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Relatos Ardientes

Me dejé masturbar en la fila del cine

Esa noche habíamos quedado en cenar en el centro comercial Miramonte, el grande, el que tiene los cines al fondo del tercer piso. Yo me había arreglado con algo que sabía que iba a volver loco a Mateo: una minifalda blanca de tela finita, de esas que parecen de tenista pero más livianas, y una blusa cruzada del mismo color, también delgada, sin sostén debajo. La única ropa interior que llevaba era una tanga de hilo, diminuta, con estampado de leopardo.

La cena fue lo de siempre. Comimos despacio, nos reímos de cosas tontas, él me acariciaba la rodilla por debajo de la mesa cada vez que la conversación se ponía aburrida. Después caminamos un rato por los pasillos, mirando vitrinas que no íbamos a comprar, dándonos besos cortos en cada esquina sin gente.

—¿Vemos una película? —me dijo, señalando la cartelera iluminada.

—La que tú quieras —contesté.

Compró dos boletos para la última función. Faltaba un rato para que abrieran la sala, así que nos metimos por ese pasillo lateral que tienen los cines, el oscuro, el que casi nadie usa. Hay unas bancas pegadas a la pared y una luz tenue al fondo que apenas alcanza a llegar. Nos sentamos ahí, pegados, y empezamos a besarnos en serio.

Mateo metió la mano por debajo de la falda y me buscó por encima de la tela de la tanga. Yo sentía el calor subiéndome, pero algo me hizo cerrar las piernas.

—Aquí no —le dije, sin saber muy bien por qué.

Se echó hacia atrás con cara de fastidio, como un niño al que le quitan el juguete. Te vas a arrepentir de haber dicho que no, pensé. Y entonces se me ocurrió la idea.

***

—Voy al baño un segundo —le dije, y me levanté antes de que pudiera contestar.

Caminé hasta el otro extremo, donde están los baños y el mostrador de las palomitas. Me encerré en el cubículo y, en lugar de hacer lo que se supone que iba a hacer, me bajé la tanga de leopardo hasta los tobillos y la saqué con cuidado. La doblé, la enrollé y me la amarré en el pelo, como si fuera una liga, hasta dejarme un chongo flojo a un costado de la cabeza. Me miré en el espejo: la falda blanca, las piernas desnudas hasta arriba, y esa tela diminuta convertida en adorno. Me reí sola. El corazón me latía rápido y ya sentía la humedad empezando entre las piernas, solo de pensar en lo que estaba a punto de hacer.

Salí del baño caminando despacio, buscándolo con la mirada. Lo encontré de espaldas, parado frente a unos pósters de los próximos estrenos, con las manos en los bolsillos. Me acerqué por detrás, contoneándome, lenta, como una gata que tantea antes de saltar.

Fue al acercarme cuando los vi. En el suelo, recargados contra la pared bajo los carteles, había tres chicos sentados, más jóvenes que yo, esperando vaya a saber qué. Yo tenía veintidós años entonces; ellos no llegaban a los veinte. Uno en especial me llamó la atención: pelo despeinado, una sonrisa floja, ojos que se levantaron justo cuando yo pasaba. Y al estar ellos sentados tan abajo, cualquiera que mirara hacia arriba, hacia mí, iba a darse cuenta de que debajo de esa falda blanca no había absolutamente nada.

Mateo volteó y me hizo una seña con la mano.

—Ven —me dijo.

Tragué saliva. Podía haber caminado derecho, con las piernas juntas, como una chica decente. En vez de eso bajé la vista hacia el chico de la sonrisa floja, que ya me miraba con los ojos muy abiertos, fijos en el borde de mi falda. Y di un paso más, separando apenas las piernas, lo suficiente.

Vi cómo se le cortaba la respiración. Vi cómo le dio un codazo discreto al de al lado sin dejar de mirar. Y sentí algo caliente y eléctrico recorrerme entera, desde la nuca hasta los muslos, al saberme observada así, completamente expuesta y haciéndolo a propósito.

***

Llegué hasta Mateo y él me abrazó por la cintura.

—¿No tienes calor? —me preguntó, y sin esperar respuesta empezó a quitarme el suéter ligero que llevaba sobre los hombros.

Quedé solo con la blusa cruzada, esa de tela tan fina que con la luz del techo se transparentaba todo. Sentí el aire fresco sobre los pezones, que se me endurecieron al instante y se marcaron contra la tela. Mateo me miró el pecho y después la cara, y supe que se había dado cuenta de algo.

Seguimos caminando del brazo, fingiendo que mirábamos los pósters. Su mano bajó por mi espalda hasta las nalgas y se detuvo de golpe.

—¿Y tu tanga? —murmuró cerca de mi oído.

Le señalé el chongo con un dedo, sin decir nada. Vi cómo entendía. La cara se le transformó en una mezcla de sorpresa y deseo que no le había visto nunca.

—O sea que los de allá —dijo, mirando de reojo a los chicos del suelo—, los que están sentados, te vieron sin nada.

—No creo —contesté, haciéndome la inocente—. Está oscuro.

—Ahí donde están, no está oscuro —dijo él.

No respondí. No hacía falta. Solo sentí cómo se me escurría el líquido por la cara interna del muslo de solo confirmarlo en voz alta: varios hombres me habían visto, completamente desnuda bajo la falda, y yo lo había permitido. Lo había buscado.

***

—Vamos a formarnos —dijo Mateo—. Ya no falta.

La fila para entrar a la sala se había hecho larga, como de diez personas, parejas en su mayoría, algún grupo de amigos. Mateo se puso delante de mí, dándome la espalda, de modo que su cuerpo me tapaba de los que estaban adelante. Yo me pegué a él, abrazándolo por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro.

Y entonces sentí su mano. Bajó por detrás, por debajo del borde de la falda, y me encontró ya empapada. No le costó nada. Me pasó dos dedos despacio, de abajo hacia arriba, y yo apreté los labios para no hacer ruido.

—Estás chorreando —susurró sin voltear.

No pude contestar. Metió un dedo, después otro. Estaba tan mojada que entraban sin esfuerzo, y a los pocos segundos eran tres, moviéndose con una lentitud que me volvía loca. Yo lo abrazaba fuerte, escondiendo la cara en su espalda, mientras en plena fila, rodeada de gente, él me hundía la mano debajo de la minifalda.

La tela blanca se me iba levantando por delante con cada movimiento. Cualquiera que mirara con atención se daría cuenta. Y en lugar de cerrarme, en lugar de pararlo, hice lo contrario: separé un poco más las piernas, le di más espacio, me ofrecí.

***

Me eché ligeramente hacia atrás, buscando con las nalgas el cuerpo del que estuviera formado detrás de mí. Quería sentirlo, quería rozar a un desconocido sin que se notara, sumar a alguien más a esto sin que lo supiera del todo. Pero por más que me estiré no alcancé a tocar a nadie; había dejado un hueco prudente.

Volteé apenas la cabeza, de reojo, y casi me da algo. La fila se había duplicado. Detrás de nosotros se habían acomodado varios hombres solos, algunos con la mirada clavada en mí, otros disimulando con una sonrisa de lado. Y ahí estaba yo: de pie, con una minifalda blanca y nada debajo, las piernas abiertas, la mano de mi novio entrando y saliendo de mí, escurriendo por los muslos, mientras a mi alrededor todos fingían mirar la pared.

Reconocí entre ellos al chico de la sonrisa floja. Ya no estaba en el suelo. Se había levantado y se había puesto en la fila, unos lugares atrás, solo para seguir mirando. Nuestras miradas se cruzaron un segundo. Él no apartó la suya. Yo tampoco.

Mateo me curveó los dedos por dentro y dejé escapar un suspiro que tuve que disfrazar de bostezo. Iba bien servida, como decimos, al borde de algo que no me iba a permitir terminar todavía. No ahí. No tan pronto.

***

Empezaron a abrir la sala y la fila avanzó. Mateo sacó la mano justo a tiempo, se la limpió con disimulo en el pantalón y me tomó de la cintura como si nada hubiera pasado. Entramos, le dimos los boletos a la chica de la entrada, y subimos por las escaleras hacia las butacas.

Fue ahí cuando me di cuenta de que la cosa no terminaba. Alguien debió de vernos en la fila, porque en cuanto entramos noté que nadie más se sentaba lejos. Mateo eligió un par de butacas en una hilera de en medio, y de inmediato varios hombres se acomodaron cerca: uno en la fila de atrás, dos en la de adelante, otros desperdigados a los costados del pasillo. Sonrisas discretas en la penumbra. Alguna novia mirando con cara de pocos amigos a su acompañante distraído.

Se apagaron las luces. Empezaron los avances. Yo me acomodé en la butaca y, sin pensarlo demasiado, hice exactamente lo que había hecho toda la noche: subí un pie al borde del asiento, dejé caer la rodilla hacia afuera y me quedé así, con las piernas abiertas, la falda apenas cubriendo nada, sintiendo cómo la pantalla iluminaba a ratos mi piel desnuda con destellos blancos y azules.

Mateo deslizó la mano por mi muslo en cuanto comenzó la película. No la retiró en las dos horas siguientes. Me acariciaba despacio, me calentaba, me dejaba a medias y volvía a empezar, jugando conmigo como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y yo, mientras tanto, miraba la pantalla sin ver nada, consciente en cada momento de las siluetas a mi alrededor, de las respiraciones contenidas, de los ojos que de vez en cuando se desviaban del cine hacia mí.

No recuerdo de qué trató la película. Recuerdo el aire frío sobre la piel, la mano de Mateo, y la certeza extraña y embriagadora de ser, durante esas dos horas, el verdadero espectáculo de la sala.

***

Cuando salimos, ya de madrugada, me solté el chongo y la tanga de leopardo cayó sobre mi mano, arrugada y olvidada. Me la guardé en el bolso. Mateo me miraba con una sonrisa nueva, la de alguien que acaba de descubrir algo sobre la persona que cree conocer.

—Pensé que me ibas a decir que no toda la noche —me dijo en el estacionamiento.

—Y te dije que no —contesté—. Una vez.

Se rió. Me abrió la puerta del coche y, antes de que subiera, me apretó contra la carrocería y me besó como si fuera la primera vez. Yo le devolví el beso pensando que esa noche había aprendido algo de mí misma que no tenía intención de olvidar: que me gustaba ser mirada, que el peligro de que me descubrieran era justo lo que me encendía, y que la próxima vez no iba a haber baño, ni excusa, ni tanga que enredar en el pelo.

La próxima vez iba a salir de casa ya sin nada debajo.

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Comentarios (4)

Sofialectora

increible!!! me dejo sin palabras

Lola_cba

Dios mio que historia, quede enganchada hasta el final. Por favor segui escribiendo!!

ElectroCba

jamas pense que la fila del cine pudiera ser el escenario de algo asi jaja. Lo lei de un tiron, muy bien narrado. Espero que haya segunda parte

Mati_ok

la tanga en el pelo jajaja, que comienzo!!! brillante

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