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Relatos Ardientes

La cámara que volvió a encenderme después de años

Hay deseos que uno cree haber enterrado y que solo estaban dormidos, esperando una rendija para volver. El mío llevaba años así, callado, escondido detrás de la rutina de ser esposa y madre. Pero bastó una casa vacía y una madrugada de insomnio para que despertara entero, con la misma fuerza de antes.

Tengo que retroceder un poco para que se entienda. Cuando era más joven y todavía no tenía a mi hija, conocí a un hombre por la cámara. Nunca lo vi en persona. Hablábamos de noche, cuando todos dormían, y él me enseñó cosas de mí misma que ni yo conocía. Lo que teníamos funcionaba justamente porque vivía detrás de una pantalla, lejos, imposible.

El problema empezó cuando quiso pasar de la pantalla a la piel. Me presionó para vernos, para tocarnos de verdad, y yo me asusté. No era miedo a él, era miedo a mí: a lo que sería capaz de hacer si lo tenía enfrente. Así que corté. Cerré la cuenta, lo borré, me casé y me convencí de que esa mujer había sido otra.

Los años se encargaron del resto. Mi marido es un buen hombre, pero cerrado, de los que repiten siempre la misma fórmula en la cama y se ofenden si propongo algo distinto. La relación se volvió cómoda y previsible, como un mueble que ya nadie mira. Yo me acostumbré, o eso creía.

***

Entonces él se fue. Un viaje de trabajo, casi un mes fuera de casa. Mi hija quedó al cuidado de mi madre unos días, y yo me encontré sola en una casa demasiado silenciosa, demasiado mía. La primera noche apenas lo noté. La segunda empecé a dar vueltas en la cama. La tercera ya no pude más.

Me levanté, abrí la computadora y recuperé el correo viejo, ese que llevaba años sin tocar. Estaba caliente, deseosa, con el cuerpo pidiéndome algo que mi marido no me daba desde hacía demasiado. Escribí un mensaje corto, sin esperar nada. Solo quería saber si él seguía del otro lado.

Pasaron días. Casi me había rendido cuando llegó la respuesta. Dos líneas, secas, pero suficientes para que el corazón me diera un vuelco. Quedamos a la una de la madrugada, cuando el edificio entero estuviera dormido y la ciudad fuera solo de nosotros dos.

Esperé esa hora como una adolescente. Me bañé, me perfumé, elegí la ropa con cuidado. No era la misma mujer de antes: a esta versión la había moldeado el tiempo, los embarazos, las noches sin tocarme. Me decidí por unas sandalias altísimas y nada más debajo de una bata fina.

Cuando la videollamada se abrió, lo primero que sentí fue un nudo en el estómago. Habían pasado ocho años. Pero su voz seguía igual, grave y tranquila, y supo desde el primer segundo cómo hablarme. Como si el tiempo no hubiera corrido, volví a ser para él esa mujer que solo existía de noche y frente a la cámara.

Lo extraño fue la naturalidad. No hubo torpeza, ni esos silencios incómodos de dos personas que se reencuentran. Él retomó el control igual que siempre, como si solo hubieran pasado unas horas y no casi una década. Yo, que durante el día decidía sobre la casa, sobre mi hija, sobre todo, frente a esa pantalla volvía a no decidir nada. Y descubrí cuánto había extrañado esa sensación de soltar el mando.

—Mírate —dijo despacio—. Te ves mejor que entonces.

Y le creí, porque quería creerle.

***

Puse música y empecé a bailar. Sabía que eso lo encendía, así que me moví lento, dejando que la bata se abriera de a poco. Le mostraba lo que él pedía, separaba las piernas para que viera cómo me ponía, cómo me mojaba con solo sentirme observada. Llevaba un mes sin que nadie me tocara y estaba a mil, desesperada por sentir algo.

De golpe corté la música. Él me miraba en silencio, y ese silencio me prendía más que cualquier palabra.

—Tu cuerpo de antes era de niña —dijo—. Este es de mujer. Caderas, pecho, todo. Eres una mujer entera ahora.

Siempre le gustaron mis caderas. Y mis pechos, que con los años se habían vuelto más llenos, lo enloquecían. Me pidió que me desnudara del todo, y ahí estaba yo, quitándome la última tela frente al único hombre que me cumplía las fantasías que ni me atrevía a nombrar en voz alta.

—Acuéstate —ordenó—. Sube las piernas. Ábrete y acerca la cámara.

Obedecí cada palabra. Llevé la computadora hasta quedar abierta del todo para él, y él empezó a recorrerme con la lengua al otro lado de la pantalla, lamiendo el aire como si fuera mi piel. Era absurdo y al mismo tiempo era lo más excitante que había vivido en años. Yo gemía de verdad, porque en mi cabeza esa lengua estaba sobre mí.

—Date vuelta —dijo después—. Enséñame todo y déjame que te recorra entera.

Me giré, levanté las caderas, le mostré lo que pedía. Así estuvimos casi veinte minutos, él guiándome con la voz y yo derritiéndome. Nunca había estado tan mojada.

***

Luego vino lo de los pies. Siempre tuvo esa debilidad. Me pidió que acercara la cámara a mis pies y se quedó largo rato lamiéndolos en el aire, despacio, dedo por dedo, mientras me describía con detalle todo lo que haría si los tuviera de verdad en su boca. Quince minutos así, y yo no entendía cómo algo tan simple podía tenerme temblando.

—Sube la cámara —murmuró—. A los pechos. Mójatelos.

Lo hice. Me pasé las manos húmedas por encima, los apreté, los ofrecí a la pantalla mientras él me decía exactamente cómo los quería. Estuvimos otro rato en ese juego, hasta que su voz cambió y supe lo que venía.

—Ya es hora —dijo—. Ahora sí.

Tomé el juguete que tenía guardado, ese que mi marido jamás supo que existía. Me lo metí mientras él miraba, y aullé. Llevaba un mes deseando exactamente esto. En cuestión de minutos ya me había corrido una vez, y seguí, gimiendo, respirando con una intensidad que me hacía temblar de pies a cabeza.

Cuando logré calmarme un poco, me pidió que volviera a bailar. Y mientras me movía, empezó a hablarme sucio, con esas palabras que de otra boca me habrían molestado y de la suya me prendían como nada.

—Eres mía esta noche —decía—. Mi zorra, mi puerca caderona. Te voy a partir en dos. Te voy a morder hasta dejarte marcada.

Cada frase era leña al fuego. Yo literalmente escurría entre las piernas, sin vergüenza, entregada del todo a ese hombre que me dominaba sin tocarme.

***

Y aquí viene la parte que me da pudor confesar. En la habitación tengo un oso de peluche enorme, ridículo, de esos que regalan en los parques de diversiones. Esa noche me trepé encima de él, desnuda, y me masturbé imaginando que era él quien me montaba. Frotándome contra el peluche, mordiéndome los labios, dejando que la fantasía hiciera el resto. Sé que suena absurdo. También sé que fue una de las mejores cosas que he sentido en mi vida.

Esa primera noche no fue la última. Nos vimos cada madrugada durante semanas. Él me comía con la voz y yo me dejaba, hacía todo lo que me pedía, descubría rincones de mí que llevaban años apagados. Volví a sentirme deseada, viva, peligrosa. Me miraba al espejo de día, con mi cara de madre y esposa, y nadie habría imaginado lo que esa misma mujer hacía a las dos de la mañana.

Cada noche inventábamos algo nuevo. Una vez me hizo esperarlo vestida y desvestirme tan despacio que tardé media hora en quedar desnuda. Otra me prohibió tocarme hasta que él lo dijera, y me tuvo al borde durante un rato eterno, suplicándole con la mirada a través de la cámara. Aprendí a disfrutar de la espera tanto como del final, algo que en mi cama de matrimonio jamás había conocido.

Durante el día funcionaba en automático. Llamaba a mi marido, le contaba cosas sin importancia, le preguntaba por su viaje con una voz tranquila que no me reconocía. Colgaba y volvía a contar las horas que faltaban para la madrugada. Vivía dos vidas y, por primera vez en mucho tiempo, las dos me parecían soportables solo porque existía la segunda.

***

El problema, claro, volvió a ser el mismo de hace ocho años. Después de varias noches empezó a insistir otra vez. Quería vernos en persona, sentirme de verdad, terminar de una vez lo que la pantalla solo insinuaba. Y yo volví a sentir ese vértigo en el estómago, esa mezcla de deseo y miedo que no sé cómo manejar.

Porque una parte de mí muere por ir. Por vivir de verdad todas esas noches, por dejar que esas manos hagan lo que la voz prometía. Y otra parte me frena, me recuerda que tengo una hija, un marido que vuelve pronto, una vida entera que podría derrumbarse en una sola madrugada.

Sigo tentada. Cada noche que paso despierta vuelvo a pensar en él, en su voz, en lo que sería tenerlo enfrente. No sé si tengo el valor o la cobardía suficiente para no hacerlo. Y por eso lo escribo aquí, a oscuras, todavía con el cuerpo encendido y la pregunta clavada: ¿qué harían ustedes en mi lugar?

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Comentarios (5)

NenaConfesora

que relato tan lindo, me llegó de verdad. Seguí escribiendo así!

GaboAres22

y despues?? necesito una segunda parte, no puedo quedarme con esto solo jaja

Isadora_C

se nota que lo viviste. se siente real sin ser exagerado, eso es lo que mas me gusta de este tipo de relatos

Marito_Cba

me hizo acordar a algo que yo tambien tuve guardado mucho tiempo... bueno que lo contás

Roxana_Salta

¿hay continuacion? quede con mucha expectativa, espero que si!!

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