La noche en que ella necesitó un hombre de verdad
Adrián estaba sentado en la silla del dormitorio, con las muñecas atadas a la espalda y el cuerpo completamente desnudo. Lo habían hablado tantas veces, en voz baja, después de hacer el amor, que parecía mentira que por fin estuviera ocurriendo de verdad. La cuerda no apretaba demasiado. No hacía falta. Él no pensaba moverse de ahí ni aunque pudiera.
Renata caminaba de un lado a otro frente a él, descalza sobre la alfombra. Era una mujer baja, de pechos grandes que contrastaban con su estatura, y tenía esa costumbre de morderse el labio cuando algo la ponía nerviosa y excitada al mismo tiempo. Esa noche se mordía el labio sin parar.
—¿Seguro que quieres esto? —preguntó ella, deteniéndose delante de él.
—Lo quiero —respondió Adrián, y notó que la voz le salía más ronca de lo normal—. Lo quiero más que nada.
No era del todo mentira. Llevaban meses bordeando el tema. Empezó como un comentario suelto una noche cualquiera, viendo vídeos en la cama, esos en los que un marido mira y no toca. Adrián descubrió que aquello, lejos de molestarlo, lo encendía de una forma que no sabía explicar. Y Renata, que lo conocía mejor que nadie, lo descubrió antes que él.
—Necesito sentir algo distinto, una vez —había dicho ella días atrás, con cuidado, midiendo cada palabra—. No es por ti. Es por mí. Y quiero que lo veas.
Él había tragado saliva y asentido. Esa palabra, verlo, se le quedó clavada.
***
Ivanna llegó pasadas las diez. Era la mejor amiga de Renata desde la universidad, una mujer de estatura media, melena larga y oscura que le caía por la espalda, y una manera de moverse que hacía que cualquier habitación girara a su alrededor. Tenía un cuerpo que muchos habían deseado y muy pocos habían tocado. Renata siempre bromeaba con que su amiga era el tipo de mujer con la que los hombres soñaban despiertos en el metro.
Entró en el dormitorio ya sin la ropa de calle, envuelta solo en una bata corta de seda que dejó caer sin ceremonia. Miró a Adrián atado en la silla y sonrió de medio lado.
—Así que este es el famoso espectador —dijo, dando una vuelta lenta alrededor de él—. Pobrecito. Mira que quedarse quieto va a ser difícil.
—Es lo que acordamos —murmuró Renata, y había en su voz una mezcla de pudor y deseo que Adrián no le había escuchado nunca.
—Tranquila —dijo Ivanna, acariciándole la mejilla a su amiga—. Yo me encargo de que disfrutes. Y él que aprenda a mirar.
Renata se desnudó despacio, como si la presencia de Ivanna la hiciera más consciente de cada gesto. Después se colocó a cuatro patas sobre la cama, justo en el centro, de frente a la silla donde estaba su marido. Quería que él lo viera todo. Esa era la condición.
Ivanna se ajustó un arnés con un consolador y se arrodilló detrás de ella. Antes de empezar, abrió las piernas un instante, deliberada, mostrándole a Adrián lo que tenía entre ellas. Una provocación pura, sin más motivo que recordarle que aquello tampoco era para él.
—¿Te gusta lo que ves? —le preguntó ella sin esperar respuesta.
Adrián no contestó. No le salían las palabras. Sentía el corazón latiéndole en la garganta y una mezcla de vergüenza y excitación que lo tenía paralizado.
***
—Hazlo ya, por favor —rogó Renata, moviendo las caderas hacia atrás—. No aguanto más.
—Mírate, qué impaciente —dijo Ivanna, y le dio una palmada suave en la nalga—. Ahora vas a sentir algo de verdad.
Empezó por la punta, con calma, deslizándose poco a poco. Renata estaba tan excitada que apenas hubo resistencia. Soltó un gemido largo, hundiendo la cara en la almohada un segundo antes de levantarla otra vez para que su marido pudiera verle la expresión. Ivanna la sujetó por las caderas y comenzó a moverse, primero despacio, luego con un ritmo firme y constante.
—No pares —jadeó Renata—. Dios, nunca me había sentido así de llena.
Las palabras encendieron a Ivanna, que aceleró sin dejar de mirar de reojo a Adrián. Cada vez que lo hacía, él sentía que el calor le subía por el pecho. Su cuerpo lo traicionaba sin remedio, reaccionando a las risitas de las dos mujeres, a la complicidad que tenían, a lo absolutamente ajeno que él era a todo aquello.
—No sé cómo aguantaste tanto tiempo —le dijo Ivanna a su amiga, jadeando ella también—. Tenías esto guardado y nadie te lo daba.
Los gemidos de Renata llenaban la habitación. Un brillo de sudor le cubría la espalda, y la melena de Ivanna se le pegaba a la frente mientras empujaba una y otra vez. Adrián, atado, no podía hacer otra cosa que respirar hondo y aguantar.
***
La puerta del dormitorio se abrió justo cuando lo habían planeado. Tomás entró sin decir nada, también desnudo, tal y como habían acordado los cuatro de antemano. Era el marido de Ivanna, un hombre de cuerpo trabajado y maneras tranquilas, de esos que no necesitan alzar la voz para llenar una habitación.
Renata giró la cabeza al escuchar los pasos y se quedó un momento sin aliento. Tomás se acercó por delante de ella, sin prisa, y se detuvo a la altura de su rostro.
No hicieron falta palabras. Ella entendió lo que se esperaba y lo recibió sin dudar. Tomás cerró los ojos un instante y dejó escapar un sonido grave de placer mientras le sostenía la cabeza con una mano. Adrián miraba la escena desde su silla, atrapado entre la humillación y un deseo que no había sentido nunca con tanta fuerza.
—Qué bien lo hace —dijo Tomás con media sonrisa, apartándose un momento—. Déjame ocuparme yo un rato de ella.
—Toda tuya —respondió Ivanna, retirándose y soltándose el arnés.
Cambiaron de posición con una naturalidad que dejó a Adrián todavía más fuera de juego. Ivanna se tendió de espaldas sobre la cama y Renata hundió la cara entre sus piernas, mientras Tomás se colocaba detrás de ella.
Cuando él la penetró de golpe, Renata abrió mucho los ojos y se quedó quieta unos segundos, con todo el cuerpo tenso. Un escalofrío la recorrió de los pies a la nuca, y un orgasmo la sacudió antes incluso de que él se moviera. Respiró hondo dos o tres veces, recuperándose, y luego volvió a bajar la cabeza para seguir con su amiga mientras Tomás marcaba el ritmo.
***
Adrián lo miraba todo sin poder creerlo. La fantasía que tantas noches habían susurrado en la oscuridad se desplegaba ahora delante de él, real y descarada. Su mujer gozaba como nunca la había visto gozar, y él, atado a una silla, era apenas un testigo. Sentía la entrepierna a punto de estallar sin que nadie lo hubiera tocado siquiera. La sola imagen de Renata entregada de aquella manera lo tenía al límite.
—Me voy a correr —anunció Tomás, aumentando la velocidad.
—¡Yo también! —gritó Renata, apenas un instante antes de volver a hundir la boca contra Ivanna.
Los cuatro llegaron casi a la vez. Los cuerpos se tensaron, temblaron unos segundos eternos, y la habitación se llenó de un coro de jadeos y nombres a medias. Renata sintió a Tomás vaciarse dentro de ella. Ivanna se arqueó bajo la lengua de su amiga hasta quedarse sin voz. Y Adrián, sin haber metido nada en ningún sitio, sin que nadie lo tocara, terminó solo, derrotado y feliz, manchándose las piernas con un orgasmo que le nubló la vista.
Durante un rato largo nadie habló. Solo se oía la respiración entrecortada de los cuatro y el zumbido lejano del aire acondicionado.
***
Más tarde, cuando recuperaron el aliento, salieron los cuatro a la pequeña piscina del jardín. El agua estaba fría y las risas rompían el silencio de la noche. Renata, Ivanna y Tomás se besaban y se salpicaban entre ellos, livianos, como si nada de lo anterior hubiera tenido peso.
Adrián fue el último en meterse y el último en salir. Cuando lo hizo, el agua helada lo dejó tiritando, y las dos mujeres no perdieron la ocasión de reírse de él una vez más, cada una a un lado, recordándole con la mirada el papel que le había tocado esa noche. Él no se ofendió. Al contrario. La humillación tenía un sabor que jamás se habría atrevido a confesar en voz alta.
Renata se acercó por fin, le pasó un brazo por los hombros y le dio un beso lento en la sien.
—Gracias —le susurró al oído—. No sabes lo que esto significó para mí.
—Lo sé —respondió él, y por una vez no le tembló la voz—. Lo vi todo.
Antes de entrar a vestirse para la cena, alguien propuso una foto. Se colocaron los cuatro juntos, mojados y sonrientes, con Adrián en el centro, abrazado por su mujer. Él miró al objetivo y sonrió de verdad.
Por fin, después de tanto imaginarlo, la fantasía se había hecho realidad. Y resultó ser exactamente lo que él siempre había querido sin animarse a pedir.