La fantasía que Valeria convirtió en mi condena
La primera vez que Valeria me llevó a la sala del sótano, yo creía que era un juego. Un juego entre adultos, una fantasía compartida que terminaría con los dos riendo en la cama de arriba, con las cosas volviendo a su lugar.
No era un juego.
La habitación olía a cuero y al perfume caro de ella, pero mezclado con algo más denso, más ajeno. Había una silla acolchada en el centro, con correas de cuero en los apoyabrazos y en los tobillos. Valeria me señaló sin palabras y yo me senté. Me ató con una precisión que no era nueva, que no improvisaba. Había practicado esto antes, o lo había pensado muchas veces antes de llevarlo a cabo.
—Esta noche no participas —dijo—. Esta noche solo miras.
Entendí cuando escuché los pasos en la escalera.
Eran dos hombres que yo había visto antes en cenas de trabajo: socios de Valeria, hombres de trajes caros y manos callosas que trataban los negocios como si fueran actos de conquista. Se quitaron las chaquetas sin mirarme, como si yo fuera un mueble más. Valeria se sacó el vestido y quedó de pie bajo la única lámpara encendida, iluminada de una manera que no tenía nada de casual. Se volvió hacia mí, me miró directamente a los ojos, y luego les dio la espalda a ellos para enfrentarme.
Lo que siguió duró más de una hora.
Yo no podía moverme. No podía apartar la vista. Y lo más difícil, lo que me descompuso por dentro de una manera que tardé semanas en entender, fue que Valeria no dejó de mirarme en ningún momento. Cada vez que su cuerpo se tensaba, sus ojos buscaban los míos. No para pedir mi aprobación. Para confirmar mi derrota. Había una diferencia enorme entre esas dos cosas, y ella lo sabía mejor que nadie.
Cuando los hombres se fueron, Valeria me desató con la misma calma con la que me había atado. Me preguntó si quería agua. Yo dije que sí. Me la trajo. No dijimos nada más esa noche.
***
La cena en la residencia de los Malpartida fue en marzo.
Valeria llegó con un vestido negro, ajustado, con una abertura lateral que mostraba la cadera sin esfuerzo. Yo la acompañé. Cargué los abrigos en la entrada. Serví el vino cuando me lo indicaron. Nadie en esa mesa me dirigió más de dos palabras seguidas.
Había un hombre al fondo de la sala: don Federico, dueño de varias cadenas hoteleras en la costa norte. Sesenta años, voz baja, el tipo de hombre que no necesita levantar la voz porque todos están acostumbrados a escucharle. Me ignoró durante toda la velada, excepto una vez que me pidió más agua mineral.
A los postres, Valeria me pasó una nota doblada por debajo del mantel. La abrí con una sola mano, sin levantarla de la mesa.
«Cuando se vayan todos, espera en el pasillo. No entres hasta que te llame.»
Esperé cuarenta minutos apoyado en la pared fría del corredor, escuchando los sonidos que llegaban desde el estudio de don Federico. El arrastre de los muebles. La voz de Valeria, transformada en algo que no reconocí del todo, como cuando uno escucha una canción conocida en un idioma que no entiende. El impacto sordo y repetido de algo contra la madera.
Cuando ella abrió la puerta, tenía el pelo revuelto y los labios inflamados. Me miró desde arriba con esa calma que tenía después de conseguir algo importante.
—Entra y saluda a don Federico.
Don Federico estaba en el sillón de cuero, recostado, con el cuello de la camisa abierto y una copa de brandy en la mano. Me tendió la otra mano. Yo la estreché.
—Tu mujer es notable —dijo—. Espero que sepas lo que tienes.
—Lo sé —respondí.
Era completamente verdad.
***
En julio, Valeria organizó un viaje a la costa en una furgoneta alquilada. Éramos siete personas. Yo iba al volante.
En los asientos traseros viajaban Nicolás, un fotógrafo al que Valeria admiraba desde hacía tiempo; Ramón, que compraba y vendía arte contemporáneo en galerías de las capitales; y un hombre al que todos llamaban «el Croata», cuyo nombre real nadie pronunciaba delante de mí. Valeria iba sentada entre los tres.
Las primeras dos horas de ruta fueron normales. Música, conversación, una parada en un puesto de fruta al costado de la carretera donde Valeria eligió tres naranjas y me las puso en las manos como si fuera lo más natural del mundo. Después anocheció y las voces bajaron de tono hasta apagarse.
Por el espejo retrovisor empecé a ver lo que empezaba en los asientos traseros. La mano de Nicolás en el cuello de Valeria. Ella echando la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados. El Croata inclinándose desde el otro lado, sin apuro, como alguien que sabe que tiene tiempo de sobra. Mantuve los ojos en la ruta lo necesario para no salirnos de la carretera, pero el espejo me tiraba como un imán.
En algún punto pasada la medianoche, Valeria pronunció mi nombre. No como un grito de socorro. Como una orden corta y precisa. Detuve la furgoneta en el arcén, apagué las luces de posición y caminé hacia la parte trasera.
—Aquí —dijo ella, señalando el suelo entre sus pies.
Me arrodillé.
Ramón soltó una carcajada corta. El Croata no dijo nada. Nicolás me ignoró como si fuera parte del equipaje. Valeria puso una mano sobre mi cabeza con un gesto que, visto desde afuera, habría parecido casi tierno.
—Bien —dijo—. Así.
Así pasé el resto del viaje: sin asiento, en el suelo de la furgoneta, sintiendo cada curva de la carretera con el cuerpo.
***
En septiembre, Valeria me ató a la silla del estudio.
No con brusquedad. Con calma. Ajustó cada nudo con la atención de alguien que prepara algo delicado para una ocasión importante. Cuando terminó, comprobó que la circulación no se cortaba, que el ángulo de visión hacia la cama quedaba completamente despejado, que yo podía ver sin esfuerzo.
Trajo a dos personas: una mujer de pelo muy corto y voz grave a quien llamó Sonia, y al Croata, que a esas alturas ya me resultaba familiar como resulta familiar un objeto que siempre estuvo en el mismo rincón.
Lo que ocurrió en la cama durante la siguiente hora no era para mí. Era para que yo lo presenciara sin poder tocarlo ni interrumpirlo.
Cada vez que mi cuerpo reaccionaba de manera visible, Sonia se acercaba y aplicaba algo frío contra mi pecho, justo encima del esternón: no era doloroso, pero era suficiente para cortar el impulso de raíz. Valeria observaba desde la cama, entre las manos del Croata, con esa atención particular que ponía cuando algo le interesaba de verdad.
—Todavía no —decía, sin especificar a quién le hablaba.
Cuando terminaron, Valeria se sentó frente a mí en la silla de escritorio, muy cerca, con la respiración todavía irregular. Me miró a los ojos durante un minuto completo sin decir nada. Luego pasó un dedo por mi labio inferior, despacio, como midiendo algo.
—Mañana —dijo.
Mañana tardó tres días en llegar. Y cuando llegó, fue diferente a todo lo anterior: fue solo para nosotros dos.
***
La reunión de la junta directiva fue en noviembre, en el piso dieciséis de la torre de cristal que Valeria presidía desde hacía cuatro años.
Yo llegué con ella, cargando la carpeta de contratos. Me senté en la silla lateral junto a la pared, en la posición que me correspondía: presente pero irrelevante, visible pero sin nombre. Seis hombres alrededor de la mesa ovalada, con vistas a toda la ciudad. Inversores, accionistas mayoritarios, hombres acostumbrados a que las cosas se movieran cuando ellos lo decidían. Ninguno me preguntó cómo me llamaba.
La reunión duró dos horas. Valeria habló la mayor parte del tiempo sin consultar los papeles, sin dudar en ningún momento, sin conceder nada que no hubiera decidido conceder de antemano. Al final, los seis firmaron donde ella señaló.
Después, cuando el personal de la sala se retiró y Valeria cerró la puerta con llave, me miró desde la cabecera.
—Quédate donde estás.
Lo que ocurrió en los cuarenta minutos siguientes fue una extensión natural de los contratos que acababan de firmar. Otro tipo de acuerdo, más antiguo, más elemental. Los seis hombres que habían cedido parte de su capital actuaron como si recuperaran algo en ese tiempo cerrado. Valeria lo sabía. Lo había calculado desde el principio, con la misma frialdad con que calculaba todo lo que importaba.
Yo serví el whisky cuando me lo pidieron. Recogí los vasos cuando terminaron. Mantuve la vista baja el tiempo suficiente para que nadie tuviera que incomodarse con mi presencia en el cuarto.
Cuando el último inversor salió, Valeria revisó los contratos firmados en silencio, verificó las cifras y me miró desde la cabecera de la mesa con esa expresión neutra que tenía después de una victoria.
—Límpiate el traje —dijo—. Tenemos cena en cuarenta minutos.
Me limpié el traje.
Teníamos cena en cuarenta minutos.
***
La casa en el lago fue donde todo adquirió su forma definitiva, el contorno que ya no cambiaría.
Llegamos en octubre, solos por primera vez en meses. Valeria pasó las primeras mañanas leyendo en la terraza, con los pies sobre la barandilla de madera y el café enfriándose en la mesita sin que ella lo notara. Yo preparaba el desayuno, lo llevaba afuera en una bandeja, ella lo aceptaba sin levantar los ojos del libro. Así estuvimos cuatro días, en un silencio que no era incómodo.
El quinto día llegó un hombre joven del pueblo más cercano. Traía una caja de vinos que Valeria había encargado por teléfono. Tendría veinticuatro o veinticinco años, hombros anchos, esa clase de cuerpo que no viene del gimnasio sino de cargar cosas reales bajo el sol. Se llamaba Bruno.
Valeria lo invitó a quedarse a comer.
Yo puse tres platos en la mesa.
Esa tarde, desde el cuarto donde Valeria me había dicho que esperara, escuché las voces en la terraza: la risa de ella, baja y continua; la risa de él, más nerviosa al principio y luego no. El arrastre de una silla. Después silencio. Después otro tipo de sonidos, los que ya no necesitaba aprender a reconocer.
No me moví.
Cuando anocheció, Valeria entró al cuarto. Se sentó en el borde de la cama donde yo estaba tendido mirando el techo y me observó durante un rato largo, pensativa, con las manos en el regazo.
—Marcos —dijo finalmente.
—Sí.
—¿Estás bien?
Era una pregunta extraña viniendo de ella. O quizás era la pregunta más honesta que me había hecho en mucho tiempo. Me quedé en silencio buscando la respuesta correcta, y me di cuenta de que no existía una respuesta correcta. Solo existía lo verdadero.
—Sí —dije—. Estoy bien.
Valeria asintió con una lentitud que parecía confirmar algo que ya sabía pero necesitaba escuchar dicho en voz alta. Se acostó a mi lado, sobre las mantas, completamente vestida, y no dijo nada durante un rato.
—Mañana se va Bruno —dijo por fin—. El próximo fin de semana viene Nicolás. Quiero que me traigas el desayuno a las ocho, antes de que llegue. Quiero ese tiempo contigo, antes de todo lo demás.
Sentí algo difícil de nombrar. No era alivio exactamente, aunque se le parecía. Era más parecido a encontrar el suelo bajo el agua después de mucho tiempo flotando sin tocarlo.
—A las ocho —dije.
Valeria cerró los ojos. Afuera, el lago estaba quieto y completamente oscuro. Yo me quedé despierto mirando el techo de vigas, pensando en que la fantasía que yo creía haber aceptado por ella era, en realidad, la única forma que conocía de estar cerca de alguien sin el peso insoportable de tener que ser suficiente.
No era una condena que me hubieran impuesto.
Era lo que había elegido. Lo seguiría eligiendo mañana y después, sin que nadie tuviera que pedírmelo, sin que yo tuviera que explicárselo a nadie, incluyendo a mí mismo.