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Relatos Ardientes

El insomnio me devuelve a su cuerpo cada noche

Noche de martes. El peor día de la semana, el que arrastra todo el cansancio del lunes sin la esperanza del fin de semana todavía a la vista. La rutina recién empieza, las preocupaciones se acumulan y a mí eso me deja el cuerpo agotado y la cabeza encendida. Cuando se juntan las dos cosas, no hay forma de dormir.

Llevo media hora mirando videos en el teléfono. Algo me relaja un poco, lo justo para soltar los hombros, pero el sueño no llega. Son más de las doce y mañana tengo que madrugar. ¿Qué demonios me va a hacer dormir esta vez?

Ya conté ovejas, leí treinta páginas de un libro que ni recuerdo, me di una ducha tibia y cené algo ligero. Nada funcionó. Soy un hombre solo. Me llamo Mateo, tengo treinta y un años y hace ocho meses que firmé el divorcio.

Cuando todavía la tenía a ella y me agarraba el insomnio, había una sola cura: la despertaba a besos y nos quedábamos dormidos los dos, vaciados, pegados de sudor. En noches como esta la extraño con una rabia que me da vergüenza. Extraño esas caderas anchas, los pechos firmes que me cabían justos en las manos, ese culo redondo y duro que se movía solo cuando caminaba.

Es una contradicción que no termino de entender. La odio por lo que hizo, por cómo me dejó, por la manera en que rompió todo lo que habíamos construido. Y aun así, cuando el cuarto se queda en silencio y la cama se siente demasiado grande, es a ella a quien busco en mi cabeza. No a una mujer cualquiera, no a alguna desconocida de internet. A ella. Siempre a ella.

No puedo creer que pensar en ella todavía me la ponga dura. Si no hubiera sido la mujer que resultó ser, ahora mismo la tendría aquí, de rodillas, terminando lo que empezó. Mamaba como nadie. Cogía como si lo hubiera estudiado años.

Me bajo el pantalón sin pensarlo mucho. La mano se mueve sola, despacio al principio, mientras la imagen de ella encima de mí se va aclarando en la oscuridad del cuarto. Qué rico movías eso, mamita. Esta me la voy a jalar pensando en vos.

***

Me acuerdo de la primera vez que te tuve. Éramos unos pibes calientes y tus padres no te dejaban salir ni a la esquina. Lo único que te permitían era pararte frente a tu casa, en ese pórtico angosto, al lado de la garrafa y el tanque de gas que tenían arrumbados contra la pared.

Llevábamos meses de novios y todo se quedaba en besos y manos por encima de la ropa. Pero esa noche algo se rompió. Me metiste la mano dentro del pantalón mientras me besabas el cuello, y supe que ya no eras la nena tímida que tus viejos creían cuidar. Traías un vestido suelto, hasta la rodilla, fácil de levantar. Sabían que estabas ahí afuera, pero no salían.

Después de tanto tocarnos, yo ya no aguantaba. Te metí la mano por debajo del vestido y te encontré empapada, ardiendo, lista. Vos seguías besándome como si nada, como si tus padres no estuvieran a diez metros del otro lado de la puerta.

Te subí sin preguntar a un lavarropas viejo que tenían afuera, oxidado, que crujió bajo tu peso. Te abrí las piernas y entré de una sola vez. Vos mordiste mi hombro para no gritar.

Te lo daba despacio, muy despacio, porque cualquier ruido nos delataba. Si alguien pasaba por la vereda parecía que te tenía abrazada, consolándote de algo. Nadie habría imaginado lo que pasaba entre nosotros, lo lento y profundo que te lo estaba metiendo contra esa pared.

Sentía cada parte de vos. El temblor de tus piernas apretándome la cintura, la humedad corriéndote por dentro del muslo, las uñas clavándose en mi espalda cada vez que entraba hasta el fondo. Tenías los ojos cerrados y la boca entreabierta, y yo te miraba sabiendo que esa cara era solo mía, que nadie más en el mundo te veía así.

El metal frío del lavarropas contra tus muslos, el calor de tu cuerpo, el olor a gas de la garrafa y el de tu perfume barato mezclándose en el aire de la noche. Todavía puedo oler esa combinación cuando cierro los ojos. Todavía me vuelve loco.

Abro los ojos un segundo. El techo, la oscuridad, el ventilador girando despacio. La mano no para. Cómo me calienta acordarme, perra. Cómo me gustabas.

***

Aquella noche, contra el lavarropas, tu respiración se fue haciendo más fuerte y yo me apuré. No me importó nada. Me vine adentro tuyo apretándote la boca con la mano para que no se escuchara, pero igual se te escapó un grito justo cuando terminé.

Yo ya estaba lejos, caminando rápido por la vereda, antes de que tus padres salieran. Pareció un grito de dolor, eso pensaron. Los oí preguntar qué había pasado y te oí mentir con una naturalidad que entonces me pareció graciosa: que te habías golpeado con una esquina.

Mentirosa desde el primer día. Igual que la última vez, cuando entré a mi propia casa y te encontré donde nunca debí encontrarte.

Me detengo un instante, con la respiración pesada. La rabia y las ganas se me mezclan en el pecho hasta que no sé cuál de las dos me está moviendo la mano. Me das tanta bronca y todavía te deseo. Todavía me encantás, maldita. Qué rico sería tenerte aquí ahora y clavártela como te gustaba.

***

Ese día yo estaba en el trabajo y me sentí mal al mediodía. Pedí permiso y me fui temprano. Pasé por la florería de la esquina y compré un ramo, de esos grandes, porque quería sorprenderte. Mi mujer hermosa, mi mujer caliente, llegaría a casa y la encontraría con flores.

Subí las escaleras del edificio pensando en cómo te iba a coger esa tarde. Pero antes de llegar a la puerta ya escuchaba algo. Tus gemidos. Los reconocía de memoria, los mismos que me dedicabas a mí, sonando hasta el pasillo.

Y un hombre jadeando, repitiendo tu nombre como una plegaria sucia.

—Así, Renata... así, seguí, no pares...

Empujé la puerta de una patada y te vi montada encima de él. Tu amigo. El que traías siempre a casa, el que decías que era inofensivo, el que se reía conmigo mientras tomábamos cerveza los tres. Estabas arriba de él, moviéndote igual que te movías para mí.

No lo pude creer. Solté las flores en la puerta y sentí que se me nublaba todo. Lo agarré a él de un brazo, lo levanté, los empujé a los dos al pasillo sin ropa, sin dejarlos hablar. Nunca pensé que iba a extrañarte después de eso. Nunca pensé que el daño se podía sentir tanto en el cuerpo.

Esa misma cama que ahora tengo vacía fue donde te encontré con él. Tardé semanas en poder dormir ahí de nuevo. Y cuando por fin lo logré, fue pensando en vos, jalándomela como un idiota, odiándote y deseándote en la misma respiración. Así arranqué esta costumbre que todavía no puedo dejar.

***

Vuelvo al cuarto, al presente, a la cama vacía que sigue oliendo a mí y a nadie más. La mano se mueve rápido ahora, sin ritmo, con esa mezcla de furia y deseo que solo vos sabés provocarme aunque ya no estés.

Por todo lo que me hiciste y por todo lo que me hacés extrañar, esta noche te la dedico a vos. A tu honor de mentirosa. A esas caderas, a esa boca, a todo lo que tiré a la calle aquella tarde.

Aprieto los dientes. El cuerpo entero se me tensa. Pienso en la primera vez contra el lavarropas y en la última vez contra el suelo del pasillo, y de algún modo enfermo las dos imágenes se vuelven una sola. Tomá, mami... es tuya... todavía es tuya...

Termino con un gemido ahogado contra la almohada, igual que ella ahogaba los suyos para que nadie escuchara. Por un segundo el cuarto queda en silencio total, solo el ventilador, solo mi respiración volviendo a su lugar.

Estiro la mano hacia la mesa de luz y agarro un par de pañuelos. Me limpio sin ceremonia. A la basura, como el papel con el que acabo de limpiarte de mi cuerpo otra vez.

Arrojo el bollo al tacho que está al lado de la cama. Me subo el pantalón, me doy vuelta hacia la pared y cierro los ojos. La rabia ya se fue, las ganas también, y por fin queda solo el cansancio, ese que tanto buscaba.

Mañana voy a madrugar agotado y de mal humor, como casi todos los días. Pero al menos esta noche, gracias a su recuerdo y a mi propia mano, voy a poder dormir. Es lo único que ella todavía me da. Y, aunque me cueste admitirlo, lo sigo aceptando.

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Comentarios (5)

Marcos_77

Tremendo. Me llego directo al alma, pocas veces un relato me deja pensando así.

NocheLibre55

Por favor una segunda parte, quede con muchísimas ganas de saber cómo sigue. Muy bien narrado.

LectorNocturno

Me recordo a una situacion que yo pase hace dos años, exactamente igual. Esas noches que no podes dormir y la cabeza no para... lo describis perfecto.

Valentina_Sur

Muy bien escrito, se siente autentico. Sigue así!

SinNombre77

increible como te mete en la historia tan rapido... excelente

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