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Relatos Ardientes

Mi novio me paseó casi desnuda por el súper

Era una de esas noches de invierno en las que el frío se mete por las costuras de la ropa. Había salido temprano de la facultad y tenía un par de horas muertas antes de ver a Bruno, mi novio, así que decidí caminar sin rumbo por el centro. Llevaba una blusita de tirantes color tabaco, sin sostén, y encima un suéter blanco de punto fino, casi transparente, de esos que cuando les da la luz no esconden nada. Unos jeans ajustados y una tanga de hilo que apenas se sentía. No sé por qué me vestí así esa noche. Quizás ya sabía, en algún lugar, lo que estaba buscando.

Pasé frente a un bar pequeño donde había estado un par de veces. Adentro, en una mesa junto a la ventana, tres hombres de unos cuarenta años levantaron la vista al verme. Me reconocieron y uno me llamó por mi nombre. Eran clientes habituales, gente del gremio de la construcción que terminaba el día con unas cervezas. Me hicieron señas para que entrara a calentarme un rato, y el frío fue excusa suficiente.

—Quédate, te invitamos algo —dijo el más grande, corriéndome una silla.

Me senté con el suéter todavía puesto, abrazándome a mí misma. Pero ellos insistieron, entre risas, en que me lo quitara, que adentro hacía calor, que no fuera tímida. Y yo, que esa noche traía el cuerpo encendido por algún motivo que no entendía, me lo quité.

Debajo, la blusa de tirantes apenas contenía mis pechos. Sin el sostén, se notaban pesados, marcados, y los tres dejaron de hablar por un segundo. Les gusta lo que ven, pensé, y esa idea me hizo sentir un cosquilleo entre las piernas.

No dejaban de mirarme. Hacían bromas, me elogiaban, y cada palabra me ponía más nerviosa y más caliente a la vez. Hasta que uno de ellos, el más callado, se inclinó sobre la mesa y me dijo en voz baja que pagaría por verme sin la blusa. Que sólo mirar. Los otros dos asintieron, sacaron unos billetes y los pusieron sobre la madera.

Yo no podía creer lo que estaba a punto de hacer. Miré la puerta, el bar casi vacío, las luces bajas. Y me bajé los tirantes.

El aire frío me erizó la piel apenas quedé descubierta. Tres pares de ojos me recorrieron como si me tocaran. Sentí la mano áspera de uno de ellos acercarse, dudar, y luego rozarme. No me aparté. Cerré los ojos y dejé que esa boca buscara mi pecho con una urgencia que me arrancó un gemido bajo. No fue elegante ni romántico. Fue puro deseo, y me encantó tanto que terminé temblando contra el respaldo de la silla.

***

Estuvimos así un rato, entre caricias robadas y susurros, hasta que recordé la hora. Bruno me esperaba. Me acomodé la ropa, me puse el suéter y me despedí. El más callado se ofreció a llevarme en su coche, y como afuera ya era de noche y hacía un frío de mil demonios, acepté.

El trayecto fue corto. Me dejó frente al edificio donde vivía con Bruno, pero yo no tenía las llaves del departamento y él aún no llegaba. Le pedí que esperara conmigo unos minutos dentro del auto, hasta que apareciera. Mientras tanto, él hablaba. Decía que mi novio era un suertudo, que nunca había visto a nadie como yo, que le costaba mantener las manos quietas.

Y no las mantuvo quietas.

Empezó por mi rodilla, subió por el muslo, y yo no hice nada por detenerlo. Al contrario. Le busqué la entrepierna con la mano y lo encontré durísimo. Se lo saqué del pantalón y descubrí que era grueso, mucho más de lo que esperaba, y eso me fascinó. Me incliné sobre él sin pensarlo, y mientras lo escuchaba contener la respiración, sólo podía pensar en cuánto deseaba sentirlo dentro de mí.

Me bajé los jeans con la tanga incluida y me trepé encima como pude, en el espacio apretado del asiento. Entró con una presión que me hizo morderme el labio para no gritar. Embestía duro, sin pausa, y en algún momento la tela de mi tanga se atravesó y él, impaciente, terminó arrancándola de un tirón. Se vino dentro de mí justo cuando yo perdía el control, atravesada por algo que nunca había sentido con esa intensidad.

Me bajé agitada, le pedí algo para limpiarme y él me ofreció, entre risas, la tanga destrozada. Se la devolví. Le dije que se fuera, que Bruno estaba por llegar, y apenas el coche arrancó vi las luces del de mi novio doblar la esquina.

***

Bruno bajó extrañado de encontrarme en la calle. Me preguntó cómo había llegado, si no íbamos a pasar por casa de mi madre. Le dije que me habían traído. Subimos, y dentro del departamento notó enseguida que no traía ropa interior bajo los jeans.

—¿Y tu tanga? —preguntó, sin enojo, sólo con una curiosidad rara.

—No la traje —respondí—. Quería venir así, para ti.

No dijo nada. Se quedó mirándome un largo rato, como si estuviera calculando algo. Después se acercó, me quitó el suéter, la blusa, y me dejó desnuda de la cintura para arriba en medio del living. Pensé que íbamos directo a la cama. Pero no.

—Ponte el suéter —me dijo—. Sólo el suéter.

Obedecí. La tela transparente me cubría sin cubrir nada: mis pechos se marcaban completos, los pezones tensos por el frío. Entonces me quitó los jeans y sacó de un cajón una falda diminuta, de esas que apenas tapan, y me la tendió.

—Póntela. Tengo que comprar unas cosas al súper.

Lo miré sin entender, pero algo en su voz me hizo caso. Me puse la falda sobre la piel desnuda, sin nada debajo, y salimos a la calle. El supermercado estaba a dos cuadras. Mientras caminábamos, todavía sentía el rastro tibio de la otra escena escurriéndome por dentro, y me limpié disimuladamente con la mano para que Bruno no lo notara.

El frío de la noche me tenía los pezones a punto de reventar bajo el suéter. Un par de hombres que pasaban se quedaron mirándome con la boca entreabierta, y sentí que las mejillas me ardían. Bruno caminaba medio paso detrás, observándome a mí y observando cómo me observaban a mí. Esto le gusta tanto como a mí, comprendí. Y eso lo cambió todo.

***

Entramos. Bajo las luces blancas del supermercado me sentía más expuesta que en plena calle. Cada paso hacía que mis pechos se movieran bajo la tela fina. Venía un señor de frente y mi primer instinto fue cubrirme con el brazo, fingiendo que me acomodaba el cabello, mientras con la otra mano apretaba la de Bruno.

Pero más adelante aparecieron dos chicos jóvenes, altos, atractivos, y decidí no esconderme. Dejé caer el brazo. Los pezones se marcaban completos contra el suéter, y ellos no me quitaron la vista ni cuando ya los habíamos pasado de largo. Bruno se inclinó hacia mi oído.

—Camina adelante. Quiero verte.

Lo hice. Avancé sola por el pasillo, sabiendo que sus ojos me seguían, y en un tramo vacío me agaché despacio, como si buscara algo en un estante bajo. La falda apenas alcanzaba. Cuando me levanté, él tenía la mirada encendida.

—Te ves increíble —murmuró.

Esas dos palabras me empujaron a querer más. Caminé hasta la zona de fiambres, donde un empleado ofrecía muestras. A un costado había mesas con gente cenando, tomando café, conversando. El chico del mostrador me ofreció probar un trozo de jamón. Me subí a un escalón metálico de los que protegen las vitrinas de los carritos, me incliné hacia él y abrí la boca, sin apartar los ojos de los suyos mientras los suyos bajaban a mis pechos.

Estaba con minifalda, sin ropa interior, un suéter que transparentaba todo, dejándome dar de comer en la boca por un desconocido, mientras los hombres de las mesas, a mi espalda, tenían vista completa de lo que la falda ya no tapaba al inclinarme. Bruno, desde lejos, lo veía todo. Después me contaría exactamente qué habían visto, y sólo de imaginarlo me recorrió un escalofrío.

Seguimos hasta las cajas. Bruno iba delante. Se volteó justo cuando llegaba una pareja a la fila de al lado, dos chicos tímidos de lentes que, según él, se acercaron sin sospechar nada. Me pidió en voz baja que me girara hacia ellos, y obedecí. El muchacho abrió los ojos como platos al ver mis pechos desnudos bajo la tela, y su novia me miró entre escandalizada y curiosa. Yo sostuve la mirada un segundo de más, disfrutando del poder de provocar eso en alguien.

***

Para cuando salimos del supermercado, yo estaba tan excitada que apenas podía caminar derecho. Toda la noche se me había acumulado en el cuerpo: las manos en el bar, el sexo en el coche, y ahora esta exhibición lenta y deliberada que Bruno había orquestado para los dos.

No llegamos al departamento. En las escaleras del edificio, en el descanso entre dos pisos, me empujó contra la pared fría y me subió la falda. No hubo preámbulos. Lo necesitábamos los dos con la misma desesperación. Lo hicimos ahí, conteniendo apenas los gemidos, hasta que tuvimos que entrar al departamento para terminar lo que ya no podíamos parar.

Esa noche descubrimos algo que ninguno de los dos había confesado en voz alta: a mí me encendía ser mirada, y a él le encendía verme provocar el deseo de otros. Lo gritamos tanto que al día siguiente un vecino, con una sonrisa incómoda en el ascensor, me comentó que se había escuchado todo.

Me reí, dije que lo sentía, y entré antes de que se me notara el rubor. Pero por dentro pensaba en la próxima vez. Porque después de esa noche, Bruno y yo entendimos que esto recién empezaba. Lo que vino después, sin embargo, es otra historia.

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Comentarios (4)

Clari_bsas

que relato tan bueno!! me dejo sin palabras

VoyeurFan_32

La tension que se siente a lo largo de todo el relato es increible. Se nota que fue vivido, no inventado. Muy bueno.

florMDP

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de mas. Espero la continuacion!

Roberto_Cdmx

Me recordó a una situacion parecida que viví con mi ex. Hay algo en esa mezcla de verguenza y placer que es unico. Excelente relato.

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