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Relatos Ardientes

El papá del parque que decidí tener esa mañana

Me llamo Daniela y tengo veinticinco años. Trabajo a ratos como go-go y otros tantos detrás de la barra de un pub, así que vivo más de noche que de día. Está feo decirlo de una misma, pero tengo buen cuerpo: morena, ojos claros, curvas donde tienen que estar y nada de más. Lo cuento sin vergüenza porque es la verdad y porque, en esta historia, hizo falta.

Salgo mucho, y no solo por el trabajo. Cuando libro me lanzo a la calle igual, porque me encanta la fiesta y, para qué mentir, me encanta el sexo. Sé que no queda bien que una mujer lo diga tan a la cara, pero a mí me gusta más que al hombre más caliente del mundo. Con una diferencia: yo decido cuándo, cómo y con quién. Y casi siempre me salgo con la mía.

Aquella mañana de domingo, sobre las once, yo debería haber estado durmiendo la mona. La noche anterior había salido con Carla, mi compañera de batallas, la única que me aguanta el ritmo hasta que cierran. Llegamos a casa cuando ya olía a chocolate con churros, reventadas las dos. Pero yo tenía un plan, y el plan me picaba por dentro como un hormigueo que no se calla.

Así que la llamé. Carla apareció con cara de mal dormir, un café entre las manos y cero idea de lo que se traía entre manos su amiga. Nos sentamos en un banco del parque de los niños, ese que queda a dos calles de casa, a mirar a los padres jugar con sus críos.

—Oye, Daniela —dijo ella, bostezando—, ¿qué pintamos aquí? No me digas que quieres montar en los columpios otra vez, como aquella noche de pedo. Ahora hay niños y padres, no me jodas.

—Qué dices, loca —contesté—. No es eso. Justamente un padre es mi objetivo.

Señalé con el dedo, sin disimular nada, a un hombre fornido y moreno que jugaba con su hijo de tres años a unos pasos del tobogán. Lo levantaba en brazos, lo hacía volar, y el niño se reía con esa risa limpia de los que todavía no saben mentir.

—¿Ese? —Carla abrió mucho los ojos.

—Ese. Se llama Adrián. Vive cerca, en la otra acera. Tiene cuarenta y uno y fue militar, por eso está hecho así. Se separó hace nada de su mujer, una bruja con la que me crucé un par de veces de discoteca. Conflictiva, mala, y encima le ponía los cuernos. Él casi no sale: deportista, trabajador, loco por el crío. Mira cómo lo trata.

Se me caía la baba, y no sabría decir si por la ternura con la que cargaba al niño o por lo bueno que estaba el padre. Probablemente por las dos cosas a la vez.

—Eres lo peor —resopló Carla—. Encima que anoche me dejaste tirada con Marcos y su amigo el plasta, ahora te quieres montar a este papá ejemplar. Y mira que los buenitos no suelen ir contigo.

—Pues hoy va este, y tú me vas a ayudar.

—¿Ayudar en qué? Pídele el número, mujer, y cuando no esté con el niño ya te lo montas, si él quiere.

—Querer va a querer —dije, y sonreí—. Pero no es cuestión de números. Me lo voy a llevar. Ahora. Ahora mismo.

—¿Quééé? —Carla casi escupe el café—. ¡Está con su hijo! ¿Qué pretendes?

—Para eso estás tú. Me quitas al niño de en medio un rato, como me has quitado a tantos moscones inoportunos.

—Pero pedazo de zorra, ¡que es un crío de tres años! No pienso…

—Joder, qué retorcida eres —la corté, muerta de risa—. No hablo de nada raro. El niño es una ricura, pero yo no tengo paciencia para los enanos. Tú sí. Acuérdate del cumple de mi hermano pequeño: te lo pasaste mejor que él. Llévatelo al quiosco, cómprale globos, chuches, lo que sea. Entretenlo diez minutos.

—Mira que eres mala… —pero ya se estaba levantando, y en el fondo se le iluminaba la cara—. La verdad es que me encantan así de pequeños. ¿Tú crees que yo sería buena madre y…?

—Carla, céntrate. Eso lo hablamos luego.

***

Mi amiga se acercó al niño haciendo el payaso, poniendo voces, corriendo a su alrededor como si fuera una más del recreo. Adrián la miró con un punto de sorpresa, pero al ver que el crío se reía a carcajadas se relajó y se dejó caer en un banco a unos diez metros. Ese fue mi momento.

Me senté a su lado sin ningún recato, tan cerca que nuestros muslos casi se rozaban.

—Qué guapo es tu hijo —dije, dándole un golpecito con el codo—. Igual que el papá.

Adrián se puso colorado. Era de los que se ruborizan, y eso, lejos de echarme para atrás, me encendió más.

—Eh… gracias —murmuró—. ¿Y el tuyo cuál es?

—No tengo. Todavía no me lo han hecho. —Le guiñé el ojo—. Aunque, ya sabes, todo es empezar.

Se separó un par de centímetros, incómodo. Pero yo no estaba dispuesta a soltar a mi presa.

—Oye, Adrián, que sé cómo te llamas. Yo soy Daniela, la hija de Marta, la del horno de la esquina. Saltadas las presentaciones, te voy a ser sincera: me pareces un hombre muy atractivo y quiero conocerte más a fondo. Voy directa, que la vida es corta.

—Yo… te conozco, conozco a tu madre —tartamudeó—. Pero esto no es… mira, soy mucho mayor que tú, y estoy con mi hijo, y solo tengo ojos para él. Lo siento.

Iba a levantarse. Le cogí la mano y, casi sin que se diera cuenta, le rocé el muslo con las yemas de los dedos.

—Adrián, cariño, no te resistas —susurré—. Vas a ser mío, y lo sabes.

Lo noté reaccionar bajo el pantalón, aunque seguía haciéndose el digno. Y eso, lo juro, me ponía todavía más. Un hombre que se resiste un poco es mucho más interesante que uno que se rinde a la primera.

—No, por favor… —dijo con la voz tomada—. Eres una chica preciosa, pero no puedo. Quizá en otro momento, pero ahora estoy con mi hijo y…

—Por el niño no te preocupes. Mira para allá. —Señalé al quiosco, donde Carla y el crío elegían globos entre risas—. Mi amiga lo tiene fichado un buen rato. Tú y yo tenemos tiempo de sobra.

—Pero no puedo perderlo de vista, no conozco a tu amiga, yo…

No le dejé terminar. Le cerré la boca con un beso. Y vaya beso. Tenía una boca experimentada, la barba bien rasurada, el mentón firme. Lo habría devorado allí mismo, en el banco, delante de todas las madres del parque.

Él me devolvía el beso, pero a ratos se apartaba, debatiéndose entre las ganas y la culpa.

—No, no se puede… mi hijo…

Le puse el índice sobre los labios.

—Sígueme. Aquí hay demasiadas cotillas, y eso no te conviene. Sígueme, guapo.

El pobre obedeció a regañadientes, mirando una última vez hacia el quiosco, donde su hijo se troncha con Carla sin echarlo en falta lo más mínimo.

***

Mi casa quedaba a la vuelta, y mi madre no estaba. No hubo preámbulos. Apenas cerré la puerta, le quité la camiseta de un tirón y dejé que él me desnudara con esas manos grandes que temblaban un poco. Lo empujé a la cama y le hice bajar entre mis piernas, y aquella boca tan bien dibujada, con la barba justa, me trabajó hasta hacerme arquear la espalda. Sabía lo que hacía. No era un crío torpe; era un hombre que se tomaba su tiempo.

Luego le devolví el favor. Recorrí con la lengua su pecho fornido, sus brazos de cuarentón que se cuida, ese olor a colonia deportiva tan distinto al humo y al alcohol de mis noches. Lo tomé entero en la boca y disfruté viendo cómo, por fin, se le caía la máscara del hombre correcto.

Acabamos enredados en mis sábanas. Me penetró de frente, mirándome a los ojos, y después me puso de espaldas y me agarró de las caderas con esa fuerza contenida que se le adivinaba en cada gesto. Llegué al orgasmo de una manera intensa, casi rabiosa, y todavía tuve fuerzas para cabalgarlo un buen rato. Aguantaba más que cualquiera de los de mi edad. Yo estaba floja por la juerga de la noche, pero juro que en ese momento deseé que la mañana no terminara nunca. Fue mejor que la más tórrida de mis madrugadas.

Pero duró poco. En cuanto recuperó el aliento, Adrián volvió a ser él, y la culpa le subió a la cara como un rubor distinto al de antes.

—Mira, Daniela, ha estado genial, pero estoy preocupado por mi hijo. Me vuelvo al parque.

—Jo, qué plasta eres —protesté, estirándome en la cama—. Con lo bien que estamos. Anda, que me visto y vamos a ver a tu enano. Ya verás que está perfectamente.

***

Llegamos al parque y, en efecto, el niño seguía a lo suyo: jugaba con Carla a tirarse globos de agua, empapados los dos, partiéndose de risa. La verdad es que le debía una grande a mi amiga, aunque ella parecía haberlo disfrutado tanto como el crío.

Adrián corrió a abrazar a su hijo, a preguntarle si se lo había pasado bien. El niño apenas le hizo caso; ni siquiera había notado su ausencia, ocupado como estaba en subirse a caballito sobre Carla. Y entonces noté algo: el magnetismo que yo había ejercido sobre Adrián se había evaporado. Ya me esquivaba la mirada, pendiente solo de su hijo, sin una palabra de más ni la menor mención a otra cita.

Me dio igual. Que me quiten lo bailado, dice el refrán, y yo lo había bailado todo. Me despedí con una sonrisa, ayudé a Carla a secarse y recoger los globos pinchados, y la arrastré conmigo calle abajo.

Antes de irme miré atrás. Las madres del parque me clavaban los ojos con una mezcla de asco y envidia que conozco bien; sabían perfectamente lo que había pasado entre Adrián y yo, aunque ninguna lo dijera. Y los padres, en cambio, se arremolinaban alrededor de un Adrián aturullado que no sabía dónde meterse, pidiéndole, medio en broma, mi teléfono.

Me reí sola todo el camino de vuelta. Carla me dio un codazo.

—Eres imposible, ¿lo sabes?

—Lo sé —dije—. Y por cierto, ya hablaremos de eso de si serías buena madre. Pero primero, churros. Que me los he ganado.

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Comentarios (4)

LuciaSol_BA

excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo acá

CarlosArg_87

Por favor una segunda parte, quedé con demasiadas ganas de saber como termino todo. No me dejes asi!

MarisolPo

jajaja la amiga creyendo que iban a tomar el aire, tremendo. Muy buen relato

Roxana_73

Me encanto como lo narraste. Se siente real, con esos detalles cotidianos que le dan credibilidad a todo. La forma en que describis la decisión desde el primer momento es lo que mas me gusto, sin dudas ni vueltas. Seguí escribiendo!

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