Lo que imagino con la desconocida de la parada
Hay una parada de autobús en la esquina de la avenida Carranza con la calle del Almendro donde el tiempo se detiene exactamente a las diez y media de la mañana. No es magia. Es ella. Llega siempre a esa hora, con la prisa justa para que el flequillo se le despegue de la frente, y se apoya en la marquesina como si el día entero le perteneciera.
Yo llego antes. Siempre llego antes. Me siento en el banco de la derecha, el que tiene una pata más corta y se balancea, y abro un periódico que no leo. Las palabras se me deshacen entre los dedos porque mis ojos están en otra parte. Están en la curva de su cuello cuando inclina la cabeza para mirar la hora. Están en el modo en que el sol de la mañana le atraviesa la falda y dibuja la silueta de sus muslos, y más arriba, el bulto suave de su coño marcándose contra la tela cuando el aire le pega la falda a la piel.
Ella no me mira. Nunca me mira. Y yo se lo agradezco, porque si me mirara descubriría todo lo que pasa por mi cabeza cada vez que cruza las piernas. Descubriría que tengo la polla dura dentro del pantalón desde el momento en que la vi bajar de la esquina, y que aprieto el periódico contra el regazo para esconderlo.
No sé su nombre. Le he puesto uno: la llamo Adriana, aunque podría llamarse de cualquier otra forma. Adriana suena a la manera en que se muerde el labio inferior cuando el autobús tarda. Suena a la tela de su camisa abierta un botón más de lo que el decoro exigiría, ese canal de sombra entre sus tetas que se asoma con una picardía que ella finge no conocer.
Porque lo sabe. Vaya si lo sabe. Una mujer no se viste así para ir a una oficina cualquiera. La falda corta, las medias que terminan justo donde empieza la imaginación, el primer botón rendido. No se viste para mí, eso lo tengo claro. Se viste para gustarse. Y al gustarse, sin proponérselo, me destruye.
***
La primera vez que reparé en ella fue un martes de octubre. Llovía, y compartíamos los pocos centímetros secos de la marquesina. Estábamos tan cerca que podía oler su perfume, algo cálido con un fondo de madera, y el frío de la lluvia hacía que su aliento se condensara en pequeñas nubes que desaparecían entre los dos.
—¿Sabe si el cuarenta y siete pasa por el centro? —me preguntó.
Y yo, que conozco esa línea de memoria, que podría recitarle cada parada con los ojos cerrados, me quedé mudo. Tartamudeé un «creo que sí» que sonó a mentira. Ella sonrió, una sonrisa breve, casi compasiva, y subió al autobús sin volver la vista.
Desde entonces no he vuelto a hablarle. No por falta de ganas. Por exceso. Porque sé que si le dirijo la palabra, si rompo el hechizo de esta distancia, perderé el único lugar donde ella es completamente mía: mi cabeza.
***
En mi cabeza, Adriana llega tarde a propósito. Deja que el cuarenta y siete pase de largo, lo ve alejarse calle abajo y no hace ademán de correr. Después se gira hacia mí, despacio, y por primera vez sus ojos encuentran los míos.
—Sé que me miras —dice. No hay reproche en su voz. Hay otra cosa.
Yo no contesto. En mi imaginación tampoco encuentro las palabras, pero ya no las necesito. Ella se acerca al banco, se sienta a mi lado, y el periódico que fingía leer cae al suelo sin que ninguno de los dos lo recoja.
—¿Y qué ves cuando me miras? —pregunta.
Le contaría que veo el modo en que la tela de su falda se tensa sobre el muslo cuando cruza las piernas. Que he memorizado el punto exacto en que sus medias dejan de ser medias y empieza la piel desnuda. Que conozco el gesto con que se aparta el flequillo y la pequeña arruga que le nace entre las cejas cuando el autobús se retrasa. Que cada mañana, en este banco de pata coja, la desnudo botón a botón mientras finjo interesarme por las noticias, y que después me la follo mentalmente contra la marquesina, con la falda arremangada hasta la cintura y las bragas colgando de un tobillo.
En lugar de eso, le pongo una mano en la rodilla. Ella no la aparta. La marquesina nos esconde de la avenida, el ruido del tráfico se vuelve un murmullo lejano, y mis dedos suben por su muslo con una lentitud que es casi una tortura para los dos.
—Aquí no —susurra, pero abre un poco más las piernas.
El borde de la falda cede. La piel sobre la media es tibia y suave, y cuando mis dedos llegan al elástico, ella deja escapar el aire por la nariz, un suspiro contenido que le hincha el pecho y termina de abrir ese botón rebelde de la camisa. Sigo subiendo. Rozo el encaje de las bragas con la yema del pulgar y siento la humedad que ya lo empapa, un calor pegajoso que me hace apretar los dientes. Está mojada. Está mojada desde antes de que yo la tocara, y esa certeza me hace la polla tan dura que duele.
—Estás empapada —le digo, y por primera vez mi voz suena firme.
—Lo estoy desde hace semanas —contesta, con la boca apoyada en mi oído—. Todas las mañanas. Sabiendo que me miras.
Aparto el encaje. Sus labios están hinchados, resbaladizos, y cuando mi dedo del corazón se hunde entre ellos, ella suelta un gemido corto que amortigua contra mi cuello. Su coño me aprieta con una avidez que no esperaba, y noto cómo se contrae alrededor del dedo cada vez que lo curvo hacia adelante buscando ese punto interior que la hace levantar la cadera del banco. Meto un segundo dedo. Ella me muerde el lóbulo de la oreja para no gritar, y yo empiezo a bombear despacio, sintiendo el chapoteo obsceno de su humedad contra la palma de mi mano cada vez que la presiono contra su clítoris.
—Sácamela —jadea—. Sácamela, por favor.
Le agarro la mano y se la llevo a mi bragueta. Ella baja la cremallera sin dejar de mirarme, y cuando su puño se cierra alrededor de mi polla, siento un latigazo que me sube por la columna. Empieza a masturbarme al mismo ritmo lento con que yo la penetro con los dedos, apretándome la punta con el pulgar en cada subida, extendiendo con la palma el hilo de líquido que ya se me escapa.
—Ponte encima —le digo.
Ella mira hacia la avenida, hacia el trozo de acera visible, y luego vuelve la cara y me sonríe con una impudicia que jamás habría sospechado en la mujer del flequillo. Se levanta la falda hasta la cintura, se sienta a horcajadas sobre mí en el banco de la pata coja, y con una mano se aparta las bragas hacia un lado mientras con la otra guía mi polla hacia su entrada. La punta roza sus labios empapados, se hunde apenas un centímetro, y ella deja escapar un gemido gutural antes de bajar el peso de golpe y tragarme entera.
El banco cruje. Ella se queda quieta un instante, encajada hasta el fondo, con los ojos cerrados y la boca abierta, adaptándose a la invasión. Después empieza a moverse. Sube y baja despacio al principio, con las manos apoyadas en mis hombros, y noto cómo su coño me chupa cada vez que sube, cómo se cierra alrededor de mí como si no quisiera soltarme. Le desabrocho los botones que quedan, le bajo el sujetador, y sus tetas se me caen encima, calientes, con los pezones tan duros que se me clavan en las palmas. Me llevo uno a la boca, lo chupo, lo muerdo, y ella acelera.
—Fóllame —me suplica en el oído, con una voz irreconocible—. Fóllame más fuerte, no me trates como si fuera de cristal.
La agarro por las caderas, le clavo los dedos en la carne y empiezo a embestir hacia arriba cada vez que ella baja. La marquesina resuena con el golpe seco de nuestros cuerpos. Sus tetas rebotan a la altura de mi cara. Le meto la mano entre las piernas, le busco el clítoris con el pulgar y se lo froto en círculos duros mientras la sigo penetrando, y ella empieza a temblar, a apretar los muslos, a ahogar gemidos contra mi hombro.
—Me corro —dice—. Me corro, me corro, dios, me estoy corriendo.
Su coño se cierra sobre mi polla en oleadas, apretándola con una fuerza que casi me arranca la corrida en ese mismo instante. Aguanto. La sostengo mientras ella se sacude encima de mí, la muerdo en el cuello, y cuando por fin se afloja, la levanto en vilo, la doblo sobre el respaldo del banco con la falda por encima de la cintura y el culo al aire, y la penetro por detrás de una sola estocada. Ella grita contra el antebrazo. Me hundo hasta el fondo, saco la polla entera hasta la punta, vuelvo a meterla, y con cada embestida oigo el chasquido húmedo de su coño y siento cómo su culo choca contra mi vientre. Le agarro un puñado de pelo, tiro con suavidad, y ella arquea la espalda para ofrecerse más.
—Córrete dentro —jadea—. Quiero notarte todo el día.
Aguanto tres embestidas más y me deshago. Me corro dentro de ella con un gruñido que me nace del estómago, chorro tras chorro, y siento cómo mi semen se abre paso y le empapa las paredes ya empapadas. Me quedo dentro hasta el último espasmo. Cuando por fin salgo, un hilo espeso resbala por la cara interior de su muslo, cruza el elástico de la media y se pierde bajo el borde.
***
Un coche frena con un chirrido en la avenida y me devuelve de golpe a la realidad. Sigo en el banco. El periódico sigue en mis manos, arrugado contra el bulto duro que me late en la entrepierna. Y Adriana sigue a tres metros, ajena, consultando el reloj con esa impaciencia que le tensa el cuello.
Tengo la boca seca. Las palmas me sudan a pesar del fresco de la mañana, y no sabría decir si tiemblo por el frío o por lo que acabo de imaginar con tanto detalle que casi puedo sentir todavía el calor de su coño apretándome la polla, el sabor del pezón entre los dientes, el olor a sexo mezclado con perfume de madera.
Ella se cambia de postura. Apoya el peso en la otra cadera, y el gesto, tan banal, tan involuntario, me parece la cosa más obscena que he visto en mi vida. No porque tenga nada de obsceno. Sino porque mi deseo lo convierte en algo que no es.
Ese es el problema del deseo cuando no tiene salida. Lo cubre todo. Transforma una espera de autobús en una escena de intimidad. Convierte a una desconocida que pregunta por una línea de transporte en la protagonista de cada noche que paso despierto mirando el techo con la mano bajo las sábanas. La invento entera: su risa, el modo en que diría mi nombre, la forma exacta en que se rendiría si alguna vez me atreviera a tocarla, la cara que pondría con mi polla en la boca. Y cuanto más la invento, menos me importa que la mujer real no se parezca en nada a la que vive detrás de mis párpados.
***
Hay días en que me invento variaciones. En uno de ellos, llueve otra vez como aquel martes, y los dos volvemos a compartir la marquesina. Pero esta vez, cuando me pregunta por el cuarenta y siete, no tartamudeo.
—Te llevo yo —le digo—. Mi coche está a la vuelta.
Y ella, contra toda lógica, contra todo lo que una mujer sensata haría, acepta. En el coche, con las ventanillas empañadas por la lluvia y nuestra respiración, ya no hace falta fingir. Su mano busca la mía sobre la palanca de cambios. La falda se le sube sola cuando se gira hacia mí. Y en el aparcamiento desierto de un centro comercial que aún no ha abierto, la beso por primera vez con un hambre acumulada durante meses de miradas robadas.
En la fantasía, su boca sabe a café y a algo más dulce. Me desabrocha la camisa con una urgencia que desmiente toda su elegancia matinal, y yo le bajo el tirante del sujetador con los dientes mientras ella echa la cabeza hacia atrás contra el cristal empañado. Le arranco los botones que quedan, le libero las tetas, y le muerdo los pezones hasta que gime y me clava las uñas en la nuca. Ella me abre el pantalón con dedos temblorosos, mete la mano dentro del bóxer y me agarra la polla con una brusquedad que me hace jadear.
—Llevo meses queriendo hacer esto —murmura, y se inclina sobre mi regazo.
Su boca me traga entera. Baja hasta la base, se retira, vuelve a bajar, y me chupa con una avidez que no encaja con la imagen de la mujer del flequillo. Su lengua se enreda alrededor del glande, sus labios me aprietan el tronco, y con la mano libre me acuna los huevos, apretándolos con suavidad al ritmo de cada mamada. Le sujeto el pelo, se lo aparto de la cara para verla, y ella levanta los ojos sin sacarse la polla de la boca, con las mejillas hundidas por la succión, y esa imagen sola casi me hace correrme.
La aparto antes de que sea tarde. La subo a mi regazo, le rompo las bragas de un tirón y la penetro allí mismo, en el asiento del conductor, con el volante clavándose en su espalda. El asiento se reclina de golpe cuando ella busca la palanca a ciegas. Sus muslos me aprietan las caderas. Empieza a cabalgarme frenéticamente, con las tetas rebotándome en la cara, y yo le meto un dedo humedecido en su propia saliva entre las nalgas y se lo hundo despacio. Ella grita, se contrae, se corre con un espasmo largo que le recorre el cuerpo entero, y yo me corro con ella, dentro, gruñendo su nombre inventado contra la piel de su cuello.
Y por fin, después de tantas mañanas de deseo silencioso, dejo de imaginar lo que sería tenerla para tenerla de verdad.
***
El autobús llega puntual y deshace la escena antes de que pueda terminarla. Las puertas se abren con ese suspiro hidráulico que odio porque significa que ella se va. Adriana sube, paga, busca asiento. Por un instante, un instante apenas, gira la cabeza hacia la parada.
Y me mira.
No es mi imaginación esta vez. Sus ojos se posan en mí, en el hombre del banco de la pata coja, en el periódico que no he pasado de página en veinte minutos. Es una mirada de medio segundo. Pero en ese medio segundo cabe todo: la pregunta de si me ha sorprendido observándola, la sospecha de que llevo meses haciéndolo, y algo más, algo que no me atrevo a nombrar porque nombrarlo sería tener esperanza.
El autobús arranca. Su rostro se desliza tras el cristal sucio y desaparece avenida arriba, hacia un día del que no sé nada y una vida a la que jamás pertenecerá.
Me quedo en el banco más tiempo del necesario. El siguiente autobús, el mío, pasa de largo porque no levanto la mano. No tengo prisa. Mi prisa se ha ido en el cuarenta y siete. Tengo la polla todavía dura contra la tela del pantalón, palpitando al ritmo de la sangre, y sé que cuando llegue a casa me encerraré en el baño, cerraré los ojos y volveré a follármela contra la marquesina hasta correrme en mi propia mano pensando en su cara.
***
Mañana volveré. Llegaré antes, como siempre, y me sentaré en el banco que se balancea. Abriré un periódico que no pienso leer. Y a las diez y media, cuando ella aparezca con el flequillo despegado de la frente y la falda un dedo más corta de lo prudente, volveré a desnudarla con la mirada mientras finjo interesarme por el mundo.
Tal vez algún día me atreva. Tal vez un martes de lluvia le ofrezca llevarla y descubra si su boca sabe de verdad a café, si su coño me aprieta como en la fantasía, si grita cuando se corre o si lo hace en silencio, mordiéndose el labio. O tal vez no, y me conforme con esta versión de ella que vive en mi cabeza y que no me ha dado nunca un no, porque no le he dado nunca la oportunidad de dármelo.
Lo que sé es esto: hay un deseo que se alimenta de la imposibilidad. Crece cuanto menos se toca. Y mientras Adriana no sea más que la desconocida de las diez y media, seguirá siendo perfecta, intacta, infinitamente mía en el único lugar donde nadie puede quitármela, con las piernas abiertas para mí cada noche detrás de mis párpados.
El banco se balancea bajo mi peso. Cierro el periódico. Hasta mañana, pienso, aunque ella nunca lo oirá.





