El día que el jardinero miró hacia la terraza
Dicen que los jardineros tienen mala fama, que más de uno termina enredado con los dueños de los jardines que cuida. Marcos siempre se había reído de esa idea como quien escucha un chiste viejo. Hasta aquella tarde de viento sur, cuando el chalet de la colina le enseñó que algunas leyendas existen porque alguna vez fueron ciertas.
La casa estaba en lo alto de una cuesta, frente al mar, completamente expuesta al sol. Llevaba casi tres horas trabajando sin pausa y la camisa se le pegaba a la espalda como una segunda piel. Tenía briznas de hierba cortada adheridas a los antebrazos, el cuello empapado, el pelo aplastado por el sudor. El viento cálido no refrescaba nada; solo arrastraba el olor del césped recién segado y el del salitre que subía desde la costa.
Los dueños eran un matrimonio que rondaba los cuarenta y tantos. Esa tarde estaban en la terraza del piso de arriba, tumbados en sendas reposeras, tomando el sol sin una sola prenda encima. Marcos lo notó casi por casualidad. El jardín trepaba por la ladera, y desde la parte alta, donde él trabajaba, la terraza quedaba justo a la altura de sus ojos.
Al principio apartó la vista. No era asunto suyo. Pero el cuerpo pedía una pausa, así que se apoyó contra el tronco del único árbol que daba sombra y se quedó ahí, recuperando el aliento, con la botella de agua tibia en la mano.
Y entonces vio.
El hombre se había incorporado un poco y untaba crema en la piel de su mujer, sin ninguna prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo y nadie en kilómetros a la redonda. Las manos recorrían los hombros, bajaban por el pecho, se demoraban en el vientre. Ella estaba despatarrada en la reposera, los ojos cerrados, dejándose tocar con la boca entreabierta.
No deberías estar mirando esto, pensó Marcos. Y no se movió.
La mano del marido descendió un poco más, se deslizó entre las piernas abiertas de ella, y la mujer reaccionó arqueando apenas la espalda. Estiró un brazo hacia el costado, buscó a tientas, y cerró los dedos alrededor del sexo de él, que ya estaba firme. Se quedaron así un buen rato, acariciándose el uno al otro a plena luz, sin esconderse, mientras el viento les agitaba el pelo.
Marcos tragó saliva. El pantalón corto que llevaba puesto no ocultaba absolutamente nada, y lo sabía. Sentía el pulso en lugares donde no debería sentirlo durante una jornada de trabajo.
De pronto los dos se levantaron y entraron en la casa. La terraza quedó vacía, las reposeras revueltas, y él se quedó ahí parado como un idiota, con la respiración agitada y la certeza incómoda de que adentro estaba pasando lo que él ya no podría ver.
***
Tardó unos minutos en obligarse a volver al trabajo. Terminó de recoger las máquinas con la cabeza en otra parte, imaginando lo que sucedía detrás de esas paredes. Cuando guardó la última herramienta, hizo lo de siempre: tocó el timbre para avisar que se marchaba.
El marido tardó un par de minutos en bajar. Tenía el pelo húmedo y una toalla atada a la cintura. Miró a Marcos de arriba abajo, reparó en el sudor, en la tierra, en la camisa empapada, y sonrió con naturalidad.
—Estás hecho un desastre —dijo—. No te vayas así. Date una ducha antes de salir.
Marcos dudó un segundo. Era una oferta normal, la clase de gentileza que cualquiera tendría con alguien que ha trabajado bajo el sol toda la tarde. Aceptó.
—El baño de abajo está en obras —añadió el hombre—. Subí al de arriba, a la derecha de la escalera.
Él se metió hacia la cocina y Marcos subió. Lo hizo despacio, sin hacer ruido, todavía descalzo de costumbre, con las zapatillas en la mano para no ensuciar. La escalera desembocaba en un salón amplio, de techos altos, con un ventanal enorme que dejaba entrar la última luz de la tarde.
Y volvió a verla.
La mujer estaba en el sofá, sola, con una bata abierta que no cubría nada. Tenía una pierna apoyada en el respaldo y la otra estirada, y se acariciaba lentamente con la mirada fija en el televisor. En la pantalla, dos hombres y una mujer se enredaban en una escena que no dejaba mucho a la imaginación. Ella se mordía el labio, ajena a todo, perdida en lo suyo.
Marcos se quedó congelado. Sabía que tenía que apartar la vista, dar media vuelta, hacer cualquier cosa menos quedarse ahí. Pero el cuerpo no le respondía, y el deseo le ganaba terreno con cada segundo que pasaba.
—¿Disfrutando del espectáculo?
La voz del marido, desde el pie de la escalera, lo hizo dar un respingo. Marcos se giró de golpe, rojo hasta las orejas, buscando una excusa que no llegaba.
—Perdón, yo… —balbuceó—. No quería… la puerta estaba…
Pero el hombre no parecía molesto. Al contrario. Subió los escalones con calma, sin dejar de sonreír, y le puso una mano en el hombro.
—Tranquilo. Date esa ducha. Y si te apetece, después podés acompañarnos a ver la peli.
La mujer se levantó del sofá. Tal como estaba, sin nada encima, cruzó el salón y se acercó a Marcos sin un gramo de pudor. Le sostuvo la mirada un instante y posó la palma de la mano sobre el bulto que él ya no podía disimular.
—¿Todavía la tenés así desde la terraza? —preguntó en voz baja, casi divertida.
Y entonces Marcos entendió. Lo habían sabido todo el tiempo. Sabían que él los miraba desde el jardín, lo habían sabido mientras se acariciaban al sol, y la escena entera había sido para él tanto como para ellos.
***
Fue hacia la ducha temblando como una hoja. Había estado en algún trío antes, pocos, y reconocía perfectamente la invitación que acababan de hacerle. El agua le cayó encima y le dio tiempo a pensar, aunque pensar no servía de mucho a esas alturas. Se lavó a conciencia, sin prisa, intentando calmar un pulso que no se calmaba. Salió, se secó, y se quedó un momento frente al espejo empañado, mirándose como si buscara permiso de sí mismo.
Cuando entró otra vez al salón, la película seguía corriendo, pero ya nadie la miraba.
El marido estaba tumbado de espaldas en el sofá. Ella, de rodillas en el suelo, inclinada sobre él, con el sexo de él en la boca y el trasero levantado en una curva imposible de ignorar. No se detuvieron cuando Marcos apareció. Si acaso, ella levantó apenas los ojos y volvió a lo suyo.
Él se acercó por detrás, despacio. Se agachó, deslizó las manos por la espalda de la mujer, le rodeó el pecho y se demoró ahí, sintiendo el peso tibio en las palmas, los pezones endureciéndose entre sus dedos. Ella respondió separando las rodillas, abriéndose, ofreciéndose sin palabras. Marcos bajó una mano y la encontró completamente mojada, resbaladiza, lista.
Estuvieron así un buen rato, los tres encajados en un mismo ritmo lento. Después Marcos se deslizó hacia abajo, se tumbó de espaldas en la alfombra y se metió entre las piernas de ella hasta alcanzarla con la boca. La saboreó sin apuro, recorriéndola de abajo arriba, jugando con la punta de la lengua donde sabía que más se estremecía. Ella movía las caderas, restregándose contra él, sin soltar al marido.
En algún momento dejó de atender a su esposo y se reclinó hacia atrás, abriéndose del todo, entregándole a Marcos la posición exacta que él buscaba. El hombre se levantó entonces, se colocó frente a la cara de ella y volvió a ofrecerle el sexo, que ella aceptó con avidez. La escena tenía algo hipnótico: él arriba, llenándole la boca; Marcos abajo, dándole con la lengua; y ella en el centro, atrapada entre los dos, gimiendo con la garganta llena.
Cuando se corrió, lo hizo apretando los muslos alrededor de la cabeza de Marcos, sacudiéndose con una intensidad que no fingía nada. Se quedó así unos segundos, temblando, antes de soltarlo y dejarse caer hacia un costado, sin aliento.
Pero el marido no le dio tregua. La agarró de las caderas, la giró, la puso de rodillas sobre el sofá y la tomó por detrás de una sola embestida. Estaba demasiado encendido para durar; en pocos minutos terminó, hundiéndose hasta el fondo con un gruñido ronco.
Marcos había mirado todo desde una butaca, acariciándose, con el cuerpo a punto de reventar. Cuando la mujer recuperó algo de compostura, lo buscó con la mirada y le tendió una mano.
—¿Y vos? —dijo—. Veo que tenés un problema ahí.
—Uno bastante serio —admitió él, con una media sonrisa.
Ella se incorporó, todavía agitada, y se acercó. Le pasó una uña por el pecho, despacio, disfrutando del momento.
—No tenemos condones a mano —dijo—. Así que dentro no vas a entrar. Pero eso no significa que te vayas como llegaste.
Y se arrodilló frente a él.
Lo que vino después Marcos lo recordaría mucho tiempo. Ella se lo tomó con una calma deliberada, alternando la boca y la mano, mirándolo desde abajo para no perderse ni un gesto de su cara. El marido se sentó al lado, observando, una mano apoyada en la nuca de ella, marcando apenas el ritmo. Marcos aguantó todo lo que pudo, que no fue mucho, y cuando finalmente se dejó ir, lo hizo con una fuerza que pocas veces había sentido, agarrado al borde del sofá para no caerse.
***
Se vistió en silencio, todavía aturdido, mientras ellos se reían bajito de algo que él no llegó a escuchar. El marido lo acompañó hasta la puerta como si nada de lo anterior hubiera pasado, con la misma cortesía de antes.
—El jardín quedó impecable —dijo, dándole un apretón de manos—. Te esperamos la semana que viene.
—Aquí estaré —respondió Marcos.
Y vaya si estuvo. Desde aquella tarde de viento sur, su trabajo en el chalet de la colina dejó de ser solo cortar el césped y podar los setos. De vez en cuando, cuando los tres tenían ganas y el sol caía a plomo sobre la terraza, terminaban enredados de nuevo, sin prisa, sin culpa, cumpliendo una fantasía que ninguno había confesado en voz alta pero que los tres habían reconocido en la mirada del otro.
Marcos nunca volvió a reírse de la mala fama de los jardineros. Ahora sabía, mejor que nadie, de dónde venía.