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Relatos Ardientes

La bolsa escondida que despertó mis fantasías

Tenía veintisiete años y todavía no había estado con nadie. No por falta de ganas —eso nunca me faltó—, sino porque jamás me sentí lo bastante libre para dar el paso. Desde muy joven supe que era distinta de las demás. Por fuera era la chica que sonríe con recato, la que baja la mirada cuando un hombre la sostiene demasiado tiempo. Por dentro, en cambio, había un cuarto cerrado con llave, lleno de cosas que solo yo conocía.

Me llamo Renata. Soy delgada, de cabello castaño que me llega a media espalda, pechos pequeños y firmes, caderas discretas. Hay quien me mira por encima y me archiva como una mujer sencilla. Pero los que se toman el trabajo de mirar de verdad notan otra cosa. Algo que llevaba años esperando, paciente, el momento exacto para despertar.

Trabajaba cuidando al hijo de una pareja en una casa grande y un poco vieja, de esas de pasillos largos, muebles de madera oscura y azulejos siempre fríos bajo los pies. No era lujosa, pero tenía un aire que se te metía debajo de la piel. Estaba apartada, en una calle silenciosa, con puertas que crujían solas y habitaciones que parecían guardar conversaciones de otra época.

Esa tarde el calor era espeso, de los que pegan la ropa a la espalda. El niño dormía la siesta y yo aprovechaba para ordenar el cuarto de visitas, ese que casi nunca se usaba. La ventana estaba abierta y la cortina se mecía despacio, como si alguien invisible la empujara hacia mí. Mientras acomodaba una caja de juguetes contra la pared, vi una bolsita de tela con cierre, de esas para guardar cosméticos. Algo asomaba por la abertura. Quien la había dejado ahí lo hizo con descuido, casi con prisa.

La curiosidad me jaló de las manos.

La abrí.

Y ahí estaba todo.

Un vibrador alargado, de un rosa apagado. Tres consoladores de silicona, distintos en tamaño y en textura, tan realistas que casi intimidaban. Un frasco pequeño de lubricante y otro más espeso, con aroma a frutas. Un tapón de silicona negra, brillante. Y al fondo, doblada con un cuidado que contrastaba con el desorden, una pieza de lencería roja, transparente, mínima, que apenas cubriría lo necesario. Tiras finas, encaje calado, telas que prometían enseñar más de lo que escondían.

Mi respiración cambió sin que yo se lo pidiera. No era miedo lo que sentía. Era algo más cercano al vértigo, a ese segundo antes de saltar al agua desde muy alto.

Toqué el vibrador. Estaba frío, pero solo de imaginarlo encendido sentí el calor subir por el cuello hasta las orejas. Levanté uno de los consoladores y lo sostuve en la palma. Era grueso, con las venas marcadas, una forma tan real que me dio un escalofrío en la nuca. Lo acerqué a mi cara sin pensarlo, como si necesitara comprobar que de verdad existía. Mi cuerpo reaccionó solo, antes de que mi cabeza alcanzara a decidir nada.

Me vi de reojo en el espejo del armario. La blusa pegada a los pezones por el sudor. El short subido en la entrepierna. Los labios entreabiertos, la respiración corta.

Y esa mirada.

Esa mirada no era la de la cuidadora tímida que entraba cada mañana saludando en voz baja. Era la de una mujer a punto de desbordarse.

***

Crucé el cuarto y eché el seguro a la puerta. El clic del cerrojo sonó más fuerte de lo que debía en aquel silencio. Me senté en la alfombra, con la espalda contra la cama, el ventilador girando lento sobre mi cabeza, removiendo un aire que no terminaba de refrescar.

Me toqué primero por encima de la ropa interior, sin apuro, como quien tantea un terreno que no conoce. Ya estaba húmeda. Ya estaba caliente. Cerré los ojos y dejé que la imaginación hiciera lo que llevaba años pidiendo permiso para hacer.

Tomé el frasco de lubricante y lo destapé solo por curiosidad. El aroma dulce me hizo bajar los párpados. Me imaginé la lencería roja ciñendo mi cuerpo, los consoladores recorriéndome despacio, el vibrador encendido y zumbando contra mí, el tapón formando parte de mí. Cada objeto de aquella bolsa se convirtió en una posibilidad, en una versión de mí que nunca me había atrevido a ser.

Y entonces, sin buscarlo, una cara se coló en mi mente y me arrancó un gemido apretado entre los dientes.

El marido de la señora.

Un hombre serio, de pocas palabras, siempre correcto. Pero con una voz grave que me había estremecido más de una vez sin que él lo notara, una de esas voces que parecen tocarte sin tocarte. Lo imaginé entrando en aquella misma habitación, encontrándome en el suelo con la lencería puesta. Me imaginé que se quedaba mirándome desde la puerta, sin decir nada, calculando, y que después se acercaba muy despacio.

Lo vi inclinarse, tomarme de la barbilla, levantarme la cara hacia la suya. En mi fantasía me hablaba bajito, al oído, cosas que nunca le había escuchado decir a nadie. Cosas sucias, directas, que en la vida real me habrían hecho enrojecer y que ahí, a solas, me empujaban hacia el borde.

Mírate, Renata. Tan mojada, y todavía no te he tocado.

En mi cabeza me recostaba sobre la alfombra y se colocaba sobre mí. Me besaba el cuello, mordía la línea del hombro, bajaba con la boca por el centro del pecho mientras sus manos apartaban las tiras finas del encaje. Yo arqueaba la espalda, le buscaba, le pedía sin palabras. Y él se tomaba su tiempo, como si supiera que cada segundo de espera me deshacía un poco más.

Tomé el consolador más delgado y lo deslicé por encima del muslo, despacio, siguiendo el guion de la fantasía. Mi propia mano se volvió la suya. Lo imaginé entrando en mí con un ritmo lento, profundo, sosteniéndome la mirada todo el tiempo, sin dejarme esconder la cara ni un instante.

—Así —murmuré contra mi propio hombro, sin reconocer mi voz—. Más despacio.

En la fantasía él se reía bajito, jadeando, diciéndome que me veía perfecta así, abierta y rendida en una casa que no era mía. Yo me movía contra él como si el cuerpo llevara años ensayando esa escena en secreto. Lo llamaba por su nombre sin ningún pudor, le pedía que no parara, que no me dejara a medias justo ahora que por fin me había soltado.

—No pares —le supliqué a la habitación vacía—. Dame más.

El zumbido del vibrador se sumó a todo lo demás. El aroma a frutas del lubricante, el calor pegajoso de la tarde, el crujido de la cama cada vez que me apoyaba en ella, el girar lento del ventilador. Todo se mezcló en una sola corriente que me subía desde el vientre. Tenía la frente perlada, el pelo pegado a las sienes, y aun así no quería abrir los ojos por miedo a que la imagen se rompiera.

En mi mente, él me sostenía las muñecas contra el suelo y me hablaba sin dejar de moverse, repitiéndome que era suya, que esa tarde había dejado de pertenecerme a mí misma. Y yo, en lugar de asustarme, lo deseaba con una intensidad que nunca antes me había permitido sentir.

El pensamiento me llevó al límite y me empujó por encima de él.

***

Esa tarde no me toqué, sin más. Esa tarde me descubrí. Me abrí. Me rendí ante una Renata que había estado encerrada demasiado tiempo y que ya no tenía la menor intención de pedir disculpas por existir.

Cuando terminé, quedé tendida sobre la alfombra, el cuerpo todavía sacudiéndose en pequeñas réplicas, el pecho subiendo y bajando como después de correr sin parar. El ventilador seguía girando, indiferente. La casa seguía en silencio. Y yo ya no era la misma que había entrado a ordenar ese cuarto.

Me quedé un rato largo mirando el techo, sintiendo cómo el corazón volvía despacio a su sitio. Una parte de mí esperaba sentir vergüenza, ese golpe de culpa que siempre me habían enseñado a esperar. Pero no llegó. En su lugar había algo nuevo, una calma extraña, casi orgullosa, como si por fin hubiera reconocido en voz alta una verdad que llevaba años negando.

Guardé cada cosa en la bolsa con cuidado, en el mismo orden en que la había encontrado. El vibrador, los consoladores, los dos frascos, el tapón, la lencería roja doblada al fondo. Cerré el cierre, dejé la abertura igual de descuidada que antes y volví a colocarla detrás de la caja de juguetes, exactamente donde estaba. Nadie tenía por qué saber que la había abierto. Ese secreto era solo mío, y por primera vez en mucho tiempo me gustaba tener uno.

Abrí la ventana del todo para que el aire se llevara el aroma del lubricante y el calor del cuerpo. Me arreglé la ropa, me pasé los dedos por el pelo, me miré otra vez en el espejo del armario. La misma cara de siempre. La misma chica sencilla que los demás archivaban sin pensarlo dos veces. Pero ahora yo sabía lo que había detrás, y eso lo cambiaba todo.

El niño despertó poco después, llamándome desde su cuarto con esa voz somnolienta de las siestas largas. Fui a buscarlo, lo cargué, le hablé con la misma dulzura de siempre. Por fuera, nada había cambiado. Seguía siendo la cuidadora tranquila, la mujer en la que nadie repara. Por dentro, en cambio, una puerta que llevaba años cerrada acababa de quedarse abierta de par en par.

Desde aquella tarde, cada vez que entro a esa casa siento que las paredes me observan. Que algo espera, agazapado en el silencio de los pasillos largos. Y yo también espero, aunque todavía no sepa exactamente qué. Sé que la fantasía no va a quedarse encerrada en aquel cuarto de visitas para siempre. Tarde o temprano querrá salir, buscar una piel de verdad, una voz de verdad, unas manos que no sean las mías.

Porque fue ahí, en esa habitación que nadie usaba, donde por fin desperté. Y no pienso volver a dormirme.

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Comentarios (6)

Mili_lectora

Dios mio, que inicio tan impactante. Me quede sin palabras!!

LunaRoja22

Por favor una segunda parte!! Quede con muchisimas ganas de saber como sigue todo esto.

Valentina_07

Me encanto como lo contaste, sin ser burdo pero igual de intenso. Se siente muy real, muy autentico.

NocturnoK

Buenisimo!!! Segui escribiendo, por favor.

Caro_lect

Me recordo tanto a mi misma cuando era mas joven... esa sensacion de descubrirte es unica. Muy bien escrito.

Rober_lect

Lo lei de un tiron. Tremendo.

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