La pócima del elfo tenía un efecto que él me ocultó
Desperté.
No sabía dónde estaba ni qué me había pasado. Todo lo posterior al desmayo era borroso, pero lo de antes seguía nítido y terrible. Subía con Bruno, Tobías y Marcos —mis compañeros de escalada— por una pared escarpada. Nada que no hubiéramos hecho decenas de veces, pero alguien falló. Supongo que fue Bruno, el menos experimentado, que no aseguró bien el anclaje en una grieta. La pieza se soltó del muro y mi cuerda no resistió.
Caí. Lo supe por el golpe sordo de mi cuerpo contra las rocas y por el crujido de mis huesos. Me supuse muy malherida, con varias fracturas abiertas y la certeza de que nadie iba a alcanzarme a tiempo. Como paramédica de montaña, evalué la gravedad en segundos y entendí que algunas de esas heridas eran mortales. Quise gritar, pero el dolor había drenado mis fuerzas. Y entonces me desmayé.
Ahora despertaba aquí, en una cama mullida, con una manta encima y una extrañeza profunda en el pecho. No había rastro de dolor en mí.
Levanté la tela que me cubría y revisé mi cuerpo. Estaba entera. Podía mover los pies, y eso me tranquilizó. A simple vista no encontré moretones ni cicatrices. Ni un rasguño. Lo que sí estaba era débil y muerta de hambre. Vi, a unos metros, un cuenco con bayas, hongos y un trozo de carne fría. Apoyé un pie en el suelo, intenté caminar y estuve a punto de irme de bruces. Volví a la cama, pero el ruido fue tan grande que alertó a alguien. Poco después se abrió la puerta.
—Hola. Al fin despertaste, y me imagino que con bastante hambre —dijo un hombre joven y apuesto.
No pude no fijarme en él. Alto, atlético, de cabellera larga y abundante. Llevó la bandeja hasta la cama y me miró comer con una curiosidad serena que por momentos parecía divertirle. No le di importancia: tenía que alimentarme y, después de todo, alguien me había salvado. Terminé el plato hasta las migajas.
—¿Dónde estoy?
Sonrió. Puedo jurar que su sonrisa era limpia, casi irreal.
—En mi aldea, a salvo. Soy Aren, el sanador de mi tribu. Te encontré hace unos días en la falda de la montaña. Estabas a punto de morir, pero te atendí a tiempo.
—¿Hace unos días? ¿Cuántos?
—Casi tres semanas.
—¿Tres semanas? —repetí casi gritando—. ¡Es muchísimo! Mis amigos deben de estar buscándome. No puedo quedarme. Gracias, de verdad, pero tengo que volver.
—Sí, por supuesto —dijo con cortesía—, pero aún estás débil y el camino es largo.
—Lo aguantaré.
De un tirón aparté la manta, y ahí noté algo: llevaba una ropa interior diminuta que dejaba mis carnes casi a la vista. Volví a taparme mientras le preguntaba por mis prendas. Sin asomo de picardía, me explicó que para atenderme tuvo que quitarme toda la ropa, que estaba rota y sucia, y que la había enterrado. Las mujeres de su pueblo no usaban ropa interior, así que le pidió al costurero algo que me cubriera; el hombre no entendió bien y cosió ese calzón mínimo y un sujetador ceñido.
Sacó del armario un vestido y me lo entregó con naturalidad. El diseño me sorprendió: escotado arriba, corto abajo, apretado en el vientre. Me lo puse en cuanto le pedí que se diera la vuelta. Me sentía rara con algo tan ajustado, yo que vivía en ropa técnica. Y había otra cosa que intuí pero no comprobé: me dio la impresión de que me habían crecido los pechos y las caderas.
Aren me ayudó a levantarme y a dar unos pasos por la habitación, cuidando que no tropezara. Estar viva y completa era un milagro.
—¿Qué me hiciste, exactamente?
—Te sané.
—Eso es evidente. Tenía la tibia expuesta y la clavícula asomando. Al menos tres costillas rotas, posible daño hepático. No soy sanadora como tú, pero soy médica. Sé que curarme era casi imposible.
—Tal vez entre tu gente sea imposible atender a alguien en agonía, pero aquí no —dijo—. Usé hierbas, hongos y raíces. Recoloqué tus huesos y te apliqué la mezcla cada día durante estas semanas. Valió la pena.
—Es milagroso. Sería un descubrimiento enorme de donde yo vengo.
—No creo que sea buena idea —se apresuró a cortar, con una sonrisa que de pronto se volvió enigmática, casi de arrepentimiento—. Disculpa, no te pregunté tu nombre.
—Soy Mariela. Mari, para mis amigos.
—Mira, Mariela, esta pócima que te di tiene ciertos efectos secundarios. No le pasa a todos, pero no te la habría dado si no te hubiera visto tan mal.
—¿Qué clase de efectos secundarios?
—Hablaremos de eso si se te presentan. No te preocupes; era eso o dejarte morir. Ahora ven, tengo que tratar un par de asuntos con el consejo.
***
Ya caminaba sola. Me calzó unas sandalias y salimos rumbo a la aldea. Por el camino me habló de su pueblo, de cómo habían sobrevivido lejos de «los humanos» y de que hacía décadas que nadie de fuera pisaba esas tierras.
Al llegar noté algo: toda la gente tenía una belleza singular. Hombres vigorosos junto a mujeres altas, de curvas delicadas y rostros tiernos. Un conjunto que solo en una pasarela habría encontrado, y ni así.
—¿Qué son ustedes, Aren? —pregunté cuando la curiosidad pudo más que la prudencia.
—Tu pueblo nos llama elfos, Mari. Aunque nosotros preferimos otros nombres.
Me quedé tan sorprendida que trastabillé. Elfos. Ahora sí podía pensar que estaba muerta, o alucinando.
—¿Creías que solo existíamos en los libros? —insistió—. Mírate. Tócame. —Tomó mi mano y la apoyó sobre su pecho—. ¿Aún crees que es ficción?
—Yo no... —quise decir mientras retiraba la mano. El contacto me había descolocado.
Soltó una carcajada y abrió la puerta de un gran salón. Doce sillas en hemiciclo alrededor de una sala circular, y en ellas doce hombres y mujeres. Llamarlos ancianos era un mal epíteto: todos lucían en plenitud.
—Aren —dijo el del centro—, ¿a qué has venido?
—Traje a esta humana a mi cabaña. La he cuidado, alimentado y vestido para salvar su vida.
Mientras el mayor de los elfos se tomaba su tiempo, yo empecé a sentir algo nuevo: contemplaba a cada uno de esos seres como una pieza única de belleza extrema. Y cada vez un poco más.
—La última vez que un humano estuvo aquí fue hace ciento ochenta y siete años —continuó el consejero—. Y no terminó bien.
Volví a mirar a Aren. Me pareció portentoso, cargado de una sensualidad por momentos irresistible.
—Lo entiendo, maestro Vaeren. Quizá rompí una regla, pero nuestras leyes ordenan salvar a quien se pueda rescatar.
—Así es. ¿Y qué quieres hacer con ella ahora?
El salón quedó en silencio. Yo me pellizqué una pierna, a ver si calmaba la ansiedad.
—Quiero quedármela —dijo sin más.
En otras circunstancias habría protestado, pero me sentía como drogada. Una de las mujeres habló.
—Aren. Estás comprometido con mi hija. ¿Romperás ese compromiso?
Apenas unos segundos de silencio, pero la espera pareció infinita.
—Sí, gran hermana. Me quedaré con la humana.
De nuevo el murmullo. Y yo empecé a sentirme acalorada. El principal habló como un trueno.
—Si eso deseas, Aren, el consejo te lo concede. La humana es tuya.
—Esperen... ¿suya? —reaccioné—. ¿Como si fuera ganado?
Se oyeron voces de inconformidad y el principal golpeó con su mazo.
—La humana no tiene derecho a hablar en este sitio sagrado. ¿No se lo explicaste, Aren?
—Lo lamento, consejero. No volverá a ocurrir.
—¿Cómo? —pregunté, pero él cruzó el índice sobre mi boca, y el roce de su piel me hizo ruborizar.
—En diez días anunciaré mi compromiso con esta mujer —dijo a todos—. Hoy me la llevo, si el tribunal está conforme.
—Lo estamos. Llévatela.
***
Sentí que me había humedecido cuando me tocó, por eso no protesté. Pero algo no iba bien. No solo estaba cada vez más caliente: veía a cada hombre como un amante posible y a Aren como un prodigio de virilidad. Mis pezones se endurecían y mi sexo latía, inflamado.
—Aren —dije, haciendo acopio de mesura—, ¿cuáles son exactamente esos efectos secundarios?
—No va a dañarte, Mari. Son hierbas seguras.
Lo detuve a pocos metros de la casa.
—Eso lo entiendo, pero no me dices todo. ¿Vuelven a la gente muy lujuriosa?
Abrió los ojos un poco más de la cuenta, como un niño pillado en falta.
—Quien las toma siente unas ganas enormes de... aparearse.
—¿Eso me diste? —pregunté, alarmada—. ¿Y cuánto dura?
—A las mujeres de aquí, tres o cuatro días. Pero a ti tuve que darte una mezcla concentrada, era la única forma de salvarte. Calculo que no menos de quince días.
—¡Idiota! —exploté, golpeándole el pecho—. ¡Mejor me hubieras dejado morir! ¿Y por eso me crecieron las partes?
Aguantó mis puños sin inmutarse y asintió.
Entonces me abalancé sobre él. Lo besé, lo arañé, le arranqué la camisa a tirones mientras pegaba mis piernas a las suyas.
—¿Qué voy a hacer dos semanas con esta necesidad? —Me quité el vestido de un solo movimiento—. Mi cuerpo me exige que me poseas.
—Mari, no voy a faltarte el respeto. Cúbrete y respira.
—Si no querías faltarme, no me hubieras dado esa cosa. —Me quité el corpiño. Mis pechos saltaron libres.
Y entonces lo comprendí. No sabía nada de elfos, pero sé cómo funcionan los hombres. Me puse de rodillas, le bajé los pantalones y, sin darle tiempo a reaccionar, tomé con las manos lo que apareció frente a mí. Lo llevé a mi boca. Sabía distinto: a campo, a hierba fresca, a nuez y a sal. Lo chupé con ansiedad hasta notar que mi esfuerzo surtía efecto: empezó a crecer, a endurecerse, a calentarse.
—Mari... espera —lo oí protestar, pero ya era inútil.
Lo empujé sobre la cama, me arranqué las bragas —y confirmé que mis caderas tenían una redondez nueva— y me coloqué encima de él.
—Esto va a cambiarlo todo —dijo—. No eres tú quien manda. Son tus instintos, multiplicados por mi po...
No lo dejé terminar. Guié su miembro a la entrada de mi sexo y me deslicé sobre él.
Ahí entendí la diferencia entre los elfos y nosotros. En cuanto entró, juro que se hinchó, ocupando todo el espacio dentro de mí. Pude sentir cómo esa carne me llenaba por completo, cómo al entrar y salir me dejaba ardiendo, encharcada y con ganas de más.
—Aren... amor —susurré moviéndome con desespero—, ¿esto es real?
Él ya había perdido el control. Me tomó de la cintura y me levantó de golpe. Sus manos pasaron a mis glúteos, mis brazos a su cuello, y su miembro sostuvo mi cuerpo entero mientras me paseaba por la habitación. Yo flotaba con él clavado en lo más hondo, y cada paso me hacía saltar sobre esa firmeza. Nunca me habían tomado así. Él no parecía cansarse.
Mis gemidos llenaron la cabaña. De pronto me echó sobre la cama, me dio media vuelta y me puso a cuatro patas. En sus manos mi cuerpo era de trapo.
—Así que esto querías, ¿no? Ahora vas a conocer el verdadero placer.
Me sujetó de las caderas y se hundió en mí como si ya fuera suyo. Empezó despacio pero con fuerza, inundando mi cavidad cada vez más caliente. Me sentí una hembra en celo aceptando al mejor de la manada. Le pedí que no parara. Con una mano me acariciaba los pechos hinchados, y el clímax se acercaba con una claridad nítida. Gemí sin pudor, y de pronto llegó: una explosión que nació en mi sexo, me recorrió la espina y reventó en mi cabeza. Las piernas me temblaron.
Aren me dio unos segundos, sin salir de mí, y volvió a la carga. Sentí el deseo más grande de mi vida, pero también algo parecido al amor verdadero. De pronto dijo que se correría, que iba a salirse por nuestra seguridad. Sus caderas intentaron separarse de las mías, y en ese instante lo agarré del trasero con todas mis fuerzas y no lo dejé huir.
—Mari, espera —quiso protestar.
—Te quiero adentro, amor —le dije entre gemidos—. Te necesito ahí.
Sentí un torrente cálido llenarme y, con él, un orgasmo nuevo, más intenso. Mi mente se inundó de colores, de una energía que iba de mi entrepierna a las puntas de los dedos. Quedé empapada de todo: de él, de mí, del deseo cumplido. Unas lágrimas se me escaparon mientras mi piel comprendía, por fin, el misterio de la verdadera sexualidad.
***
Pasaron varios minutos hasta que ambos nos recuperamos.
—Mari, ahora eres mía. Esto es real. Por eso no quería hacerlo.
—Me has hecho tuya, y me encantó.
Se volvió hacia mí, complacido.
—Me alegra que lo aceptes. Porque ahora que eres de mi propiedad, ya no hay forma de que salgas de aquí.
Algo en sus palabras no me cuadró.
—Espera... eso de hacerme tuya es una metáfora, ¿no? No hay ningún pacto que me obligue a quedarme.
Empezó a reír.
—Mari, en mi pueblo, cuando un elfo sella a una mujer, ella pasa a ser de su propiedad. Y eso acabo de hacer contigo.
Me quedé helada.
—¿Me... sellaste? ¿Qué significa eso?
—No me hagas explicarte lo que ya viviste. Mejor asúmelo y dedícate a ser una buena esposa.
—¿Esposa? —El sexo había sido delicioso, pero no esperaba semejante responsabilidad—. Espera. Solo quería saciar mis ganas, esto no nos une de ninguna manera.
—Mari... —su gesto se endureció, como si el elfo amable que conocía hubiera desaparecido—. No entiendes.
Me asusté, pero el miedo me hizo hablar con arrebato.
—¿Qué es lo que no entiendo? ¿Que vas a convertirme en una esposa esclava?
Se levantó de la cama. Desnudo, caminó a la cocina y volvió con una cuerda. Busqué mi ropa, pero solo encontré la interior.
—¿Qué vas a hacer con eso? —pregunté, sobresaltada.
Se echó sobre mí. Intenté golpearlo, pero su fuerza era muy superior y con poco esfuerzo me dominó. Empezó a atarme las muñecas a la cabecera.
—No sé cómo será entre los tuyos, pero aquí es distinto —dijo—. Mi semilla ya está en tu interior. No puedo dejarte ir hasta que lo entiendas.
—Aren, por favor, no me ates —supliqué, pataleando en vano—. Lo entiendo. —Mentí.
—No me dices la verdad y no tengo tiempo para discutirlo. Gasté mucha energía y necesito descansar. Pero tú no vas a salir de aquí.
—Amor, suéltame —le rogué con lágrimas—. No me voy a ir. Sabes cómo me volvió loca lo que me hiciste.
—Hablaremos mañana, hermosa. Que descanses.
Y salió de la habitación.
***
Intenté zafarme buscando un hueco en los nudos. Al no conseguirlo, rompí a llorar y al final me quedé dormida.
No sé cuánto pasó, pero alguien me despertó con un par de palmadas suaves. Abrí los ojos y me topé con una chica bellísima que, con un dedo sobre los labios, me pedía silencio.
—No te exaltes —susurró—. Vine a liberarte. Confía en mí. Soy Nyssa, hija de Vela.
¿Qué podía hacer? No tenía opciones. La dejé desatar las cuerdas.
—¿Por qué me ayudas?
Había penumbra, pero juraría que vi una sonrisa triunfal.
—Por venganza. Este infeliz me dejó frente al consejo. Humillada ante toda la comunidad.
Recordé la escena del salón. Aren había roto un compromiso, y ese alguien debía de ser ella.
—Tú eres la hija de la consejera —aventuré.
—Así es. —Mis manos quedaron libres—. Hay que moverse rápido. Estos elfos duermen mucho después de procrear, pero si despierta estamos perdidas. Ponte esto. —Me tendió una túnica larga.
Nyssa hizo del sigilo su aliado y me sacó de la cabaña sin un ruido. Ya fuera, me indicó el camino.
—Sigue por aquí hasta el río. Toma la vereda que baja junto a la orilla y en un par de días llegarás a un poblado de tu especie.
Yo estaba agradecida, pero ya había vuelto a sentir la necesidad. Se lo confesé.
—¿Qué hago, Nyssa? —pregunté, dudando de pronto si dejar a Aren era buena idea.
Me miró de frente, con el sol asomando en el horizonte. Era una de las mujeres más hermosas que he visto.
—Come de estas bayas cuando la ansiedad sea fuerte —dijo, entregándome una bolsa de semillas—. No te quitarán todas las ganas, pero te dejarán pensar. Si las administras bien, quizá te alcancen hasta llegar con los tuyos.
—¿Él lo sabía... y no me lo dijo? —pregunté con honda tristeza.
—Aren no es un mal elfo, pero puede ser muy egoísta. Seguro le gustaste tanto que te quería solo para él.
Apoyó su mano cálida en mi hombro y sonrió.
—¿Qué va a pasar contigo? —quise saber.
—Estaré bien. Nadie me vio entrar. Y soy hija de la consejera.
Miré su rostro una vez más y pensé que así debieron de ser las primeras mujeres del mundo: bellas, sabias, sensuales. Empecé a andar por el sendero. A los pocos pasos me volví.
—¿Volveré a verte, Nyssa?
—No en esta vida —respondió, y sonrió de nuevo. Luego echó a andar en sentido contrario.
***
Caminé el tiempo que ella calculó, hasta llegar a un poblado. Administré las bayas con prudencia, pero cuando vi a Bruno, y luego a Marcos, no pude resistirme y me los llevé a mi habitación para desahogarme. También tuve sexo con un par de marineros, con un guía turístico, con un agente de aduanas y con un aspirante a político que me crucé en mi esquina al volver a casa.
Bruno se prendó de mí. Dijo que nunca encontraría a una mujer más fogosa, y no le importó cuánto había cambiado. A la semana y media de regresar de la excursión, ya se había comprometido conmigo.
Ahora bien... ¿por qué cuento todo esto, si nadie va a creerme? Probablemente porque al fin entiendo qué quiso decir Aren con que me había sellado. Entre los suyos debe de ser la palabra que usan para la concepción. Y sí: ahora sé que estoy embarazada, que en unos meses daré a luz a un bebé mitad humano y mitad elfo. Que él nunca conocerá a su padre. Y que yo nunca volveré a tener un amante tan apasionado como aquel.