La invitación de tus compañeros que no supimos rechazar
Habíamos quedado a tomar algo después del trabajo con un par de compañeros tuyos. En principio iba a ser una noche tranquila: una cerveza, dos como mucho, y a casa temprano. Marcos y Dani eran de esos que caen bien al minuto de conocerlos, rápidos para la broma y generosos con las rondas. Que fueran pareja, eso lo supimos mucho más tarde, y de la peor manera posible.
Empezamos en un restaurante que ellos conocían, un sitio pequeño con manteles de tela y una carta de vinos demasiado larga para la hora que era. Pedimos sin mirar precios. El primer tinto entró suave, el segundo más todavía, y para cuando llegaron los postres ya nos reíamos como si nos conociéramos de toda la vida.
—La noche es joven —dijo Marcos, girando la copa entre los dedos—. ¿Os animáis a otra ronda en un sitio que está aquí al lado?
Te miré. Tú te encogiste de hombros con esa sonrisa que pones cuando ya has decidido que sí. Llevábamos meses con la rutina comiéndonos por dentro: turnos cruzados, cenas frente al televisor, el deseo aplazado para un fin de semana que nunca llegaba. Aquella noche, por una vez, no había nadie esperándonos en casa y ningún despertador al día siguiente.
—Una más y nos vamos —prometiste, aunque los dos sabíamos que esa frase nunca se cumple.
El local era de ambiente, aunque eso tardamos un rato en entenderlo. Al principio nos sentimos un poco fuera de lugar, dos de las pocas parejas heterosexuales entre la gente que llenaba la barra. Pero el ambiente arrastraba. La música pegaba en el pecho, las luces lo teñían todo de rojo, y de copa en copa esa extrañeza inicial se fue diluyendo hasta desaparecer del todo.
En algún momento de la noche me di cuenta de que te habías soltado. Bailabas con los ojos medio cerrados, la espalda contra mi pecho, y yo notaba el calor de tu cuerpo a través de la tela del vestido. No éramos los únicos que lo notábamos.
—Si os apetece seguir, vivimos a dos calles —dijo Dani, casi al oído, cuando salimos a la acera a respirar—. Compartimos piso. Tenemos buen vino y mejor música.
Había algo en cómo lo dijo. Una pregunta dentro de la pregunta. Pero los dos veníamos demasiado animados como para pararnos a pensar, y la verdad es que ninguno de los dos quería que la noche terminara todavía.
—Vamos —dijiste tú, antes de que yo contestara.
***
El piso era luminoso incluso de madrugada, de techos altos y muebles bajos. Apenas habíamos cruzado la puerta cuando Marcos y Dani se buscaron la boca con una naturalidad que nos dejó clavados en el recibidor. No fue un beso para el público. Fue un beso de quienes se conocen la piel de memoria.
—Poneos cómodos —murmuró uno de ellos contra los labios del otro, y se fueron hacia el fondo del pasillo sin soltarse.
Nos quedamos solos, mirándonos.
No sabíamos que eran pareja.
Y sin embargo, en lugar de incomodarnos, aquello prendió algo. Veníamos calientes desde el local, con el cuerpo todavía vibrando por el baile, y la sorpresa solo añadió leña. Dejaron la puerta de su habitación entreabierta. Una franja de luz cálida cruzaba el pasillo.
Antes de retirarnos a la nuestra, nos quedamos mirando. Solo eso, al principio. La forma en que se desnudaban el uno al otro, sin prisa, descubriendo la piel a tirones lentos. Nunca habíamos visto a dos hombres juntos tan de cerca, y la curiosidad pesaba más que cualquier reparo.
Empecé a besarte el cuello. Tú giraste la cabeza y me buscaste la boca, y nos besamos con una urgencia que no recordaba en mucho tiempo. Cada beso nos acercaba un paso más a esa puerta. No lo decidimos; simplemente fuimos a parar allí, en el umbral, espiando lo que pasaba dentro con la respiración pesada.
—¿Os quedáis ahí o entráis? —dijo Marcos, sin asomo de burla.
Tú entraste primero. Siempre fuiste la valiente de los dos.
Dani estaba tumbado boca arriba sobre la cama, y Marcos de pie junto a ella, ambos desnudos, sin un gesto de pudor. Tú te acercaste como si supieras exactamente lo que querías, te arrodillaste en el borde del colchón y bajaste la cabeza hacia el sexo de Dani. Lo besaste primero, despacio, y después lo tomaste entero en la boca con un hambre que me hizo perder el aire.
Yo me quedé de pie, mirándote, y mi propia excitación se volvió imposible de disimular. Marcos lo notó enseguida.
—No te quedes tan lejos —dijo.
Se acercó a mí con una calma que desarmaba. Me desabrochó el pantalón sin apuro, mirándome a los ojos por si quería frenarlo. No quise. Me echó la piel hacia atrás con dos dedos y empezó a recorrerme con la lengua, lento, trazando círculos que me arrancaron un escalofrío desde la nuca hasta los talones.
Apoyé una mano en la pared para no perder el equilibrio. Nunca otro hombre me había tocado así, y la novedad de aquello —la barba rozándome los muslos, la mano firme donde una mujer habría sido más suave— me tenía completamente desarmado. Con la otra mano me acariciaba, alternando entre la boca y los dedos, y yo no podía apartar los ojos de ti.
Pensé que iba a sentir vergüenza, o algún reparo de última hora. No sentí nada de eso. Solo el calor de la habitación, el olor del sudor mezclado con el vino, y la certeza extraña de que ninguno de los dos estábamos fingiendo. Tú me buscaste la mirada un instante, por encima del hombro de Dani, y en esa mirada cabía todo: la sorpresa, el permiso, las ganas.
Porque tú, mientras tanto, te habías subido sobre Dani. Lo cabalgabas despacio, dejando que entrara en ti poco a poco, con la cabeza echada hacia atrás y los labios entreabiertos. Te conocía cada gesto, y sabía que estabas a punto de soltarte del todo.
***
No aguanté mirándote sin más. Me solté de Marcos, crucé los pocos pasos que me separaban de la cama y me coloqué detrás de ti. Estabas tan abierta, tan mojada, que entré de una sola vez, sin resistencia. Notaste cómo te llenábamos los dos a la vez y soltaste un gemido largo, grave, que no te había oído nunca.
Durante un rato fuimos solo nosotros tres, encontrando un ritmo común a tientas, cada empuje suyo respondido por uno mío. Tú estabas en el medio, entre los dos cuerpos, y cada vez te movías con más abandono, las uñas clavadas en el pecho de Dani.
Yo te sujetaba las caderas y miraba cómo desaparecías y volvías, una y otra vez, repartida entre los dos. Nunca te había visto así de entregada, sin un solo pensamiento de más, solo cuerpo y deseo. Y saber que era yo quien te había llevado hasta ese punto, que lo cruzábamos juntos, me excitaba más que cualquier otra cosa de la noche.
Entonces sentí las manos de Marcos en mi espalda.
Bajaron despacio, recorriéndome la columna, hasta posarse en mis caderas. Noté su excitación contra mí antes de entender del todo lo que iba a pasar. Empezó a humedecerme con los dedos, paciente, sin forzar nada, esperando a que mi cuerpo decidiera por sí solo. Yo nunca había imaginado estar de aquel lado. Y sin embargo, en mitad de aquel calor, lo único que sentí fue ganas de más.
—Avísame si quieres que pare —dijo, la voz ronca pegada a mi oído.
No paré nada. Empujé hacia atrás, buscándolo, y eso fue toda la respuesta que necesitó.
Entró despacio, primero solo la punta, dándome tiempo a acostumbrarme. Apreté los dientes, no de dolor sino de pura intensidad, y poco a poco lo sentí avanzar entero. La presión era extraña y arrolladora al mismo tiempo, una sensación nueva que me recorría de dentro hacia afuera.
Y de pronto los cuatro estábamos conectados.
Cada vez que Marcos me empujaba a mí, yo te empujaba a ti, y tú sentías cómo Dani te respondía desde abajo. Una cadena de cuerpos sincronizados, moviéndose como uno solo. No había manos sobrando, no había bocas quietas. Tú gemías sin contenerte, yo respiraba contra tu nuca, y los dos hombres marcaban un ritmo que nos arrastraba a todos hacia el mismo punto.
Me corrí dentro de ti con un temblor que me dobló la espalda, justo cuando notaba a Marcos retirarse para terminar fuera. Dani hizo lo mismo, casi a la vez, y por un segundo el único sonido en la habitación fue el de cuatro personas tratando de recuperar el aliento.
***
No se acabó ahí del todo. Ellos se quedaron de pie frente a la cama, y nosotros, todavía sentados sobre las sábanas revueltas, nos inclinamos hacia delante casi sin pensarlo. Tú tomaste a uno, yo al otro, y los terminamos así, con la boca, mirándonos de reojo el uno al otro mientras lo hacíamos.
Cuando acabaron, te giraste hacia mí y nos besamos, compartiéndolo todo antes de tragarlo. Fue, quizá, el momento más íntimo de toda la noche: ese beso sucio y cómplice, los dos sosteniéndonos la mirada como diciendo esto lo hicimos juntos.
Después vino el silencio amable de quienes acaban de cruzar una línea. Nos vestimos sin prisa. Marcos nos ofreció agua, Dani llamó a un taxi. Hubo risas suaves, un par de bromas para romper el aire, nada incómodo.
En el taxi de vuelta no dijimos casi nada. Tú me apoyaste la cabeza en el hombro y me apretaste la mano, y entendí que no hacía falta hablar.
Nunca más volvimos a mencionarlo. Ni en casa ni cuando coincidías con ellos en el trabajo al día siguiente, donde todo siguió como si aquella madrugada no hubiera existido. Quedó guardado entre nosotros dos, un secreto que sale a flote solo en las noches en que volvemos a buscarnos a oscuras y, sin decirlo, sabemos exactamente en qué estamos pensando los dos.