Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que elegí al que jamás habría elegido

Hace unos meses nos escapamos unos días a la costa de Florida, mi marido y yo. Él tiene esa rareza que pocos hombres confiesan en voz alta: le excita verme desear a otros, perderme un poco delante de él y volver después a sus brazos con la piel todavía caliente. Yo descubrí hace tiempo que esa fantasía suya encaja con la mía como dos piezas hechas a medida.

Una noche, mientras cenábamos cerca del paseo marítimo, me contó que había un club nocturno solo para mujeres a pocas cuadras del hotel. Bailarines profesionales, me dijo, de todas partes del mundo. Me preguntó si quería ir. Su pregunta tenía trampa y los dos lo sabíamos: nunca había pisado un lugar así, y la sola idea me revolvió algo en el estómago.

—¿De verdad me llevarías? —pregunté, fingiendo más duda de la que sentía.

—Te llevaría y me sentaría a mirarte —respondió.

Eso bastó. Esa misma noche me arreglé como si fuera a un examen importante, vestido negro ceñido, tacones que me hacían parecer más alta de lo que soy. Mido un metro cincuenta y seis, y siempre he peleado contra la estatura con todo lo demás.

***

El local era enorme, mucho más de lo que imaginaba. Luces bajas, música que se sentía en el pecho antes que en los oídos, y un escenario central rodeado de mesas pequeñas donde solo había mujeres. Mi marido era casi el único hombre, y lo sentaron a mi lado como un acompañante silencioso, exactamente lo que él quería ser esa noche.

Los bailarines salían de a uno. Cada uno tenía su propio número, su música, su forma de mirar a la sala. Había un colombiano de espalda ancha y tatuajes que le trepaban por el brazo, un ruso de mandíbula dura y ojos claros, un par de europeos altísimos, y varios más que iban desfilando como un menú que alguien hubiera escrito pensando justo en mis debilidades.

Porque tengo debilidades, claro. Siempre me han gustado los hombres que parecen sacados de la calle, los que tienen cara de problema, los tatuados, los que caminan como si el mundo les debiera algo. El colombiano y el ruso entraban perfecto en esa categoría, y yo los miraba como una leona que ya eligió su presa pero todavía no decide el momento del salto.

Mi marido no me quitaba los ojos de encima. No miraba el escenario; me miraba a mí. Veía cómo se me entreabrían los labios, cómo cruzaba y descruzaba las piernas, cómo respiraba más hondo cada vez que uno de ellos se acercaba al borde de la tarima.

—¿Te gusta alguno? —me preguntó al oído.

—El de la tanga negra —dije sin pensarlo.

Era el colombiano. Mi marido sacó unos billetes y me los puso en la mano para que me acercara. Me levanté, pero antes de llegar al escenario tuve que pasar cerca de la pasarela lateral, y ahí el ruso me interceptó. Se inclinó desde la tarima, me tomó de la nuca con suavidad y me acercó a su cuerpo en un gesto que era puro descaro. Le clavé las uñas en la cintura, le metí los billetes en el elástico y seguí mi camino con el corazón disparado.

Cuando volví a la mesa, mi marido sonreía como un crío.

—Lograste que se acercara entero —me dijo.

—Lástima que llevaba demasiada ropa —respondí, y los dos nos reímos bajito, cómplices, mientras yo seguía con los ojos pegados a aquel desfile de cuerpos.

***

—¿Querés que te baile uno? —preguntó después—. Elegí, lo pagamos.

El precio era de veinte dólares por dos minutos. Hice cuentas rápidas: en dos minutos había que aprovechar cada segundo. Elegí al colombiano y mi marido grabó un video corto con el teléfono, casi un minuto y medio de puro vértigo. Ese hombre se movía con una soltura que parecía imposible, su cuerpo rozando el mío en cada vuelta, mis manos recorriéndole la espalda, mi boca a la altura de su abdomen mientras yo seguía sentada en la silla, justo enfrente de mi marido.

Estaba al rojo vivo. Tenía esa tensión líquida y palpitante que solo aparece cuando una sabe que la están mirando y que la mirada es parte del juego. Adoro esa sensación. Adoro sentir un cuerpo duro contra el mío, adoro que el deseo se me note en la cara, y adoro después, en la calma de la cama, volver a ver los videos y reconocer a la mujer que fui esa noche.

Mi verdadero objetivo, sin embargo, era otro. Quería saber si era capaz de provocar a un profesional. Esos hombres bailan para decenas de mujeres cada noche, lo hacen por oficio, con el cuerpo entrenado para no reaccionar. Quería comprobar si podía romper esa frontera, aunque fuera un instante. Con el colombiano fue casi imposible: apenas cruzó la mirada conmigo una vez, y creo que la esquivó a propósito, como manda el reglamento de la casa.

***

Pasaron un par de horas. La música, el alcohol y el roce constante me habían dejado en un estado que ya rozaba la urgencia.

—Vámonos —le dije a mi marido—. Te necesito ahora.

—Antes elegí uno más —me respondió—. Te regalo un privado, el que quieras.

Aquí tengo que contar algo para que se entienda lo que vino después. Durante años repetí, sin pensarlo demasiado, que cierto tipo de hombres no me llamaban la atención. Que no les veía el atractivo, que no me imaginaba con ellos. Era una idea heredada, de esas que una arrastra desde joven sin haberla examinado nunca de verdad. Mi marido conocía esa idea mía a la perfección, y por eso estaba convencido de que repetiría con el colombiano.

Pero yo nunca elijo lo cómodo. Si algo me define es que siempre busco salir de mi zona conocida, abrir la puerta que llevo años fingiendo que no existe. Recorrí la sala con la mirada, uno por uno, y me detuve en alguien que no había mirado en toda la noche. Un hombre altísimo, casi dos metros, de hombros enormes y un short negro que apenas le contenía.

—Quiero a ese —dije.

Mi marido abrió los ojos como platos.

—¿A ese? —preguntó, incrédulo.

—A ese —confirmé—. Al que jamás habría elegido.

Algo en su cara cambió. Creo que le excitó todavía más verme romper mi propia regla delante de él, elegir justo lo que durante años había dicho que no quería.

***

Se llamaba Dorian, o al menos ese era el nombre que usaba en la pista. Llegó a la mesa y me tomó de la mano, y cuando me puse de pie comprobé hasta qué punto era enorme: yo apenas le llegaba a la altura del codo. Nos guiaron a un reservado al fondo, una sala pequeña con un sillón y una cortina, donde permitieron que mi marido entrara a grabar sin ningún problema.

Apenas se cerró la cortina, ese hombre despertó en mí una excitación que no había sentido en toda la noche. No sabía por dónde empezar. Quería tocarle los brazos, las piernas, la espalda, todo a la vez. Él me miró desde su altura imposible y me habló con una voz grave que me atravesó.

—Llevo un rato observándote —dijo—. No sabés las ganas que tenía de que me eligieras.

—Quiero comprobar algo contigo —respondí, sosteniéndole la mirada.

Me sentó en el sillón y empezó a moverse muy cerca, midiendo cada gesto. Yo le recorría los muslos, le clavaba las uñas en las caderas, le rozaba el abdomen con la boca. Y entonces noté que algo cambiaba en él, que la frontera profesional empezaba a ceder. Lo había conseguido. Había logrado que un bailarín entrenado para no reaccionar reaccionara conmigo.

—Nunca me había pasado en un baile —murmuró, sorprendido de sí mismo—. Sos demasiado.

Su piel tenía un calor distinto, casi febril, un calor que se contagiaba al contacto. Yo seguía con la boca recorriéndole el cuerpo, embriagada por la mezcla de música, penumbra y la certeza de que mi marido lo estaba filmando todo desde el rincón, disfrutando en silencio de verme así, descarada y rendida al mismo tiempo.

Teníamos seis minutos. Seis minutos que se evaporaron como una gota de agua sobre una plancha caliente. Cuando la cortina volvió a abrirse y la realidad regresó con sus luces y su música de fondo, yo respiraba como si hubiera corrido kilómetros.

—Volvé el mes que viene —me dijo Dorian al oído, antes de soltarme la mano.

No le prometí nada. Pero salí de aquel reservado sabiendo dos cosas. La primera, que mi marido tenía un video que veríamos juntos esa noche, una y otra vez, hasta quedarnos sin aliento. La segunda, más incómoda y más importante, que había pasado años cerrando una puerta sin haberme atrevido jamás a mirar lo que había detrás.

***

Volvimos al hotel en silencio, con su mano sobre mi muslo y la mía sobre la suya. No hizo falta hablar. En cuanto se cerró la puerta de la habitación, me tomó como si llevara horas conteniéndose, que era exactamente lo que había estado haciendo.

Mientras él se hundía en mí, yo todavía sentía el calor de aquella piel ajena, el eco de una voz grave diciéndome que era demasiado. Y entendí que la fantasía no había sido elegir a un hombre concreto, ni romper una regla por capricho. La fantasía era descubrir, frente al hombre que me ama y me mira, que el deseo no entiende de las etiquetas que una se inventa para sentirse a salvo.

Esa noche dormí abrazada a mi marido, con el teléfono cargando en la mesita y un video guardado que valía más que cualquier recuerdo. Y por primera vez en mucho tiempo, no me quedó ninguna regla que defender.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (5)

Vale_BA

increible... me dejaste con el corazon acelerado jaja. Sigue escribiendo asi!!

SebaMoriarty

Muy buen relato. El cuerpo siempre sabe lo que la cabeza no quiere admitir, supongo.

MarinaLeyendo

Me encanto!! Esperando la segunda parte con ansias

FelipeS

se hizo cortisimo, quiero mas! muy bien escrito

Andrés_BA

Buenisimo. Me recordo a algo que me paso hace tiempo, esas situaciones donde uno menos lo espera terminan siendo las mas intensas. Gracias por compartirlo.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.