Mi compañera de oficina me invitó a su departamento
Tengo treinta y cuatro años, vivo sola en un departamento del norte de Quito, y desde que tengo memoria me he movido entre dos certezas que parecen contradecirse. Me gustan los hombres. Me encanta cómo huelen después del gimnasio, cómo me sostienen las caderas, esa manera bruta y un poco torpe de empujar cuando ya no piensan en nada. Pero también, desde mucho antes de saber qué nombre ponerle, me ronda otra fantasía. Una mujer. No cualquiera. Una en particular que llevo dibujada por dentro desde hace años.
La imagino alta, cerca del metro setenta, hombros anchos, caderas firmes, dientes parejos. Profesional, independiente, segura de cómo entra a un cuarto. No una niña perdida buscando experimentar. Una mujer que sabe lo que quiere y que, si yo le digo que sí, no me va a soltar la mano hasta el final.
Durante años pensé que esa mujer no existía fuera de mi cabeza. Hasta que Mariana entró a la empresa.
Mariana llegó al área de marketing un lunes de febrero, sin presentación grandilocuente. Treinta y siete años, ojos color miel, una manera tranquila de pasar el dedo por el borde de la taza mientras escuchaba. Casi no hablábamos al principio. Nos saludábamos, intercambiábamos un par de comentarios sobre el café del piso once y volvíamos cada una a su pantalla. Pero éramos buen equipo. Eficientes, sin egos, sin la incomodidad típica de las primeras semanas.
Yo la miraba más de lo que ella sabía.
***
El viernes que cambió todo no tenía nada de especial al principio. Habíamos cerrado un proyecto que llevábamos arrastrando dos meses, y el jefe propuso ir a tomar algo a La Floresta, esa zona de bares pequeños donde los jueves y viernes se llena de gente que sale a desconectar. Fuimos siete u ocho. Pedimos cervezas, picamos algo, hablamos de cualquier cosa menos del trabajo. Mariana se sentó frente a mí, y cada vez que reía echaba la cabeza un poco hacia atrás y dejaba el cuello al descubierto.
A las diez ya empezaban las despedidas. Uno tenía que llegar antes que su esposa se enojara. Otra había dejado al perro solo demasiado tiempo. La pareja del área de diseño se iba junta. A las once éramos tres. A las once y media, dos.
—¿Tú tienes que volver corriendo? —me preguntó Mariana, jugando con la etiqueta de la botella.
—No tengo a quién volver —dije, y me reí porque sonó más triste de lo que quería.
—Yo tampoco. ¿Te vienes a mi departamento? Tengo una botella de vino abierta y dos vasos limpios.
Lo dijo sin levantar los ojos. Como si la respuesta no le importara y al mismo tiempo le importara mucho. Yo asentí antes de pensarlo.
***
El taxi tardó quince minutos. Hablamos todo el camino, atropelladamente, riéndonos de los compañeros, imitando al jefe, contándonos cosas que nunca habíamos contado en la oficina. Su mano descansaba sobre el asiento entre las dos. La mía también. No se tocaban. Pero estaban tan cerca que el aire entre nuestros meñiques tenía temperatura propia.
El departamento de Mariana era pequeño y limpio. Una sala con un sofá gris, una cocina americana, plantas en la ventana. Dejamos los bolsos en la entrada y ella encendió una luz baja, de esas amarillas que vuelven amable cualquier cosa. Sirvió el vino, puso música. Reguetón viejo, de cuando éramos adolescentes y bailábamos pegadas con amigas en discotecas malas. Pero esa noche no había amigas.
—¿Sabes bailar de verdad? —me preguntó, parándose enfrente.
—Sí sé —respondí.
—A ver.
Empezamos suelto, riéndonos. Pero después de la segunda canción ya no nos reíamos tanto. Bailábamos cerca, cada vez más, hasta que ella me puso una mano en la cintura y yo no la quité. Me llevaba un par de centímetros. Tuve que levantar un poco la cara para mirarla.
—Esto no se hace con compañeras de trabajo —le dije en voz baja.
—Lo sé.
—¿Y entonces?
—Entonces nada. Sigamos bailando.
Pero ya no estábamos bailando. Estábamos midiéndonos. Su perfume me llegaba en oleadas cada vez que se movía. Algo cítrico, con fondo de madera. Yo respiraba más fuerte de lo normal y ella lo notó.
—Te propongo algo —dijo—. Bailamos, pero nos vamos sacando ropa.
—¿Cómo en una despedida de soltera?
—No. Sin chistes.
Asentí. Me quité la blusa primero, despacio, dejándola caer sobre el sofá. Ella se sacó la suya por la cabeza, con un movimiento corto, eficiente. Quedamos en sostén las dos. Ella me devolvió la mirada de arriba abajo y yo sentí que la sangre me bajaba al estómago.
Siguió la canción. Le tocó el turno a los pantalones. Los desabroché sin dejar de mirarla y los empujé hasta el suelo. Mariana hizo lo mismo. Y de pronto las dos estábamos en ropa interior en su sala, descalzas, y la única que se animaba a moverse era ella.
Caminó hasta detrás de mí, se pegó contra mi espalda, me agarró las caderas con las dos manos y empezó a moverse al ritmo de la canción. Sentí su pecho contra mis hombros, su aliento en mi nuca, sus dedos clavándose en mis caderas. Cerré los ojos.
—¿Te gusta? —preguntó cerca del oído.
—Sí.
Llevó sus manos hasta mis senos, por encima del sostén. Apretó, despacio. Yo gemí sin querer. Una mujer nunca me había tocado así. Las que me había imaginado en mis fantasías nunca tenían dedos tan firmes, tan exactos. Mariana sabía dónde poner la presión y dónde aflojar.
***
Me di la vuelta sin separar el cuerpo. Quedamos frente a frente, los pechos tocándose a través de la tela. Ella me sostuvo la cara con las dos manos y me besó. No fue un beso de prueba. Fue un beso de alguien que llevaba semanas pensando en hacerlo.
Bajé las manos por su espalda hasta encontrar el broche del sostén. Lo abrí al primer intento, como si hubiera ensayado. Cayó al piso. Sus pechos eran como me los había imaginado: firmes, con los pezones oscuros y duros. Me agaché y le besé uno. Después el otro. Mariana me agarró del pelo, no con fuerza, con guía, llevándome donde quería.
—Más tiempo en este —me dijo.
Le hice caso. Chupé despacio, mordí apenas, escuché cómo le cambiaba la respiración. Cuando levanté la cara, ella me agarró de la mano y me llevó al sofá.
—Acuéstate.
Lo hice. Ella se arrodilló entre mis piernas. Me sacó la tanga sin preguntar, deslizándola por mis muslos. Sentí el aire frío y, un segundo después, el calor de su boca.
No estaba lista para lo que sentí. Un hombre lo hace distinto. Un hombre quiere terminar rápido o quiere demostrar algo. Mariana no quería demostrar nada. Llevaba la lengua con una paciencia que me desarmó. Sabía exactamente cuándo presionar y cuándo retroceder. Yo apretaba los puños contra el sofá, mordiéndome el labio, tratando de no gritar.
—Mírame —me dijo, levantando los ojos sin dejar de tocarme.
La miré. Ver su cara entre mis piernas, esos ojos color miel fijos en los míos mientras seguía moviendo la lengua, me llevó al borde en menos de un minuto.
—Espera —jadeé—. Espera, todavía no.
Se detuvo. Se sentó en el sofá a mi lado, sonriendo.
—¿Por qué?
—Porque quiero hacértelo a ti primero.
***
Cambiamos de lugar. Ella se recostó en el sofá, abierta, las manos detrás de la cabeza. Yo me arrodillé como ella había hecho un momento antes. Le saqué la tanga despacio, sin la seguridad que ella había tenido. Mi corazón latía tan fuerte que me sorprendía que no se escuchara.
La toqué primero con los dedos. Estaba mojada, mucho. Pasé el pulgar por el clítoris, suave al principio, y ella echó la cabeza hacia atrás.
—Así.
Me incliné. Olía distinto a lo que esperaba. Más limpio, más a piel. Tomé aire y la besé. Primero apenas. Después con más confianza. La lengua tenía que aprender un movimiento nuevo, un ángulo nuevo, y lo aprendí rápido porque ella me iba diciendo, con la respiración, qué hacer. Una mano suya bajó hasta mi pelo. No me empujó. Solo me guiaba.
—No pares —dijo después de un rato—. No pares, no pares.
No paré. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo arqueaba la espalda, cómo soltaba el aire en una sola exhalación larga. Cuando terminó, se quedó respirando rápido, una mano todavía en mi pelo, la otra apretando el respaldo del sofá.
Subí. Me acosté encima de ella, piel contra piel. Me besó la boca despacio, sintiéndose a ella misma en mis labios.
—Vino conmigo —le dije.
—Lo sé.
—No me lo esperaba.
—Yo sí.
***
Después de un rato me llevó a la habitación. La cama estaba sin hacer, con sábanas blancas arrugadas. Nos acostamos de lado, frente a frente. Mariana me pasó una pierna por encima y enredamos las piernas. Empezamos a movernos despacio, encontrando un ritmo, las dos buscando lo mismo. Yo nunca había hecho una tijera en mi vida. Pensé que era una cosa de películas. Pero ahí estábamos, con la cara muy cerca, los ojos cerrados, jadeando contra la boca de la otra.
—Más rápido —pidió ella.
—Más rápido —repetí yo, sin saber por qué.
Fuimos más rápido. La fricción entre las dos, el sudor, el sonido húmedo de los cuerpos, el calor que se concentraba justo donde nos tocábamos. Cuando me vine, fue distinto a todo lo que había sentido antes. No fue una explosión corta. Fue una ola larga, que subió, se quedó arriba y bajó despacio. Ella se vino casi al mismo tiempo, agarrándome del muslo con tanta fuerza que al día siguiente tuve la marca de sus dedos.
Nos quedamos quietas, abrazadas, todavía pegadas, todavía respirando rápido. Ella me besó la frente.
—¿Y ahora qué? —pregunté después de un silencio largo.
—Ahora dormimos —dijo—. Mañana vemos.
***
Dormí. Dormí profundamente, sin soñar, abrazada a una mujer que doce horas antes era apenas mi compañera de oficina. Cuando me desperté, ya estaba claro afuera. Mariana estaba sentada en la cama, en camiseta, con dos tazas de café en la mano.
—¿Dormiste bien?
—Demasiado bien.
—¿Te arrepientes?
Pensé la respuesta. La pensé en serio, porque me la merecía. No me arrepentía. Lo que sí sentía era una mezcla rara de calma y de miedo. Calma porque por fin había hecho algo que llevaba años imaginando. Miedo porque ya no podía volver a la fantasía sabiendo que la realidad existía y que era mejor.
—No —dije.
—Yo tampoco.
Tomé el café. La miré sobre el borde de la taza. Y entendí que el lunes íbamos a tener que aprender, otra vez, a ser solamente compañeras de oficina. O quizás no. Quizás no íbamos a aprender. Quizás íbamos a fingir delante de los demás y, los viernes, íbamos a volver a su departamento.
Esa última posibilidad me hizo sonreír contra la taza, y ella la vio, y me devolvió la sonrisa.
—Vamos a hacer un pésimo trabajo de disimular —dijo.
—Lo sé.
—Me da igual.
—A mí también.