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Relatos Ardientes

Me toqué en el baño del teatro pensando en ella

Te vi por primera vez en una fiesta, hace un par de veranos. Llevabas una peluca de mechones negros y plateados que te caía hasta los hombros, y un vestido corto que te apretaba de una forma que me costó disimular. Me quedé mirándote más de la cuenta. Tus piernas, tu piel sin una sola marca, la curva de tu escote cada vez que te reías. No paraba de imaginar lo que había debajo de esa tela, lo cálida que estarías si me acercaba.

Pregunté tu nombre a una amiga en común. Marina. Te busqué después en redes, te seguí, y durante unos días revisé tu perfil como una adolescente. Hasta que apareció él en tus fotos: un tipo de sonrisa fácil con el brazo siempre alrededor de tu cintura. Dejé de mirar. Me dije que era una tontería, que ni siquiera nos conocíamos, y te guardé en ese rincón de la cabeza donde uno mete las cosas que prefiere no desear.

O eso creí.

***

El día del congreso amaneció despejado. Me lo había tomado en serio desde semanas antes: madrugué para ir al gimnasio, hice piernas hasta que me temblaron, quería sentirme firme, segura, en mi mejor versión. Volví a casa, me duché largo, dejé que el agua caliente me despertara cada centímetro de la piel.

Me vestí sin sostén. Lo decidí frente al espejo, casi como un reto conmigo misma. Elegí una blusa fina que dejaba adivinar mis pezones cada vez que me movía, y me maquillé apenas, algo natural, lo justo para resaltar los ojos. Me gustó lo que vi. Salí de casa con esa sensación rara de ir armada, de llevar algo escondido que nadie más sabía.

El teatro donde se hacían las charlas era antiguo, de butacas rojas y techos altos. Entré, busqué asiento, y lo primero que registraron mis ojos no fue el escenario ni el programa de la jornada. Fueron las piernas de la mujer que presentaba el evento. Largas, cruzadas, con un vestido que se le subía un poco cada vez que cambiaba de postura junto al atril.

Qué mujer tan guapa, pensé, y me obligué a mirar mis notas.

No sirvió de nada. La primera ponencia fue interesante, de verdad lo fue, pero yo solo estaba a medias. La otra mitad seguía el movimiento de aquellas piernas, la forma en que la presentadora se inclinaba sobre el micrófono, la manera en que su voz llenaba la sala. Apreté los muslos sin darme cuenta. Sentí el primer aviso de calor entre ellos y respiré hondo.

***

En cuanto terminó la charla salí al pasillo a tomar aire. Necesitaba despejarme antes de que aquello se me fuera de las manos. Y entonces me crucé con Lucía.

Lucía es compañera de la agencia. Hace tiempo que jugamos a esa tensión que nunca termina de explotar: una mano que se queda un segundo de más en el brazo, una mirada que dura lo que no debería. He fantaseado con ella muchas veces, sola, en la cama, imaginando un encuentro a tres con otro compañero que también ha dejado caer la idea más de una vez. Pero ella está casada, y yo nunca he tenido el valor de poner en palabras lo que pienso cuando la tengo cerca.

—No esperaba verte por aquí —me dijo, y me dio dos besos que me dejaron su perfume pegado a la cara.

—Ni yo a ti —contesté, y noté que la voz me salía más baja de lo normal.

Nos sentamos juntas para la siguiente ponencia. Era una mala idea y lo supe en cuanto su rodilla rozó la mía y ninguna de las dos la apartó. Sentía su calor a través de la ropa, el roce de su brazo cada vez que se movía en la butaca. De reojo le miré el abdomen, marcado bajo la camisa entreabierta, y se me secó la boca. La imaginé sin nada, solo en ropa interior, recostada en algún sitio esperándome.

No voy a aguantar la jornada entera así.

El calor ya no era una idea. Lo tenía instalado entre las piernas, latiendo, exigiendo. Era una urgencia física, casi insoportable, de esas que nublan todo lo demás. Quería sexo en ese mismo instante, en ese teatro lleno de gente, rodeada de mujeres que no tenía ni la posibilidad ni el permiso de tocar.

***

Y justo entonces vibró el teléfono en mi regazo.

Era un mensaje tuyo. De ti, Marina. La chica de la peluca, la que había guardado para no desear. Habías encontrado mi contacto y me escribías como si nada, charlando de un tema de trabajo, intentando ser amable, tanteando una conversación que en otro momento me habría parecido encantadora.

Pero yo estaba demasiado encendida para fingir normalidad. Leía tus mensajes y no pensaba en el tema del que hablabas. Pensaba en cerrar esa distancia, en confesarte sin filtro lo que llevaba dentro: que quería besarte despacio el cuello y bajar, que quería tu boca entre mis piernas mientras yo me ocupaba de las tuyas, que quería sentir tus dedos hundiéndose en mí mientras te mordía los pezones.

No puedo más. Estoy demasiado excitada para seguir aquí sentada.

Me temblaban un poco las manos cuando guardé el teléfono. Y de pronto me acordé: en el bolso llevaba mis auriculares, los grandes, los que cancelan todo el ruido de alrededor. Casi me reí del alivio. Era una salida. Una forma de robarle al día los cinco minutos que necesitaba para no perder la cabeza.

—Vuelvo enseguida —le susurré a Lucía, y me levanté sin esperar respuesta.

***

El baño estaba al final de un pasillo lateral, lejos del bullicio de la entrada. Empujé la puerta y me metí en el último cubículo. Había alguien más, dos puertas allá, hablando bajito con otra chica, pero no me importó. En ese momento el pudor era lo último que me quedaba.

Cerré el pestillo y me apoyé contra la pared fría. Me puse los auriculares y el mundo se apagó de golpe: ni el murmullo del pasillo, ni los pasos, ni las voces. Solo mi respiración acelerada y los latidos en los oídos. Busqué en el teléfono un vídeo, algo concreto, dedos jugando en un baño igual de anónimo que este, y dejé que los gemidos me llenaran la cabeza.

Y empecé a tocarme.

Lo hice de pie, con la espalda contra la pared y las piernas apenas separadas. Me colé la mano bajo la falda, aparté la tela fina, y me encontré empapada, mucho más de lo que imaginaba. El primer roce me sacó un suspiro que ni intenté contener. Pensé en la rubia de las piernas largas y en el moreno que Lucía y yo nos imaginábamos, los tres enredados en algún sitio sin reloj ni testigos.

Con la otra mano me pellizqué un pezón por encima de la blusa, duro ya, sensible a cada presión. Pensé en cuerpos desnudos de mujeres repartidos por todo el teatro, en la presentadora descruzando las piernas solo para mí, en Lucía esperándome en ropa interior con esa media sonrisa suya. Me froté el clítoris en círculos rápidos, sin pausa, dejándome arrastrar por las imágenes y por los jadeos que sonaban directos contra mis oídos.

Pensé en ti, Marina. En tu boca, en tu peluca, en todo lo que me había prohibido desear durante meses. Y eso fue lo que me empujó al borde.

Terminé así, de pie, mordiéndome el labio para no gritar, con una sacudida que me dobló las rodillas y me dejó temblando contra los azulejos. Me corrí en mi propia mano, intensa, larga, callada por fuera y deshecha por dentro.

***

Me quedé un momento quieta, recuperando el aliento, con la frente apoyada en la pared. Cuando me bajé un auricular, caí en la cuenta de algo: con la música encerrada en mi cabeza no había escuchado mis propios sonidos. Pero el pasillo de los baños sí. Cualquiera que pasara por ahí habría oído perfectamente el ritmo inconfundible de una mujer frotándose hasta acabar, sin disimulo, en plena jornada.

Me dio un poco de vergüenza, y a la vez no. Una parte de mí, la que iba sin sostén y lo había decidido frente al espejo esa mañana, se sintió extrañamente orgullosa.

Apagué el teléfono, me limpié los dedos con cuidado, me acomodé la ropa y respiré hasta que el pulso volvió a algo parecido a la normalidad. Abrí la puerta y salí mirando al suelo, esquivando los ojos de las dos chicas que seguían junto a los lavabos.

Me lavé las manos despacio, observándome en el espejo. Tenía las mejillas encendidas y una calma nueva en la mirada, esa que solo llega después. Volví a la sala, me senté otra vez junto a Lucía, y crucé las piernas como si no hubiera pasado nada.

Saqué el teléfono. Tu mensaje seguía ahí, esperando respuesta, hablando todavía de aquel tema de trabajo que a ninguna de las dos nos importaba de verdad.

Te lo voy a confesar, Marina. Un día de estos te voy a decir exactamente lo que pienso cuando te miro.

Empecé a escribir. Esta vez no para hablar del trabajo.

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Comentarios (5)

CineAmante22

ambientarlo en un teatro fue un toque genial, nunca se me hubiera ocurrido jaja. Muy bueno!

NinaK_ok

Me identifiqué demasiado con esto jajaja. Me mato el final.

BelénMdq

Que buen relato!!! corto pero muy intenso. espero que haya una segunda parte, quede con ganas de mas

SofiaC_86

me gusto mucho como lo narraste, se siente muy autentico. Mas por favor!

Teatrera_R

El teatro ya nunca me va a parecer lo mismo despues de leer esto jajaja. Muy bien!

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