Soñé con mi ginecólogo y desperté empapada
Hola a todos los que me leéis. Hoy os voy a contar algo que me pasó hace unos días, aunque no sé muy bien cómo clasificarlo. Empezó en la consulta del ginecólogo y terminó en mi cama, sola, con la respiración entrecortada y una pregunta que todavía me da vueltas en la cabeza.
Llevaba una semana poniéndome una crema por culpa de una reacción alérgica que me había salido, y tocaba revisión. Pero esta vez no me lo tomé como un trámite cualquiera. La primera vez que fui me había fijado en él: un hombre de unos cincuenta, con canas en las sienes, manos grandes y una voz tranquila que te hacía sentir que todo estaba bajo control. Salí de aquella primera cita pensando en él más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Durante esa semana, mientras me aplicaba la crema cada noche frente al espejo del baño, la cabeza se me iba sola. Recordaba el tacto de sus dedos, la forma en que me hablaba sin levantar la voz, esa seguridad de hombre que ha visto de todo y ya nada lo sorprende. Y cada vez que lo recordaba, sentía un cosquilleo bajo el vientre que no tenía nada que ver con la alergia.
Así que para la revisión decidí jugar un poco. Voy a ver si soy capaz de ponerlo nervioso a él, para variar.
Me puse una minifalda, una camiseta de tirantes ajustada sin nada debajo que disimulara demasiado, unas braguitas mínimas y unas zapatillas. Me pinté los labios, me marqué la raya del ojo y me miré en el espejo. Me veía coqueta, peligrosa, con ganas de provocar. La cita era a las siete de la tarde.
Cuando llegué, la sala de espera estaba llena. Me tocó esperar más de una hora, viendo cómo entraban y salían pacientes mientras yo cruzaba y descruzaba las piernas. Cada vez que se abría la puerta de la consulta, el corazón me daba un vuelco tonto, como el de una cría de instituto. Notaba la falda corta sobre los muslos y me preguntaba si los demás se daban cuenta de lo que tramaba.
Para cuando me llamó, eran ya las ocho y yo era la última de la lista. El edificio se había quedado en silencio, sin recepcionista, sin más voces en el pasillo. Solo estábamos él y yo, y esa certeza me puso la piel de gallina.
—Lorena, pasa —dijo desde la puerta—. Perdona el retraso, empecé tarde y voy fatal de tiempo.
—No se preocupe, doctor. No tengo prisa.
—A ver, desnúdate de cintura para abajo y súbete a la camilla.
Me quité la falda y las braguitas despacio, dándole la espalda para acercarme a la camilla. Y, lo confieso, meneé el culo un poco más de lo necesario. Sentí su mirada en la nuca, o quizás más abajo.
—Separa un poco las piernas, Lorena.
Las abrí. Empezó la exploración, primero con un dedo, después con dos. Sus movimientos eran clínicos, profesionales, pero mi cuerpo no entendía de protocolos. En medio del reconocimiento se me escapó un suspiro que no pude tragarme.
—¿Estás bien? —preguntó sin levantar la vista.
—Sí, señor —contesté. En la gloria, pensé, mientras notaba los pezones tan duros que se me marcaban en la tela.
Sacó los dedos y se me escapó otro suspiro, más bajo. Al incorporarse, juro que vi cómo se le iban los ojos a mi pecho y se quedaban ahí un segundo de más.
Lo he conseguido. Se ha puesto nervioso.
—Bueno, está todo bien —dijo, aclarándose la garganta—. Si al tener relaciones notas escozor, vuelves. Si en seis meses no sientes nada raro, te veo para la próxima revisión.
Salí de la consulta todavía con los pezones duros y un calentón de campeonato. Lo había querido encender a él y había acabado ardiendo yo. Por la calle notaba que la gente me miraba, y no sabía si era por la minifalda o porque llevaba escrito en la cara lo que estaba pensando.
Llegué a casa, me metí en la ducha a ver si se me bajaba la temperatura, cené algo rápido y me fui a la cama. Creía que ahí terminaba la historia. Me equivocaba.
***
Porque entonces llegó el sueño.
En el sueño volvía a la consulta, pero todo era distinto. No había sala de espera, ni gente, ni reloj marcando la hora. Solo estábamos él y yo, y una luz cálida que parecía salir de ninguna parte.
—Lorena, desnúdate y túmbate —me dijo, y su voz sonaba más grave que en la realidad.
Lo hice sin pensarlo, como si mi cuerpo ya supiera lo que venía. Me tumbé en la camilla, completamente desnuda, y él se acercó. Pero esta vez no empezó por donde un médico debería empezar.
Me puso las dos manos en los pechos y los acarició despacio, abarcándolos enteros, presionando con la palma y deslizando los pulgares por los pezones una y otra vez. Se tomó su tiempo, como si tuviéramos toda la noche. Yo arqueaba la espalda buscando más.
—Pon las piernas en los estribos —murmuró.
Las separé y las apoyé. Me abrió los labios con los pulgares, mientras el resto de sus dedos se posaban sobre mí, alguno rozando el clítoris como sin querer. Y entonces bajó la cabeza.
Empezó a lamerme. Despacio al principio, recorriéndome de abajo arriba, y luego concentrándose justo donde yo necesitaba. Era un experto, o al menos en el sueño lo era: sabía exactamente cuándo apretar la lengua y cuándo aflojar, cuándo trazar círculos y cuándo dejarme al borde sin terminar. Yo me humedecía por momentos, me retorcía, le agarraba el pelo con una mano.
Justo cuando estaba a punto de perder la cabeza, se incorporó. Volvió a mis pechos, los estrujó otra vez y me dijo al oído lo mucho que le gustaban, lo loco que lo ponían. Yo no sabía si quería matarlo por parar o suplicarle que no lo hiciera nunca.
Me incorporé en la camilla. Mientras él jugaba con mi pecho, mi mano buscó su entrepierna por encima del pantalón. Estaba durísimo, y se notaba que había tamaño de sobra. Apreté, y oí cómo contenía el aire.
Me agarró de la nuca y me atrajo hacia él. Nos besamos con una urgencia que no tenía nada de clínico. Nuestras lenguas se buscaban, peleaban, se enredaban, entre caricias y mordiscos. Cuando recuperé un poco el sentido, le desabroché el pantalón y lo liberé.
Lo cogí en la mano y lo masturbé despacio, observando su cara, hasta que él me hizo bajar de la camilla. Me arrodillé delante de él. Lo besé primero, recorrí toda su longitud con la lengua, desde la base hasta la punta, y después me lo fui metiendo en la boca poco a poco, sin dejar de mirarlo a los ojos.
Me sujetaba la cabeza con las dos manos, marcándome el ritmo. Hubo un momento en que él tomó el control del todo, embistiendo despacio, y yo se lo permití, perdida en lo que estaba sintiendo.
Entonces me levantó en volandas, como si no pesara nada, y me sentó de nuevo en la camilla. Paseó la punta por mi entrada, frotándome, haciéndome esperar, hasta que por fin empujó dentro. Solté un grito que fue mitad sorpresa, mitad placer. Me penetraba con fuerza, sin contemplaciones, y yo me agarraba al borde de la camilla.
Cuando se cansó de esa postura, me dio la vuelta y me puso de espaldas a él, inclinada sobre la camilla. Volvió a entrar, esta vez aún más profundo. Me alababa el culo, me daba algún azote que me hacía apretarme contra él. Me separaba las nalgas con los pulgares para mirarme entera, descarado, mientras seguía moviéndose dentro de mí.
Luego me agarró de los pechos desde atrás, tirándome de los pezones, sin frenar nunca ese vaivén que se había vuelto casi violento. Yo gritaba, ya no me importaba nada. Y fue en una de esas embestidas cuando lo noté: lo sentí hincharse dentro de mí, latir, y derramarse del todo, llenándome con un calor que me recorrió entera.
***
Y me desperté.
De golpe, en mi cama, a oscuras. Tenía los pezones tan duros que casi me dolían, las braguitas empapadas y el corazón a mil. Tardé varios segundos en entender dónde estaba y que nada de aquello había pasado de verdad. Que solo había sido un sueño.
Me quedé mirando el techo un buen rato, con el cuerpo todavía temblando, dividida entre la decepción de que no fuera real y el alivio, supongo, de que no lo fuera. Porque una cosa es fantasear y otra muy distinta es cruzar la línea.
Encendí la lámpara de la mesilla y me senté en la cama, abrazada a las rodillas. Tenía la boca seca y la sensación de su peso encima todavía pegada a la piel, como si el sueño se negara a soltarme del todo. Me llevé los dedos a los labios, casi esperando notar el sabor de aquel beso que nunca existió. Es absurdo lo real que puede llegar a ser algo que solo ocurre dentro de tu cabeza.
Estuve un rato largo así, despierta, repasando cada detalle antes de que se me escapara. Una parte de mí se sentía culpable, como si hubiera engañado a alguien. La otra parte, la más sincera, solo quería volver a dormirse para ver si el sueño continuaba donde lo había dejado.
Y ahora la pregunta con la que me quedo, y que os lanzo a vosotros: ¿los sueños se cumplen? ¿O hay fantasías que es mejor dejar justo donde están, en la oscuridad de la habitación, sin tocarlas nunca?
No sé qué haré la próxima vez que tenga revisión. Faltan seis meses. Tiempo de sobra para decidir si me pongo la minifalda otra vez.
Espero que os haya gustado. Besos.