La fantasía que cumplí mientras él jugaba online
Era una tarde cualquiera, de esas que no tienen nada de especial hasta que una decide que lo tengan. Yo estaba tumbada en la cama, sin hacer nada, mirando el techo y después mirándolo a él. Llevaba puesta una de sus camisetas, que me quedaba enorme, y un tanga negro que se me había quedado del día anterior. Habían pasado solo unas horas desde la última vez que rodamos sobre esas mismas sábanas, y sin embargo el cuerpo ya me pedía más.
Bruno estaba reclinado en su silla, frente a la pantalla, jugando con sus amigos. Despeinado, sin camiseta, con un pantalón corto de deporte y los cordones sueltos. De vez en cuando se reía, otras veces soltaba alguna queja contra el monitor. Estaba completamente sumergido en su partida, ajeno al calor que empezaba a recorrerme por dentro, despacio, erizándome la piel a su paso.
Lo observé un rato más. Me gustaba verlo concentrado, la mandíbula tensa, los dedos rápidos sobre el teclado. Y entonces se me ocurrió una idea tonta, una pequeña fantasía que tenía guardada hacía días y que esa tarde, sin pensarlo demasiado, decidí cumplir.
Me levanté sin hacer ruido. La moqueta ahogaba mis pasos, así que llegué hasta él sin que se diera cuenta. Lo abracé por detrás, rodeándole los hombros, y le dejé un beso en la mejilla. Él, sin apartar la vista de la pantalla, ladeó un poco la cabeza para devolvérmelo, sin sospechar nada.
No sabía que esos besos en la mejilla iban a bajar. Primero por el lateral del cuello, pequeños, casi inocentes. Después un poco más intensos, con los labios entreabiertos. Le sostuve la mandíbula con una mano y le di una mordida suave justo debajo de la oreja.
—Estoy jugando —susurró, sin demasiada convicción.
—Sigue jugando —ronroneé en su oído.
Le solté la mandíbula y deslicé la mano por su cuello, despacio, sintiendo cómo tragaba saliva. Seguí bajando por el pecho, dibujando líneas con las uñas, hasta llegar al borde elástico de su pantalón. Jugué con los cordones sin anudar, los enredé entre los dedos y, con la punta de las yemas, empecé a acariciarlo por encima de la tela.
—Oye, ¿qué haces? Estoy… —dijo, tapando el micrófono de los auriculares con la mano.
Lo notaba agitado, la respiración un poco más corta. No le contesté. Le giré apenas la cara y le robé un beso intenso, lento, de esos que dejan sin argumentos. Cuando me separé, no dijo nada. Ni una palabra.
En silencio, vio cómo me ponía de frente a él y me arrodillaba entre sus piernas. Abrió la boca para hablar y lo interrumpí antes de que pudiera.
—Tú sigue a lo tuyo —le dije, mirándolo desde abajo.
Coloqué las manos sobre la tela y volví a tocarlo, esta vez más despacio, sin prisa. Le di un beso pequeño por encima del pantalón, sin dejar de mirarlo a los ojos, y noté cómo iba endureciéndose bajo mis labios. Cogí el borde elástico y lo bajé lo justo para liberarlo. Busqué su mirada, pero él ya me estaba observando.
Sin dejar de mirarlo, pasé la lengua de abajo hacia arriba, lenta, recorriéndolo entero hasta la punta. Él dejó escapar un jadeo bajo, casi inaudible. Le guiñé un ojo y, con un dedo sobre los labios, le hice un gesto para que guardara silencio.
Seguí jugando con él. Lo metía y lo sacaba de mi boca, alternaba con las manos, succionaba la punta despacio y volvía a bajar. Recorría la zona con la lengua, de arriba abajo, deteniéndome justo donde notaba que se le cortaba la respiración. De vez en cuando levantaba la vista para encontrarme con la suya, que cada vez estaba más perdida. Lo veía respirar agitado, conteniéndose, mordiéndose el labio para no hacer ruido y apretando una mano contra el reposabrazos de la silla.
Del otro lado de los auriculares, sus amigos preguntaban si todo iba bien. Eso me hacía gracia, y al mismo tiempo me daban ganas de complicarle las cosas, de hacerlo gemir delante de ellos sin que pudieran saber por qué.
—Sí, sí, todo bien —contestaba él con la voz quebrada, mientras me miraba como si quisiera devorarme allí mismo.
Yo le sonreía sin soltarlo, con él todavía en la boca. Esto es mejor de lo que había imaginado.
Cuando movía la mano y aceleraba el ritmo, no solo veía cómo se excitaba más, también veía las marcas que le había ido dejando, pequeñas, mías. Una obra de arte propia. No supe si terminó la partida o simplemente le dio igual perder, pero de pronto soltó un seco:
—Chicos, me piro.
Se quitó los auriculares de un tirón, los dejó caer sobre la mesa y me miró fijo.
—No puedo más —dijo.
***
Con un movimiento rápido apartó la silla, me cogió en brazos y me llevó a la cama como si no pesara nada, como a una princesa que en realidad no tenía nada de princesa. Me dejó caer sobre el colchón y se puso encima de mí. Me encantaba verlo así, con esa intensidad en la mirada, las defensas por el suelo.
—¿Hice algo mal? —pregunté, fingiendo una voz inocente que no me creía ni yo.
Chasqueó la lengua. Sin decir nada, metió una mano bajo la camiseta y me apretó un pecho mientras me besaba con fuerza, casi con rabia contenida. Con la otra mano me sujetó del cuello, sin apretar, lo justo para obligarme a mirarlo.
—Eres una zorra —dijo, con la voz grave.
Su mano libre bajó entre mis piernas, apartó la tela del tanga y se detuvo ahí.
—Mírate. Toda mojada —añadió, chasqueando otra vez la lengua.
Se me escapó una sonrisa. No lo pude evitar.
—¿De qué te ríes? —preguntó, justo antes de hundir dos dedos en mí.
Me arrancó un gemido que ni siquiera intenté contener. Se movió tan rápido que de un momento a otro yo ya no tenía el tanga puesto, ni recordaba cuándo me lo había quitado. Me sujetó las piernas, separándolas, y colocó la punta justo en la entrada, sin entrar todavía.
—¿Quieres que entre? —preguntó.
No respondí. Lo miré desde abajo, mordiéndome el labio, dejándolo esperar.
—Me la chupas mientras juego y ahora no me dices que la meta —dijo, medio sonriendo, devolviéndome el juego.
Empezó a provocarme. Jugaba con la punta, la metía apenas y la sacaba, rozándome sin darme lo que ya le estaba pidiendo a gritos por dentro. Yo movía las caderas hacia él, buscándolo, estremeciéndome con cada roce. Aguanté lo que pude, que no fue mucho.
—Hazlo. Métela, por favor —dije al fin, rendida.
Sonrió con aire de victoria. Me sujetó las piernas con firmeza y entró de un solo golpe, ahogando mi gemido en un beso brusco. Al principio los movimientos fueron lentos, profundos, pero poco a poco fueron ganando fuerza, marcando un ritmo que me subía por la espalda.
Mis gemidos crecían en cantidad y en tono con cada embestida. Me tapé la boca con la mano, por costumbre, pero él me la sujetó enseguida y me llevó las dos por encima de la cabeza.
—Quiero oírte —dijo, mirándome a los ojos.
Lo sentía golpear muy adentro, en un punto que me hacía perder el hilo de todo. Me costaba contenerme, y él lo sabía.
—No te tapes la boca otra vez. Quiero oír cómo gimes cuando te la meto —murmuró.
Me soltó las manos para echarse hacia atrás y quedar de rodillas, sin salir de mí. Me agarró las piernas y me las subió sobre sus hombros, me besó los tobillos, y maldito el momento: empezó otra vez, lento al principio, fuerte siempre, acelerando de a poco. Sentía que me partía en dos. Conocía exactamente dónde y cómo tocarme para llevarme al borde.
—Estoy a punto —dijo, con la frente perlada de sudor.
La verdad es que yo también lo estaba. Estiré el brazo para acariciarle la cara. Él me soltó las piernas, que cayeron a cada lado de su cuerpo, y se inclinó sobre mí. Me besó sosteniéndome las mejillas con las dos manos.
—No pares —le pedí en un susurro.
No paró. Siguió, y mis piernas empezaron a temblar solas, fuera de mi control. Mis gemidos se volvieron más agudos, entrecortados. Me agarré a su espalda con fuerza, clavándole las uñas, y sentí cómo palpitaba dentro de mí justo cuando una oleada húmeda y cálida me inundaba por completo. Él gimió y suspiró al mismo tiempo, como si soltara todo el aire del mundo.
Unos segundos después se dejó caer a un lado. Me besó en la frente, me revolvió el pelo con la mano y, todavía agitado, me susurró al oído algo que solo él podía decirme de esa manera.
—Hija de puta. Te amo.
Me reí contra su pecho, sin fuerzas, todavía con el corazón golpeándome en las costillas. La pantalla seguía encendida al otro lado del cuarto, la partida abandonada a medias, el chat parpadeando con mensajes que él ya no iba a leer. Me acurruqué contra su costado y dejé que el silencio nos cubriera. A veces las mejores ideas son las más tontas, esas que una guarda durante días sin atreverse, dándoles vueltas en la cabeza, hasta que una tarde cualquiera deja de hacer nada, se levanta de la cama y decide, por fin, llevarlas a cabo.