Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La fantasía que Valeria convirtió en mi condena

La primera vez que Valeria me llevó a la sala del sótano, yo creía que era un juego. Un juego entre adultos, una fantasía compartida que terminaría con los dos riendo en la cama de arriba, con las cosas volviendo a su lugar.

No era un juego.

La habitación olía a cuero y al perfume caro de ella, pero mezclado con algo más denso, más ajeno. Había una silla acolchada en el centro, con correas de cuero en los apoyabrazos y en los tobillos. Valeria me señaló sin palabras y yo me senté. Me ató con una precisión que no era nueva, que no improvisaba. Había practicado esto antes, o lo había pensado muchas veces antes de llevarlo a cabo.

—Esta noche no participas —dijo—. Esta noche solo miras.

Entendí cuando escuché los pasos en la escalera.

Eran dos hombres que yo había visto antes en cenas de trabajo: socios de Valeria, hombres de trajes caros y manos callosas que trataban los negocios como si fueran actos de conquista. Se quitaron las chaquetas sin mirarme, como si yo fuera un mueble más. Valeria se sacó el vestido y quedó de pie bajo la única lámpara encendida, iluminada de una manera que no tenía nada de casual. Se volvió hacia mí, me miró directamente a los ojos, y luego les dio la espalda a ellos para enfrentarme.

El primero, el más alto, se acercó por detrás y le tomó las tetas con las dos manos, apretándolas con la misma seguridad con que apretaría el volante de un coche que le perteneciera. Le pellizcó los pezones hasta que se le pusieron duros y oscuros, y Valeria gimió por primera vez sin dejar de mirarme. El segundo se arrodilló delante de ella, le abrió las piernas con las palmas y le pegó la boca al coño. Yo veía la nuca del hombre moviéndose entre sus muslos, la lengua trabajándole el clítoris con paciencia de oficinista, y veía la cara de Valeria por encima de todo eso, tranquila, atenta a mí.

—Mira bien —me dijo—. No te pierdas nada.

El de atrás le bajó una mano por el vientre hasta juntarla con la boca del otro. Le metió dos dedos y empezó a follársela con los dedos mientras el otro seguía chupándole el clítoris. El sonido del coño mojado se oía por encima de la respiración de los tres. Yo tironeé de las correas por instinto y las hebillas de cuero crujieron. Valeria sonrió.

Se soltó de las manos que la tenían y caminó hasta un banco bajo forrado en cuero, en el centro exacto de la sala, donde el foco de la lámpara caía a plomo. Se acostó boca arriba, con la cabeza colgando por el borde hacia mí, la garganta expuesta y los ojos invertidos buscando los míos desde esa posición. El más alto se le puso delante, se abrió el pantalón y le sacó una polla gruesa y ya dura que le apoyó en los labios sin ceremonia. Valeria abrió la boca y él se la metió entera de una vez, hasta el fondo, hasta que la vi tragar y sacudirse por el reflejo. El otro se acomodó entre sus piernas abiertas, se escupió en la mano, se pasó la saliva por la verga y se la clavó de un solo empujón. Valeria gimió con la boca llena, ahogada.

Los dos empezaron a follársela al mismo tiempo, con un ritmo que se sincronizó solo, como si ya lo hubieran hecho antes o como si el cuerpo de ella les marcara el compás. Cada embestida por abajo la empujaba hacia arriba y le metía la polla del otro más hondo en la garganta. Yo escuchaba los golpes secos de las caderas contra sus muslos, los ruidos húmedos, el gruñido corto que salía de Valeria cada vez que el de arriba se le retiraba de la boca para dejarla respirar. Le caían hilos de saliva por los pómulos hasta el pelo. Tenía las tetas rebotando con el ritmo. Y no dejaba de mirarme, invertida, con los ojos brillándole de una manera que yo no le había visto nunca en la cama conmigo.

La cambiaron de posición sin consultarla. La levantaron, la doblaron sobre el banco de rodillas y le pusieron la cara contra el cuero. El de las manos callosas se le montó por atrás y la agarró del pelo, tironeándole la cabeza hacia arriba para que no dejara de mirarme. El otro se paró delante y volvió a metérsela en la boca, ahora con ella de rodillas. Le follaron el coño y la boca durante una hora, se turnaron sin decirse nada, la escupieron, le mordieron los pezones, le abrieron el culo con los pulgares para verla. Cuando el primero se corrió, se la sacó de la boca en el último segundo y le vació la corrida por toda la cara, en los labios, en las pestañas, en el pelo. El segundo terminó adentro, con las manos en las caderas de ella, gruñendo entre dientes. Valeria se quedó un instante quieta, con la corrida escurriéndole por el mentón y el semen ajeno saliéndosele por los muslos, y no dejó de mirarme en ningún momento.

Yo no podía moverme. No podía apartar la vista. Y lo más difícil, lo que me descompuso por dentro de una manera que tardé semanas en entender, fue que Valeria no dejó de mirarme en ningún momento. Cada vez que su cuerpo se tensaba, sus ojos buscaban los míos. No para pedir mi aprobación. Para confirmar mi derrota. Había una diferencia enorme entre esas dos cosas, y ella lo sabía mejor que nadie.

Cuando los hombres se fueron, Valeria me desató con la misma calma con la que me había atado. Me preguntó si quería agua. Yo dije que sí. Me la trajo. No dijimos nada más esa noche.

***

La cena en la residencia de los Malpartida fue en marzo.

Valeria llegó con un vestido negro, ajustado, con una abertura lateral que mostraba la cadera sin esfuerzo. Yo la acompañé. Cargué los abrigos en la entrada. Serví el vino cuando me lo indicaron. Nadie en esa mesa me dirigió más de dos palabras seguidas.

Había un hombre al fondo de la sala: don Federico, dueño de varias cadenas hoteleras en la costa norte. Sesenta años, voz baja, el tipo de hombre que no necesita levantar la voz porque todos están acostumbrados a escucharle. Me ignoró durante toda la velada, excepto una vez que me pidió más agua mineral.

A los postres, Valeria me pasó una nota doblada por debajo del mantel. La abrí con una sola mano, sin levantarla de la mesa.

«Cuando se vayan todos, espera en el pasillo. No entres hasta que te llame.»

Esperé cuarenta minutos apoyado en la pared fría del corredor, escuchando los sonidos que llegaban desde el estudio de don Federico. El arrastre de los muebles. La voz de Valeria, transformada en algo que no reconocí del todo, como cuando uno escucha una canción conocida en un idioma que no entiende. El impacto sordo y repetido de algo contra la madera. Se oyó nítido, a través de la puerta gruesa, un «así, así, dámela toda» dicho con la voz rota, seguido de un gruñido de hombre viejo que sabía lo que estaba haciendo. Después el ritmo se aceleró y lo que golpeaba la madera dejó de ser un mueble: era ella, era el cuerpo de Valeria contra el escritorio, empujada de atrás con una constancia que no le tembló ni al final.

Cuando ella abrió la puerta, tenía el pelo revuelto y los labios inflamados. Le brillaba la barbilla. Tenía una mancha oscura en la clavícula, y otra más abajo, en el nacimiento del pecho, que no se había molestado en tapar. Me miró desde arriba con esa calma que tenía después de conseguir algo importante.

—Entra y saluda a don Federico.

Don Federico estaba en el sillón de cuero, recostado, con el cuello de la camisa abierto y una copa de brandy en la mano. Todavía tenía la bragueta abierta. Sobre la mesita, una copa vacía, y en el borde del cristal, la marca inconfundible del carmín de mi mujer. Me tendió la otra mano. Yo la estreché. Le olí el semen y el coño de ella en los dedos, mezclado con el jabón caro con el que se acababa de lavar por encima.

—Tu mujer es notable —dijo—. Espero que sepas lo que tienes.

—Lo sé —respondí.

Era completamente verdad.

***

En julio, Valeria organizó un viaje a la costa en una furgoneta alquilada. Éramos siete personas. Yo iba al volante.

En los asientos traseros viajaban Nicolás, un fotógrafo al que Valeria admiraba desde hacía tiempo; Ramón, que compraba y vendía arte contemporáneo en galerías de las capitales; y un hombre al que todos llamaban «el Croata», cuyo nombre real nadie pronunciaba delante de mí. Valeria iba sentada entre los tres.

Las primeras dos horas de ruta fueron normales. Música, conversación, una parada en un puesto de fruta al costado de la carretera donde Valeria eligió tres naranjas y me las puso en las manos como si fuera lo más natural del mundo. Después anocheció y las voces bajaron de tono hasta apagarse.

Por el espejo retrovisor empecé a ver lo que empezaba en los asientos traseros. La mano de Nicolás en el cuello de Valeria. Ella echando la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados. El Croata inclinándose desde el otro lado, sin apuro, como alguien que sabe que tiene tiempo de sobra. Mantuve los ojos en la ruta lo necesario para no salirnos de la carretera, pero el espejo me tiraba como un imán.

Nicolás le desabrochó el vestido por delante y le sacó las tetas con una calma de fotógrafo, como si estuviera encuadrando. Se las lamió y se las mordió sin urgencia, y Valeria arqueó la espalda contra el respaldo. Ramón, del otro lado, le metió la mano bajo la falda y empezó a hacerle algo que yo no veía pero que le hacía separar las rodillas y morderse el labio. El Croata sacó su polla del pantalón sin bajárselo del todo, se la puso a Valeria en la mano y le cerró los dedos alrededor. Ella empezó a hacerle una paja despacio, con la muñeca floja, mirando por la ventana con esa concentración distraída que tenía cuando pensaba en varias cosas a la vez.

En algún momento se giró y se le metió la polla en la boca. La chupaba mientras Ramón seguía trabajándole el coño con los dedos y Nicolás le succionaba un pezón como quien no piensa soltarlo. Escuchaba desde el asiento del conductor el chapoteo mojado, el suspiro contenido cuando le daba una arcada, la voz baja del Croata felicitándola en un idioma que no era el nuestro. La furgoneta olía a coño y a sudor de hombre y a la cera del tapizado nuevo.

En algún punto pasada la medianoche, Valeria pronunció mi nombre. No como un grito de socorro. Como una orden corta y precisa. Detuve la furgoneta en el arcén, apagué las luces de posición y caminé hacia la parte trasera.

—Aquí —dijo ella, señalando el suelo entre sus pies.

Me arrodillé.

La tenía desnuda de cintura para arriba, el vestido enrollado como un cinturón. Los tres hombres se habían acomodado a su alrededor sin apartarse. El Croata volvió a metérsela en la boca por el costado; Ramón le hundió los dedos entre las piernas hasta los nudillos; Nicolás le apretaba las tetas con las dos manos, juntándoselas, mordiéndole el hueco entre los pechos. Y encima de todo eso, la mano de Valeria sobre mi cabeza.

Ramón soltó una carcajada corta. El Croata no dijo nada. Nicolás me ignoró como si fuera parte del equipaje. Valeria puso una mano sobre mi cabeza con un gesto que, visto desde afuera, habría parecido casi tierno.

—Chúpame —dijo, sin dejar de mamársela al Croata—. Cómemelo mientras me la meten.

Le hundí la cara entre los muslos. La tenía empapada, hinchada, tibia contra la boca. La chupé despacio al principio y después con más ganas, buscándole el clítoris con la punta de la lengua, sintiendo cómo los dedos de Ramón entraban y salían a un lado de mi cara. Le lamí el clítoris hasta que se le empezaron a mover las caderas solas contra mi boca. Cuando se corrió, apretó los muslos contra mis orejas hasta que dejé de escuchar; sentí el temblor recorrerle todo el cuerpo, y arriba, muy lejos, escuché al Croata gruñir corto y a ella tragar sin protestar.

—Bien —dijo—. Así.

Así pasé el resto del viaje: sin asiento, en el suelo de la furgoneta, sintiendo cada curva de la carretera con el cuerpo, con el sabor de Valeria y el sudor de los otros tres en la boca.

***

En septiembre, Valeria me ató a la silla del estudio.

No con brusquedad. Con calma. Ajustó cada nudo con la atención de alguien que prepara algo delicado para una ocasión importante. Cuando terminó, comprobó que la circulación no se cortaba, que el ángulo de visión hacia la cama quedaba completamente despejado, que yo podía ver sin esfuerzo.

Trajo a dos personas: una mujer de pelo muy corto y voz grave a quien llamó Sonia, y al Croata, que a esas alturas ya me resultaba familiar como resulta familiar un objeto que siempre estuvo en el mismo rincón.

Lo que ocurrió en la cama durante la siguiente hora no era para mí. Era para que yo lo presenciara sin poder tocarlo ni interrumpirlo.

Sonia le arrancó la ropa a Valeria con los dientes, sin apuro, y le abrió las piernas sobre el edredón blanco. Le comió el coño con la boca abierta y ávida, sin la técnica de un hombre y sin su prisa, apretándole los muslos hacia afuera con las palmas para tenerla más expuesta. Valeria gemía distinto con una mujer: más grave, más ronco, casi con sorpresa. El Croata la miraba desde la cabecera, desnudo, con la polla en la mano, sin tocarse todavía, esperando su turno con la paciencia de quien sabe que le pertenece la parte final.

Sonia le metió los dedos y le siguió trabajando el clítoris con la lengua a la vez, hasta que Valeria se corrió por primera vez con un espasmo largo que le sacudió las piernas. Sin darle tregua, la mujer se le montó encima, tribadista, y le refregó el coño contra el suyo con un ritmo lento que empezó a subir. Cuatro tetas rozándose, dos coños húmedos empujando uno contra el otro. Valeria le clavaba las uñas en la espalda. Yo veía las medias lunas rojas quedarle marcadas en la piel blanca de Sonia.

Después subió el Croata. Levantó a Valeria de las caderas y se la clavó de rodillas, en cuatro patas sobre la cama, con Sonia tumbada bajo ella para que Valeria le siguiera comiendo el coño mientras la follaban por atrás. El Croata la agarraba de la cintura con las dos manos y le hundía la verga hasta el fondo con embestidas parejas, sin cambiar el ritmo. Valeria gemía con la cara pegada al coño de la otra. Se le sacudían las tetas. La cama crujía. La lámpara de la mesita se tambaleaba.

Cada vez que mi cuerpo reaccionaba de manera visible, Sonia se salía un momento por debajo, se acercaba y aplicaba algo frío contra mi pecho, justo encima del esternón: no era doloroso, pero era suficiente para cortar el impulso de raíz. Valeria observaba desde la cama, entre las manos del Croata, con esa atención particular que ponía cuando algo le interesaba de verdad. Yo tenía la polla dura hasta doler contra la tela del pantalón, y no podía tocarme, y no podía cerrar los ojos, y ella lo sabía.

—Todavía no —decía, sin especificar a quién le hablaba.

El Croata terminó sobre la espalda de Valeria, con dos golpes largos de la mano en la base de la verga que le vaciaron la corrida entre los omóplatos. Sonia le lamió el semen de la piel despacio, con la punta de la lengua, y después le dio un beso en la boca a Valeria compartiéndoselo. Vi a mi mujer tragar sin apartar los ojos de mí.

Cuando terminaron, Valeria se sentó frente a mí en la silla de escritorio, muy cerca, con la respiración todavía irregular. Me miró a los ojos durante un minuto completo sin decir nada. Luego pasó un dedo por mi labio inferior, despacio, como midiendo algo. Me metió el dedo en la boca. Sabía a ella, a Sonia y al Croata a la vez.

—Mañana —dijo.

Mañana tardó tres días en llegar. Y cuando llegó, fue diferente a todo lo anterior: fue solo para nosotros dos.

***

La reunión de la junta directiva fue en noviembre, en el piso dieciséis de la torre de cristal que Valeria presidía desde hacía cuatro años.

Yo llegué con ella, cargando la carpeta de contratos. Me senté en la silla lateral junto a la pared, en la posición que me correspondía: presente pero irrelevante, visible pero sin nombre. Seis hombres alrededor de la mesa ovalada, con vistas a toda la ciudad. Inversores, accionistas mayoritarios, hombres acostumbrados a que las cosas se movieran cuando ellos lo decidían. Ninguno me preguntó cómo me llamaba.

La reunión duró dos horas. Valeria habló la mayor parte del tiempo sin consultar los papeles, sin dudar en ningún momento, sin conceder nada que no hubiera decidido conceder de antemano. Al final, los seis firmaron donde ella señaló.

Después, cuando el personal de la sala se retiró y Valeria cerró la puerta con llave, me miró desde la cabecera.

—Quédate donde estás.

Se sacó la falda del traje sastre y se quedó con la blusa blanca y las medias hasta el muslo, sin bragas debajo. Se subió sobre la mesa ovalada, sobre los contratos recién firmados, y se abrió de piernas. Los seis hombres se levantaron sin apuro y se acercaron uno a uno. El más joven, un inversor de treinta y pico con corbata de seda, se puso de rodillas primero y le empezó a comer el coño encima de las firmas. Los otros se abrieron los pantalones sin quitárselos, con esa urgencia contenida de los hombres viejos con dinero.

Valeria le agarró la polla al que tenía a la derecha y se la metió en la boca sin dejar de mirar al techo. Le tomó otra con la mano izquierda y empezó a hacerle una paja. Los que quedaban esperaban turno. El más joven se levantó de entre sus piernas y la penetró sobre la mesa, apoyándole las rodillas contra el pecho, follándosela con la cara enrojecida de esfuerzo. La caoba pulida crujía. Los contratos se arrugaban bajo la espalda de mi mujer. Ella gemía con la boca llena.

Se turnaron. Uno por uno, cada uno de los seis inversores se la folló sobre la mesa de la junta durante los cuarenta minutos siguientes. La abrieron en cuatro patas mirando el ventanal, con la ciudad entera debajo y los rascacielos iluminados sirviéndole de espejo. La sentaron a horcajadas sobre uno mientras otro la penetraba por el culo con el índice mojado en saliva. Le corrieron en las tetas, en la cara, en la espalda, en la boca abierta. Uno terminó dentro y ella lo dejó, sin protestar, con las piernas todavía abiertas y el semen escurriéndosele hasta la mesa.

Lo que ocurrió en los cuarenta minutos siguientes fue una extensión natural de los contratos que acababan de firmar. Otro tipo de acuerdo, más antiguo, más elemental. Los seis hombres que habían cedido parte de su capital actuaron como si recuperaran algo en ese tiempo cerrado. Valeria lo sabía. Lo había calculado desde el principio, con la misma frialdad con que calculaba todo lo que importaba.

Yo serví el whisky cuando me lo pidieron. Recogí los vasos cuando terminaron. Mantuve la vista baja el tiempo suficiente para que nadie tuviera que incomodarse con mi presencia en el cuarto. Cuando pasé cerca de la mesa para retirar la cubitera, sentí en la manga del traje una gota tibia que no era mía.

Cuando el último inversor salió, Valeria revisó los contratos firmados en silencio, verificó las cifras y me miró desde la cabecera de la mesa con esa expresión neutra que tenía después de una victoria. Todavía tenía la corrida en la mejilla y en la comisura de los labios.

—Límpiate el traje —dijo—. Tenemos cena en cuarenta minutos.

Me limpié el traje.

Teníamos cena en cuarenta minutos.

***

La casa en el lago fue donde todo adquirió su forma definitiva, el contorno que ya no cambiaría.

Llegamos en octubre, solos por primera vez en meses. Valeria pasó las primeras mañanas leyendo en la terraza, con los pies sobre la barandilla de madera y el café enfriándose en la mesita sin que ella lo notara. Yo preparaba el desayuno, lo llevaba afuera en una bandeja, ella lo aceptaba sin levantar los ojos del libro. Así estuvimos cuatro días, en un silencio que no era incómodo.

El quinto día llegó un hombre joven del pueblo más cercano. Traía una caja de vinos que Valeria había encargado por teléfono. Tendría veinticuatro o veinticinco años, hombros anchos, esa clase de cuerpo que no viene del gimnasio sino de cargar cosas reales bajo el sol. Se llamaba Bruno.

Valeria lo invitó a quedarse a comer.

Yo puse tres platos en la mesa.

Esa tarde, desde el cuarto donde Valeria me había dicho que esperara, escuché las voces en la terraza: la risa de ella, baja y continua; la risa de él, más nerviosa al principio y luego no. El arrastre de una silla. Después silencio. Después otro tipo de sonidos, los que ya no necesitaba aprender a reconocer. La respiración de Valeria empujada rítmicamente, sus «así, así, dame más fuerte» dichos sin bajar la voz, sabiendo que yo escuchaba a través de la pared fina de madera. Los golpes del cuerpo joven de Bruno contra el de ella. Una silla arrastrándose. Un «méteme la polla entera» dicho muy claro, casi enunciado para mí. Después el gemido largo, roto, de mi mujer corriéndose, y unos segundos más tarde el gruñido del muchacho vaciándose donde Valeria le hubiera pedido que se vaciara.

No me moví.

Cuando anocheció, Valeria entró al cuarto. Se sentó en el borde de la cama donde yo estaba tendido mirando el techo y me observó durante un rato largo, pensativa, con las manos en el regazo.

—Marcos —dijo finalmente.

—Sí.

—¿Estás bien?

Era una pregunta extraña viniendo de ella. O quizás era la pregunta más honesta que me había hecho en mucho tiempo. Me quedé en silencio buscando la respuesta correcta, y me di cuenta de que no existía una respuesta correcta. Solo existía lo verdadero.

—Sí —dije—. Estoy bien.

Valeria asintió con una lentitud que parecía confirmar algo que ya sabía pero necesitaba escuchar dicho en voz alta. Se acostó a mi lado, sobre las mantas, completamente vestida, y no dijo nada durante un rato.

—Mañana se va Bruno —dijo por fin—. El próximo fin de semana viene Nicolás. Quiero que me traigas el desayuno a las ocho, antes de que llegue. Quiero ese tiempo contigo, antes de todo lo demás.

Sentí algo difícil de nombrar. No era alivio exactamente, aunque se le parecía. Era más parecido a encontrar el suelo bajo el agua después de mucho tiempo flotando sin tocarlo.

—A las ocho —dije.

Valeria cerró los ojos. Afuera, el lago estaba quieto y completamente oscuro. Yo me quedé despierto mirando el techo de vigas, pensando en que la fantasía que yo creía haber aceptado por ella era, en realidad, la única forma que conocía de estar cerca de alguien sin el peso insoportable de tener que ser suficiente.

No era una condena que me hubieran impuesto.

Era lo que había elegido. Lo seguiría eligiendo mañana y después, sin que nadie tuviera que pedírmelo, sin que yo tuviera que explicárselo a nadie, incluyendo a mí mismo.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(8)

EnzoLector

tremendo!!! de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

PatriZR

hay segunda parte? quede con ganas de mas, esto no puede quedarse asi

Lucas_BA

La forma en que describís la obsesion es increible. No hace falta ser explicito para que se sienta todo, eso es buen escribir

Danilo_SFe

me recordó a algo que viví hace años, esa sensacion de no querer salir aunque podés. Muy bien captado todo

SantiMdq

lo leí dos veces y la segunda fue mejor que la primera jaja. Tremendo relato

Mel_Rosario

qué personaje la Valeria, te atrapa igual que al protagonista sin que te des cuenta

RaulMdq

excelente redaccion, pocas veces veo algo con este nivel de detalle emocional en un relato de este tipo

Sinfonista

Lo que más me gusta es como no necesitás ser burdo para transmitir la intensidad. Eso es lo que diferencia un buen relato de uno mediocre. Seguí escribiendo así!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.