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Relatos Ardientes

Mi compañera de trabajo me esperaba en el parque

Con Carla había algo desde hacía meses. Trabajábamos en sectores distintos de la misma empresa, pero nuestras tareas se cruzaban todo el tiempo y eso nos obligaba a pasar horas juntos. Ella era de esas mujeres que entran a un lugar y lo cambian: pelo negro, largo, con rulos que le caían sobre la cara, caderas anchas, pechos pequeños y firmes, una manera de pararse que parecía un desafío. Se vestía suelta, con ropa holgada y aros largos, y tenía la costumbre de mirarme un segundo más de lo necesario.

Esa noche había reunión de cierre de trimestre y después una cena de camaradería. Terminamos sentados cerca y, copa tras copa, fuimos quedando uno al lado del otro sin que nadie lo planeara. El alcohol nos soltó la lengua y algo más. Había frases con doble sentido, miradas largas, roces que ninguno de los dos fingía no notar.

En un momento se levantó para ir al baño. De camino se dio vuelta y me clavó los ojos, una invitación que no necesitaba palabras. Conté hasta diez con el vaso temblándome apenas en la mano, dejé caer una excusa floja sobre ir a buscar algo al auto y me levanté. Nadie se dio cuenta: todos estaban atentos a un compañero que había sacado una guitarra y arrancaba con las primeras canciones, y el resto cantaba desafinando entre risas.

La alcancé en un pasillo lateral, lejos de las luces y del ruido. No hubo mucho que hablar. Nos besamos con una urgencia que llevábamos guardada desde hacía demasiado. La empujé contra la pared y sentí sus pezones duros contra mi pecho; ella sintió, contra su cadera, lo excitado que estaba. Fueron unos minutos de manos perdidas y bocas que no se soltaban.

Acá no, había gente a metros.

***

Cerca de la medianoche la fiesta empezó a aflojar. Los dos con varias copas de más, le ofrecí acompañarla hasta su casa. Salimos al bulevar y, sin decirlo, fuimos torciendo el camino hacia un parque que quedaba unas cuadras al sur.

Al llegar a una placita ya no aguantábamos. Nos apoyamos contra un árbol, en la penumbra, y volvimos a besarnos. Le besé el cuello, le hablé al oído.

—Estoy que ardo con vos —le dije.

—¿Sí? —contestó, con una voz a mitad de camino entre la inocencia y otra cosa—. Yo quiero que me cojas.

Y sin dudarlo metió la mano dentro de mi pantalón y me agarró. No hay sensación parecida a la de una mujer que va de frente, que no espera ni pide permiso. En medio de un parque, a oscuras, ese gesto fue una invitación demasiado clara como para ignorarla. Le devolví el juego: deslicé la mano por debajo de su pantalón y sentí enseguida el cambio de temperatura. Con la yema de los dedos empecé a frotarle el clítoris en círculos lentos. En segundos estaba mojada. Abrió las piernas, pidiendo más, y le metí un dedo mientras ella seguía moviendo la mano sobre mí.

Ahí estábamos los dos, contra un árbol que apenas nos tapaba, pasada la medianoche, en plena primavera, algo borrachos y completamente encendidos. Masturbándonos, jadeando, ella un poco agachada con las piernas abiertas, yo apretándola contra la corteza. De lejos debíamos ser una imagen de las que no se olvidan, pero el lugar era demasiado expuesto: cada auto que pasaba nos barría con sus luces.

—Vamos a otro lado —le dije.

Sacó la mano, se chupó los dedos con una sonrisa, y yo hice lo mismo con los míos. Nos miramos y nos reímos como dos chicos haciendo una travesura.

—Asqueroso —dijo, divertida.

—¿Y vos? —le devolví.

—¿Yo? A mí me encanta —cerró, y seguimos camino.

***

Las pocas cuadras que faltaban las hicimos entre besos y manos que no paraban quietas. Todas las ciudades tienen ese parque, el de siempre, el de las parejas que buscan oscuridad. De noche hay gente amándose en autos, en bancos, en rincones sin luz; nadie juzga a nadie, todos miran y todos son mirados. En mi ciudad ese lugar es el Parque del Lago.

Llegamos subidos a una mezcla de ansiedad y calentura. Fuimos hacia un mirador elevado y, al acercarnos, descubrimos que ya había una pareja. Ella estaba contra la baranda, él detrás; los movimientos suaves no dejaban dudas de lo que pasaba. La cabeza de la mujer colgaba entregada, con la boca entreabierta, y de a ratos llegaba hasta nosotros un sonido bajo, contenido, que el viento traía y se llevaba. Nos quedamos un segundo de más mirando, sin movernos, como si fuéramos parte de la misma escena, y esa imagen ajena nos encendió todavía más. Carla me apretó la mano y la sentí respirar distinto. Seguimos de largo y buscamos una glorieta rodeada de pinos bajos que prometía algo de intimidad. Como en todo parque de noche, las sombras de los árboles tapaban los pobres intentos municipales de iluminar.

Y entonces, lo cómico: llegamos calientes pero paralizados. Nos sentamos pegados, en silencio, mirando al frente sin saber cómo retomar. Hasta que giramos la cabeza al mismo tiempo y nos encontramos los ojos. Fue como prender un fósforo. Nos besamos, un beso espeso, con gusto a noche y a cigarrillo. La paré frente a mí, le besé el cuello y los hombros mientras le subía la remera buscando los pechos. Estaban duros, los pezones pidiendo boca. Le saqué el corpiño hasta el cuello y me prendí a sus tetas como un desesperado, mordiscos suaves, besos, yendo de un pezón al otro. Ella los sostenía de costado y me los ofrecía, gimió y tiró la cabeza para atrás.

Pasé un largo rato así mientras una mano le bajaba hacia la entrepierna: primero por encima del pantalón, después solté el botón, bajé el cierre y la empecé a tocar adentro, sin dejar de besarle los pechos. La sentí entregarse, abrir las piernas, agacharse un poco para que mis dedos llegaran más hondo. Se mojó cada vez más, hasta que la sentí temblar por primera vez.

Después se separó y me miró. No hizo falta que dijera nada: la cara lo decía todo. Me dio un beso largo mientras me bajaba el cierre y me sacaba. Se arrodilló y empezó despacio, jugando con la lengua antes de meterme en la boca. El primer contacto de sus labios me sacudió entero. Apoyé las manos atrás y la dejé hacer, sintiendo el calor, el ritmo, mientras la respiración se me aceleraba y todo el cuerpo se me tensaba.

La tomé de los hombros y la levanté. Me apoyé contra ella sin entrar todavía, solo el roce sobre esa zona que los dos habíamos dejado húmeda, moviendo las caderas, mirándonos a la cara con los gestos descompuestos de placer. Después la di vuelta. Ella me miró por encima del hombro y se bajó al piso, en cuatro patas, ofreciéndose. Teníamos los pantalones y la ropa interior enredados en los tobillos.

Las sombras nos cubrían, pero estábamos en el centro de una glorieta elevada, en mitad de un parque público, pasada la medianoche, medio desnudos, transpirados, con el corazón a mil. Nada nos importó. Verla así, con la espalda arqueada y todo ofrecido, me encendió mucho más. Tuve el impulso de entrar de golpe, pero me contuve. Pasé la punta un par de veces por su sexo y recién después la penetré despacio. Avanzaba sintiendo un calor que casi quemaba, deslizándome sin resistencia. Ella apoyó la cabeza sobre la mano, en el piso, recibiendo cada embestida con un gemido bajo.

Después de un rato salí y me quedé mirando, separé un poco y rocé otra zona con la punta.

—Ay, cómo me gusta eso —dijo, estirando la mano hacia atrás para tocarse ella misma.

Creí que era una invitación a más, pero no.

—Ahora no —me frenó—. Solo rozame, que estoy por acabar.

Sentí una punzada de desilusión, pero no me importó. Seguí un rato más, buscando su ritmo, mientras ella esquivaba con picardía cualquier intento mío de ir más allá. Decidí volver adentro de una, hasta el fondo, con bronca y con ganas a la vez. La empujé hacia adelante y caímos los dos sin que saliera de ella. Levantó las caderas y yo empujé como un poseído. Los movimientos se volvieron frenéticos, sentí cómo se contraía alrededor mío, apretándome, mientras se venía con un temblor largo que me bañó entero.

Se aflojó sobre el piso de la glorieta. Empujé un par de veces más.

—Ahhh, me vengo —le avisé.

—Salí, salí —dijo, y se dio vuelta, me agarró y me llevó a su boca justo en el momento. Me sostuvo y no me dejó escapar, tragando con una calma que terminó de quemarme. Levanté la cabeza, miré el cielo de la noche y solté todo.

Me dejé caer sentado al lado de ella, que todavía saboreaba con una sonrisa de satisfacción.

—Mmm, qué rico —dijo, en un tono que no tenía nada de inocente.

Quedamos los dos tirados, jadeando, los pantalones en los tobillos, su remera y el corpiño todavía en el cuello, en el medio de una glorieta a oscuras, en un parque cualquiera. Nada nos importaba. Lo habíamos gozado, y el lugar, la posibilidad de que alguien apareciera, lo había vuelto mil veces mejor. Nos acomodamos la ropa, nos miramos, nos besamos otra vez. Después nos sentamos en un banco, todavía encendidos, sin ganas de irnos.

Pero eso ya es otra historia.

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Comentarios (5)

Fercho_Rdz

que relato!! tenia todo para ser del monton y termino siendo de los mejores que lei en mucho tiempo. muy bueno

Juanma_Cr

necesito la segunda parte ya, no puede terminar asi!!!

TatoBA

me hizo acordar a una situacion similar con una chica del trabajo hace unos años jaja. lo contaste muy real, sin exagerar nada. felicitaciones

Curioso_Noc

y despues de ese encuentro como siguio la cosa en la oficina? me quede con esa duda, alguien se entero?

Pauli_cor

increible!!! de lo mejor que lei aca en mucho tiempo

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