pantalón, como si no quisiera interrumpirse a sí misma. Estaba húmeda antes de llegar. Ese detalle la habría sorprendido en otro contexto; ahora lo registró como información y siguió.
Se tocó despacio al principio, sin prisa. Tenía tiempo. No había nadie esperando nada. La sala estaba en silencio salvo por el ruido lejano del tráfico y el sonido de su propia respiración, que ya empezaba a cambiar de ritmo.
En la imagen que seguía construyendo, Nicolás se acercaba. No decía nada, porque en la versión que ella imaginaba no hacía falta decir nada. Le pasaba una mano por la nuca con esa misma calma con que había movido el sofá, y la miraba un segundo antes de bajar la cabeza hacia ella.
Sofía presionó más fuerte y soltó el aire despacio por la boca.
Siguió ahí, en ese punto entre la incomodidad y el placer, moviéndose en círculos lentos. Pensó en la camiseta blanca. En la línea de su cuello. En cómo debía oler después del esfuerzo, no mal, sino a algo real y concreto que era lo opuesto a los perfumes artificiales.
Cuando introdujo los dedos arqueó la espalda contra el respaldo y se mordió el labio para no hacer ruido, aunque no había nadie escuchando. Había algo extraño y completamente bueno en estar a solas con una misma, sin testigos, sin tener que calcular nada ni gestionar ninguna expectativa ajena.
El ritmo se aceleró solo. El pulgar hacía su trabajo y la imagen de Nicolás seguía ahí, nítida en lo esencial: la calma con que se movía, la forma en que no había dicho más de lo necesario, otro día, como si no hubiera prisa para absolutamente nada.
El orgasmo llegó sin aviso exagerado. Fue limpio y directo: una contracción que empezaba en el vientre y se extendía hacia afuera en oleadas que le dejaron los muslos temblando y los pulmones sin aire por un momento largo. Se quedó quieta con los ojos cerrados hasta que el temblor cedió del todo.
Luego respiró hondo, retiró la mano despacio y se miró el techo blanco de su nuevo piso.
***
No tardó en dormirse, pero no por el insomnio de los primeros días en un sitio desconocido. Tardó porque tenía la cabeza en marcha, pensando en cosas prácticas y en cosas que no lo eran tanto.
La puerta del piso de enfrente estaba a cuatro metros de la suya.
La semana siguiente había que colgar el cuadro del salón, y para eso hacía falta un taladro, y ella no tenía taladro. Era perfectamente razonable preguntar a un vecino si podía pedirle prestado uno. La cosa más natural del mundo.
Otro día, había dicho él.
Sofía cerró los ojos con una pequeña sonrisa que no iba dirigida a nadie en concreto, y se durmió pensando en cosas razonables.