La webcam de aquella noche despertó mi lado sumiso
Hay deseos que una arrastra desde siempre, sin saber muy bien de dónde salieron. Nadie me enseñó nada de esto. Crecí en una casa silenciosa, sin escenas, sin pistas, y aun así, desde muy joven, supe que el sexo me llamaba de un modo que no me atrevía a contarle a nadie.
Me llamo Mariela, aunque casi todos me dicen Mari. Tengo treinta y pocos años, la piel muy blanca y un cuerpo de pera que aprendí a querer con el tiempo: caderas anchas, muslos llenos, las nalgas grandes y unos pechos medianos de pezones color durazno. En la calle soy seria, casi cortante. Pero cuando cierro la puerta de mi cuarto, se despierta otra mujer.
Hoy tengo una hija y una vida ordenada. Sin embargo, antes de todo esto, viví una noche —en realidad, una sucesión de noches— frente a una cámara que todavía me da vueltas en la cabeza cuando estoy sola. Lo escribo ahora, años después, y siento el mismo cosquilleo en el bajo vientre que sentí entonces.
Durante mucho tiempo me avergoncé de esto. Pensaba que había algo roto en mí, que ninguna mujer normal podía desear que la trataran así. Me llevó años entender que no estaba rota; que mi placer simplemente tenía una forma distinta, una que vivía en la sumisión, en la entrega total, en dejar que otro decidiera por mí durante un rato. Y aquella pantalla fue el lugar donde lo descubrí.
***
Empezó por aburrimiento, o por curiosidad, da igual. Entré a una de esas páginas donde se podía chatear con desconocidos sobre sexo. Llevaba varios días entrando y saliendo, frustrada, porque ninguno entendía lo que yo buscaba. La mayoría quería frases hechas, dos líneas y al grano. Mandaban fotos sin que se las pidiera, escribían con faltas y prisa, y desaparecían apenas notaban que yo no seguía el libreto. Yo quería otra cosa, aunque ni yo misma sabía nombrarla todavía.
Esa noche apareció un hombre. Se hacía llamar Damián. No fue directo ni pesado: preguntó cómo estaba, de dónde era, qué estudiaba. Me hizo sentir cómoda en la charla, y eso, en aquel lugar, era rarísimo. Hablamos de cosas banales un buen rato. Le pasé mi correo. Y cuando ya había bajado la guardia, lo soltó:
—¿Querés tener sexo conmigo por la cámara?
Me quedé mirando la pantalla. El corazón me golpeaba. Le respondí que sí, pero con una condición.
—Tenés que hablarme mal —escribí, y me temblaban las manos sobre el teclado—. Tratame como a una cualquiera. Insultame. Eso es lo que me prende.
No sé de dónde saqué el valor para confesarlo así, tan crudo. Quería sentirme deseada hasta la humillación. Quería que sus palabras me ensuciaran. Hubo un silencio largo del otro lado, y por un segundo pensé que lo había espantado.
—Me gusta —contestó—. Decime qué tenés puesto bajo la remera del pijama.
—Nada —escribí.
—Dejame verte.
Y así fue como un completo desconocido vio mis pechos por primera vez. Me pidió que me chupara un dedo y que me los tocara despacio. Mi respiración ya estaba descontrolada. Después me ordenó que me parara y le mostrara todo el cuerpo. Me levanté de la silla y me desnudé lentamente frente a la cámara, sintiendo cómo el aire me erizaba la piel.
—Acostate —tecleó—. Abrí las piernas. Pasate los dedos por la concha. Despacio.
Obedecí. Me masturbé mirando la lucecita de la cámara, imaginando sus ojos detrás. Temblaba. El cuerpo se me encendió de una forma que no conocía. En un momento, el placer fue tanto que tuve miedo de gritar y despertar a media casa, así que agarré un trapo de la cómoda y me lo metí entre los dientes. Mordía la tela mientras todo me estallaba por dentro. Cuando terminé, tenía la cara roja y ardiente, y un calor en el pecho que nunca había experimentado.
***
No quedó en esa noche. Empezamos a citarnos. Cada vez que mi casa quedaba en silencio, yo encendía la laptop y él estaba ahí, esperando, como si supiera de antemano la hora exacta en que me derrumbaba la voluntad. Me pedía que comprara ropa: tangas, un baby doll, medias de red, un par de tacones que solo usaba para él. Y noche tras noche, el juego se volvía más intenso, más sucio, más mío.
Lo curioso es cómo cambiaba mi día entero en función de esas madrugadas. Pasaba la jornada con la cabeza en otro lado, contando las horas, eligiendo en silencio qué me iba a poner. En la oficina respondía con monosílabos y la gente me creía de mal humor. No sabían que por dentro yo era un manojo de nervios y anticipación, que apenas podía concentrarme imaginando lo que él me ordenaría hacer esa noche. Esa doble vida me resultaba embriagadora.
Una de esas madrugadas me ordenó que me pusiera el baby doll negro y que me soltara el pelo. Después me mandó un video: unas mujeres de cuerpos exuberantes moviendo las caderas, sacudiendo el culo de una forma exagerada, casi obscena.
—Quiero que me bailes así —escribió.
Sin pensarlo, obedecí. Puse música y empecé a moverme frente a la pantalla. Estaba excitada solo de saber que él me miraba; ese morbo me llenaba entera y me ponía húmeda. Me sentía como poseída. Me restregaba contra la pared fría del cuarto, buscando el roce áspero contra los labios, jugando con el contraste entre la dureza del muro y mi piel encendida.
—Pará —tecleó de golpe—. Ahora desnudate bailando.
Me cambió la canción. Me fui sacando la ropa al ritmo, y cuando quedé completamente desnuda, me pidió que siguiera. Yo ya chorreaba; sentía el líquido tibio resbalarme por dentro de los muslos.
—Poné la laptop en el piso —ordenó—. Bailame con las piernas abiertas. Quiero verte todo.
Lo hice. Le escribí que estaba lista. Su respuesta llegó seca y precisa:
—Bien, zorra. Parate, tirate en la cama. Tocate las tetas. Escupite.
Cada orden me golpeaba como una caricia brutal. Me abrí de piernas, me di vuelta y le ofrecí las nalgas directo a la cámara. Entonces me pidió que chupara un vasito de tequila imaginando que era él. Me lo metí en la boca despacio, mirando la lente.
—Ahora metételo en la concha —dijo.
Y yo sentía que de verdad era él quien me penetraba. El placer me arrancaba gemidos que apenas podía contener. Mientras lo movía dentro de mí, giré la cabeza hacia el chat.
—Prendé el micrófono —escribió.
Lo prendí. Y con el culo en alto, frente a la pantalla, empezó a llenarme los oídos de insultos. Me decía cosas que no voy a repetir, palabras crudas, sucias, perfectas. Estuve un buen rato así, escuchándolo, sintiéndome la mujer más deseada y la más perdida del mundo, sola en la oscuridad de mi cuarto, gozando con cada cosa horrible y deliciosa que salía de su boca.
—Antes de que te vengas —me ordenó—, sacátelo, date vuelta y sentate. Y metételo de nuevo, despacio, enterrándotelo.
No saben el placer que sentí. Terminé temblando, sudada de pies a cabeza, con las piernas que no me respondían. No me podía ni levantar de la cama. Me quedé ahí, tirada, con el corazón a mil y una sonrisa estúpida en la cara, escuchando mi propia respiración ir bajando de a poco.
Del otro lado, Damián se quedaba en silencio un rato y después escribía algo suave, casi tierno, que contrastaba con todo lo anterior. «Buena chica», ponía, y esas dos palabras me reconfortaban más de lo que estaba dispuesta a admitir. Me dormía con la laptop todavía abierta, con la imagen de la cámara apuntando al techo, y al día siguiente me despertaba con la sensación de haber vivido algo secreto y enorme.
***
Todas las noches fueron parecidas a esa. Cada una con un guion nuevo, cada una empujándome un poco más lejos de la mujer seria que el resto del mundo creía conocer. Damián nunca me vio la cara con claridad; yo cuidaba ese detalle por instinto. Era un desconocido absoluto, y justamente por eso podía ser, frente a él, todo lo que no me atrevía a ser frente a nadie más.
Lo pienso ahora y me cuesta reconocerme en aquella chica encerrada en su cuarto, mordiendo un trapo para no gritar. Y, sin embargo, sé que sigue ahí, agazapada, despertándose cada vez que la casa queda en silencio.
Hubo noches en que el juego fue más allá de las palabras. Damián me ponía retos: pasar el día entero sin ropa interior y contárselo, dejarle mensajes de voz describiendo lo que sentía, escribirle en pleno trabajo lo mojada que estaba pensando en él. Yo cumplía cada cosa con una devoción que me sorprendía a mí misma. Nunca antes me había entregado así a nadie, y nunca después volví a hacerlo con esa intensidad. Era una obediencia que me liberaba en lugar de atarme, una paradoja que tardé años en comprender.
A veces me pregunto si él entendía lo que significaba para mí, o si yo era apenas una entre varias del otro lado de su pantalla. Prefiero no saberlo. En mi memoria, esas madrugadas me pertenecen solo a mí: el calor del cuarto, el zumbido de la laptop, la tela entre los dientes y esa voz ordenándome cosas en la oscuridad.
El juego terminó cuando empezó a insistir en que nos viéramos en persona. Quería una dirección, un encuentro, un cuerpo real. Y ahí algo en mí se cerró de golpe. El morbo vivía justamente en la distancia, en la pantalla, en no saber del todo quién era él ni que él supiera del todo quién era yo. La idea de cruzar esa línea me asustó tanto que dejé de escribirle. Cerré la sesión una noche y no volví a entrar.
Pasaron varios años. Hoy mi vida es otra, más tranquila, más llena. Pero a veces, cuando me quedo sola y la noche se vuelve larga, busco un trapo, apago la luz y dejo que aquella mujer vuelva a salir. Lo que pasó después de eso, en otra pantalla y con otro nombre, prometo contárselos pronto.