Esa noche, los gemidos del piso de arriba me encendieron
Marina había llegado a Cartagena esperando una semana entera de reuniones, almuerzos de trabajo y promesas a medias. Para su sorpresa, cerró el contrato más importante el primer día. Fue agotador, comió de pie entre una cita y otra, pero al final de la tarde firmó los papeles y se quedó con cinco días libres por delante y nada que hacer.
De vuelta en el hotel, se dio una ducha larga, se puso un camisón fino y se dejó caer en la cama con la televisión encendida como ruido de fondo. Repasaba la jornada sin prestar atención a la pantalla. Había valido la pena cada minuto.
El cansancio empezaba a ganarle. Antes de rendirse al sueño, tomó el folleto de la mesita y leyó las actividades que ofrecía la zona: paseos en velero, catas de vino, recorridos por la ciudad amurallada, una galería de arte a dos cuadras. Cinco días libres en un viaje de negocios eran un lujo raro, y se prometió aprovecharlos.
Mientras pasaba las páginas, pensó en sus hijos, en lo grande que estaba la casa cuando ella faltaba, en cuánto hacía que no se concedía un momento solo para sí misma. Era arquitecta, divorciada, madre de tres, y la última vez que durmió en una cama de hotel sin pensar en planos o en horarios escolares no la recordaba.
Apagó el televisor. La habitación quedó a oscuras, apenas iluminada por el reloj y por una franja de luz que entraba bajo la puerta. Cerró los ojos.
Entonces escuchó el techo.
Eran pasos. Unas zapatillas que cruzaban el cuarto de un lado a otro, sobre su cabeza. Supuso que la habitación de arriba se había ocupado tarde. Resopló, cambió de postura y trató de ignorarlos. Los pasos siguieron un rato más, inquietos, y luego se detuvieron.
Lo que vino después no eran pasos.
Primero fue una risa de mujer, baja, ahogada contra algo. Después un murmullo de voz grave. Y enseguida el sonido inconfundible de besos, de cuerpos buscándose, de una boca recorriendo otra piel. Marina abrió los ojos en la oscuridad.
En lugar de molestarle, algo en el pecho se le tensó de una manera que no esperaba. Hacía mucho que no estaba con un hombre. Demasiado. Entre el trabajo, los chicos y el divorcio, esa parte de su vida había quedado guardada en un cajón que llevaba años sin abrir.
Los sonidos de arriba siguieron, despreocupados, como si la pareja estuviera segura de que nadie los escuchaba. Risas cómplices, susurros que no alcanzaba a entender, el roce de la ropa al caer. Cada uno de esos ruidos llegaba hasta su cama y se le metía debajo de la piel.
No debería estar escuchando esto.
Pero no se tapó los oídos. No subió el volumen del televisor. Se quedó quieta, boca arriba, atenta a cada detalle, sintiendo cómo la temperatura del cuerpo le subía sin permiso.
Trató de adivinar quiénes eran. Una pareja joven, quizás, recién llegada y sin nadie esperándolos en casa. O dos amantes que aprovechaban una escapada robada al resto del mundo. Le daba lo mismo. Lo único cierto era que, fueran quienes fueran, tenían lo que a ella le faltaba, y no se molestaban en disimularlo.
Se descubrió escuchando con un descaro nuevo. Cada vez que el silencio amenazaba con instalarse, esperaba el siguiente sonido como quien espera la próxima ola. Y siempre llegaba: un roce, un suspiro, el crujido de la cama contra el suelo. La habitación de arriba se había convertido, sin proponérselo, en el escenario de una función privada que solo ella escuchaba.
***
El ritmo de arriba cambió. Los besos dieron paso a algo más lento y pesado, una cadencia que Marina reconoció enseguida. Cerró los ojos otra vez, pero ahora no para dormir. En su mente armó la escena: la mujer empujada contra el colchón, el hombre encima, las manos buscando, la boca en el cuello. Cuanto más imaginaba, más consciente se volvía de su propia respiración, del calor que se le juntaba entre las piernas.
Pensó en parejas pasadas. En la primera vez con el padre de sus hijos, cuando todavía había hambre entre ellos. En un hombre que conoció en un congreso y al que nunca volvió a ver. Cada recuerdo la dejaba un poco más inquieta, un poco más despierta.
El camisón empezó a estorbarle. Lo sentía áspero contra los pezones, que se le habían endurecido sin que se diera cuenta. Con un movimiento lento, se bajó los tirantes y dejó los pechos al aire. El frescor de la habitación contra la piel caliente la hizo estremecer, y el contraste fue suficiente para que se le escapara un suspiro.
Arriba, la mujer empezó a gemir. Suave al principio, casi tímida, pero el sonido fue creciendo, ganando volumen y descaro. Marina podía oír la entrega en esa voz, el abandono total, y se sorprendió envidiándola. Quería estar ahí. O quería ser ella. No sabía cuál de las dos cosas le pesaba más.
Se llevó las manos a los pechos casi sin decidirlo. Los apretó despacio, recorrió los pezones con las yemas, primero con cuidado y después con más firmeza, hasta que el placer se volvió una corriente que le bajaba por el vientre. Humedeció los dedos con la lengua y volvió a la piel, y la sensación resbaladiza la hizo morderse el labio para no hacer ruido.
Hace cuánto que no me sentía así.
El pensamiento la golpeó con una mezcla de tristeza y excitación. Años. Hacía años que no se concedía esto, que no escuchaba su propio cuerpo, que no se permitía siquiera el deseo. Y ahí estaba, sola en un hotel de Cartagena, encendida por dos desconocidos que jamás conocería.
***
De arriba llegó el chasquido seco de una palmada contra la piel. Marina imaginó la mano firme sobre el muslo de la mujer, y el gemido que siguió, más agudo y más largo, le confirmó que había sido bien recibido. El aire de la habitación parecía más denso, más caliente, como si la envolviera entero.
Decidió, en ese momento, que no iba a frenar. Que durante esos cinco días libres iba a reencontrarse con la mujer que había dejado guardada hacía tanto. Empezaría esa misma noche, sola, con la única compañía de los sonidos del techo.
Deslizó una mano por el estómago, sintiendo la suavidad tibia de su propia piel, y la bajó despacio hasta el borde de la ropa interior. Por encima de la tela ya estaba húmeda. El simple roce de los dedos sobre el algodón la hizo arquear la espalda y soltar un gemido que se mezcló, sin querer, con los de arriba.
Incapaz de resistirse, metió la mano por debajo de la tela y se encontró cálida, resbaladiza, lista. Empezó a acariciarse con movimientos lentos, en círculos, siguiendo sin proponérselo el ritmo de la pareja. Cada vez que la mujer de arriba gemía, los dedos de Marina respondían, como si las dos estuvieran conectadas por el techo.
Un rayo de luna entró por una rendija de la cortina y le cayó sobre la cara. Tenía las mejillas encendidas, los labios entreabiertos, los ojos apretados. La respiración se le había vuelto rápida y entrecortada, y los gemidos que dejaba escapar ya no le importaban. Nadie podía verla. Nadie podía juzgarla.
Se imaginó protagonista de la escena de arriba. Se vio empujada contra el colchón, las manos de un hombre sujetándole las caderas, una boca recorriéndole el cuerpo sin pedir permiso. Las fantasías que llevaba años reprimiendo afloraron todas juntas, atropelladas, y cada una le subió la temperatura un grado más.
***
Los gemidos de arriba se volvieron gritos. La mujer ya no se contenía, y su voz llenaba el silencio del hotel con un placer descarado y libre. Marina aceleró, dejándose arrastrar por esa marea de sonido, con los dedos cada vez más seguros, más insistentes. Las caderas se le movían solas contra su propia mano.
Llevó los dedos húmedos a la boca, probó su propio sabor con un gusto que la sorprendió por lo intenso, y volvió a bajarlos. Estaba al borde. Lo sentía acercarse desde el fondo del vientre, una tensión que crecía y crecía y amenazaba con romperse.
Arriba, el hombre soltó un gruñido grave y final. La mujer respondió con un grito agudo que pareció estirarse en el tiempo. Y eso fue lo que terminó de empujar a Marina al límite.
El orgasmo la sacudió entera. El cuerpo se le tensó y se le aflojó en oleadas, y un gemido largo se le escapó sin que pudiera ni quisiera detenerlo. Por unos segundos no existió nada más: ni el hotel, ni el trabajo, ni los años acumulados de renuncias. Solo ella, su mano y el placer que la inundaba.
Después quedó tendida, temblorosa, con la respiración agitada y el corazón golpeándole el pecho. De a poco la calma fue volviendo, y con ella una sensación de paz que hacía mucho no sentía. La frustración acumulada durante años parecía haberse disuelto en esa única noche.
Arriba, los sonidos se habían apagado. La pareja había quedado en silencio, seguramente abrazada en su propia cama, sin sospechar lo que habían provocado un piso más abajo. Marina sonrió en la oscuridad.
Se dio cuenta de que, a pesar de todo lo que la vida le había puesto encima, todavía guardaba esa hambre intacta. Esa noche, sola en un cuarto de hotel, había vuelto a encontrarse con su propio deseo, y se prometió no enterrarlo nunca más.
El cansancio la alcanzó de golpe, dulce y pesado. Cambió de postura buscando un lado seco de la sábana, y al notar lo mojado que había quedado el colchón no pudo evitar una risa baja, sorprendida de sí misma. Con esa sonrisa en los labios se hundió, por fin, en un sueño profundo y reparador.
Aquella noche en Cartagena marcó un antes y un después. Cinco días libres se abrían delante de ella, y Marina ya no pensaba desperdiciarlos durmiendo.