Nuestro juego empieza antes de que ella abra los ojos
El cuerpo desnudo de Mariana descansaba de lado, pegado al mío, y lo primero que noté al abrir los ojos fue cómo me endurecía sin haberlo decidido. La culpa la tenía el recuerdo de la noche anterior, todavía fresco, casi físico. Más bien de lo que ella me había hecho. Recordaría esa boca durante mucho tiempo: tan obediente, tan dispuesta a cumplir cada orden por exigente que fuera, sin una sola queja.
Su única rebeldía había sido morderme apenas, justo cuando la tenía al límite, una provocación calculada para que yo perdiera la paciencia y la castigara. Sabía perfectamente lo que hacía. Lo sabía cuando me miró desde abajo con los ojos brillantes, y lo supo también después, cuando todo terminó con un estremecimiento sobre su pecho y los dos quedamos sin aliento.
Llevábamos meses con esto. Un juego que habíamos negociado una madrugada cualquiera, despiertos los dos, hablándolo con una calma que contrastaba con lo que estábamos describiendo. Ella quería que la tomara sin avisar, que la dominara, que ignorara sus protestas. Yo quería exactamente eso. Y acordamos una sola palabra, una que jamás usaríamos en el calor del momento, una palabra ridícula que si llegaba a pronunciarse lo detenía todo de golpe.
Lo curioso es que tardamos en llegar hasta aquí. Al principio Mariana apenas se atrevía a confesar lo que de verdad le gustaba, y lo soltaba a medias, con la cara medio escondida en la almohada, como si pedir aquello fuera más vergonzoso que hacerlo. Me costó entender que su timidez al hablarlo era parte de la misma necesidad: cuanto menos lo nombraba en voz alta, más libre se sentía después de entregarse sin condiciones.
Yo tampoco lo tenía todo resuelto. Hubo noches en que paré sin que ella lo pidiera, solo para mirarla y comprobar que seguíamos en el mismo sitio, que el deseo no se me había convertido en otra cosa. Y siempre estaba ahí, esperándome, con esa mezcla de hambre y confianza que terminó por enseñarme a soltar el freno sin miedo a romperla. Esa madrugada llevaba ya un rato dándome vueltas el recuerdo y no pensaba desperdiciarlo.
Nunca la había pronunciado.
Me arrimé con cuidado de no despertarla del todo. Su respiración era profunda y pareja, el sueño de quien confía. Mi mano seguía posada en su cintura y la deslicé despacio hacia el muslo, separándolo apenas, abriéndome sitio para lo que mi mente todavía perezosa empezaba a maquinar.
Quería poseerla justo así, sin preámbulos, mientras el día apenas se insinuaba. Mi erección pedía paso por su cuenta, buscándose hueco entre sus piernas con la ayuda de mi mano. Solo con el roce contra sus nalgas y luego más adentro, donde el calor era otra cosa, sentí que podría correrme si insistía demasiado.
Amanecía. Por la rendija de la puerta entraba una claridad gris que me permitía no avanzar del todo a ciegas. Veía el contorno de su hombro, la curva de su espalda, el modo en que su pelo le caía sobre la mejilla.
Con los dedos alcancé el centro de ella y la encontré más despierta de lo que su quietud aparentaba. Era imposible que siguiera durmiendo. Su respiración había cambiado de ritmo, se había vuelto cautelosa, contenida, pero ninguno de los dos rompió el silencio. Esa era la regla no dicha: ella dormía hasta que yo decidiera que ya no.
Entonces empujé.
Entré poco a poco pero sin freno, hasta el fondo, y todo su cuerpo se contrajo de una vez. Su boca se abrió para soltar algo —un grito, una palabra, no llegué a saberlo— porque mi mano derecha salió de debajo de su almohada y lo aplacó antes de que existiera. Mi erección le dio un respiro, saliendo casi entera, solo para volver a embestir un segundo después.
—Shh —murmuré contra su nuca—. Tranquila.
Mi brazo izquierdo le cruzó el pecho y le sujetó los suyos contra el cuerpo, inmovilizándola. Ella se debatió, o fingió debatirse, con esa mezcla exacta de resistencia y entrega que tanto me enloquecía. Sus caderas, sin embargo, no mentían: se acomodaban a cada empujón, lo recibían, lo buscaban.
Su respiración se disparó como nunca. De su boca tapada salían jadeos entrecortados, vibraciones más que sonidos, que yo sentía contra la palma de la mano. Estaba tan excitado que el final me rondaba ya, demasiado cerca, y tuve que obligarme a frenar el ritmo para no terminar antes de tiempo.
No le di tregua de todos modos. No quería que recuperara el control de nada, ni de su voz ni de su cuerpo, y mi mano siguió silenciando sus quejidos que, aun apagados, llenaban la habitación.
Entraba cada vez con más facilidad. Cada vez más rápido. Sentía sus nalgas chocar contra mí en cada embestida, ese impacto carnoso que me recordaba lo real que era todo. Apenas aguantaba. La excitación de dominarla así, de poseerla hasta el extremo de nuestro propio juego, era casi insoportable.
Bajé la cabeza hasta su hombro y la mordí, sin fuerza, marcando el territorio de un modo que ella entendía mejor que cualquier palabra. Olía a sueño y a noche, a ese calor concentrado que guarda la cama después de horas de cuerpos juntos. Cada vez que respiraba contra su piel la sentía erizarse, y ese pequeño temblor suyo me empujaba a ir más hondo, a buscar el punto exacto que la hacía arquearse contra mí sin poder evitarlo.
—Cálmate —le dije al oído, con la voz más ronca de lo que pretendía—. Solo es una polla. Ya la conoces.
Buscaba calentarla con las palabras, provocarla, pero con sus reacciones y esos gemidos que ya eran de puro placer empecé a sospechar que el único que se calentaba con su propio discurso era yo. Ella iba muy por delante.
—No —pareció decir bajo mi mano, ahogado, casi sin forma—. Por favor, no.
Lo decía con la misma boca con la que la noche anterior me había suplicado lo contrario. Y los dos sabíamos lo que significaba ese «no» en el idioma que habíamos inventado solo para nosotros. Significaba sigue. Significaba más.
Mi mente bordeaba ese punto en el que dejo de pensar. Le solté los brazos, y sus pechos quedaron de pronto libres, ofrecidos, demasiado a mano para ignorarlos.
Un golpe. Y otro. Y otro más. Cada uno respondido por un gemido más agudo que el anterior. Azotarla así, sentir la piel caliente bajo mi palma, era uno de esos placeres pequeños y egoístas que uno no confiesa. Su rostro también recibió alguno, suave, más promesa que castigo. Estaba completamente desatado, y ella me dejaba estarlo.
Se giró apenas para mirarme y aproveché para retirar la mano de su boca. Lo que hizo entonces me terminó de encender: me escupió, con los ojos clavados en los míos, retándome. Sabía de sobra cuánto me gustaba ese gesto. Lo sabía y lo usaba como arma.
—Eso te va a costar caro —le advertí.
—Cuento con ello —respondió, sin aire, casi sonriendo.
Volví a empujar sin control, y ella estaba ya muy cerca del borde, lo notaba en la tensión de sus muslos, en cómo apretaba alrededor de mí. Le tapé otra vez la boca, no porque hiciera falta silenciarla, sino porque a los dos nos gustaba la postura, el gesto de dominio. Y entonces todo su cuerpo se contrajo y se corrió, larga y profundamente, mordiéndome la mano que la cubría.
Lo agradecí, porque yo tampoco podía más. Mientras ella todavía temblaba, deshecha, di los últimos empujones con más violencia que ritmo y me derramé dentro de ella, derritiéndome hasta vaciarme, hasta que las piernas me pesaron y la habitación volvió a quedar en silencio.
***
Permanecimos así un buen rato, aún jadeantes, reponiéndonos del exceso. Juntos, sin ganas de despegarnos, mis labios apoyados en su cuello provocándole pequeños espasmos cada vez que respiraba sobre su piel. Ella respondía a su manera, apretándome todavía desde dentro, exprimiendo lo poco que me quedaba, como si no quisiera dejarme ir.
Con los minutos, los besos cambiaron de naturaleza. Se volvieron lentos, soportables, casi tímidos, esa ternura extraña que llega siempre después de la tormenta. La violencia se evaporaba y dejaba en su lugar algo mucho más blando, que nunca sé nombrar y que solo aparece cuando bajamos del juego.
—Tienes la marca de mi mano en la mejilla —le dije, pasándole el pulgar por encima con un cuidado que diez minutos antes no había tenido.
—Bien —murmuró, con los ojos cerrados—. Quiero verla en el espejo más tarde y acordarme.
Me reí bajo, contra su pelo. Esa era ella entera: capaz de pedir que la trataran sin piedad y, un instante después, acurrucarse buscando que la abrazaran. Las dos cosas eran verdad. Las dos eran ella, y yo había aprendido a no separarlas.
—¿Estás bien? —pregunté en serio, sin máscara, porque por más juego que fuera siempre necesitaba escuchar la respuesta de su boca y no solo de su cuerpo.
—Mejor que bien —dijo, y abrió por fin los ojos para mirarme—. Ojalá despertarme así a diario.
—Se podría arreglar —respondí.
Lo dije sin separar mis labios de los suyos, y ella sonrió contra mi boca sin contestar, porque no hacía falta. Afuera el gris de la madrugada empezaba a teñirse de un dorado tibio, y por la rendija de la puerta entraba ya la primera línea de sol franca del día.
Nos quedamos enredados, sin prisa por nada, dejando que las caricias se fueran apagando solas. No había mejor manera de empezar la jornada, pensé, y tampoco mejor compañía para terminarla. Cerré los ojos con su respiración acompasada a la mía y nos dejamos caer juntos en una siesta corta, robada al amanecer, profundamente merecida.