Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El desconocido del andén me esperaba esa noche

El último tren se marchó sin mí. Lo vi alejarse desde el borde del andén, con las puertas ya cerradas y el chirrido de las ruedas mordiendo los rieles, hasta que el rumor se disolvió en el silencio húmedo de la noche. Solté el aire que había estado conteniendo y el vaho se deshizo bajo los tubos fluorescentes que zumbaban sobre mi cabeza. La estación, que de día era un hervidero de prisas, se había convertido en una caja de cemento y eco. Afuera la lluvia repiqueteaba contra el techo de cristal con una insistencia monótona, como si marcara el compás de mi descuido.

Estaba atrapada hasta el primer tren de la madrugada. Y entonces, sin un solo ruido que lo anunciara, supe que no estaba sola.

No fue un sonido lo que me avisó, sino un cambio en el aire, una presión distinta sobre la piel de la nuca. Esa alarma vieja que no se aprende y que nunca falla. Giré la cabeza despacio.

En el extremo opuesto del andén, recortado contra la negrura que entraba por el acceso abierto, había un hombre. No se movía. Solo miraba. Llevaba un abrigo largo y oscuro, las manos hundidas en los bolsillos. La distancia era demasiada para distinguir sus facciones, pero su quietud era de una clase concreta: no la de un viajero varado, sino la de alguien que esperaba algo y a quien le sobraba el tiempo del mundo.

El corazón, que apenas se había calmado tras la carrera inútil, volvió a golpearme las costillas. Todas las advertencias de siempre repicaron en mi cabeza a la vez —no hables con extraños, no te quedes en sitios oscuros—, pero los pies se me habían clavado en el cemento. Lo que sentí no fue solo miedo. Fue un cable tenso que se estiró a lo largo del andén y nos unió por los dos extremos. Peligroso. Irracional. Eléctrico.

Él rompió el hechizo primero. Sus pasos no hicieron eco. Caminó con una calma felina, sin prisa pero con una dirección clarísima, comiéndose la distancia metro a metro. Cada paso suyo era un latido de más en mi pecho. Me obligué a quedarme quieta, a no levantar la bandera blanca de la huida. La lluvia era el único testigo.

Cuando se detuvo, lo hizo a una distancia que ya no era de extraños sino de algo más cercano. Pude verle por fin. No era guapo de manera evidente; su atractivo tenía un filo, algo cortante. Mandíbula firme, unos ojos de color indeciso entre el gris y el verde que no parpadearon al posarse en los míos. Olía a lluvia fría, a cuero, y a algo más hondo, amaderado.

—Parece que el destino nos jugó la misma mala pasada —dijo. Su voz era más suave de lo que esperaba, un tono grave que se me enredó en el estómago y tiró de algo muy antiguo.

—O quizá una buena —respondí, y me sorprendió mi propia voz, más baja y más firme de lo que me sentía por dentro.

Una esquina de su boca se curvó. No llegó a ser una sonrisa; fue la promesa de una.

—¿Adónde ibas? —preguntó. No apartó la mirada. Esa intensidad era desarmante. Sentí que podía ver el pulso latiéndome en la garganta.

—A casa —la palabra sonó ridícula, diminuta, en aquel lugar suspendido fuera del tiempo.

—Quizá esto sea tu casa por esta noche —hizo un gesto vago con la cabeza, abarcando la estación entera—. El último refugio para los que se quedaron atrás.

—¿Y tú te quedaste atrás? —le devolví, sintiendo cómo la tensión se enroscaba alrededor de los dos, cada vez más densa.

—Encontré algo que no sabía que estaba buscando —dijo, sin pestañear.

El aire entre nosotros cambió de temperatura. Ya no tenía frío. Un calor lento y pesado empezó a abrirse paso desde mi vientre, derramándose por las venas como miel tibia. El silbato de otro tren, en otra línea, en otro mundo, nos hizo girar la cabeza al mismo tiempo. Cuando volví a mirarlo, la diversión de su rostro había dejado paso a una concentración total.

—Tienes frío —murmuró. No era una pregunta.

Antes de que pudiera contestar, sus dedos estaban en mi cuello, acomodándome la bufanda que ni siquiera había notado descolocada. Su piel rozó la mía y fue un cortocircuito que me dejó sin aire. Tenía los dedos helados por la noche, pero donde me tocaron la piel me ardió. Se demoró un instante de más, y el pulgar bajó por la línea de mi mandíbula con una presión tan leve y tan deliberada que las rodillas me flaquearon.

Nunca me había sentido tan mirada. No era una mirada vulgar; era un reconocimiento lento y completo, como si estuviera memorizando la textura de mi cara, el ritmo de mi respiración. Su otro brazo me rodeó la cintura, no para arrastrarme hacia él, sino para sostenerme, para reclamar el espacio que ahora compartíamos. La lana gruesa del abrigo me raspó las yemas cuando, casi sin darme cuenta, apoyé las manos en su pecho. Debajo del tejido sentí el contorno duro de su cuerpo y el latido de su corazón, un ritmo potente que se aceleró hasta igualar el mío.

—Esto es una locura —susurré, pero el cuerpo se me arqueó hacia él, desmintiendo cada palabra.

—Lo sé —contestó contra mi sien, su aliento caliente sobre mi piel helada—. La locura más sensata que he cometido en años.

Hundió la nariz en mi pelo e inhaló despacio, un gesto casi animal que me recorrió la espalda entera. Cerré los ojos y me dejé llevar por la corriente. Las reglas se habían deshecho. El mundo de afuera, con su lluvia y sus horarios, había dejado de existir. Solo quedaba esa estación, esa burbuja de luz pobre y sombras largas, y un hombre cuya sola presencia llenaba cada rincón de mi conciencia.

—No sé tu nombre —dije, con la voz convertida en un hilo.

—Mejor —respondió, y su boca encontró por fin la mía.

El primer contacto fue una descarga de todo lo contenido. Su boca no pidió permiso ni fue suave. Fue una reclamación, el sello de la tensión que nos había estado consumiendo desde el primer cruce de miradas. Sabía a café, a noche, a algo prohibido. Gemí contra sus labios y mis manos se aferraron a su abrigo, tirando de él para borrar el último centímetro de distancia que aún nos separaba.

Besaba con una seguridad que no admitía dudas. Una de sus manos se enterró en mi pelo y sujetó mi cabeza en el ángulo exacto, mientras la otra bajaba por mi espalda y me apretaba contra él. Lo sentí entero a lo largo de mi cuerpo, una línea de calor y de fuerza que me hizo sentir frágil e invencible al mismo tiempo. Y sentí más: contra mi vientre, el bulto duro y grueso de su polla empujando bajo el pantalón, ya crecida, marcando su tamaño a través de la tela como una advertencia sin palabras de lo que venía. Me restregué contra él sin pensarlo, y él soltó un gruñido bajo, gutural, que me humedeció el coño de golpe.

La estación giraba a mi alrededor. Las luces parpadearon, o quizá fueron mis párpados. El ruido de la lluvia se transformó en un rugido sordo dentro de mis oídos, mezclado con la sangre que me golpeaba en las sienes. Ya no notaba el frío; solo el calor que salía de cada punto donde nuestras pieles se rozaban, incluso a través de la ropa.

Rompió el beso jadeando y escondió la cara en el hueco de mi cuello. Sus dientes me mordisquearon el lóbulo de la oreja, un pellizco a medio camino entre el dolor y el placer que me arrancó un grito ahogado.

—Quiero oírte —gruñó contra mi piel, con una voz áspera, casi irreconocible—. Quiero oír cómo suenas cuando olvidas dónde estás. Quiero oírte gemir como una puta cuando te la meta hasta el fondo.

Su mano se deslizó entre los dos y empezó a desabrochar mi abrigo con una destreza que no encajaba con la urgencia. El aire frío me golpeó la piel del vientre, pero enseguida lo reemplazó el calor de su palma. Tenía la mano grande y áspera, y se posó sobre mí como si llevara ahí toda la vida. Subió por debajo del jersey, encontró el sujetador, se coló bajo el aro y me atrapó un pecho entero. Los dedos me pellizcaron el pezón, lo rodaron, lo estiraron hasta que un gemido largo y tembloroso se me escapó y rebotó en el vacío de la estación. Tenía razón: aquel sonido era de pura rendición.

Me guio hacia un rincón más oscuro, medio escondido detrás de un pilar de cemento y un panel publicitario descolorido. La pared me recibió fría a través del jersey, un contraste brutal con el fuego que me corría por dentro. Sus ojos brillaban en la penumbra, dos puntos de luz fija clavados en los míos mientras sus manos recorrían mi cuerpo, reclamándolo. Ya no quedaban cortesías ni juegos, solo la urgencia desnuda de lo que iba a pasar.

Me subió el jersey hasta el cuello y me bajó el sujetador de un tirón. Mis tetas quedaron al aire, con los pezones tiesos y sensibles bajo la luz enfermiza de los fluorescentes. Se agachó sin decir nada y se metió uno en la boca, entero. Chupó con hambre, con la lengua áspera girando alrededor del pezón, los dientes rozando apenas para que yo sintiera la amenaza. Después el otro. Y otra vez el primero. Yo le agarraba la cabeza con las dos manos, empujándola contra mí, sintiendo cómo su boca me tiraba desde el pecho hasta el coño con un hilo invisible que me hacía apretar los muslos.

—Qué tetas más ricas tienes —murmuró contra mi piel, mordiendo la carne blanda alrededor del pezón—. Podría comértelas toda la noche.

—No pares —jadeé, y la voz no me sonó mía—. No pares, joder.

La tela de mi falda susurró cuando la subió. Sus dedos encontraron el borde de las medias, la piel sensible de los muslos. Cada roce de sus nudillos era una caricia con corriente. Yo me agarraba a sus hombros, las uñas clavadas en la lana, anclándome a algo real mientras mi mente se soltaba de todo lo que no fuera él: su olor, su tacto, el sonido entrecortado de su respiración.

Su mano subió más, más, hasta el borde de las bragas. Metió dos dedos por debajo y me encontró empapada. Soltó un jadeo entre dientes que fue casi un halago.

—Mira cómo estás —susurró, con los dedos deslizándose por los labios hinchados de mi coño, resbalando en la humedad—. Chorreando por un desconocido en una estación. Eres una guarra preciosa.

Me apartó las bragas de un lado y hundió un dedo dentro. Después dos. Me abrí por él como si me conociera desde siempre, y el sonido húmedo de su mano trabajándome subió por el hueco del andén y se mezcló con la lluvia. Curvó los dedos, encontró ese punto exacto por dentro y empezó a golpearlo con un ritmo firme mientras el pulgar me frotaba el clítoris en círculos apretados. Se me doblaron las piernas y me sostuvo contra la pared con la cadera, sin dejar de bombear.

—Córrete —me ordenó al oído, con la voz densa—. Córrete en mi mano antes de que te folle. Quiero notarlo.

Y me corrí. Me corrí de golpe, con un grito estrangulado que se me clavó en la garganta, mordiéndome el labio hasta hacerme sangre para no despertar a la ciudad entera. Sentí las paredes de mi coño apretarse alrededor de sus dedos, chuparle la mano, y él siguió moviéndolos, sacándome el orgasmo hasta la última chispa.

Cuando aún temblaba, se llevó los dedos a la boca y se los chupó, mirándome fijo. Después me agarró de los hombros y me empujó hacia abajo. Caí de rodillas en el cemento sin resistirme, con la falda arremangada y las bragas todavía torcidas. Le busqué el cinturón con dedos torpes. Él me apartó las manos y se abrió el pantalón él mismo, con una brusquedad que me hizo apretar los muslos otra vez. Se sacó la polla, y yo tragué saliva sin querer.

Era gruesa, larga, con las venas marcadas a lo largo del tronco y el glande brillante, ya mojado de gotas espesas. La agarró con una mano por la base y me apuntó con ella a la cara.

—Abre la boca —dijo.

La abrí. Me metió la polla entera de una sola embestida, hasta que noté la punta pegándome en el fondo de la garganta y las arcadas se me subieron por el pecho. No me soltó. Me sujetó la cabeza con las dos manos, los dedos enredados en mi pelo, y empezó a follarme la boca con un ritmo lento y profundo, sacándola casi entera y clavándomela hasta la garganta otra vez. Yo babeaba sobre su polla, hilos gruesos de saliva cayéndome por el mentón hasta las tetas todavía al aire. Se me llenaron los ojos de lágrimas por el esfuerzo, pero no aparté la cara. Le chupaba con hambre, apretando los labios alrededor del tronco cada vez que salía, saboreando el gusto salado del líquido preseminal en la lengua.

—Joder, qué bien mamas —jadeó, con la cabeza echada hacia atrás—. Qué bien me la chupas, cabrona.

Le agarré las pelotas con una mano y se las masajeé mientras él seguía embistiendo. Estaban pesadas, cargadas. La otra mano se me fue sola entre las piernas, por debajo de la falda, y empecé a frotarme el clítoris al ritmo de sus caderas. Gemí alrededor de la polla y la vibración le arrancó una maldición.

—Para, para —gruñó, y me tiró del pelo hacia arriba para sacármela de la boca con un plop obsceno—. No me quiero correr todavía. Tengo que follarte primero.

Me levantó del suelo agarrándome por las axilas y me giró de cara a la pared. La mejilla se me apoyó en el cemento frío, húmedo. Sentí sus manos en mi culo, subiéndome la falda hasta la cintura, arrancándome las bragas de un tirón seco. El aire de la estación me dio en las nalgas desnudas y me estremecí. Después sentí su polla frotándose entre ellas, resbalando por la raja, mojándose con lo que aún me chorreaba del coño.

—Dime que no —desafió, con la voz ronca cargada de deseo y de algo más oscuro, una última puerta abierta hacia la cordura.

Mi respuesta fue arquearme contra él, sacar el culo, ofrecérselo abierto, un movimiento instintivo y viejísimo que decía todo lo que mis labios no se atrevían a pronunciar. Una maldición siseó entre sus dientes, mitad triunfo, mitad rendición.

Me la metió de una sola estocada, hasta el fondo. Grité contra la pared. La sentí abriéndome, llenándome cada centímetro, empujando contra sitios dentro de mí que hacía siglos no despertaba nadie. Se quedó quieto un segundo, respirándome en la nuca, dejándome ajustarme a su tamaño. Después empezó a moverse.

Lo que vino después no fue suave ni romántico. Fue un temblor de tierra. Me folló contra la pared con una brutalidad que me dejó sin aire, con las manos apretándome las caderas tan fuerte que supe que a la mañana tendría los dedos marcados en la piel. Cada embestida me clavaba las tetas contra el cemento helado, y el contraste entre el frío en los pezones y el fuego dentro del coño me estaba volviendo loca. El sonido de nuestras pieles chocando —el chapoteo húmedo, obsceno, de su polla entrando y saliendo de mí— rebotaba en las paredes de la estación como una confesión pública.

—Qué apretada estás —jadeaba contra mi oído, sin parar de embestir—. Qué coño más rico. Vas a hacerme correr enseguida, joder.

Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás y me mordió el hombro. Me cambió el ángulo, se retiró un momento, me hizo separar más las piernas, y entró otra vez, más profundo aún. Ahora me follaba con embestidas largas, lentas, deliberadas, sacándola casi entera y clavándomela despacio, dejando que la sintiera bajar centímetro a centímetro.

—Pídemela —siseó—. Pide que te la meta. Dilo.

—Métemela —gemí, casi llorando—. Métemela toda, por favor, más fuerte, fóllame más fuerte…

Me obedeció. Volvió al ritmo salvaje, martillándome contra la pared, y una de sus manos rodeó mi cuerpo y se metió entre mis piernas para frotarme el clítoris al mismo tiempo. Fue demasiado. Sentí el segundo orgasmo subir desde los pies, atravesarme entera, romperme por dentro. Grité, y él ahogó mi grito con una mano sobre mi boca, mientras el suyo vibraba contra mi nuca. Mi coño se cerró alrededor de su polla en espasmos violentos, apretándolo, chupándolo hacia adentro.

—Ahí voy, joder, ahí voy —gruñó, acelerando el ritmo de golpe, embistiendo sin control—. Dónde, dime dónde…

—Dentro —jadeé sin pensarlo, mordiéndole la palma que aún me tapaba la boca—. Córrete dentro.

Soltó un rugido bajo y hundido, se clavó hasta el fondo y sentí su polla latir dentro de mí, disparando chorros calientes y espesos que me llenaron el coño entero. Se quedó apretado contra mi culo, sin sacarla, empujando pequeñas veces mientras terminaba de vaciarse, gimiendo contra mi pelo. Yo temblaba de arriba abajo, sostenida solo por la pared y por él.

Fue rápido, intenso y profundamente transgresor, allí, contra la pared helada de una estación, con la lluvia de cortina y el eco de un tren fantasma de fondo. Cuando por fin se retiró, lo hizo despacio, y sentí su semen espeso resbalar por la cara interna de mis muslos, caliente contra la piel fría.

***

El silencio que siguió fue casi tan abrumador como lo anterior. Espeso, pesado, roto solo por nuestras respiraciones desacompasadas que poco a poco se acompasaron. La realidad volvió a filtrarse despacio: el goteo constante de la lluvia, el zumbido lejano de la ciudad, el frío que empezaba a trepar otra vez por mis piernas mojadas de él.

Se separó de mí con una lentitud que parecía dolerle. Sus manos me ayudaron a recomponer la ropa, me bajaron la falda sobre el culo aún ardiendo, me acomodaron el sujetador sobre las tetas hinchadas y el jersey por encima. Aquel gesto tan doméstico, después de la ferocidad anterior, resultó casi más íntimo que todo lo demás. Sus dedos temblaban un poco contra mi piel. Recogió mis bragas rotas del suelo, las miró un segundo, y se las guardó en el bolsillo del abrigo con una media sonrisa. No dijo nada. Solo me miró, y en sus ojos ya no estaba el misterio desafiante del principio, sino un asombro que reflejaba exactamente el mío.

El estruendo metálico de un tren entrando por una vía lejana nos hizo apartarnos. La luz de sus faros barrió la estación durante un segundo y nos iluminó como un foco caído del cielo. Era la señal.

—Ese es el mío —dijo, y su voz había recuperado parte de su compostura inicial, aunque con una grieta nueva.

Asentí, incapaz de hablar. El cuerpo todavía me palpitaba, cada latido un recordatorio de lo que acababa de ocurrir. Sentía su semen resbalando aún dentro de mí, un rastro tibio que iba a acompañarme todo el camino de vuelta.

Se ajustó el abrigo y, por un instante, volvió a ser el extraño del andén, el espectro elegante y distante de hacía un rato. Pero entonces se giró una última vez hacia mí. Se acercó y dejó sus labios sobre los míos en un beso final, tan suave y tan lento como urgente y devorador había sido el primero. Un beso de despedida. Casi de agradecimiento.

—Hasta la próxima estación —murmuró.

Y se fue. Esta vez sus pasos sí hicieron eco, resonando en el vacío hasta perderse en la noche mojada. Yo me quedé apoyada contra la pared fría, temblando, con su sabor todavía en la boca, el rastro de su tacto grabado en la piel y su corrida escurriéndose entre mis piernas.

Un tren nuevo, el verdadero primero de la madrugada, entró con un chirrido de frenos. Las puertas se abrieron con un suspiro mecánico y empezaron a bajar sombras cansadas con abrigos mojados, arrastrando los pies hacia sus vidas ordenadas.

Subí al vagón, encontré un asiento junto a la ventana y me dejé caer, apretando los muslos con un pequeño estremecimiento al notar la humedad pegajosa entre ellos. Mi reflejo en el cristal era el de una mujer que ya no era del todo yo. Los ojos me brillaban con un secreto oscuro, los labios apenas hinchados, y por dentro me ardía una brasa que ninguna lluvia iba a apagar. La estación se desvaneció en la distancia, convertida en un santuario de cemento y sombras donde una versión anterior de mí se quedó para siempre. Yo me alejaba con la mujer nueva, forjada en el calor de un desconocido, sabiendo que nada volvería a ser igual. El misterio no se había resuelto: se había instalado dentro de mí, para siempre.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(8)

NocturnoPba

increible, me dejo sin palabras. uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Silvia_84

Que atmosfera tan bien lograda. Se siente la tension desde el principio, esa sensacion de que algo esta a punto de pasar... me encanto

DesconocidoBA

Por favor seguí con esto, quede con ganas de mas!!

Caminante88

Me recordo a una vez que perdi el tren en Retiro y tuve una noche bastante interesante jaja. Muy bueno el relato

MartaL07

Buenisimo!!!

Lautaro_Ros

Tenes pluma para esto, se nota. La descripcion del anden da escalofrios. Seguí publicando

noche_lectora

Es que hay algo en los desconocidos que no te podés explicar... el relato captura eso perfectamente. Muy bien escrito

ViejoLector22

Se hizo cortisimo, quiero mas! Esperando la segunda parte con ansias

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.