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Relatos Ardientes

Lo que despertó entre mi prima y yo en la piscina

El agua de la piscina reflejaba el cielo del atardecer, teñido de naranja y de un púrpura que se deshacía despacio, ondulando como un recuerdo que no termina de marcharse. Apoyé los brazos en el borde de azulejos tibios y miré hacia la casa de mis tíos, vacía por unas horas porque todos se habían ido al pueblo a por provisiones. El verano olía a tierra mojada y a buganvilla. Detrás de mí, sobre las baldosas calientes, escuché unos pasos descalzos que reconocí sin necesidad de girarme.

Era Lucía. Mi prima.

Llevábamos casi seis años sin coincidir, desde aquella última Navidad en que ambos éramos otros, más jóvenes y más torpes, incapaces de nombrar lo que ya entonces flotaba entre nosotros. La vida nos había llevado a ciudades distintas, a parejas que no funcionaron, a versiones de nosotros mismos que el otro no conocía. Y, sin embargo, bastó oír sus pasos para que el estómago se me cerrara como cuando tenía quince años.

Se detuvo en el borde de la piscina. Llevaba un bikini sencillo, de un azul marino que contrastaba con su piel todavía pálida de ciudad. El pelo suelto, mojado en las puntas, le caía sobre los hombros. La tela mojada se le pegaba a las tetas y se le marcaban los pezones duros contra el sujetador, y la braguita se le hundía entre los labios del coño con un pliegue que no pude dejar de mirar. Nuestros ojos se cruzaron y, por un segundo, no hubo palabras. Solo un reconocimiento. No de los rostros adultos que éramos ahora, sino de los dos críos que habíamos sido en esa misma agua, muchos veranos atrás.

—¿Te acuerdas? —dijo al fin, con una sonrisa tímida que le tiraba apenas de la comisura—. De las carreras en esta piscina. De cómo te tirabas de cabeza sin miedo a nada.

—Y tú me gritabas que no te salpicara —respondí, riéndome más de los nervios que de la broma—. Pero después te tirabas tú también, peor que yo.

Ella se rió, y ese sonido me devolvió a tardes enteras de cloro y toallas tendidas al sol. Bajó al agua por la escalerilla, sin prisa, como si supiera que lo que estaba a punto de pasar no podía precipitarse. El agua le subió por las pantorrillas, por los muslos, por la cintura. Empezó a nadar hacia mí con brazadas lentas, sin dejar de mirarme un solo instante.

—No he olvidado cómo me mirabas cuando creías que yo no me daba cuenta —murmuró cuando estuvo cerca.

Tragué saliva. Atrapado entre la voz del recuerdo y algo mucho más urgente que latía en el presente —una erección durísima que ya me apretaba dentro del bañador—, tardé en encontrar la voz.

—Yo tampoco he olvidado cómo me tocabas el brazo por cualquier tontería —dije—. O cómo me seguías a todas partes y después fingías que era casualidad.

—Éramos niños —contestó ella. Pero había una tensión clarísima debajo de la frase, como una cuerda tirante—. Aunque yo ya sabía que había algo más. Lo sentía aquí. —Se llevó la mano al pecho, despacio, y se rozó un pezón por encima de la tela sin apartar la vista de mí.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier confesión. Nos quedamos flotando frente a frente, a un palmo de distancia, midiéndonos. La barrera que nos separaba era fina como el papel mojado. Ya no había inocencia que proteger, solo la inercia de una espera larga, demasiado larga, que había viajado con nosotros por todos esos años sin que ninguno se atreviera a soltarla.

***

Le acaricié la mejilla, lento, como quien prueba con un dedo el filo de una idea que siempre estuvo ahí. Su piel estaba fría por el agua y caliente por dentro al mismo tiempo. Cerró los ojos un segundo, apenas, y cuando los abrió ya no quedaba en ellos ningún rastro de duda.

El primer beso no fue tímido. No fue el roce torpe de dos adolescentes que no saben qué hacer con las manos. Fue un reencuentro. Como dos piezas de un mismo rompecabezas que encajan con una precisión que casi asusta, que da vértigo de lo exacta que es. Sus labios sabían a sal y a algo dulce, y yo me perdí ahí dentro como quien vuelve a una casa que creía demolida. Le metí la lengua hasta el fondo y ella me la chupó despacio, mordiéndome el labio inferior, gimiendo dentro de mi boca.

Nuestras manos se buscaron bajo el agua. Primero con suavidad, reconociendo el terreno, después con una urgencia que ninguno de los dos intentó disimular. Le rodeé la cintura y la sentí temblar, no de frío. Ella me clavó las uñas en los hombros, suave, como anclándose a algo que llevaba años imaginando. Mi mano subió por su costado hasta apretarle una teta entera, y le arranqué del sujetador el pezón, que se le puso como una piedrita bajo la yema de mi pulgar. Ella bajó la suya y me agarró la polla por encima del bañador, midiéndomela con los dedos, sin vergüenza, con una sonrisa torcida que decía que le gustaba lo que encontraba.

—Aquí no —susurró contra mi boca, aunque no me soltaba—. Pueden volver.

—Todavía no van a volver —le dije al oído—. Tenemos tiempo. Y llevo demasiados años queriendo follarte.

Le tembló el aliento. Fue oír esa palabra, y algo en ella se rompió del lado bueno. Nos refugiamos en la esquina más alejada de la piscina, donde el seto de laurel crecía espeso y cubría cualquier mirada del mundo exterior. La luz se iba apagando deprisa, y las sombras nos cubrieron como una complicidad más. Le desaté el nudo del sujetador y la tela se fue flotando; sus tetas quedaron libres, pesadas, con los pezones rosados apuntando hacia mí. Bajé la cabeza y le atrapé uno con la boca, tirando con los labios, chupándoselo hasta que soltó un gemido largo que le salió de muy adentro. Le mordí el otro, con cuidado, y ella me hundió los dedos en el pelo empujándome contra su pecho.

—Sí, así, no pares —jadeó—. Chúpamelas, joder, siempre imaginé que me las chupabas tú.

Bajé la mano por su vientre, por debajo del agua, y le metí los dedos por el borde de la braguita. Encontré el coño hinchado, resbaladizo, mucho más caliente que el agua a su alrededor. Le pasé el dedo medio por la raja de arriba abajo, buscándole el clítoris, y cuando lo froté en círculos ella echó la cabeza hacia atrás y se le escapó un ronquido pequeño, animal, que jamás le había oído. Le metí dos dedos y ella se abrió, aflojándose para mí, apoyando la nuca en el borde de azulejos.

—Métemelos más —pidió—. Más, por favor.

Se los metí hasta los nudillos, moviéndoselos dentro despacio, y con el pulgar le seguía masajeando el clítoris. Ella empezó a mover las caderas contra mi mano, follándose mis dedos, mordiéndose el labio para no gritar. Bajé la boca a su cuello, después a la clavícula, y le fui dejando un rastro de mordiscos hasta el otro pezón. Le quité del todo la braguita, que dejé colgada en un dedo antes de tirarla al borde de la piscina.

—Quiero probártelo —le dije con la voz ronca—. Súbete al borde.

Me obedeció sin dudar. Se sentó en los azulejos calientes con las piernas abiertas, el agua goteándole por los muslos, y yo me quedé en el agua, entre sus rodillas, a la altura perfecta. Le agarré las caderas, la acerqué al filo y hundí la cara en su coño sin más preámbulo. Sabía a sal, a piscina, a mujer. Le pasé la lengua entera de abajo a arriba, larga y aplastada, y ella pegó un respingo tan fuerte que casi resbala. Se agarró al borde con las dos manos.

—Ay, dios, Dios mío, no pares —dijo entre dientes—. No pares.

Le abrí los labios del coño con los pulgares y le atrapé el clítoris entre los labios, chupándoselo suavecito, después con más fuerza, alternando lametones planos con succiones cortas. Le metía la lengua adentro y se la sacaba, se la clavaba en el agujero mojándome yo también la cara, y volvía al clítoris cuando la sentía empezar a temblar. Ella me apretaba la nuca con una mano y con la otra se retorcía un pezón. Los muslos se le cerraban a los lados de mi cabeza y los volvía a abrir, sin control.

—Me corro, me corro, no pares, joder, así, así —gimió, y se le quebró la voz.

Le clavé la lengua en el clítoris a un ritmo constante, sin cambiarlo, mientras le metía otra vez dos dedos dentro y los curvaba hacia arriba, y ella se corrió con un temblor largo que le sacudió las piernas, arqueando la espalda contra los azulejos, gimiendo pegada al puño que se llevó a la boca para no despertar al pueblo entero. Sentí cómo se le contraía el coño alrededor de mis dedos, rítmico, apretado, mojándomelos aún más.

Cuando se dejó caer al agua otra vez, temblando, jadeando, me buscó la boca y se besó su propio sabor en mis labios. Me bajó el bañador de un tirón. La polla me saltó afuera dura como una piedra, apuntándole al vientre. Ella la agarró con la mano, cerró los dedos alrededor, y empezó a hacérmela despacio, mirándome a los ojos.

—Es más grande de lo que me imaginaba —murmuró con una sonrisa sucia que me puso más cachondo aún—. Y me la imaginaba mucho.

Se agachó bajo el agua un segundo, tomó aire, y volvió a subir empujándome contra el borde. Se puso de rodillas en el escalón sumergido y me metió la polla en la boca sin avisar. La lengua me la envolvió entera, caliente, resbaladiza, y me la chupó bajando hasta la base y volviendo a subir con una succión que casi me hace caer de espaldas. Le agarré el pelo mojado con las dos manos y ella me miró desde abajo mientras me la mamaba, con los labios estirados alrededor de mi verga, la mejilla hinchada cada vez que se la clavaba hasta la garganta.

—Joder, prima, joder, así, así se mama —gemí sin pensar, y ella soltó una risita con la boca llena que me vibró en la polla.

Me sacó la verga y me lamió los huevos uno a uno, después la punta, después toda la longitud como si fuera un helado. Me volvió a meter la cabeza entera hasta el fondo y se quedó ahí, tragando, hasta que me tuve que apartar porque me iba a correr en su boca y no era todavía momento.

—Ven aquí —le dije, agarrándola de las axilas y levantándola—. Te necesito ya.

La alcé un poco, lo justo, y ella enredó las piernas alrededor de mi cintura con la naturalidad de quien ha deseado algo durante demasiado tiempo y por fin se permite tenerlo. Alineé la punta de la polla con su coño abierto y empujé hacia arriba entrando de una sola embestida limpia hasta el fondo. Los dos soltamos un gemido al mismo tiempo, el suyo agudo, el mío bajo, casi un gruñido.

—Ay, joder —jadeó ella pegada a mi oreja—. Estás dentro. Por fin estás dentro de mí.

Empecé a follármela contra la pared de azulejos, con las manos bien clavadas en su culo, guiándola arriba y abajo sobre mi verga. El agua amortiguaba los movimientos, pero no apagaba nada de lo que ardía debajo. Lucía jadeaba pegada a mi oído, una respiración entrecortada que se aceleraba con cada empuje. Le mordí el cuello, le lamí la clavícula, le atrapé otra vez un pezón con los labios sin dejar de embestirla. Ella me clavaba las uñas en la espalda y bajaba la mano entre nosotros para tocarse el clítoris mientras yo se la metía.

—Más fuerte —me pidió—. Fóllame más fuerte, no me voy a romper.

La levanté del culo, salí del agua con ella todavía enganchada a mí y la senté en el borde. Le abrí las piernas del todo, le empujé las rodillas hacia atrás casi hasta los hombros, y le volví a clavar la polla, esta vez a un ritmo mucho más brutal, sacándosela casi entera y volviéndosela a meter hasta los huevos. El chapoteo del agua contra el borde de la piscina se mezclaba con el sonido húmedo de mis embestidas, con sus gemidos que ya no se cortaba, con mi respiración pesada.

—Sí, sí, sí, así, no pares, dámela toda —gemía ella, agarrándose a mis brazos—. Me la clavas riquísimo, joder.

Nuestros cuerpos se entendían con una claridad casi instintiva. Cada roce desenterraba una memoria: el olor a cloro de los veranos, la primera vez que la vi en bañador y aparté la vista demasiado tarde, las cartas que nunca le escribí. Cada movimiento era una fantasía cumplida con varios años de retraso. La saqué del borde, la giré, la puse a cuatro patas sobre las baldosas tibias, con las tetas colgándole y el culo en pompa apuntándome. Me arrodillé detrás y le volví a meter la verga de un solo empujón. Ella soltó un grito ahogado y arqueó la espalda ofreciéndoseme más.

—Así, así, cógeme por atrás como siempre soñaste —jadeaba, empujando el culo contra mí—. Como si nadie nos hubiera separado nunca.

Le agarré la cintura con las dos manos y me la follé duro, mirando cómo se le meneaban las tetas con cada embestida, cómo su culo rebotaba contra mi pelvis. Le pasé el pulgar por el ojete y ella gimió más agudo, meneándose para atrás. Le mojé el dedo con su propia mojadura y se lo empecé a meter, lento, mientras seguía embistiéndole el coño con la polla. Ella soltó un quejido larguísimo y se puso a temblar.

—Me voy a correr otra vez —avisó con la voz partida—. Métemelo, métemelo entero.

Le metí el dedo hasta el fondo del culo mientras la seguía follando, y ella se corrió por segunda vez, apretándome la verga con una contracción tan fuerte que casi me arrastró con ella. Se le doblaron los brazos y quedó con la mejilla pegada a las baldosas, el culo aún en el aire, la boca abierta buscando aire.

—Córrete tú —me pidió, girándose apenas—. Córrete dentro. Quiero sentirlo.

La agarré de las caderas y aceleré, con la polla ya explotándome de tan hinchada. Tres, cuatro embestidas más y me corrí adentro, con un gemido ronco que me salió del pecho, vaciándome en ella a chorros calientes que la hicieron gemir bajito de gusto. Me quedé unos segundos así, hundido, con las manos aferradas a sus caderas, sintiendo cómo mi corrida se le escapaba de a poco por los bordes.

Nos derrumbamos juntos sobre las baldosas, jadeando, con los cuerpos brillando de agua y de sudor mezclados. Lo hicimos en el agua, en el borde, en las baldosas, como si no existiera nada más allá de aquel rincón verde, como si fuéramos los únicos habitantes que quedaban en el universo entero.

Cuando terminamos, nos quedamos abrazados, respirando con fuerza, las frentes pegadas. El crepúsculo ya se había convertido en noche cerrada. Sentí su corazón golpeando contra mi pecho, todavía desbocado.

***

—¿Y ahora qué? —pregunté en voz baja, con una sombra de culpa mezclada con una ternura que no supe medir.

Lucía me miró. Sus ojos brillaban, y no era solo por el agua que le resbalaba de las pestañas.

—Ahora aceptamos que esto no era un juego de niños —dijo despacio, eligiendo cada palabra—. Que nunca lo fue. Era el principio de algo, y nos pasamos media vida fingiendo que no.

Sonreí y volví a besarla, esta vez con calma, sin urgencia, casi como una promesa. Las luces del jardín seguían apagadas, y el único sonido era el chapoteo suave del agua contra el borde y nuestras dos respiraciones, todavía sin terminar de calmarse. El aire olía a cloro, a piel mojada, a semen y a sexo, y a algo nuevo que yo no sabía nombrar pero que ya sentía irreversible.

Apoyé la frente en su hombro mientras flotábamos abrazados en aquel rincón. Ella no decía nada. No se apartaba, pero tampoco me miraba, con la vista perdida en el agua oscura.

—¿Estás bien? —pregunté al fin.

Asintió despacio. Luego murmuró, casi para sí misma:

—No pensé que sería así. Que después de tantos años, después de tanto imaginarlo, dolería un poco.

—¿Dolería? —repetí, sin entender.

—No físicamente. —Me acarició la nuca con la yema de los dedos—. Es como si una parte de mí se despidiera de la niña que te soñaba en secreto. Como si ahora todo se volviera real de golpe, y eso da un poco de miedo. Lo imaginado siempre es más seguro.

Tragué saliva y la miré por primera vez desde que habíamos terminado. Su rostro estaba sereno, pero en los ojos le quedaba esa melancolía tibia que aparece después de algo demasiado intenso, cuando el cuerpo todavía no ha vuelto del todo.

—Yo también tenía miedo —admití—. Toda esta semana, sabiendo que vendrías, pensé que verte de nuevo sería confuso. O peor, decepcionante, que el recuerdo fuera mejor que tú. Pero fuiste más tú que nunca. Y eso me desarmó por completo.

***

Salimos de la piscina en silencio. Nos envolvimos en toallas grandes que olían a armario de campo y nos sentamos en las tumbonas, juntos pero sin tocarnos, como si necesitáramos un poco de aire entre los dos para pensar. Lucía cruzó las piernas y levantó la cara hacia el cielo estrellado, que en el pueblo se veía como nunca se veía en la ciudad. Yo la observaba de reojo, intentando no darle vueltas a todo, y fallando estrepitosamente.

—¿Y entonces qué somos ahora? —pregunté, porque no aguantaba más el no saberlo.

Giró el rostro hacia mí y la mirada se le puso seria.

—No lo sé —dijo—. Pero no quiero que esto quede como una noche suelta en medio de nuestras vidas. No quiero que nos convirtamos en ese recuerdo incómodo que esquivamos cada vez que coincidimos en una comida familiar o en una foto de grupo. Eso me dolería más que no haberlo hecho nunca.

Me reí, nervioso, pasándome la mano por el pelo mojado.

—¿Me estás proponiendo que seamos algo?

Ella también se rió, pero con una dulzura que terminó de desarmarme.

—Te estoy proponiendo que lo intentemos. Que seamos honestos por una vez. Si esto fue solo deseo acumulado, se desvanecerá pronto y no habrá pasado nada. Pero si no… si es lo que yo creo que es, entonces tenemos muchísimo que aprender el uno del otro. Ya no somos los críos de antes, y eso también puede ser una ventaja.

—Puede que nunca dejáramos de buscarnos —dije, mirándola—. Puede que nos diéramos todos estos años, y este reencuentro, como una segunda oportunidad que ni siquiera sabíamos que merecíamos.

Me sostuvo la mirada. Ya no quedaba vértigo en sus ojos, solo una claridad serena que no le había visto en toda la noche.

—Ven —dijo, y me tendió la mano.

Entramos juntos a la casa, con los pies descalzos marcando huellas húmedas en el suelo de baldosa fría. La casa estaba en penumbra y olía a la cena que nadie había hecho todavía. Y aunque no nos dijimos «te quiero» —era demasiado pronto, demasiado frágil para una palabra tan grande—, no hubo ninguna duda de que ambos lo sentíamos rondando, esperando su turno. Porque lo que habíamos vivido en aquella piscina no fue solo una descarga de deseo contenido durante años. Fue una apertura. Una rendición. La caída de un muro que llevábamos demasiado tiempo sosteniendo entre los dos.

Y eso, para nosotros, lo cambiaba absolutamente todo.

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Comentarios(8)

TomiGba

tremendo relato!! de los mejores que leí últimamente acá, en serio

Alejandra_mdq

me quedé con ganas de saber qué pasó después... segunda parte por favor!!! no me dejes así

Marcos_DK

hay algo en esos vínculos de la infancia que nunca se olvida del todo. El relato lo capta perfecto, con mucha tensión acumulada de a poco. Muy bien escrito.

nacho_cba

jajaja el calor del verano hace cosas raras 😂 muy morboso, me encantó

GinaRoca85

me encanto la atmosfera que creaste, se sentia el atardecer y el agua tibia. Muy bien narrado de verdad.

RetiroLector

eso fue una sola vez o despues siguieron viéndose? quedo intrigado con el final, necesito saber

Florencia_ba

que calor hace leyendo esto jajaj. Relato muy lindo!!

RosarioLecto

me recordó a los veraneos en lo de mis primos de chica, esa sensacion de algo que flotaba en el aire sin nombre. Muy lindo, da nostalgia ademas de todo lo demas

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