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Relatos Ardientes

Lo que mi vecino vio desde su ventana esa noche

En esta ciudad, cuando llega junio, el calor se mete dentro de las casas y ya no se va. Lo sabe cualquiera que haya pasado un verano aquí. Las paredes guardan el sol del día y lo devuelven de noche, lento, pegajoso, hasta que dormir se convierte en una negociación con las sábanas.

Empiezan entonces las noches en las que abro las ventanas de par en par y subo las persianas hasta arriba. Busco cualquier corriente de aire, por mínima que sea. El pijama deja de ser una opción. Me tumbo desnuda sobre la cama, encima de la colcha, y desde ahí miro las luces de la ciudad y el cielo despejado.

Vivo en el último piso. Es lo único bueno de subir tantas escaleras: desde mi cama no veo otros edificios, solo el cielo abierto y las antenas recortadas contra el azul oscuro. A veces pienso en cómo sería todo si viviera más abajo, en una planta intermedia, con otra fachada justo enfrente. Si en lugar de estrellas tuviera ventanas ajenas a la altura exacta de mis ojos.

Esa noche, sin embargo, no necesité imaginarlo.

Me había mudado hacía apenas tres semanas, todavía con cajas a medio deshacer en el pasillo. El edificio de enfrente queda más cerca de lo que parece de día, y aquella noche, por primera vez, me fijé en la ventana de un piso por encima del mío. Tenía la luz del dormitorio encendida.

Lo vi pasearse de un lado a otro. Un hombre, todavía sin camiseta, preparándose para dormir. No me conocía, ni siquiera sabía que existía. Yo estaba en completa oscuridad, una sombra más dentro de un cuarto apagado. Él, en cambio, estaba bañado en luz amarilla, perfectamente visible. Él no me veía. Yo a él sí.

Me llamo Lucía, por cierto. Aunque esa noche podría haberme llamado de cualquier forma. En la oscuridad una deja de ser un nombre y se convierte en otra cosa: unos ojos abiertos, una respiración contenida, un coño que se moja solo, sin pedir permiso.

Lo observé un rato sin moverme. Acababa de ducharse; se frotaba el pelo con una toalla, descalzo, recorriendo la habitación con esa pereza de quien no espera que nadie lo mire. Y precisamente porque no lo esperaba, me resultó imposible apartar la vista.

Nadie sabe que estoy aquí. Nadie sabe que lo miro.

Fue ese pensamiento, más que su cuerpo, lo que encendió algo dentro de mí. La certeza de estar viendo sin ser vista. De robarle un trozo de intimidad sin que él lo supiera. Sentí cómo los pezones se me endurecían solos contra el aire caliente, cómo entre las piernas empezaba a formarse esa humedad pegajosa que ya no distingue si es sudor o deseo.

Deslicé la mano por mi abdomen, despacio, sintiendo el calor de mi propia piel húmeda. Me detuve un momento en las tetas, las apreté con la palma abierta, pellizqué un pezón entre el pulgar y el índice hasta que se me escapó un suspiro. Bajé hasta el monte de Venus y me detuve ahí un segundo, con la palma abierta, mientras él volvía a cruzar cerca de su ventana. Una gota de agua le resbalaba por el cuello, y yo seguí ese hilo con los ojos hasta perderlo bajo la línea del pantalón.

Seguí bajando. Los dedos se me hundieron entre los labios del coño y salieron empapados, brillantes. Encontré mi clítoris hinchado, tenso, y empecé a dibujar círculos lentos, perezosos, sin apartar los ojos de su habitación. No tenía prisa. El calor me obligaba a ir despacio, y el placer de mirarlo se mezclaba con el de tocarme hasta volverse una sola cosa. Cada vez que él giraba, yo apretaba un poco más. Cada vez que se agachaba a buscar algo, mis dedos bajaban a mojarse de nuevo y volvían a subir, lentos, resbaladizos, a untar de flujo mi propio clítoris.

Lo perdí de vista un momento. Debió de sentarse en el borde de la cama, fuera de mi ángulo. Lo imaginé ahí, con alguna gota de agua todavía sin secar en la nuca, revisando el teléfono, comprobando la alarma del día siguiente. Un gesto tan corriente, tan doméstico, y aun así no podía parar de pensarlo.

Quise fantasear con que llevaba un bóxer negro, muy ajustado. Me imaginé su abdomen, ese camino de vello que se pierde bajo la tela, los pequeños pliegues de la piel al estar sentado, la postura relajada de alguien que se cree completamente solo. Y me lo imaginé también con la polla medio dura marcada por debajo del algodón, ese bulto que un hombre a solas acomoda sin pensar, con la mano distraída, mientras mira la pantalla.

Me lo imaginé también de otra manera. No sentado, sino de pie junto a la cama, dándose cuenta de pronto de que lo miraban. Sin sobresaltarse. Sin correr a bajar la persiana. Solo quedándose quieto, dejándose ver, sabiendo que del otro lado de la calle había una mujer pendiente de cada uno de sus movimientos. Bajándose el bóxer despacio, dejando que la polla saltara hacia fuera, gorda y dura, para que yo la viera bien. Cerrando el puño alrededor de la base y empezando a masturbarse frente a mí, sin apartar los ojos. Esa versión suya, la que no se escondía, fue la que más me gustó.

En la cabeza todo es más fácil que en la vida. En la cabeza no hay vergüenza, ni vecinos que oyen, ni la incomodidad de cruzarte a alguien en el portal al día siguiente. En la cabeza yo podía cruzar la calle, subir un piso, llamar a su puerta descalza y dejar que abriera sin preguntarme nada. Que me metiera dentro sin decir hola, que me empujara contra la pared del recibidor, que me arrancara la camiseta y me hundiera dos dedos hasta los nudillos mientras me mordía el cuello. Y volver a mi cama justo a tiempo para que el cuerpo me lo agradeciera.

Mis círculos se volvieron más firmes. Metí el dedo medio dentro del coño, lo saqué chorreando y volví a untarme el clítoris con mi propia humedad. ¿Cómo sería estar de rodillas frente a él ahora mismo? La pregunta me atravesó entera. ¿Seguiría mirando el teléfono mientras yo esperaba, paciente, una señal suya para dejar pequeños besos sobre la tela, para lamerle la polla por encima del bóxer hasta empaparlo entero de saliva?

Me gustó imaginarme así: quieta, obediente, con la boca abierta esperando como una buena chica. Que dejara el teléfono a un lado solo cuando él quisiera. Que se sacara la polla y me la pasara por los labios sin metérmela todavía, restregándomela por la cara, marcándome las mejillas con el pre-semen. Que llevara la mano a mi mentón y jugara con el pulgar dentro de mi boca, marcando el ritmo, decidiendo cuándo. Y que después me agarrara del pelo con las dos manos y me la metiera hasta el fondo de la garganta, de un solo empujón, hasta hacerme lagrimear.

La imaginé entrando y saliendo, gruesa, caliente, arañándome el paladar. Yo con la baba escurriéndome por la barbilla, cayéndome sobre las tetas, sin poder respirar y sin querer que parara. Él sujetándome la cabeza contra su pelvis, obligándome a tragármela entera unos segundos más de los que yo aguantaba, hasta soltarme y dejarme jadear antes de volver a empezar.

El interior de mis muslos empezó a arder. No por el calor de la noche, sino por otro tipo de fuego, ese que nace dentro y empuja hacia afuera. Todo mi cuerpo empezó a pedir más de lo que mi mano podía darle. Aceleré sin darme cuenta. Ya tenía tres dedos entrando y saliendo del coño, el pulgar apretado contra el clítoris, y los muslos me temblaban solos entre embestida y embestida.

Y entonces hubo movimiento en su ventana.

Se acercó a ella. Apoyó una mano en el marco y se quedó mirando al exterior, hacia la calle vacía, hacia la noche. Me quedé inmóvil, con los dedos todavía metidos hasta el nudillo, conteniendo la respiración.

¿Me ve?

Desde su posición, un piso más arriba, ¿alcanzaba a distinguir mi cama? ¿Veía la silueta de una mujer tumbada en la penumbra, con las rodillas flexionadas y muy abiertas, la mano hundida entre las piernas, los ojos clavados en él?

Lo vi recorrer con la mirada la fachada de mi edificio. Ventana por ventana, piso por piso, como quien busca de dónde viene un ruido que no termina de ubicar. Y por un segundo, uno solo, pero más largo de lo que cualquier mirada casual justificaría, se detuvo en mi dirección.

No me moví. No por miedo, sino por todo lo contrario. Abrí más las piernas. Dejé que las rodillas se cayeran a los lados, ofrecidas, y hundí los dedos más adentro, con las tetas subiéndome y bajándome deprisa. Si me veía, que me viera entera. Que viera el coño abierto, brillante, chorreando sobre la colcha. Que viera cómo me lo estaba follando con mi propia mano pensando en él.

Aumenté la intensidad. Me costaba no cerrar los ojos, no hundirme en la sensación y dejar de pensar. Pero no quería. Quería mirarlo. Y, sobre todo, quería que él me mirara.

Que viera cómo mi cuerpo se agitaba cada vez más. Cómo el pecho me subía y bajaba sin control, cómo la respiración se me entrecortaba en pequeños jadeos que mordía para que no salieran. Que entendiera, aunque no pudiera oírme, que todo aquello era por él. Que mi cuerpo entero gritaba en silencio que quería su polla dentro. En el coño, en el culo, en la boca, donde quisiera metérmela. Que llevaba minutos follándome con los dedos imaginándome su verga abriéndome en canal.

Seguía sin apartar la vista de mi lado de la calle. Y en sus labios… ¿era una sonrisa lo que veía? No estaba segura. La distancia y la penumbra me jugaban malas pasadas. Pero quise creer que sí. Quise creer que sabía exactamente lo que estaba pasando un piso más abajo, y que le gustaba mirarlo tanto como a mí ser mirada. Quise creer que tenía la polla dura dentro del pantalón y que estaba conteniéndose de sacársela solo por el placer perverso de aguantar.

Mi mano ya iba sola, descontrolada, chapoteando contra el coño empapado. El ruido húmedo me llenaba la habitación entera, obsceno, imposible de silenciar. Cada círculo era una vuelta de tuerca más, cada penetración con los dedos me arrancaba un temblor nuevo. Rozaba esa línea finísima donde el placer empieza a confundirse con la necesidad, casi con el dolor. Los segundos se hacían horas. Él en la luz, yo en la oscuridad, separados por una calle estrecha y por todo lo que no nos atrevíamos a nombrar.

Pensé en bajar la persiana. Pensé, por un instante absurdo, en encender la luz y dejar que me viera del todo, sin sombras, sin la coartada de la oscuridad. En abrirme el coño con dos dedos para que viera bien lo rosa que estaba por dentro. En darme la vuelta, ponerme a cuatro patas mirando la ventana, y follarme con la otra mano por detrás para que me viera el culo levantado y el flujo bajándome por los muslos. En cruzar esa frontera invisible y convertir la fantasía en algo de lo que ya no se puede volver. No lo hice. El secreto era parte del placer. Saber que él no estaba seguro, que solo intuía, que tendría que pasar el día siguiente preguntándose si había imaginado aquella silueta en la ventana de enfrente masturbándose para él.

Fui cada vez más rápido. Los dedos entraban y salían con un ruido pegajoso, el clítoris me latía como un corazón pequeño y furioso bajo el pulgar, y sentía cómo se me tensaban las piernas hasta las puntas de los pies. El edificio entero parecía haberse callado, como si la ciudad contuviera el aliento conmigo. Solo existíamos nosotros dos y esa distancia imposible entre su luz y mi sombra.

Hasta que todo explotó.

Sentí el espasmo recorrerme de arriba abajo, una ola brutal que empezó en el clítoris y me subió hasta la garganta, doblándome las rodillas hacia el pecho. El coño se me apretó una y otra vez alrededor de los dedos, chupándomelos hacia dentro, escupiendo un chorro de humedad tibia que me resbaló entre las nalgas hasta empapar la colcha. Apreté los labios con fuerza para que no me escucharan ni los vecinos ni la noche, y aun así un gemido ahogado se me escapó entre los dientes, largo, roto. El cuerpo se me tensó entero, arqueado sobre la cama, y luego, de golpe, se soltó, temblando en pequeñas réplicas mientras seguía apretándome el clítoris con la yema, exprimiéndome el último latido de placer.

Cuando volví a abrir los ojos, él seguía ahí. Quieto en su ventana, mirando todavía hacia mí. Y ahí nos quedamos los dos, en silencio, sin gestos, sin saludos, solo mirándonos a través del vacío de la calle, mientras yo sacaba los dedos del coño despacio, brillantes de flujo, y sentía cómo algo tibio resbalaba despacio por la cara interna de mi muslo hasta el pliegue de la rodilla.

No sé cuánto duró aquello. Puede que unos segundos, puede que un minuto entero. En algún momento él apartó por fin la mirada, apagó la luz de su dormitorio y desapareció en la oscuridad, igualándonos al fin.

Me quedé tumbada, respirando hondo, con la piel cubierta de una capa fina de sudor, las piernas todavía abiertas, el coño palpitando lento entre los muslos. Ahora tenía más calor que antes, mucho más, pero no me importaba en absoluto. Había necesitado eso. Había necesitado mirarlo, imaginarlo, sentir que me veía correrme.

Lo necesitaba a él. O a la idea de él, que para una fantasía es exactamente lo mismo.

Desde entonces, cada noche de calor reviso si su luz está encendida. Algunas lo está, otras no. Nunca hemos hablado. No sé su nombre y prefiero no saberlo. Pero los dos sabemos algo que nadie más sabe, y eso, en pleno verano, basta para que el calor merezca la pena.

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Comentarios(9)

SilencioLetor

tremendo ese momento cuando se da cuenta de que la estaban observando... muy bien narrado, se siente la tension todo el tiempo

Fabian_PBA

Por favor continua esto! quede con ganas de saber como siguio la historia entre los dos

CarmenD

me recordo a algo parecido que me paso hace años en un departamento con ventanas al frente, jajaja. muy bueno

RobertoSOM

Lo lei de noche y no pude parar hasta el final. Eso es saber escribir

Mili_23

excelente!!!

NightOwl_BA

La tension que se arma en ese momento es increible, se siente el nerviosismo del personaje desde el principio. Ojala haya segunda parte

PatricioZ

buenisimo, espero el proximo

Valentina_Rj

que morbo la situacion, me gusto mucho como lo narraron sin ser burdo

GabiCordoba

es real esto? lo pregunto porque se siente muy autentico y cercano

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