Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi fantasía empezó cuando le entregué el mando

Quizás mi fantasía seas tú, o quizás sea todo lo que haría contigo si me dieras la oportunidad. Llevo semanas sin saber decidirlo, y esta noche tampoco lo tengo claro.

Anoche salí a buscar en los demás algo que me hiciera sentir aunque fuera la sombra de eso. Pasaban las horas, pasaban las miradas, las sonrisas de cortesía, esos roces tibios en la pista de baile, y nada. Solo sentía frío bajo la ropa, una piel que no terminaba de despertar. Ni un solo chispazo que calentara un ápice mi imaginación.

Y sin embargo, en medio de toda esa gente, solo podía pensarte. Imaginarte enredado en mi cuello, con tu aliento rozándome la nuca, el calor de tus manos grandes abriéndose paso bajo la tela. Sé que todo está en mi cabeza. Aún no me has besado y, aun así, sé exactamente cómo besas.

Si hay tanto erotismo en tus palabras, en cómo escribes a las dos de la mañana, tus besos tienen que ser igual de intensos: fuertes, húmedos, lentos. De esos que adelantan la promesa de todo lo que vendría después.

Tu tacto tampoco lo conozco todavía. Lo aventuro firme, paciente, cálido y certero. Lo imagino tantas veces que casi puedo sentirlo, y eso me da vergüenza y me excita a partes iguales.

Quiero inventar un final para este encuentro que ni siquiera ha pasado.

Se me ocurren infinitas posibilidades, así que voy a fantasear con todas. Voy a contarte una. La que más me gusta. La que repito en la oscuridad cuando creo que nadie me escucha.

***

Era viernes y el local estaba lleno, con esa luz baja y roja que vuelve a todo el mundo más guapo de lo que es. Sin saber muy bien cómo, te vi. Estabas de pie junto a la barra, hablando con alguien que claramente no te interesaba.

Me fijé en la manera en que te movías, en cómo asentías sin escuchar. Esa conversación no iba a ninguna parte, y eso, después de tantas noches de cacería, se reconoce a la primera. Quien diga lo contrario miente.

Convencí a mis amigas para cambiarnos de zona. Sería más fácil así dejar que sucediera lo inevitable. Estabas cerca, pero yo quería todavía menos distancia entre los dos.

—Mirad, creo que están aquellos —les dije a Carla y a Noelia, señalando hacia un grupo cualquiera al fondo—. Voy a saludar.

Me siguieron sin sospechar nada. Lo difícil no era acercarme: lo difícil era no salir corriendo hacia ti. Así que fui madurando cada paso, lento, para que pareciera lo más natural y lo más calculado al mismo tiempo.

Unos minutos más tarde ya estábamos cerca. Nuestras miradas se encontraron y una media sonrisa torcida se nos escapó a los dos sin permiso. Mis amigas no te conocían, así que podía dibujar el encuentro a mi antojo. El juego estaba a punto de empezar y yo era quien repartía las cartas.

Me acerqué a ti como quien saluda a un conocido. Dos besos, los de siempre. Pero hice una pausa demasiado larga cerca de tu cuello. Quería olerte, retener tu aroma para futuras noches en las que solo me tendría a mí misma.

Aproveché la oscuridad y el ruido para acercarme aún más a tu oído.

—Te propongo un reto —susurré—. ¿Juegas?

Tu cara de sorpresa lo dijo todo. No esperabas que, después de tanto tiempo jugando al gato y al ratón, fuera yo quien diera el primer paso. Quien te retara. Quien marcara las reglas.

Intentaste recuperar el control de inmediato, como hacéis siempre. Pasaste el brazo alrededor de mi cintura para atraerme hacia ti, y yo dejé que lo hicieras. Es más, me enrosqué en tu cuerpo, te devolví el gesto en forma de abrazo cálido, deliberado, demasiado íntimo para dos personas que «acaban de saludarse».

Me sonreíste con esa chulería tuya. Vi cómo pasabas la lengua por tus labios para humedecerlos antes de hablar, cómo te mordías apenas el labio inferior. Fue justo ahí cuando supe que había dejado de pilotar mi propio cuerpo. Lo supe, y aun así tardé en rendirme. Quería estirar un poco más esa última frontera de control.

—Me gustan los retos —dijiste, bajando la cabeza lo justo para que tu boca quedara pegada a mi oreja.

Mis amigas bailaban y reían a un par de metros, completamente ajenas a lo que estaba ardiendo entre nosotros. Yo tenía las pulsaciones disparadas y notaba la humedad creciendo entre mis piernas, traicionera, adelantándose a todo lo demás.

—Acepto —repetiste, y a la palabra le siguieron unos besos minúsculos en el lóbulo y una caricia húmeda de tu lengua que bajó por mi cuello hasta casi hacerse visible para cualquiera que mirara.

Tomé todo el aire que pude. Recuperé el poder que yo misma me había concedido y volví a asumir el mando del juego. Abrí mi bolso y puse algo en tu mano. Un pequeño control remoto, frío y discreto.

—Vas a torturarme con esto dentro de un rato —dije, y me alejé antes de que pudieras contestar.

***

De camino al baño te escribí. Sabía, por la cara que habías puesto, que seguías analizando la situación, intentando entender hasta dónde llegaba el reto.

El mensaje decía: «No preguntes y no me sigas. Cuando salga del baño, podrás encender el mando. Hay un juguete que llevo puesto desde antes de cruzar la puerta del local».

Me habría encantado verte la cara al leerlo, pero esa vez tuve que imaginármela. Y la imaginé bien: la ceja levantada, la media sonrisa, los ojos buscándome entre la gente sin éxito.

Me encerré un momento en el baño, frente al espejo, y me tomé unos segundos para reponerme y reunir toda la seguridad de la que fui capaz. Me retoqué el pelo, respiré hondo, sentí el peso pequeño y tibio del juguete contra mí. Estaba lista. Más que lista.

Cuando volví a la pista, todo tu cuerpo emanaba una perversión contenida. Lo habías entendido a la perfección. No hacía falta decir nada más: yo te estaba suplicando, sin palabras, que me torturaras de placer delante de todo el mundo.

Volví con mis amigas como si nada hubiera pasado. Bailé, reí, brindé. Pero mi cabeza no paraba de esperar esa tortura que mi cuerpo ya reclamaba. Esperé paciente, fingiendo, hasta casi olvidar que llevaba el secreto entre las piernas.

Y entonces empezó.

Una vibración suave, baja, casi un cosquilleo, despertó en el centro mismo de mi ropa interior. Tan leve al principio que pensé que me lo había inventado. Pero no. Eras tú. Estabas en algún punto del local, mirándome, decidiendo el ritmo de mi noche con el pulgar.

Apreté el vaso entre los dedos. Seguí la conversación de Carla a medias, asintiendo a destiempo, riéndome un segundo tarde. La vibración subió un escalón y tuve que cerrar los ojos un instante. Cuando los abrí, te encontré. Estabas apoyado en una columna, con la copa en una mano y la otra escondida en el bolsillo, observándome como quien observa su obra.

—¿Estás bien? Te has puesto roja —me dijo Noelia al oído.

—Hace calor aquí —contesté, y no mentía del todo.

Tú lo escuchaste con los ojos, leíste mis labios desde la distancia, y subiste un punto más solo para confirmarme que esto lo dirigías tú. La vibración se volvió un latido constante, profundo, que me obligó a apoyar la mano en la mesa alta para no perder pie. Me mordí el labio. No aquí, no delante de ellas. Pero esa era exactamente la gracia, y los dos lo sabíamos.

Jugamos así durante lo que me parecieron horas. Tú bajabas la intensidad justo cuando yo creía que iba a rendirme, me dejabas respirar, recomponerme, volver a la conversación. Y cuando bajaba la guardia, cuando me convencía de que la marea había pasado, volvías a subir y me arrancabas el aliento en mitad de una frase.

Era una conversación sin palabras, hecha de miradas a través de toda la gente. Yo te buscaba, tú me sostenías la mirada y movías apenas el pulgar, y yo notaba el efecto recorrerme entera, de las rodillas a la nuca. Nunca me había sentido tan expuesta y tan deseada al mismo tiempo. Tan a tu merced en un sitio lleno de desconocidos que no sospechaban nada.

En un momento dado lo dejaste todo quieto, en silencio, durante varios minutos eternos. El vacío repentino fue casi peor que la tortura. Me descubrí deseando que volvieras a encenderlo, contando los segundos, mirándote con un reproche que era pura súplica.

Sonreíste. Sabías exactamente lo que me estabas haciendo. Esa pausa era parte del juego: enseñarme cuánto echaba de menos algo que diez minutos antes intentaba disimular.

Cuando lo encendiste otra vez, lo hiciste sin piedad y de golpe. Tuve que sujetarme del taburete, fingir una risa para justificar el temblor, clavar las uñas en mi propia palma. Las piernas me flaquearon y noté cómo todo se concentraba en un solo punto, tensándose, acercándose a un borde peligroso en mitad de la pista.

—Voy un momento fuera a tomar el aire —dije a mis amigas, con la voz menos firme de lo que pretendía.

—¿Te acompaño? —ofreció Carla.

—No, ahora vuelvo. Necesito un minuto.

Salí hacia el pasillo que daba a la salida, sabiendo que tú interpretarías el movimiento. Sabiendo que, esta vez sí, romperías la regla de no seguirme. Lo noté en la nuca antes de oírte: tus pasos detrás de los míos, tu calor acortando la distancia que yo había estirado toda la noche.

—No te dije que me siguieras —murmuré sin girarme, con una sonrisa que no podías ver.

—Cambiaste tú las reglas primero —respondiste, ya muy cerca, y la vibración subió un último escalón justo cuando tu mano encontró mi cintura.

***

Y ahí, exactamente ahí, mi fantasía siempre se detiene. En el filo. Con tu aliento en mi cuello, el mando todavía caliente en tu mano y la promesa de todo lo que vendría temblando en el aire.

Porque la verdad, la única verdad de todo esto, es que sigo sin haberte besado. Sigo sin conocer tu tacto. Todo ocurre en mi cabeza, una y otra vez, con variaciones, con finales distintos que invento cada noche.

Quizás mañana me decida a cruzar de verdad ese salón. Quizás te ponga de verdad ese mando en la mano y deje de adivinar cómo besas. O quizás te mande este relato y deje que seas tú quien decida cuál de mis finales merece dejar de ser solo una fantasía.

Tú eliges. Pero recuerda: el mando lo reparto yo.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (4)

Romi_Gdl

increible!!! me tuvo pegada de principio a fin

CuriosaLect

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber como sigue. Muy bien escrito

MarianaCba

Me recordó a una situación parecida que viví hace un tiempo. Esa sensacion de entregarle el control a alguien es tan intensa que no se olvida. Muy bien capturado.

Toni_BsAs

el comienzo me atrapó de entrada, eso de buscar una chispa en miradas ajenas lo entiendo perfectamente jaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.