La fantasía que no me animé a confesarle a mi mujer
Marcos se recostó en la cama con los brazos detrás de la nuca. El cuarto estaba a oscuras, apenas atravesado por una franja de luz de la calle que se colaba entre las cortinas mal cerradas. A su lado, el espacio vacío todavía guardaba el calor de Carolina, que se había levantado a buscar agua diez minutos atrás. Él escuchó el grifo del baño, después el silencio, y supo que ella tardaría en volver porque siempre se quedaba revisando el teléfono apoyada en el lavabo.
No tenía sueño. Tenía otra cosa.
Dejó que la mano derecha resbalara despacio por el abdomen, sintiendo la piel tibia bajo las yemas, hasta encontrarse ya duro sin haberlo buscado del todo. Cerró los ojos. Respiró hondo. Y permitió que la escena que lo perseguía desde hacía semanas se armara sola, tan nítida que casi podía oler el ambiente, tocar las texturas, escuchar las respiraciones.
Una sola vez. Imaginarlo una sola vez no le hace mal a nadie.
***
En la fantasía estaban en el living de su propia casa, sobre el sillón grande y mullido donde tantas noches se habían quedado dormidos frente a la tele. Pero esta vez no estaban solos. Romina, la mejor amiga de Carolina, se había sumado a la escena con esa naturalidad que solo ocurre en los sueños, sentada del otro lado, con la sonrisa pícara que él fingía ignorar en cada cena de los viernes.
En la pantalla pasaba una de esas películas románticas con vueltas de tuerca, pero nadie miraba. Marcos estaba en el centro del sillón, con Carolina apoyada contra su hombro izquierdo y Romina pegada a su costado derecho. Sentía el calor de los dos cuerpos presionando contra el suyo, una temperatura distinta en cada lado, y esa diferencia ya le aceleraba el pulso.
Carolina tenía el pelo castaño cayéndole en ondas sueltas sobre los hombros. Llevaba una de sus blusas finas, de esas que se le ajustaban apenas, y un short que le dejaba las piernas al descubierto. Romina, siempre más audaz, andaba con un top ceñido y una pollera corta que se le subía cada vez que cambiaba de posición. El aire estaba cargado de dos perfumes: el floral y dulce de Carolina, algo de jazmín y vainilla que él conocía de memoria, y el de Romina, más fresco, cítrico, como menta y limón. Las dos fragancias se entretejían sobre el sillón formando un velo que lo envolvía.
—Vení para acá —le dijo a Carolina en voz baja, girando apenas la cara hacia ella.
Ella levantó la vista. Sus ojos marrones tenían un brillo nuevo, una chispa que él reconocía de las mejores noches. Los labios de Carolina se entreabrieron en una sonrisa cómplice, y Marcos la besó primero con calma, un roce apenas, reconociendo la textura conocida de su boca. El gusto era dulce, un resto de algo que ella había tomado antes, y debajo un leve sabor a piel. La lengua de él avanzó despacio, encontró la de ella, y empezaron ese baile lento y familiar que sabían de tantos años. La mano de Carolina le subió a la nuca, los dedos enredándose en el pelo, tirando apenas para acercarlo más.
Entonces, como en un sueño que se vuelve más espeso, Romina se movió.
Marcos la sintió inclinarse hacia ellos, su aliento sumándose al de Carolina, un soplo con olor a menta del chicle que masticaba distraída.
—No me dejen afuera —murmuró ella con una voz más ronca de lo que él había imaginado nunca.
Y de pronto sus labios se sumaron al beso. Fue como una descarga. Un beso de a tres que lo dejó sin aire. Los labios de Romina eran más carnosos, distintos, y se apretaron contra los de él y los de Carolina en un triángulo de calor húmedo que no se parecía a nada. La lengua de su mujer, tibia y conocida, seguía enredada con la suya, mientras la de Romina irrumpía con una audacia que lo desarmaba, recorriendo los bordes de su boca con un dejo apenas picante, como si hubiera tomado algo especiado antes de sentarse.
Él sentía las dos bocas al mismo tiempo, el contraste entre la dulzura tranquila de Carolina y la intensidad juguetona de Romina, que le mordía despacio el labio de abajo y le mandaba pinchazos de placer hasta la entrepierna. No puede sentirse tan real algo que no pasó nunca, pensó, y la fantasía se rió de él y siguió adelante.
El aire se volvió denso. El jazmín de Carolina y la menta de Romina se mezclaban, y por debajo de los dos perfumes empezaba a subir el olor natural de las pieles calentándose, un matiz tibio que lo mareaba. Las manos no se quedaban quietas. La de Carolina le bajó por el pecho, le abrió los primeros botones de la camisa para tocarle la piel, las uñas raspándolo apenas y dejándole un rastro de fuego. Romina, por su lado, le apoyó la palma en el muslo, los dedos firmes subiendo peligrosamente cerca, mientras con la otra mano le acariciaba el pelo a Carolina, como guiando el beso para que se hiciera más hondo.
Marcos sentía los pechos de las dos contra los brazos, la tela fina rozándole la piel, el calor saliendo de los cuerpos como de una fogata. El beso se estiraba, un torbellino de sensaciones que lo desbordaba. Las lenguas se entretejían en un ritmo desordenado pero perfecto: la de Carolina, suave, ondulante, como una caricia por dentro; la de Romina, más brusca, lamiéndole los bordes con un gusto que de a poco se volvía salado por el sudor que les perlaba los labios.
El sonido también lo encendía: el chasquido húmedo de las bocas separándose y volviendo a juntarse, los gemidos ahogados de Carolina vibrando contra su lengua, los suspiros roncos de Romina resonándole pegados al oído. Sentía las dos caras tan cerca que percibía la suavidad de las mejillas, el roce de una pestaña cuando alguna parpadeaba, el vapor cálido de los alientos cruzándose.
En su cabeza, Marcos ya no distinguía dónde terminaba una y empezaba la otra. Una mano se le fue a la nuca de Carolina, donde sintió el pulso acelerado latiéndole en el cuello; la otra bajó a la cintura de Romina, palpando la curva de la cadera bajo la pollera, la piel suave y caliente que lo invitaba a seguir. El olor a deseo de ellas empezaba a filtrarse, dulce y espeso, mezclándose con su propio sudor, y eso lo hacía sentir primitivo, buscado por las dos a la vez.
Cada roce de lengua le mandaba una corriente por la espalda que terminaba justo donde, en la habitación real, la mano se le movía cada vez con más urgencia. La fantasía y la cama se confundían. Ya no sabía si la respiración entrecortada que escuchaba era la de Romina inventada o la suya propia contra la almohada.
El beso se intensificó hasta un punto que no daba para más. Las sensaciones lo tapaban todas juntas: el gusto de las dos mezclado en su boca, los cuerpos apretados contra el suyo, los perfumes entrelazados, el sonido de las respiraciones rotas. En la cama de verdad, la mano se le aceleró, y el orgasmo lo sacudió de golpe, un estallido que lo dejó jadeando con los ojos apretados.
***
Tardó un rato en abrir los ojos. Cuando lo hizo, miró el techo en la oscuridad y escuchó su propio corazón todavía golpeándole en el pecho. La fantasía había sido tan vívida que por un segundo le costó volver al cuarto, a la franja de luz en las cortinas, al ruido lejano de un auto en la calle.
Por el pasillo escuchó los pasos descalzos de Carolina, que volvía del baño con el vaso de agua en la mano. Marcos se acomodó la sábana y fingió una calma que no tenía.
—¿Seguís despierto? —preguntó ella, dejándose caer en su lado de la cama.
—Pensando —dijo él.
—¿En qué? —Carolina se acurrucó contra su hombro, en la misma posición exacta de la fantasía, y a Marcos se le erizó la piel.
—En nada. En cosas.
Ella se rió bajito y le pasó un brazo por el pecho. Él se quedó mirando el techo, dándole vueltas a una pregunta que no se animaba a hacer. Pensó en cómo contárselo sin asustarla. ¿Empezar con una charla liviana sobre fantasías, alguna noche con un par de copas de más? ¿Susurrárselo al oído en medio de la intimidad, cuando todo se vuelve más permisivo? ¿O largarlo como un chiste, nombrar a Romina al pasar y medir la reacción en su cara?
Sabía que tenía que ir con cuidado. Carolina y Romina eran amigas desde la secundaria; un paso en falso podía arruinar más de lo que él imaginaba ganar. Pero la sola posibilidad le aflojaba una sonrisa en la penumbra.
Mañana, capaz. Mañana encuentro el momento.
Cerró los ojos con el peso tibio de Carolina sobre el pecho, y por primera vez en semanas se durmió sin pelearle a la idea. Al fin y al cabo, una fantasía no le hacía mal a nadie. Todavía.