Lo que hice en el cine que nadie debió ver
Hace tiempo que no me animaba a contar esto, pero hay recuerdos que vuelven solos, sobre todo los que todavía me ponen la piel caliente. Yo no siempre fui así. Durante años fui la chica que se cambiaba con la luz apagada, la que cruzaba los brazos sobre el pecho en la playa, la que se moría de vergüenza si una blusa quedaba un poco transparente.
Todo eso cambió con Mateo.
Él descubrió algo en mí que yo ni sabía que tenía. Una noche, casi de broma, me pidió que saliéramos sin que yo me pusiera nada debajo del vestido. Me reí, le dije que estaba loco. Pero esa misma noche, mientras caminábamos por la calle sintiendo el aire donde nadie debería sentirlo, entendí que el miedo y las ganas eran la misma cosa. Desde entonces, salir con él era un juego, y cada vez subíamos la apuesta.
El cine se convirtió en nuestro lugar favorito.
***
Esa tarde fuimos a los cines de un centro comercial grande, de esos que tienen veinte salas y siempre están llenos de familias. Antes de entrar pasamos a comer a un restaurante que estaba justo en la entrada de la plaza. Yo llevaba una minifalda de rayas blancas y naranjas, cortísima, y una blusa blanca finita. Nada más. Sin sostén, con solo una tanga diminuta que apenas cubría lo necesario.
Nos sentamos en un rincón apartado, yo pegada a la pared para que nadie viera demasiado. Mateo no me quitaba los ojos de encima. A media comida se inclinó y me habló bajito, casi al oído.
—Ve al baño —me dijo—. Quiero verte caminar de vuelta. Quiero ver cómo se te mueven los pechos.
Sentí esa corriente que ya conocía bien, la que me sube por la espalda y me deja sin argumentos. Me levanté y pasé por encima de él para salir del cubículo. Mientras lo hacía, su mano subió por mi muslo como sin querer, comprobó que la tanga seguía ahí y volvió a hablarme en voz baja.
—Quítatela —murmuró.
No discutí.
Caminé hacia el baño sintiendo cómo la tela fina de la blusa se movía con cada paso. En el camino me crucé con un hombre de unos cuarenta años, atractivo, sentado con su mujer y dos hijas. No fui yo la que lo miró; fue él el que no pudo dejar de mirarme. Sus ojos bajaron directo a mi pecho, donde la blusa blanca dejaba adivinar todo lo que no llevaba debajo. Sentí que las mejillas me ardían, pero no de vergüenza. De otra cosa.
En el baño me quité la tanga y la guardé en el puño. Me miré en el espejo un segundo. Los pezones se marcaban contra la tela como si la blusa no existiera. No puedo creer que vaya a salir así. Pero salí.
Al volver a la mesa, Mateo tenía esa sonrisa que yo ya sabía leer. Disfrutaba cada centímetro de mí rebotando bajo la blusa. Cuando pasé otra vez al lado de la mesa de aquel hombre, abrí el puño y dejé caer la tanga al suelo, justo a su lado. No me agaché a recogerla. Seguí caminando.
Más tarde la busqué con la mirada y ya no estaba. Nunca supe si la levantó él o si simplemente la barrieron. Me gusta pensar que se la llevó.
Cuando volví a sentarme, Mateo me tomó de la nuca y me acercó a su cara.
—¿Lo viste mirarte? —preguntó.
—Lo vi —admití.
—¿Y te gustó?
No le respondí con palabras. Bastó con la forma en que respiraba, con cómo apretaba los muslos uno contra otro debajo de la mesa. Él sonrió, satisfecho, y siguió comiendo como si nada, mientras yo me preguntaba en qué momento me había convertido en esta mujer que disfrutaba siendo el secreto de un extraño en un restaurante lleno de gente.
***
Terminamos de comer y fuimos al estacionamiento. Mateo siempre dejaba el auto en el mismo nivel, en una zona donde, aunque estuviera bajo techo, entraba el sol de la tarde por los costados. Estacionó, apagó el motor y se giró hacia mí.
Lo que vino después ya era parte de nuestro ritual. Sus manos, su boca, los dedos que sabían exactamente dónde tocar. Para cuando me dijo que bajáramos, yo ya temblaba y tenía los muslos húmedos. Me bajé del auto con las piernas todavía flojas, me acomodé la falda como pude y, al levantar la vista, lo vi.
Un guardia de seguridad, parado a unos metros, lo había visto todo. No apartó la mirada. Yo tampoco.
No le dije nada a Mateo. Me guardé ese detalle para mí, como un secreto que me hacía sentir aún más expuesta. Y esa sensación, la de saber que un desconocido había mirado, me encendió de una manera que no esperaba.
El sol entraba de costado y caía justo sobre mis piernas mientras caminábamos hacia la entrada. Yo sabía que cualquiera que pasara en un auto podía ver más de lo que debía, y en lugar de apurar el paso, lo hice más lento. Mateo se dio cuenta y me apretó la mano. No hizo falta que dijera nada. Los dos sabíamos que yo ya no era la chica que se escondía.
Entramos al centro comercial por la zona de tiendas para llegar a los cines. Yo caminaba sintiendo el rastro de lo que me había pasado en el auto, esa humedad que me corría por dentro de los muslos. Le dije a Mateo que necesitaba pasar al baño un momento.
—Compra las entradas —le pedí—. Ya te alcanzo.
Me limpié un poco, me acomodé. Antes de salir me miré otra vez en el espejo y me sorprendió, de nuevo, lo mucho que se transparentaba todo. La blusa no escondía absolutamente nada. Cualquiera que se fijara, vería. Y yo quiero que se fijen. Esa idea, que meses atrás me habría dado pánico, ahora me hacía sonreír.
***
La sala estaba a media luz cuando entramos. Encontramos nuestros lugares y, como siempre, Mateo levantó el apoyabrazos que nos separaba para que yo pudiera recostarme contra él. Me abrazó, y su mano encontró enseguida el camino dentro de mi blusa. No le importaba quién estuviera al lado. Nunca le importaba. Esa indiferencia suya era parte de lo que me volvía loca.
A mi otro lado había una pareja joven, un chico con su novia. Yo me fui acomodando en el asiento, deslizándome hacia abajo, y la falda fue subiendo sin que yo hiciera nada por bajarla. En la oscuridad casi no se distinguía nada, pero el cine es así: cada tanto la pantalla estalla en luz, una escena de día, una explosión, un cielo abierto, y por un instante todo se ilumina.
En uno de esos instantes lo sentí. El chico de al lado giró apenas la cabeza. La pantalla se llenó de luz justo en ese momento, y supe que vio. Vio mi falda subida, vio que no llevaba nada debajo, vio todo lo que yo había dejado a la vista a propósito. Sin querer lo rocé un par de veces con la rodilla al acomodarme, y cada roce era una excusa para no bajarme la falda.
Mientras tanto, la mano de Mateo seguía trabajando dentro de mi blusa, jugando con mis pezones, y yo tenía que apretar los dientes para no hacer ruido. La tensión de quedarme en silencio mientras me deshacía por dentro era casi insoportable. Cada vez que la sala se iluminaba, yo pensaba en la mirada de aquel chico, en lo que estaría imaginando, en lo que su novia no sospechaba que pasaba a un par de butacas de distancia.
No sé cuántas veces llegué esa noche. Perdí la cuenta. Solo sé que dejé el asiento mojado y que tuve que morderme el labio una y otra vez para no gritar en medio de una sala llena de gente. Cada oleada era más fuerte que la anterior, alimentada por la oscuridad, por las manos de Mateo y por la certeza de que alguien me estaba mirando.
Cuando se encendieron las luces al final de la película, me bajé la falda con calma, como si nada. El chico recogió sus cosas sin mirarme directamente, pero alcancé a ver que tragaba saliva. Su novia le hablaba de la película. Él asentía sin escuchar.
***
Salimos al estacionamiento tomados de la mano, y Mateo me preguntó qué me había parecido la película. Me reí, porque no recordaba ni una sola escena que no fuera la luz iluminando mi propio cuerpo.
De aquella tarde han pasado años, y todavía la recuerdo con el mismo morbo del primer día. Pienso en el hombre del restaurante que quizás guardó mi tanga, en el guardia que me vio bajar del auto temblando, en el chico de la sala que se llevó a casa una imagen que jamás podrá contarle a nadie.
Me gusta imaginar que, cuando menos lo esperan, alguno de ellos se acuerda de mí. De la chica de la blusa transparente, de la falda que subía sola en la oscuridad. De la mujer que dejó de esconderse y descubrió que su mayor fantasía era, simplemente, ser vista.
Y si alguno de ellos llega a leer esto algún día, espero que me reconozca. Y que sonría.