Me toqué a mitad de la ruta y nadie lo supo
Hay domingos que son míos y de nadie más. Mi marido se queda durmiendo hasta tarde, la casa entra en una calma que parece de otro planeta y yo me escapo antes de que el resto del mundo se despierte. A veces leo en la cocina con un café que se enfría sin que me importe. A veces hago un poco de yoga en el patio, con la hierba todavía húmeda bajo los pies. Y casi siempre salgo a caminar por las afueras del pueblo, una ruta de unos cuantos kilómetros que conozco de memoria.
Aquella mañana de principios de otoño la necesitaba más que nunca. Venía de una semana espesa, de esas que te dejan el cuerpo pidiendo algo sin que sepas muy bien qué. Habían sido días raros: lecturas que me habían quitado el sueño, conversaciones largas con alguien que apenas conocía, una corriente de morbo que se me había metido debajo de la piel y no terminaba de salir.
Me vestí con lo de siempre. Las mallas negras, la sudadera fina, las zapatillas gastadas que ya tienen la forma exacta de mis pies. Me hice una coleta delante del espejo del recibidor y me quedé un segundo mirándome. Tenía buena cara para haber dormido mal. Cogí el teléfono, los auriculares y salí cerrando la puerta despacio para no despertar a nadie.
El aire de fuera estaba frío y limpio. Las calles vacías, las persianas bajadas, algún gato cruzando como si fuera el dueño del pueblo. Empecé a caminar con paso vivo, todavía decidiendo qué ponerme en los oídos. Un podcast de esos que te explican el mundo. Música para no pensar. Las noticias, que me gusta estar al día.
Empecé por las noticias, como casi siempre. Pero a los pocos minutos los mismos temas de toda la semana volvían a darme vueltas en la cabeza, repetidos hasta el aburrimiento, y noté que en lugar de despejarme me agobiaban. Bajé el volumen, abrí el buscador de la aplicación y, casi sin pensarlo, escribí dos palabras que no acostumbro a buscar en plena calle.
Relatos eróticos.
Me reí sola. Una mujer de cierta edad, con sus mallas y su coleta, saludando con la cabeza a los corredores madrugadores mientras en los oídos una voz grave le contaba una historia que nada tenía de inocente. Había algo en el contraste que me encantaba. Por fuera, una vecina cualquiera haciendo deporte un domingo. Por dentro, otra cosa completamente distinta.
El narrador tenía una voz pausada, ronca, de las que parecen acariciarte la nuca. Contaba la historia de una empleada que se quedaba hasta tarde en una oficina y aceptaba ciertos encargos que no figuraban en su contrato. Pero no era la trama lo que me atrapaba. Era cómo la contaba. En un momento, casi sin venir a cuento, el narrador dejó caer que mientras grababa aquello se le iba poniendo dura. Lo dijo así, sin pudor, como quien comenta el tiempo. Y a mí se me cortó la respiración un segundo.
Me lo imaginé. Imaginé al hombre de la voz grave sentado frente a un micrófono, con una mano sobre el papel y la otra perdida bajo la mesa. Imaginé el ritmo lento de sus palabras coincidiendo con otro ritmo más privado. Y descubrí que yo iba poniéndome igual de a tono que él, o quizá más, kilómetro tras kilómetro, con cada frase suya.
***
Para cuando llevaba la mitad del recorrido, mi cuerpo era un problema. Las piernas me temblaban, y no por el esfuerzo. Sentía el roce de la tela contra mí a cada paso y cada roce era una pequeña descarga que me obligaba a apretar los dientes. Notaba el pulso en sitios donde una no debería notar el pulso caminando por la carretera.
El paisaje en aquel tramo no ayudaba a calmarse ni tampoco a disimular. Era la zona menos bonita de toda la ruta: unas naves industriales a lo lejos, un olor raro a metal y a tierra mojada, descampados de hierba seca a los lados del asfalto. Nadie pasea por ahí por gusto. Justo por eso, a aquellas horas, no había un alma.
Había un muro bajo de cemento al borde del camino, de esos que separan un terreno de otro sin separar nada en realidad. Me senté en él con la excusa de recuperar el aliento. Solo un minuto, me dije. Un minuto y sigo. Pero sabía que era mentira en cuanto lo pensé.
El relato seguía sonando en mis oídos, aunque yo había dejado de escuchar las palabras. Ahora solo oía la voz como un fondo, una textura, y en mi cabeza se mezclaban cosas que no tenían nada que ver con la historia de la oficina. Volvían las lecturas de la semana. Volvían las conversaciones con aquel desconocido, esa complicidad de teclear cosas que nunca le diría a la cara, esas ganas absurdas y deliciosas de ser, durante un rato, la mujer más descarada del mundo.
Tenía las manos heladas del frío de la mañana. El resto de mí ardía. Miré a un lado y al otro del camino. Nada. Solo el zumbido lejano de una máquina en alguna de las naves y el viento moviendo la hierba seca. Entonces, antes de que la parte sensata de mí pudiera decir nada, metí la mano por debajo de la cintura de las mallas.
El primer contacto me arrancó un suspiro que tuve que tragarme. Estaba empapada. Muchísimo más de lo que esperaba, de una manera casi vergonzosa, espesa y resbaladiza, como si el cuerpo llevara toda la semana esperando justo ese permiso. La frialdad de mis dedos contra aquel calor fue un choque que me hizo arquear la espalda sobre el muro.
***
Me moví despacio al principio. Tenía que mantener la apariencia. Una mujer sentada en un muro, recuperando el aliento, con una mano metida en el bolsillo del frío. Eso es lo que vería cualquiera que pasara. Esa idea, la de estar haciéndolo a plena vista y que nadie lo supiera, me encendía tanto como mis propios dedos.
Cerré los ojos un instante y volví a abrirlos enseguida. No quería perderme de vista el camino. Había algo en vigilar el horizonte mientras me tocaba, en saber que en cualquier momento podía aparecer una silueta a lo lejos, que multiplicaba cada sensación. El miedo y las ganas tirando en la misma dirección. Si alguien viene, paro. Si alguien viene, paro. Y, sin embargo, una parte de mí casi deseaba que viniera.
Encontré mi ritmo. Dejé de fingir que descansaba. El narrador seguía con su voz grave de fondo, ajeno a lo que estaba provocando a kilómetros de distancia, y yo lo usé, me agarré a esa voz como a una cuerda. Imaginé que la historia me la contaban a mí, en voz baja, contra la oreja. Imaginé manos que no eran las mías. Imaginé miradas. Imaginé la cara que pondría aquel desconocido de las conversaciones si supiera lo que su recuerdo me estaba haciendo en mitad de la nada.
El placer fue subiendo en oleadas, cada una más alta que la anterior. Tenía que respirar por la nariz, lento y profundo, mordiéndome el labio para no soltar el gemido que se me acumulaba en la garganta. El silencio era parte del juego. Cualquier sonido podía delatarme. Así que todo se concentró hacia dentro: el placer, el aire, el latido desbocado, todo encerrado bajo llave dentro de mi cuerpo mientras por fuera apenas se movía nada.
Cuando llegué, fue como soltar algo que llevaba apretando toda la semana sin darme cuenta. Una contracción larga, profunda, que me obligó a curvarme hacia delante y a clavar la mano libre en el borde de cemento. Se me escapó un sonido mínimo, casi un quejido, que se perdió en el viento antes de existir del todo. Las piernas me temblaron de verdad, ya sin disimulo posible.
Me quedé un momento así, doblada sobre mí misma en aquel muro feo de una carretera fea, con el corazón a mil y una sonrisa que no me cabía en la cara. El olor a metal de las fábricas, el frío en las mejillas, la hierba seca: nunca un sitio tan poco romántico me había dado tanto.
***
Saqué la mano despacio. Busqué en el bolsillo el pañuelo que siempre llevo y me limpié como pude el exceso, con cuidado, todavía sintiendo pequeñas réplicas del orgasmo recorriéndome por dentro. Me arreglé las mallas, me ajusté la coleta que se me había soltado a un lado y me obligué a recomponer la cara de mujer normal que sale a hacer deporte un domingo.
Justo entonces, a lo lejos, apareció un corredor. Venía trotando en mi dirección, con sus cascos y su ritmo regular, ajeno por completo. Me puse de pie con un tembleque ridículo en las rodillas y conseguí saludarlo con la cabeza cuando pasó a mi lado, como había saludado a tantos otros aquella mañana. Él me devolvió el gesto sin detenerse. No sospechó nada. No tenía por qué.
Y ese fue, quizá, el detalle que más me gustó de todo. Que segundos antes yo había estado al borde del orgasmo en ese mismo lugar y para el mundo no había pasado absolutamente nada. Mi secreto estaba a salvo, guardado bajo la sudadera, escondido detrás de una sonrisa educada.
Reanudé la marcha. Los kilómetros de vuelta se me hicieron ligeros, casi flotantes. La voz del narrador había terminado su historia hacía rato y yo la había dejado morir sin sustituirla por nada. Caminaba en silencio, escuchando solo mis propios pasos y el viento, repasando lo que acababa de hacer con una mezcla de incredulidad y orgullo. ¿De verdad acabo de hacer eso?
Llegué a casa con las piernas todavía blandas. Mi marido seguía durmiendo, ajeno a todo, y la casa conservaba esa misma calma de otro planeta con la que la había dejado. Me desnudé en el baño, abrí el grifo y me metí bajo el agua caliente con un suspiro largo. El vapor empañó el espejo, el frío de la mañana se me fue disolviendo de la piel y yo me reí otra vez, sola, bajo el chorro.
Era mi primera vez ahí fuera, a la intemperie, satisfaciéndome con mis propias manos en un sitio donde cualquiera podría haberme visto. Lo había imaginado mil veces leyendo a otros. Nunca pensé que me atrevería.
Mientras el agua me caía por la espalda, ya estaba pensando en el próximo domingo. En la ruta de siempre, en el muro de cemento, en la voz grave en los auriculares. ¿Será la última vez? Sonreí con los ojos cerrados, dejando que el agua respondiera por mí.
Sabía perfectamente que no.