El encargado descubrió mi juguete más íntimo
Por culpa de la mentira que tuvo que inventar para no quedar mal con sus jefes, Carola se enfrentaba ahora a cinco días enteros sin la rutina del trabajo. Para una persona como ella, que necesitaba aferrarse a algo concreto cada mañana, eso podía ser un problema serio.
Encaró la situación con optimismo. Tomalo como una oportunidad, Caro. Aprovechá para hacer todo lo que siempre quisiste y nunca pudiste por falta de tiempo.
El optimismo no le duró ni dos horas. Enseguida recordó aquellos meses de encierro obligatorio, cuando el mundo entero se quedó adentro de su casa, y lo mal que la había pasado. Sola en su departamento, sin poder ver a nadie, con el novio varado en Villa Elisa porque habían cerrado las rutas justo cuando fue a visitar a la familia.
No era el dinero lo que la angustiaba: su empresa le siguió pagando el sueldo completo. Lo que la agobiaba era la vergüenza que había quedado pegada a esos días. Porque al principio se mantuvo ocupada poniéndose al día con trabajo atrasado, respondiendo correos, reprogramando reuniones. Pero llegó un momento en que ya no quedaba nada por hacer.
—Carola, no hay más tareas para vos —le dijeron sus jefes—. Tomate unos días. Por tiempo indefinido.
Y ahí empezó el verdadero problema. Carola, que siempre se había enorgullecido de su autocontrol, descubrió que con tantas horas libres terminaba inevitablemente en la cama, con el pantalón en las rodillas, frotándose entre las piernas sin recordar siquiera cómo había llegado a esa posición. Era un acto inconsciente. Pasaba sola.
—Calmate, Caro. ¿Qué te está pasando? —se reprochaba cada vez que se descubría con los dedos hundidos en la concha.
Una amiga le había confesado una vez que se masturbaba cuando se aburría. A Carola le había parecido horrible. ¿Qué clase de mujer hace eso? Y sin embargo, ahí estaba ella, sin bajar de cuatro veces al día, los días en que lograba contenerse. Su cuerpo, antes capaz de pasar semanas sin pedir nada, ahora no aguantaba ni cuatro horas. Los dedos dejaron de alcanzarle.
Presa de la desesperación, un día cometió una locura. Le había llegado por correo la publicidad de una tienda online, un sex shop virtual que prometía entregas discretas y rápidas. Carola siempre se había mantenido lejos de esa clase de objetos. La sola idea de tener un consolador dando vueltas por la casa, de que su novio lo encontrara y le pidiera explicaciones, le daba escalofríos. Pero la calentura pudo más. Cargó los datos de la tarjeta y esperó.
Al día siguiente llegó una caja envuelta en plástico negro. Nadie podría sospechar qué había adentro. La abrió en la privacidad del living y se llevó una sorpresa de veinticinco centímetros de largo y casi cinco de ancho.
—Uy, carajo. Es enorme. Esto no me entra nunca —pensó.
Lo había elegido del catálogo sin mirar demasiado. En la foto parecía más chico, y le había gustado porque tenía forma de pene real, con falsos testículos y una ventosa en la base. Más adelante descubriría todo lo que esa ventosa permitía hacer. También descubriría que se había equivocado en algo más que el tamaño.
El primer intento la desilusionó. Con mucho esfuerzo logró meter apenas la punta; presionar más le dolía demasiado. Su concha no estaba hecha para semejante aparato. Pensó en Damián, su novio, mucho más modesto, y se preocupó. ¿Cómo le explico que compré un juguete más grande que él? Lo guardó bajo llave en el último cajón de la cómoda y decidió olvidarse del asunto.
Poco después descubrió el segundo error. Al revisar el ticket de compra vio el nombre de la dueña del sex shop: Daniela Bruno. El corazón se le subió a la garganta.
Unos meses antes del encierro, Carola había cerrado un negocio importante con Cristina Bruno y su hija Daniela. Las recordaba bien: dos mujeres elegantes, frías, de aires de superioridad, que la habían hecho sentir examinada en cada reunión. Le habían aconsejado mostrar escote para tratar con ellas. Y ahora resultaba que Daniela manejaba el sex shop donde Carola, la correctísima Carola Vidal, acababa de comprarse un consolador gigante.
—Muy correcta, muy profesional —imaginó que dirían entre risas—. Pero parece que le gusta meterse cosas por la concha.
***
El daño ya estaba hecho. Y casi como un castigo, volvió a probar el dildo. Esta vez se arrodilló sobre la cama, se mojó bien los dedos, se preparó. Logró meter apenas un cuarto y empezó a dar saltitos sobre él, imaginando que era Damián. No funcionó. Su novio no la tenía ni de casualidad de ese tamaño. Hasta se sentía como engañarlo.
Al día siguiente decidió usar el lubricante que había comprado junto con el juguete. Y descubrió el tercer error. El pequeño pote decía, en letras claras: «Lubricante anal».
¿Cómo pude ser tan estúpida?
Ahora, además de cargar con la humillación de que Daniela supiera lo del consolador, debía sumarle que pensara que lo había comprado para metérselo por el culo.
—La puta madre, Carola. Sos idiota —se reprochó en voz alta, dándole un puñetazo al colchón.
Se quedó mirando el dildo, arrodillada, el cuerpo cubierto de sudor. ¿De verdad esto podría entrarme por ahí? ¿Completo? La idea le parecía una locura. Si ni siquiera le entraba por la concha. Pero había visto videos. No era imposible. Y al fin y al cabo, sería algo distinto que hacer, algo que no fuera mirar el techo entre una paja y otra.
Untó el juguete con generosidad y lo miró sin poder dejar de pensar que iba a doler, que no le iba a gustar, que después se sentiría como una cualquiera. No entendía cómo podía haber placer en eso. Pero igual quería probar.
Carola ya no quería recordar todo lo que hizo durante el encierro con ese juguete. Muchas de sus acciones de aquellos meses todavía le causaban una vergüenza insoportable. Miró el cajón cerrado, se mordió los labios. La llave estaba escondida en algún rincón de la habitación, pero ni siquiera recordaba dónde. Quizás sea mejor así. Para no caer en la tentación.
Se vistió rápido, para huir de sus propios demonios, y salió a la calle. Bajó en el ascensor sin saber bien qué iba a hacer. En la planta baja se cruzó con Ramiro, el encargado del edificio.
—Qué tal, Carola. ¿Hoy no fue a trabajar?
—No, me sentía un poco mal. Decidí quedarme en casa.
Ramiro era un tipo raro. Decía cosas que el común de la gente no diría, sin ninguna mala intención, mirando su cuerpo sin el menor disimulo.
—¿No le vendría bien abrigarse un poco? —dijo, con los ojos clavados en su escote y en el short ajustado.
—Estoy bien, gracias. Ah, Ramiro: la canilla de la cocina gotea. ¿Conoce algún plomero?
—Eso es cambiar el cuerito, nada más. Yo me encargo, no hace falta llamar a nadie.
—Bueno. Cuando tenga tiempo, pase.
***
Esa tarde, mientras hacía zapping —señal inequívoca de que estaba al borde del tedio—, cayó en un partido de fútbol. Y justo entonces la cámara enfocó a un tal Amadou Sané. Su vecino. Carola sonrió. Se preguntó si las hinchas que suspiraban por él sabrían lo bien dotado que estaba, lo dispuesto que estaba a satisfacer la curiosidad de cualquier mujer bonita. Ella lo había visto desnudo. Hasta tenía videos.
Y entonces revisó el teléfono. Tenía mensajes de Roxana, su amiga, que le mandaba fotos suyas en ropa interior y sin nada. Carola sonrió al verla abrirse de piernas frente a la cámara con tanta confianza. Pero una foto la dejó boquiabierta: Roxana con un dildo metido en el culo, y un texto debajo. «Estoy practicando para que Amadou me la meta por atrás.»
—Estás loca, amiga. No te va a entrar nunca todo eso —le escribió.
No hubo respuesta. Roxana debía estar ocupada. Carola se quedó mirando las fotos, y el recuerdo la encendió. Metió la mano dentro del short blanco y empezó a frotarse, recordando sus primeros intentos con el dildo bien cargado de lubricante anal. Cómo había apretado los dientes, chillado, insistido sin parar.
—Vamos, que ya entra. Ya entra —susurraba, sin dejar de tocarse.
El timbre la hizo dar un salto. Casi se cae al subirse la tanga y caminar al mismo tiempo. Con el corazón acelerado y la vergüenza de haber sido interrumpida, abrió la puerta.
—Ah, Ramiro. ¿Qué necesita?
—Vine por el arreglo. Como dijo que el goteo la desesperaba, quise venir cuanto antes.
Lo dejó pasar. Se había sacado el corpiño al volver de la calle, y bajo la remera blanca, fina y pegada al cuerpo por el sudor, los pezones se marcaban con descaro.
—No debería abrir la puerta sin corpiño, Carola —dijo Ramiro, con absoluta calma, mientras trabajaba en la canilla—. Le daría motivos a los vecinos para quejarse. Aunque es su casa; adentro puede vestirse como quiera.
—¿A usted le molesta?
—En absoluto. Solo lo digo para ahorrarle problemas. Con atributos tan voluptuosos no debe ser fácil. En cualquier momento se le escapa una teta, no es que estén muy resguardadas ahí.
Carola soltó una risita. ¿Este tipo está loco? No, no lo estaba. Solo era raro, no entendía los códigos de la conversación como el resto. Sus comentarios la irritaban un poco, pero también, en parte, la divertían.
Y entonces un chorro de agua fría le empapó la espalda, y al darse vuelta, el pecho. La remera mojada se volvió completamente transparente.
—Ay, Ramiro, la puta madre.
—Perdón, perdón. Creí que ya había cerrado la llave de paso.
Ella corrió a cerrarla. Notó que Ramiro la miraba con las mejillas encendidas, las tetas perfectamente visibles bajo la tela. Se metió en el cuarto a cambiarse, con esa extraña sensación de haber sido expuesta otra vez. Y pensó en la foto de Roxana. Si encontrara la llave del cajón, yo también podría.
Se quitó la remera y, en piloto automático, se puso a buscar la llave por todos lados. Estaba de rodillas mirando bajo la cama cuando la voz de Ramiro la sorprendió desde la puerta.
—Ya quedó la canilla. No pierde más. Ah, y si sale a la calle con ese short, no se agache así. Se le marca todo.
—Ramiro, le dije que me estaba cambiando —se cubrió los pechos por instinto.
—La puerta estaba abierta. ¿Guarda la ropa debajo de la cama?
—Buscaba la llave del cajón de la cómoda.
—Esos cajoncitos tienen cerradura de fantasía. Se abren en un segundo. —Sacó un destornillador del bolsillo antes de que ella pudiera detenerlo. Un clic—. Listo. Abrió.
Carola quiso gritar, pero su reacción llegó tarde. Vio aparecer, como en cámara lenta, el dildo beige de veinticinco centímetros de pura presencia. Y junto a él, un objeto negro de curvas extrañas, con partes anchas y angostas.
—Ah, ya veo por qué quería abrir. ¿Y esto qué es? —preguntó, sosteniéndolo como si fuera de otro planeta.
—Deje eso ahí, Ramiro. No es de su incumbencia.
***
El segundo juguete había sido un regalo. Carola lo recordó con el cuerpo entero ardiendo de vergüenza. Lo había recibido cuando, sin lubricante anal en casa, no pudo resistirse a comprar otro pote en la misma tienda, sabiendo perfectamente quién estaba del otro lado. La caja llegó con dos potes y aquel extraño vibrador con forma de rama. Y un papelito.
«Te mando un regalito, Caro. Cortesía de la casa. Espero que lo disfrutes. Kisses.» Firmaba Daniela Bruno.
Su peor pesadilla se había vuelto realidad. Daniela sabía, ya sin ninguna duda, que la correctísima Carola Vidal se metía cosas por el culo.
—Está haciendo demasiadas preguntas, Ramiro. Muy inapropiadas. Deme eso.
—Tiene razón, perdón. No quise incomodarla. Me sorprendió, nada más. El dildo no tanto, muchas mujeres tienen uno. Pero que a usted le guste meterse cosas por atrás…
—Ay, basta. Deje de decir eso. —Lo miró con bronca, los brazos en jarra. Él dejó el juguete en el cajón y bajó la cabeza como un cachorro regañado, los ojos otra vez en sus pechos.
—De todas maneras —siguió, imperturbable—, el pote de lubricante está por la mitad. Y decía «anal». Así que es obvio que se lo metió por el culo, Carola.
El mundo se le congeló en ese instante de humillación extrema. Ramiro podía ser raro, pero no era ningún tonto. Se fijaba demasiado en los detalles.
—Sí, Ramiro —dijo al fin, con una mezcla de bronca, orgullo y resignación—. Me lo meto por el culo. Y puede que esta noche también lo haga. Por eso buscaba la llave.
—No me imagino cómo eso puede ser agradable —respondió él, rascándose la calva—. Pero bueno, es su culo. Sus motivos tendrá.
—Y no le incumben.
—Por eso demoró en abrirme. Se estaba masturbando. Ahora entiendo lo de los pezones. —Y, sin previo aviso, atenazó uno entre dos dedos.
—¡Auch! Ramiro, ¿qué hace?
—Los tiene muy duros. A las mujeres se les ponen así cuando se masturban —lo dijo con un tono tan neutro que parecía leído de una enciclopedia.
Lo peor no fue el dolor. Lo peor fue que su concha reaccionó de inmediato, se mojó de golpe, como si alguien hubiera apretado un interruptor. Tuvo que reprimir un gemido cuando los dedos del encargado volvieron sobre el pezón.
—Basta, Ramiro. Por favor, váyase. Necesito estar sola.
La soltó al instante, como si se hubiera quemado.
—Lo siento mucho. No era mi intención. Que tenga buen día.
***
Cuando por fin se quedó sola, Carola guardó los juguetes en el cajón con la intención de olvidarse de ellos. Buscar esa llave había sido un error. La humillación con Ramiro fue tan grande que, esa noche, ni siquiera tuvo ganas de tocarse.
Se acostó completamente desnuda. La noche estaba hecha para dormir sin ropa. Cerró los ojos y entonces ocurrió eso que tanto temía. El traqueteo empezó lento contra la pared y fue acelerando, y enseguida los gemidos de una mujer le hicieron coro.
Carola habría preferido estar en un restaurante con su novio. Pero tuvo que conformarse con escuchar cómo Amadou le metía toda la pija a una de sus admiradoras, festejando el triunfo del partido, mientras ella se hacía la paja sola en su cuarto, mirando de reojo el último cajón de la cómoda.