El regalo de cumpleaños que probé delante de mis amigas
En mi grupo somos cinco mujeres y todas compartimos la misma curiosidad por el sexo, sin tapujos ni vergüenzas. Hablamos de todo cuando nos juntamos: de hombres, de lo que nos gusta, de lo que nunca nos hemos atrevido a hacer. El año pasado se nos ocurrió una idea entre risas y un par de copas de más: regalarnos juguetes sexuales en cada cumpleaños. La primera en estrenar la tradición iba a ser yo, porque mi cumpleaños caía antes que el de las demás.
Aquel día me desperté con el móvil vibrando sin parar. Mensajes de medio mundo, felicitaciones de gente que llevaba meses sin escribirme y, sobre todo, el caos habitual del grupo: notas de voz, fotos antiguas, planes que cambiaban cada cinco minutos. Habían organizado una cena para celebrarlo y me pasé la mañana nerviosa, contestando llamadas y comiendo tarta con mi familia, sin poder quitarme de la cabeza la dichosa tradición que habíamos prometido cumplir.
Por la tarde me metí en la ducha más tiempo del necesario. Me afeité, me puse crema, me sequé el pelo con calma. Elegí un vestido negro que se ceñía justo donde quería y me maquillé con cuidado, mirándome en el espejo más rato del que admitiría delante de nadie. A las ocho ya estaba en el bar de siempre, ese al que vamos desde que teníamos veinte años y donde el camarero ya nos conoce los nombres.
—¡Por fin llega la cumpleañera! —gritó Lucía en cuanto crucé la puerta, y las demás se giraron a la vez.
Pasamos un par de horas tomando algo, picando de todo lo que pedían y riéndonos de cosas que solo nosotras entendíamos. En un momento dado, las cuatro se levantaron sin avisar y me cantaron el cumpleaños feliz a pleno pulmón, delante de todo el bar. Quise meterme debajo de la mesa de la vergüenza, pero me reí tanto que se me saltaron las lágrimas.
—Esto no es nada —me advirtió Marta con una sonrisa torcida—. Lo bueno viene en casa.
La cena la habíamos montado en casa de Carla, que era la que tenía el piso más grande y la que mejor cocinaba. Fuimos andando las cinco, abrigadas, con ese frío seco de la noche y las calles medio vacías. Por el camino seguían lanzándome indirectas sobre el regalo, sobre la promesa, sobre lo que tendría que contarles después. Yo me hacía la loca, pero por dentro empezaba a sentir un cosquilleo que no era solo del vino.
Cuando entramos en su casa me quedé con la boca abierta. Carla había puesto la mesa como para una revista: mantel de tela, velas, copas buenas, una guirnalda de luces colgando de la estantería. Esta mujer se ha pasado tres pueblos, pensé, y se me hizo un nudo en la garganta de pura emoción.
—No digas nada —me cortó ella antes de que abriera la boca—. Siéntate y disfruta, que para eso es tu noche.
Cenamos entre risas, recordando fiestas de hacía años, viajes que salieron mal y rollos de una noche que terminaron siendo material de anécdota para toda la vida. Nuria contó por enésima vez la historia del chico de Lisboa y todas la interrumpíamos para corregir los detalles que exageraba. Se me había olvidado por completo lo de los regalos hasta que Lucía golpeó la copa con un tenedor.
—Momento solemne —anunció—. Tradición número uno. Que alguien le dé la bolsa.
Carla desapareció un segundo y volvió con una bolsa de papel brillante. Dentro había una caja envuelta con un lazo. La saqué con cuidado, notando cuatro pares de ojos clavados en mis manos, y rasgué el papel despacio para hacerlas sufrir un poco.
Era un succionador de clítoris. De los buenos, además, de los que salen en todos los anuncios. Me puse roja hasta las orejas y todas estallaron en carcajadas.
—Prometido es prometido —dijo Marta señalándome con el dedo—. Nos tienes que contar cómo funciona.
—Con pelos y señales —añadió Nuria.
—Os lo cuento, os lo cuento —respondí guardando la caja en la bolsa, sin imaginar todavía hasta dónde iba a llegar la noche.
***
Siguieron pasando las horas y las botellas. En algún momento dejamos la mesa y nos repartimos por el salón: dos en el sofá, una en el sillón, otra en el suelo sobre unos cojines. La música sonaba baja, las velas seguían encendidas y el ambiente se había vuelto íntimo, de esos en los que se dicen cosas que al día siguiente nadie repite.
—Oye —soltó Lucía de repente, con los ojos brillantes por el vino—. ¿Y si lo probamos ahora?
—¿El qué? —pregunté, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
—El regalo. Quiero ver cómo funciona de verdad, no en un anuncio.
Carla se rió y le dio un golpe en el brazo, pero no la contradijo. Marta se incorporó en el sofá con una ceja levantada y Nuria, desde los cojines, sonreía como una niña con un secreto.
—Venga, es tu noche —insistió Lucía—. Úsalo delante de nosotras. Total, aquí no hay nadie más.
Me quedé en silencio un par de segundos. Lo normal habría sido reírme y cambiar de tema, pero las copas que llevaba encima habían apagado esa voz prudente que suele frenarme. Sentí el calor subiéndome por el cuello, el corazón acelerado, y una mezcla rara de vergüenza y excitación que me sorprendió a mí misma.
—Está bien —dije, y mi propia voz me sonó ajena.
El salón se quedó mudo un instante, como si ninguna se creyera que había aceptado. Después se oyeron risas nerviosas y un revuelo de cojines mientras se acomodaban.
—Sentaos en el suelo, delante del sofá —pedí, intentando que no me temblara la voz—. Y no os riáis, que me cortáis.
Las cuatro obedecieron como si fuera lo más natural del mundo. Se sentaron en semicírculo sobre la alfombra, mirándome desde abajo, con las copas en la mano. Yo me puse de pie en medio del salón, con todas esas miradas encima, y me llevé las manos a los tirantes del vestido.
Lo dejé caer despacio. La tela negra resbaló hasta el suelo y me quedé en ropa interior delante de ellas, con un conjunto de encaje que, por suerte, me había puesto esa mañana sin segundas intenciones. Nadie dijo nada. Solo escuché a Nuria tragar saliva.
Me senté en el sofá, abrí las piernas lo justo para que tuvieran una buena vista y saqué el succionador de su caja. Me temblaban un poco los dedos al buscar el botón. Cuando lo encendí, soltó ese zumbido grave y suave que sentí vibrar en la palma de la mano.
—Madre mía —murmuró Marta.
Empecé a pasármelo por el cuerpo sin prisa, casi para alargar el momento. Por el cuello, por la clavícula, por encima del encaje. Notaba cómo me iba calentando, no tanto por el juguete como por cuatro pares de ojos siguiendo cada movimiento. Bajé despacio hacia el vientre y, cuando llegué a la entrepierna, me di cuenta de que el tanga me estorbaba.
Antes de que pudiera quitármelo, Carla se levantó de rodillas y se acercó al sofá.
—Deja, yo te ayudo —dijo en voz baja.
Me bajó el tanga con cuidado, deslizándolo por mis piernas, y antes de volver a su sitio se inclinó y me dio un beso suave justo ahí, entre los muslos. Fue apenas un roce, pero me arrancó una sonrisa que no pude esconder. Ella volvió a sentarse en la alfombra como si no hubiera pasado nada, mordiéndose el labio.
***
Apoyé el succionador directamente sobre el clítoris, a la velocidad mínima. La primera oleada me recorrió entera y se me escapó un suspiro. Empecé a notar cómo me humedecía a medida que subía la intensidad, escalón a escalón, y poco a poco fui olvidándome de dónde estaba y de quién me miraba.
Subí un punto más. Después otro. Con la mano libre me solté el sujetador y me apreté un pecho, jugando con el pezón mientras el zumbido se hacía más fuerte entre mis piernas. Los gemidos empezaron a salir solos, primero contenidos, luego ya sin filtro. Eché la cabeza hacia atrás contra el respaldo y cerré los ojos.
En mi cabeza ya no había salón ni amigas ni velas. Estaba sola en la cama de mi habitación, entregada a esa succión rítmica que me tiraba del placer hacia arriba sin dejarme respirar. Me mordí el labio, arqueé la espalda, subí la intensidad otra vez porque mi cuerpo solo pedía más. El sonido de mi propia respiración me llenaba los oídos.
—No pares —oí decir a alguien, muy lejos.
No tenía intención de parar. Estuve así un buen rato, sintiendo cómo la tensión se concentraba en un único punto que crecía y crecía hasta volverse insoportable de tan bueno. Y entonces me corrí. Me corrí como pocas veces me había pasado, con un temblor que me bajó por las piernas y me dejó las rodillas sin fuerza, agarrada al cojín con la mano libre y la boca abierta sin que saliera apenas sonido.
Tardé en bajar. Dejé el succionador apagado sobre el sofá, con el pecho subiendo y bajando, y abrí los ojos despacio, todavía a medio camino entre el placer y la realidad.
Lo que vi me terminó de despertar.
Las cuatro seguían en el suelo, justo donde las había dejado, pero ya no estaban solo mirando. Lucía tenía la falda subida y la mano metida entre los muslos. Marta se había desabrochado los vaqueros. Nuria, con los ojos cerrados, se acariciaba por encima de la ropa interior, y Carla, la que me había quitado el tanga, me miraba fijamente mientras se tocaba sin disimulo, mordiéndose el labio igual que antes.
Ninguna había aguantado las ganas. Se habían corrido, o estaban a punto, todas a la vez, viéndome estrenar el regalo que ellas mismas me habían comprado.
Me quedé sin palabras, todavía agitada, sintiendo cómo el corazón volvía a acelerarse por un motivo completamente distinto. Carla fue la primera en sonreír.
—Bueno —dijo, con la voz ronca—. Yo creo que ya sabemos cómo funciona.
Y todas nos reímos, esta vez de otra manera, sabiendo que aquella tradición acababa de convertirse en algo mucho más interesante de lo que habíamos planeado. Quedaban cuatro cumpleaños por celebrar. Y yo ya estaba deseando que llegara el siguiente.