Soñé que unos desconocidos me usaban y no quise despertar
Me izan poco a poco. Alrededor de cada tobillo se ciñe una soga que cuelga del techo y siento cómo tira de mí, milímetro a milímetro. Estoy desnuda sobre el suelo helado, con los brazos atados a la espalda, y no consigo moverlos: las ligaduras se clavan en mi piel cada vez que lo intento. Grito, pero nadie responde. Solo se escucha el roce de las cuerdas que me obligan a quedar suspendida boca abajo, con las piernas separadas.
Un haz de luz cae del techo justo sobre mi cuerpo. Alrededor, todo es penumbra; no alcanzo a ver las paredes. Debajo de mí, en el suelo, hay una caja de cartón vacía y un consolador. Me retuerzo, me agito, y mi cuerpo se balancea en el aire como un péndulo.
—¡Ayuda! ¡Socorro! —grito con todas mis fuerzas—. Por favor, soltadme. ¿Hay alguien?
No hay respuesta. Solo el silencio más absoluto. Me desespero y lloro. Las lágrimas inundan mis ojos verdes. Tengo frío y siento cómo mis pezones se endurecen sobre el peso de mis pechos. Gimoteo y, poco a poco, intento recomponerme.
No sé cómo he llegado hasta aquí. Lo último que recuerdo es que, al salir del trabajo, me tomé una cerveza con las chicas. Les conté que la semana pasada había roto con Adrián, que ya no estábamos juntos, que me había dejado porque decía que entre nosotros no quedaba magia. Bueno, eso fue lo que les conté. La verdad es que me dijo que era aburrida en la cama y que, si no era capaz de hacerle disfrutar, era mejor no seguir.
Y en cierto modo tenía razón. Adrián quería que hiciera cosas que no me hacían sentir cómoda. Estaba obsesionado con que se la chupara, e incluso un día acabó corriéndose en mi boca. Tenía una fijación con el sexo oral, insistía siempre con el sesenta y nueve. A mí nunca me gustó: las pocas veces que lo practicamos, no logré que se corriera. No soy capaz de sentir un orgasmo mientras su sexo llena mi boca. Sé que soy una romántica, me gusta hacer el amor mirándole la cara, sintiendo cómo nuestros cuerpos se funden en uno solo.
La gota que colmó el vaso fue el día anterior a dejarme. Me obligó a ponerme de rodillas para hacerle una felación en la que prácticamente me tragaba todo su pene cada vez que me aplastaba la cabeza contra él. Pensé que iba a correrse en mi garganta. Yo forcejeaba por expulsar su miembro entre toses y arcadas. Entonces me levantó, me tumbó sobre la mesa del comedor con los pechos desnudos contra la madera, me arrancó la braga y noté cómo su glande se apretaba contra mi ano. Estaba intentando sodomizarme. Era algo que nunca había hecho y que me horrorizaba solo de imaginarlo. Me retorcí y lloré. Le rogué que parara.
—¡Para, por Dios, Adrián! ¡No sigas! ¡Me haces daño! ¡Paraaa! —supliqué entre sollozos.
Entonces se detuvo. Su pene cambió de rumbo y se hundió en mi sexo húmedo. Me folló con violencia. No pude evitar correrme y gritar de un placer que jamás había sentido. Él tiraba de mi melena y yo gemía con cada embestida, hasta que noté cómo se derramaba en mi interior y un fuego abrasador recorría cada poro de mi piel.
Quedé exhausta sobre la mesa. Él cogió la maleta que ya tenía preparada y me dijo que me dejaba porque era una jodida remilgada y no pensaba seguir perdiendo el tiempo conmigo. Que estaba muy buena, pero que se había cansado de tirarse a una mojigata. Cerró la puerta y se fue. Yo me quedé temblando, sin atreverme a moverme. Acababa de violarme. Adrián lo tenía todo previsto; era su forma de despedirse. Supongo que mi negativa a ser sodomizada fue lo que terminó de decidirle. Yo lo quería, y lloré amargamente durante horas, encogida a los pies de la mesa donde acababa de abusar de mí y de llevarme, al mismo tiempo, hasta un éxtasis nunca antes sentido. Estaba destrozada.
Después de la cerveza con las chicas, recuerdo que llegué a casa, me di una ducha y, al salir, me envolví en una toalla. Frente al espejo me quedé contemplando mi rostro. Todavía no me acostumbraba a mi nuevo aspecto: al día siguiente de la ruptura me corté el pelo muy corto y recuperé mi pelirrojo natural. Me hacía gracia verme con esa pinta de chica traviesa, pecosa, de nariz respingona y labios carnosos que, estoy segura, Adrián echará de menos, aunque apenas le dejaba usarlos. Parecía mucho más joven, no más de veinticinco años. Luego di un par de pasos atrás y me quité la toalla.
Esto es lo que has dejado escapar, idiota.
No asimilaba que un hombre pudiera rechazarme. Sé que tengo un cuerpo de escándalo. Me recreé mirándome, porque soy muy coqueta y estoy orgullosa de mis curvas, y no me importa insinuarlas. Me excita que me miren; para eso me arreglo. Sé usar mis armas. Mido un metro sesenta y ocho y, siendo pelirroja y con estos ojos verdes enormes, no paso desapercibida, ni tengo la menor intención de hacerlo.
Por mucho que me esfuerzo en recordar, no logro avanzar más allá de mi imagen frente al espejo. Tal vez estoy dormida y todo esto es una pesadilla. Sí, debe de serlo; solo tengo que esperar y despertaré. Pero el tiempo pasa y sigo colgada boca abajo. El silencio es sepulcral, apenas escucho mi propia respiración. La consciencia empieza a fallarme y me quedo adormilada. De vez en cuando despierto, me retuerzo y grito con todas mis fuerzas. Creo que voy a morir en este agujero. Si es una pesadilla, es la más terrorífica que pueda imaginar. Ya no me quedan lágrimas. Cierro los ojos y me sumerjo en la oscuridad.
***
Abro los ojos. No veo con claridad. Me falta el aire, hay algo dentro de mi garganta y no puedo expulsarlo; siento un cuerpo pegado a mi rostro. Me retuerzo, suspendida por los tobillos. De pronto un dolor abrasador me atraviesa: algo me está perforando el ano. Grito con toda mi alma, pero de mi boca solo salen espasmos, porque un pene me penetra la garganta con violencia. Trato de morder ese trozo de carne que profana mis labios y me llena el paladar de un sabor extraño, pero no puedo: mi mandíbula no responde, está forzada a permanecer abierta por una mordaza de anillo que me deja totalmente expuesta.
Me están sodomizando. El hombre que me ahoga con su polla hunde en mi ano el consolador que estaba en el suelo. Y ambas cosas las hace sin compasión. Soy una muñeca a la que usar para ejecutar sus deseos más oscuros.
Solo puedo agitarme y sufrir. En la posición en la que estoy no consigo sacarme su pene de la garganta; me balanceo al ritmo de su cadera y cada embestida entra más profunda. Jamás había tenido nada tan adentro. Las arcadas y las toses son constantes, apenas puedo respirar. El consolador sigue avanzando, abriéndome por dentro, desgarrándome. Entonces, con una mano, aferra mi nuca y me aplasta contra su cadera. Me empala. Me estoy asfixiando. Con la otra mano clava el juguete hasta el fondo de mi ano. Nunca creí que pudiera existir un dolor tan atroz. El suplicio se me hace eterno. Solo quiero que pare, quiero desmayarme, quiero dejar de sufrir.
Siento cómo sostiene mi cabeza con ambas manos y empieza a moverla adelante y atrás, mientras el consolador comienza a vibrar y funde el dolor con una sensación extraña que me estremece. Su pene se hunde profundo con cada balanceo forzado. Percibo su aliento sobre mi sexo, abierto y expuesto a su antojo. Mi cuerpo me traiciona: estoy empezando a excitarme. Sé que, cuando su lengua recorra mi vulva húmeda, no podré evitar correrme. Salivo para lubricar su miembro, trago mis babas mezcladas con el líquido que ya brota de su glande, y muevo la lengua buscando darle placer para que termine cuanto antes.
Ese maldito vibrador me arrastra hacia el éxtasis. Mis gemidos se confunden con el sonido húmedo de la felación. Mi cabeza es movida a un ritmo cada vez más rápido cuando noto que su boca se funde con mi sexo y lo devora como si fuera una fruta jugosa, explorando con la lengua cada recoveco, atrapando mi clítoris entre los labios y succionándolo en una cadencia lenta e intensa. Mi cuerpo tiembla, resoplo, me retuerzo y trago su semen, que se derrama abundante mientras apenas puedo respirar. Me mantiene con la nariz enterrada en su vello, y por ella resbalan los fluidos que no consigo ingerir. En mitad de la asfixia, alcanzo el orgasmo de forma brutal. Es la primera vez que siento algo así, y el vibrador clavado en mí lo alarga y lo intensifica. Casi no noto que ya tengo otro pene en la boca.
Un hombre nuevo sustituye al anterior. Este no espera: se da un festín con mi sexo mientras soy yo la que busco su polla para chuparla. No hace falta que guíe mi cabeza, necesito sentir su sexo en mi garganta, necesito darle placer y me esmero en lograrlo. Él separa con los dedos mis labios y explora con la lengua cada pliegue, hasta lamer mi intimidad más profunda. Siento palpitar su miembro en mi boca, aprieto los labios contra su cuerpo, me lo trago entero y lo masajeo con la lengua. Su calor me inunda, sus dedos penetran mi vagina y arrancan un nuevo clímax que me sacude mientras su semen asciende por mi garganta.
Otro hombre ocupa su lugar, y después otro, y otro, en un carrusel interminable. El ritual es siempre el mismo. En algún momento me quitan la mordaza, ya no hace falta: sé lo que tengo que hacer. De vez en cuando me limpian la cara, cubierta de babas y semen. Es entonces cuando veo que en la caja hay un buen puñado de billetes, cada vez más. También liberan mis brazos, y con ellos puedo abrazar al hombre que me usa y marcar yo el ritmo de las felaciones. No sabría decir cuántas pollas me tragué, ni cuántas lenguas recorrieron mi sexo. Sencillamente, no lo recuerdo.
***
Me despierto en mi cama, sudorosa y excitada. Es tardísimo, casi la hora de comer. Estoy confusa y me duele todo el cuerpo. Mientras me despereza, recuerdo el sueño: estaba colgada boca abajo y decenas de hombres usaban mi boca y me daban placer con la lengua mientras un vibrador me llenaba el culo. Menuda pesadilla. Había sido tan real que aún tenía en el paladar el sabor de sus esencias. Necesitaba una ducha para aclarar las ideas.
Estaba claro que las palabras de Adrián me habían hecho más daño del que creía, y mi subconsciente quería demostrarme que yo no era ninguna estrecha. Pero lo cierto es que me repugnaba la idea de tragarme un pene, de saborear su semen o de que me la clavaran por detrás. No quería probar los fluidos de nadie; ya tuve suficiente cuando Adrián se corrió en mi boca.
El agua de la ducha me sentó bien. Olvidé el sueño calenturiento y planifiqué el día. La mañana ya estaba perdida, pero por la tarde había quedado en visitar a mi hermana; bueno, en realidad a mi sobrina, un pequeño diablillo pelirrojo como yo, con unos ojos todavía más bonitos que los míos. Me preparé un café —no me apetecía comer— y fui al sofá del salón a tomármelo.
Me quedé helada. La taza resbaló de mi mano y se estrelló contra el suelo, reventando en mil añicos. La caja. La jodida caja de mi pesadilla estaba sobre la mesita. No podía ser. Lentamente me acerqué a mirar en su interior. Estaba llena de billetes. Un grito de terror escapó de mi garganta, caí de rodillas y lloré amargamente.