Mis dedos y la fantasía que no me deja dormir
Voy a empezar por presentarme, porque creo que eso importa para entender lo demás. Me llamo Bianca, tengo veintidós años y, aunque suene difícil de creer, todavía no estuve con nadie. No por falta de oportunidades. Por elección. Una elección que cada noche me cuesta un poco más sostener.
La gente que me conoce siempre dice lo mismo: que parezco una muñeca. Tengo el pelo claro, la piel pálida que en verano intento broncear sin demasiado éxito, y una cara que, según me repiten, no parece de este mundo. No lo digo para presumir. Lo digo porque, durante mucho tiempo, esa fachada de muñeca fue justamente lo que me mantuvo intocada. Los chicos me miraban como se mira un adorno: con ganas de tenerlo en la repisa, no de usarlo.
Y yo no quiero ser un adorno.
Lo que pasa es que los que me buscan son siempre los mismos. Pibes de mi edad, apurados, torpes, que hablan de sexo como quien habla de un videojuego que todavía no terminó. Y yo no fantaseo con eso. Fantaseo con otra cosa. Fantaseo con un hombre grande, de manos lentas, de esos que saben esperar. Alguien que pase los treinta y que no tenga nada que demostrar, porque ya lo demostró todo hace años. Alguien que me enseñe sin apuro lo que ninguno de esos chicos sabría ni por dónde empezar.
Mientras ese hombre no aparece, me arreglo sola. Y la verdad es que me arreglo bastante bien. Me conozco mejor que cualquiera, sé exactamente dónde tocar y cuánto esperar antes de darme lo que quiero. Hay una ventaja en la paciencia: una aprende a leerse el cuerpo como un mapa, y ese mapa no tiene secretos para mí.
Otra cosa que hago mucho es leer. Relatos como este, encontrados de madrugada cuando no puedo dormir. Hay algo en las palabras de un desconocido contando lo que le pasó que me prende de una manera que ninguna imagen logra. Me imagino dentro de esas historias, cambio los personajes, me pongo en el lugar de la protagonista. Y casi siempre termino igual: con una mano sosteniendo el teléfono y la otra perdiéndose debajo de las sábanas.
***
Esta noche fue una de esas. Empezó como tantas otras: yo dando vueltas en la cama, sin sueño, con la cabeza llena de imágenes que no le conté a nadie. Hacía calor. Me había quedado solo con una camiseta vieja y la ropa interior, una de las pocas piezas de lencería que me compré para mí, no para que la viera nadie. Encaje negro contra la piel blanca. Me gusta cómo se ve. Me gusta más cómo se siente cuando paso la mano por encima y la tela se interpone apenas un instante entre mis dedos y lo que busco.
Cerré la puerta con traba. Es un gesto tonto, vivo sola, pero me hace falta. Esa vuelta de llave es la frontera entre el mundo de afuera y este lugar donde puedo ser exactamente lo que soy sin pedir permiso. Apagué la luz. Dejé solo la del pasillo colándose por debajo de la puerta, una línea fina y anaranjada en el piso.
Hoy quiero tomarme mi tiempo.
Empecé despacio, por arriba de la tela. Apenas la yema de los dedos rozando, sintiendo más la idea que el contacto. Cerré los ojos y dejé que la imagen se armara sola, como hace siempre. El hombre. No tiene cara fija, va cambiando, pero tiene manos. Manos grandes y tibias que no tendrían ningún apuro en llegar a donde están las mías ahora.
Pasé los dedos por encima del encaje para comprobar algo que ya sabía: estaba mojada. Lo suficiente como para que la tela se sintiera distinta, pesada. Sonreí en la oscuridad. Mi cuerpo siempre va más rápido que mi cabeza, y eso me gusta, porque significa que esto no es una decisión, es una necesidad.
Me saqué la ropa interior sin prisa, enganchándola con un pie hasta tirarla a un costado de la cama. El aire de la habitación me tocó donde antes estaba la tela y se me erizó la piel entera. Tengo los pezones de los que les encanta endurecerse al menor cambio, y esta vez no fue la excepción. Me pasé la mano libre por el pecho, despacio, jugando con esa dureza mientras la otra mano bajaba.
El primer contacto directo siempre me arranca un suspiro. No lo puedo evitar. Mis dedos, ya resbaladizos, se deslizaron sin esfuerzo hacia el clítoris y empecé con movimientos suaves, circulares, los justos para mantener la tensión sin dispararla. Es un equilibrio delicado. Demasiado rápido y se termina antes de empezar. Demasiado lento y la cabeza se distrae. Hay que encontrar el punto exacto, y yo lo conozco de memoria.
***
En mi cabeza, el hombre ya no estaba mirando. Estaba cerca. Tan cerca que podía imaginar su respiración en mi cuello, esa respiración pausada de alguien que sabe que tiene toda la noche. No tengas apuro, me decía sin decirlo. Y yo le hacía caso.
Bajé un poco los dedos, hasta la entrada. Es la parte donde la fantasía y la realidad se rozan, porque ahí mi cuerpo me recuerda lo que todavía no probó. Me cabe un dedo. Solo uno. Lo intenté con dos alguna vez, las pocas veces que estuve muy excitada, pero no resisto: soy estrecha, demasiado, y el cuerpo me lo deja claro. Así que con ese único dedo empecé a presionar despacio, sintiendo cómo cedía apenas, imaginando que no era mi dedo sino el principio de algo mucho más grande.
Curvé el dedo hacia adelante, buscando ese punto interno que me hace olvidar el nombre. Lo encontré. Un tirón cálido me subió por el vientre y se me escapó otro suspiro, más largo. De vez en cuando sacaba el dedo, no por nada en particular, sino porque me gusta. Me gusta probarme. Me llevé la yema a la boca y la chupé despacio. Es un gusto al que no le tengo vergüenza. Es mío.
En la fantasía, el hombre se reía bajito al verme hacer eso. Mírate, decía. Y yo me dejaba mirar.
Estaba muy caliente, más que otras noches, así que me permití algo que no siempre hago. Llevé la otra mano hacia atrás y, con un dedo apenas húmedo, presioné suave contra el ano. No para entrar del todo, solo para sentirme ocupada de los dos lados a la vez. Me gusta esa sensación de estar llena, de no tener un solo centímetro del cuerpo que no esté pidiendo atención. Y funcionó: la humedad aumentó, la tensión en el vientre se volvió más espesa, casi dolorosa de tan buena.
Así estuve un rato largo. Dos manos, dos ritmos, la imagen del hombre cada vez más nítida. Le puse voz esta vez. Una voz grave que me decía cosas al oído, cosas que en la vida real me daría vergüenza repetir pero que en la oscuridad de mi cuarto me hacían arquear la espalda.
***
Sentí que ya estaba cerca. Lo sé porque empiezo a respirar de otra manera, corta y entrecortada, y porque las piernas se me ponen tensas solas. Entonces hice lo que siempre hago al final: saqué los dedos de adentro, dejé en paz el resto, y le di toda la atención al clítoris. Solo a él.
Empecé otra vez con movimientos suaves, casi para provocarme, sabiendo lo que venía. Después fui subiendo. Más rápido. Más firme. La imagen del hombre se desarmó porque ya no la necesitaba, ya estaba en ese lugar donde no hay pensamiento, solo cuerpo. Apreté los dientes para no hacer ruido, aunque vivo sola y nadie me escucharía. Es la costumbre. O quizás me gusta el silencio justo antes.
Y llegó.
Me corrí con una fuerza que me sorprendió a mí misma. El cuerpo entero se me contrajo, las caderas se levantaron de la cama sin que yo lo decidiera, y sentí cómo todo se soltaba de golpe. Esas noches en que estoy tan excitada me corro mojando todo: las sábanas, los muslos, la mano. Me quedé temblando, con los ojos cerrados, escuchando mi propia respiración volver despacio a la normalidad.
Después vino la parte que más me gusta, la que casi nadie cuenta. Esa calma. Esa sensación de haber llegado a algún lado yo sola, sin deberle nada a nadie. Pasé los dedos por la humedad que había quedado y, como hago siempre, me los llevé a la lengua. Me gusta mi sabor. No me da ni un poco de pudor decirlo.
***
Lo gracioso es que esta noche tenía pensado escribir otra cosa. Iba a contar una historia inventada, con personajes y un final armado. Pero apenas empecé a teclear, las palabras me fueron calentando, y para cuando me di cuenta ya tenía una mano lejos del teclado y la cabeza en otra parte. Así que en vez de inventar, terminé contándoles esto: lo que de verdad me pasó hace un rato, tal cual fue.
Y ahora que lo escribí, vuelvo a estar inquieta. Porque por más que me arregle sola, y vaya que me arreglo bien, hay algo que mis dedos no pueden darme: la sorpresa. El no saber qué viene. El peso de otro cuerpo decidiendo por mí. Ese hombre que imagino sigue sin tener cara, pero cada noche que paso así, lo deseo un poco más real.
Tal vez algún día aparezca. Tal vez ya lo crucé por la calle sin saberlo. Mientras tanto, la cerradura sigue echada, la luz apagada, y un solo dedo bastándome para ir adonde ningún chico de mi edad supo llevarme jamás.
Cuéntenme: ¿les gustó? ¿Cómo creen que tendría que ser la primera vez de alguien como yo?