La noche que invité a mi jefe a terminar el informe
Me llamo Renata y trabajo como asistente de dirección desde hace casi cuatro años. Hay algo que aprendí pronto en esa oficina: la ropa que una elige por la mañana no es inocente. Esa tarde me había vestido sabiendo lo que hacía. Un conjunto de encaje negro debajo del vestido, medias hasta el muslo sujetas con ligas, tacones que me obligaban a caminar despacio. Labios rojos, el pelo suelto cayéndome sobre los hombros. Me gusta sentirme así, observada incluso cuando nadie mira. Y ese día sí había alguien que miraba.
Mi jefe se llama Damián. Es un hombre meticuloso, de esos que revisan dos veces cada cifra antes de firmar. Tiene unos años más que yo, las sienes apenas plateadas y una forma de mirar por encima de los lentes que me ponía nerviosa sin que él lo supiera. Llevábamos semanas detrás de un informe que no terminaba nunca, y esa noche la oficina cerraba antes de que pudiéramos acabarlo. Quedarnos allí no era una opción, los guardias hacían rondas y apagaban las luces.
Lo había imaginado más veces de las que admitiría en voz alta. En reuniones largas, mientras él hablaba de presupuestos, yo me sorprendía mirándole las manos y pensando en otras cosas. Era un juego privado, una fantasía que vivía solo en mi cabeza durante las horas muertas de la jornada. Nunca pensé que tendría la ocasión de empujarla un paso más allá. Hasta esa tarde.
—Si querés, lo terminamos en mi casa —le dije, recogiendo mis cosas—. Vivo a diez minutos y tengo café decente.
Lo pensó más de lo que un café merecía. Después asintió, como quien acepta una tregua.
***
Mi departamento es pequeño pero ordenado. Le ofrecí sentarse en el sillón, despejé la mesa baja y abrimos las dos laptops una al lado de la otra. Le serví un té en vez del café que le había prometido; pensé que lo ayudaría a soltar los hombros. Trabajamos en silencio durante un rato, el ruido de las teclas y poco más. Pero yo lo observaba de reojo.
Damián tenía la mandíbula apretada, el ceño tenso, la mano derecha cerrada sobre el muslo. No era el informe. O no era solo el informe. Sabía, por los comentarios que se le escapaban a veces, que las cosas con su mujer no andaban bien. Esa clase de tensión no se va con números.
Apoyé mi mano en su hombro. Lo sentí endurecerse bajo mis dedos.
—Estás durísimo —le dije, y me reí de mi propia elección de palabras—. De los hombros, digo. Tomate un descanso.
—Ni un descanso me relaja últimamente —contestó, mirando la pantalla sin verla.
Dejé pasar un segundo. Dos. El corazón me iba rápido, pero la voz me salió tranquila.
—Entonces hagamos otra cosa.
Se giró a mirarme, confundido. Y antes de que pudiera preguntar qué quería decir, me puse de pie frente a él. Me bajé los tirantes del vestido despacio, dejé que la tela resbalara hasta la cintura y después hasta el suelo. Me quedé ahí, en encaje negro y medias, dejándolo mirar.
—No tenés que decir nada —murmuré—. Solo dejá de pensar un rato.
***
Vi cómo se le aceleraba la respiración. Su mirada bajó por mi cuerpo y volvió a mis ojos, buscando una confirmación que yo ya le había dado. Me acerqué, me senté a horcajadas sobre él en el sillón y le rodeé el cuello con los brazos.
—¿Estás seguro de esto, Renata? —preguntó, aunque sus manos ya me sostenían las caderas.
—Más seguro que vos, por lo visto.
Lo besé. Fue un beso lento al principio, casi una pregunta, hasta que él respondió con una urgencia que llevaba semanas guardando. Me apretó contra su cuerpo, una mano subiendo por mi espalda, la otra hundiéndose en mi pelo. Sentí su erección a través del pantalón y me moví despacio sobre ella, arrancándole un sonido grave que vibró contra mis labios.
Le abrí la camisa botón por botón. Tenía el pecho firme, el de un hombre que va al gimnasio a quemar lo que la vida le deja adentro. Le besé el cuello, la clavícula, mientras él me desabrochaba el sostén con una destreza que me sorprendió. La prenda cayó entre los dos y sus manos encontraron mis pechos, primero suaves, después con ganas.
—Vení —le dije, tomándolo de la mano.
Lo guié hasta el dormitorio. Por el camino terminó de quitarse la camisa y yo me deshice de los tacones; las medias y las ligas decidí dejarlas puestas, porque sabía cómo le gustaban a los hombres y porque me gustaban a mí.
***
Lo empujé suavemente para que se sentara en el borde de la cama y me arrodillé entre sus piernas. Le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón. Pasé la lengua a lo largo de su miembro, despacio, mirándolo a los ojos. Soltó un suspiro largo, de alivio puro, como si algo que tenía atascado por dentro empezara por fin a aflojarse.
Me tomé mi tiempo. Lo lamí, lo besé, lo tomé en mi boca y dejé que su mano se apoyara en mi nuca, marcando un ritmo que él mismo apenas controlaba. Lo escuchaba respirar entrecortado, decir mi nombre a media voz, y eso me encendía más que cualquier caricia. Me gustaba verlo así: el hombre impecable de la oficina, deshecho en el borde de mi cama por algo que yo le estaba dando.
Esto también es una fantasía mía, pensé. Hace meses que lo es.
Cuando lo sentí demasiado cerca, me detuve. Me incorporé y él me atrajo hacia la cama, me tumbó de espaldas y se tomó su turno. Me besó el cuello, bajó por mis pechos sin apuro, mordió suavemente la piel del vientre. Cuando llegó entre mis piernas y apartó el encaje, ya estaba tan húmeda que el primer roce de su lengua me hizo arquear la espalda.
—Así —le dije, agarrándole el pelo—. Justo así.
Lo hizo con una concentración que no le conocía, la misma que ponía en sus informes pero aplicada a leer cada temblor de mi cuerpo. Cuando ya no aguantaba, lo subí hacia mí.
***
—No tengo nada —murmuró contra mi cuello, y entendí a qué se refería.
—Yo tampoco —admití. Lo miré a los ojos un momento, esa pausa en la que una decide—. Está bien. Esta vez quiero sentirte sin nada en el medio.
Se sorprendió, pero no se apartó. Me deslicé las bragas por las piernas y volví a subirme sobre él, esta vez sin barreras. Tomé su miembro y lo guié, dejándome caer despacio, centímetro a centímetro, hasta sentirlo entero dentro de mí. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Una de sus manos buscó mi cadera, la otra mi pecho.
Empecé a moverme con calma, subiendo y bajando, escuchando mis propios gemidos llenar la habitación. Era una sensación distinta a todo lo que había imaginado en la oficina mirándolo firmar papeles: el calor, la cercanía, su respiración mezclándose con la mía.
—Más despacio —pidió con la voz ronca—, o esto va a terminar antes de empezar.
Le hice caso, bajé el ritmo sin perder la profundidad. Apoyé las manos en su pecho y sentí cómo le latía el corazón, rápido, descontrolado. Llevábamos los dos demasiado tiempo cargando tensión, y ahora salía toda junta en cada movimiento lento y firme.
***
En algún momento me tomó de la cintura y, sin salir de mí, giró en la cama hasta dejarme de espaldas. Se acomodó entre mis piernas, me las levantó apoyándolas contra su pecho y empezó a moverse con una fuerza nueva. Yo me agarré a las sábanas, gimiendo sin contenerme, mientras él marcaba un ritmo que me dejaba sin aire.
—No pares —alcancé a decir entre jadeos.
Me miró con una intensidad que me erizó la piel. Bajó la cabeza y me besó el cuello, susurrándome cosas al oído que me hacían apretar más las piernas a su alrededor. El placer se fue acumulando en algún punto de mi vientre, tensándose como una cuerda, hasta que se rompió de golpe. Grité contra su hombro, las uñas clavadas en su espalda, todo el cuerpo temblando bajo el suyo.
Él aguantó un poco más, lo justo para verme deshacer, antes de que su propia respiración se volviera errática.
—Estoy por terminar —dijo, agitado—. ¿Dónde…?
—Donde quieras —contesté, abrazándolo.
Esas dos palabras lo terminaron de soltar. Sus embestidas se volvieron desordenadas, hambrientas, y al final salió de mí justo a tiempo para derramarse sobre mi vientre y mis pechos, con un gemido grave que pareció vaciarlo de todo el peso que había traído a mi casa.
***
Nos quedamos un rato así, los dos sin aire, mirando el techo. Le aparté un mechón de pelo de la frente y él se rió bajito, casi incrédulo.
—Hacía mucho que no me sentía tan… liviano —dijo.
—Te lo dije. El informe podía esperar.
Fui al baño, volví con una toalla húmeda y lo limpié sin prisa. Después me acosté a su lado, la cabeza en su pecho, escuchando cómo su corazón volvía despacio a la normalidad.
—¿Y ahora qué? —preguntó, mirando al techo.
—Ahora nada —dije—. Mañana terminamos el informe. Y si alguna vez volvés a estar tan tenso, ya sabés que tengo té.
Se rió de verdad esta vez, una risa abierta que le quitó diez años de encima.
—Me gusta cómo pensás.
—Lo sé.
Esa noche durmió en mi cama y, por la mañana, el hombre que volvió a la oficina parecía otro: más suelto, más liviano, menos atado a sus propias cuerdas. Nadie lo notó, claro. Solo yo, que sabía exactamente de dónde venía esa calma nueva.
Desde entonces, cuando el trabajo se acumula y lo veo apretar la mandíbula sobre la pantalla, le ofrezco un té. Él entiende. Y a veces, cuando no hay tiempo para venir a mi casa, encontramos un rincón más cerca. Pero esa ya es otra historia.