No aguanté las ganas en el autobús nocturno
Ese fin de semana había viajado a otra provincia para visitar a un par de amigas que hacía meses no veía. Fueron tres días de charlas hasta la madrugada, vino barato y risas, y cuando llegó el domingo por la noche tomé el autobús de regreso a casa con el cuerpo pesado y los ojos a medio cerrar.
Me ubiqué junto a la ventanilla, me puse los auriculares con una lista de canciones tranquilas y dejé que el rumor del motor me arrastrara hacia el sueño. El asiento de al lado estaba libre, así que me acomodé de costado, apoyé la sien contra el cristal frío y me quedé dormida casi enseguida.
No sé si soñé algo o si fue el traqueteo constante del viaje, pero cuando desperté, media hora después, lo primero que noté fue una urgencia que no esperaba. Tenía un cosquilleo intenso entre las piernas, una presión cálida y persistente que latía al ritmo de mi pulso. Me removí en el asiento intentando ignorarlo.
Intenté reconstruir el sueño, atrapar alguna imagen suelta antes de que se desvaneciera del todo. No quedaba casi nada: una sensación de manos sobre la piel, una boca cerca del cuello, ese tipo de calor que se siente cuando alguien te desea de verdad. Lo poco que recordaba bastaba para mantener el fuego encendido.
Cerré los ojos otra vez, pensando que volvería a dormirme, pero fue peor. En la oscuridad detrás de mis párpados todo se volvía más nítido, más físico. Apreté los muslos sin darme cuenta y un escalofrío me subió por la espalda.
Saqué el teléfono y me puse a pasar fotos en las redes sin mirarlas de verdad. Cambié la lista de canciones por otra más movida, como si eso pudiera distraerme. Era inútil. Aquella sensación seguía ahí, terca, creciendo cada vez que cruzaba las piernas.
Probé de todo. Apoyé la frente en el cristal y conté faroles del otro lado de la autopista. Respiré hondo, despacio, como cuando una intenta dormirse. Hasta abrí una conversación pendiente para responder un mensaje atrasado, pero a mitad de palabra me quedé con los dedos quietos sobre la pantalla, incapaz de concentrarme en otra cosa que no fuera el latido entre mis muslos.
No puedo creer que esté tan caliente en pleno autobús.
No lo pude evitar y empecé a imaginar de qué manera me iba a tocar en cuanto llegara a casa. Podía tirarme en el sillón apenas cruzara la puerta, sin ni siquiera quitarme los zapatos, y hundir la mano ahí mismo. O ir directo a la cama y frotarme contra la almohada un buen rato antes de buscar algo con que penetrarme.
También se me ocurrió darme una ducha larga: enjabonarme entera, recorrerme despacio cada centímetro de piel resbaladiza y después abrir las piernas frente al chorro de agua tibia hasta no aguantar más.
Mientras esas imágenes desfilaban por mi cabeza, el cosquilleo se volvía un calor sordo y noté cómo la tela de la tanga empezaba a humedecerse. Miré el reloj del teléfono. Faltaba más de una hora para llegar. Cada minuto se estiraba como una tortura.
Pensé en mirar algo de porno. Sabía que probablemente me calentaría todavía más, pero me dije que tal vez, después de ver a otra mujer llegar al orgasmo, mi cuerpo se conformaría y se calmaría un poco. Era una excusa tonta y lo sabía, pero la necesidad ganaba.
Me giré con disimulo para echar un vistazo alrededor. El asiento de atrás estaba vacío. A mi lado no había nadie. Del otro lado del pasillo, un par de filas más adelante, viajaba una pareja, y un poco más atrás dormía un señor con la boca abierta. Si miraba el vídeo con los auriculares puestos y el brillo de la pantalla bajo, nadie tenía por qué enterarse.
Entré al sitio de siempre, busqué algo corto y le di al play. Disfruté cada segundo como pocas veces. El clítoris se me contraía solo, sin que lo tocara, y la tanga ya no estaba apenas húmeda: estaba completamente empapada.
La chica del vídeo terminó con un gemido largo y yo estaba más excitada que cuando empecé. Definitivamente no había salido como pensaba. Aparté el teléfono, respiré hondo e intenté otra vez pensar en cualquier cosa que no fuera meterme la mano dentro del pantalón.
No lo conseguí.
Volví a mirar el reloj. Faltaban unos cuarenta y cinco minutos. La pareja del otro lado del pasillo dormía abrazada. El señor de atrás roncaba bajito. El resto de los pasajeros eran sombras quietas en la penumbra azulada del autobús.
No me lo pensé dos veces. Desabroché el botón del pantalón, bajé el cierre apenas lo justo y metí la mano por debajo de la ropa interior. Los dedos resbalaron sin ningún esfuerzo entre mis labios, todo estaba caliente y mojado.
Apoyé el pulgar sobre el clítoris y deslicé dos dedos dentro. En cuanto los sentí entrar dejé escapar un suspiro de alivio, conteniéndolo en la garganta. Por fin le estaba dando a mi cuerpo lo que llevaba una hora pidiéndome a gritos.
Me quedé quieta unos segundos, asustada de mi propio atrevimiento, esperando a que alguien encendiera una luz o girara la cabeza. Nada. El autobús seguía avanzando en la noche, indiferente, y esa calma me dio el valor que me faltaba.
Empecé un vaivén lento, entrando y saliendo, mientras mordía el interior de la mejilla para ahogar cualquier ruido. No quería despertar a la pareja ni que nadie girara la cabeza hacia el asiento de la ventanilla. La música seguía sonando en mis oídos, pero apenas la oía por encima de los latidos.
Estaba tan mojada que los dedos se movían solos. Y aunque era satisfactorio, la excitación que sentía era tan grande que no me alcanzaba. Quería más. Quería sentir algo en todas partes a la vez.
Fue entonces cuando me di cuenta de que mi culo también pedía atención. Pero sentada como estaba, con el pantalón a medio bajar y la espalda contra el respaldo, era imposible llegar con un dedo.
Saqué la mano y me quedé un momento pensando qué hacer, con el corazón golpeándome las costillas. Abrí el bolso que tenía sobre las piernas y revolví dentro buscando alguna idea. Y la encontré.
Un bolígrafo, de esos lisos y redondeados. Lo agarré con dos dedos como si fuera un tesoro. Me deslicé hacia el borde del asiento y, vigilando que nadie mirara, metí la otra mano por la parte de atrás del pantalón. Separé un poco las nalgas y dejé el bolígrafo encajado entre ellas, apretado por la tela cuando me volví a acomodar.
No era gran cosa, claro. Pero sentir algo frío y duro presionando justo ahí, atrapado contra mi piel, era más estimulante de lo que esperaba. Me mordí el labio para no sonreír como una idiota.
Me senté mejor, de nuevo de costado hacia la ventanilla, y retomé donde lo había dejado. Esta vez le dediqué un rato largo al clítoris, dibujando círculos lentos, y después volví al vaivén de los dedos dentro de mí.
Al principio levantaba la vista cada pocos segundos para asegurarme de que nadie me observaba. Pero poco a poco me fui entregando tanto al placer que olvidé por completo dónde estaba. Dejaron de existir el pasillo, los pasajeros, el conductor allá adelante. Solo quedábamos el latido entre mis piernas y yo.
En un momento me acomodé casi de lado, mirando hacia el cristal, con las rodillas apretadas una contra la otra. Uf, qué rico se sienten así. En esa posición todo se volvía más estrecho, y cada movimiento de los dedos se sentía el doble de intenso.
El bolígrafo se movía un poco con cada balanceo del autobús, recordándome a cada segundo lo que estaba haciendo en medio de tanta gente dormida. Esa idea, la del riesgo, la del morbo de que cualquiera podía despertar y verme, me empujaba más cerca del borde.
Imaginé por un instante que el señor de atrás abría los ojos justo entonces. Que me descubría con la mano metida en el pantalón y la cara descompuesta de placer. En lugar de darme vergüenza, la idea me encendió todavía más, y aceleré el ritmo sin poder contenerme.
Mi respiración se volvió corta, entrecortada. Sentía el sudor en la nuca y la tela del asiento pegada a la mejilla. Cada vez que los dedos entraban hasta el fondo, una corriente me atravesaba desde el vientre hasta las rodillas y tenía que apretar los dientes para no hacer ruido.
Tuve que morderme el antebrazo para tragarme los gemidos. El leve dolor de la mordida, las ganas contenidas de gemir en voz alta, el placer puro de mis dedos y la conciencia de estar masturbándome en un autobús lleno de desconocidos se mezclaron en una sola descarga.
Y exploté.
El orgasmo me recorrió de golpe, eléctrico, subiéndome desde el vientre hasta la nuca. Apreté las piernas con todas mis fuerzas y dejé la mano quieta, presionando, mientras sentía todo contraerse en oleadas que parecían no terminar nunca. Hundí la cara contra el respaldo del asiento para que nadie viera mi expresión.
Cuando la última sacudida se apagó, me quedé inmóvil, respirando despacio, con la frente perlada de sudor y una sonrisa que no podía borrar. Después de un rato saqué la mano con cuidado, me subí el cierre y abroché el botón del pantalón. Me senté de manera normal, como si nada hubiera pasado.
Decidí dejar el bolígrafo donde estaba. Se sentía demasiado bien ahí encajado y, sinceramente, no había ninguna necesidad de quitarlo todavía.
Miré por la ventanilla. Las luces dispersas se habían convertido en avenidas iluminadas y carteles conocidos. Ya estábamos entrando a mi ciudad, y yo llegaba a casa mucho más relajada de lo que jamás habría imaginado al subir a ese autobús.