La videollamada con un desconocido que me hizo acabar
Esa tarde la casa estaba en silencio y yo llevaba horas dando vueltas por las habitaciones sin saber qué hacer conmigo misma. Hacía calor, el ventilador giraba despacio en el techo y yo estaba aburrida, inquieta, con esa clase de calentura sorda que se instala en el cuerpo y no te deja concentrarte en nada. Había intentado leer, había intentado ver una serie, pero todo me parecía soso comparado con lo que mi cabeza venía pidiendo desde el mediodía.
Me llamo Camila, y si han leído algo mío antes ya sabrán que disfruto explorar mi propio cuerpo sin culpa ni vergüenza. Tengo el pecho grande, las nalgas firmes, y una curiosidad que muchas veces me ha llevado a probar cosas que las chicas «decentes» no confiesan. La masturbación nunca fue para mí un premio de consolación. Es un placer en sí mismo, un territorio donde mando yo y donde puedo ser tan sucia como me dé la gana.
Empecé como casi siempre: tumbada en la cama, el móvil en la mano, buscando fotos que me encendieran. Cuerpos, manos, bocas, primeros planos que me hacían apretar los muslos. Pero esa tarde las imágenes no me bastaban. Quería algo vivo, algo que respondiera, algo que me mirara de verdad. Quería sentirme deseada en tiempo real, no por una pantalla muda.
Así que abrí un chat de esos para adultos, de los que entras sin pensarlo demasiado y sales igual de rápido si nada te convence. Estuve tecleando un rato, descartando a unos cuantos pesados, hasta que apareció un mensaje distinto. Un chico tranquilo, directo sin ser grosero, que me propuso algo que me erizó la piel apenas lo leí.
—Solo quiero masturbarme un rato mirándote —escribió—. Si me enseñas las tetas, me conformo. No hace falta que se nos vean las caras.
Lo morboso de la idea me golpeó de inmediato. El anonimato, el no saber quién era él ni que él supiera quién era yo, lo volvía todo más excitante, no menos. Dos desconocidos dándose placer al mismo tiempo, sin nombres reales, sin promesas, sin nada que recordar al día siguiente salvo el orgasmo. Acepté antes de arrepentirme.
Pasamos a una videollamada. Antes de encender las cámaras conversamos un poco, nos describimos, le conté que tenía el pecho generoso y él me adelantó que estaba duro desde que le dije que sí. Yo estaba nerviosa, lo admito. Era la primera vez que hacía algo parecido y el corazón me latía como si estuviera a punto de saltar de un trampolín muy alto. Pero el nervio venía mezclado con unas ganas enormes de cruzar esa línea.
Cuando por fin activé la cámara del móvil, lo primero que apareció en mi pantalla fue su mano subiendo y bajando despacio. La tenía afuera ya, completamente dura, de buen tamaño, gruesa y con una vena marcada que recorría todo el largo. Se veía deliciosa. Tragué saliva. No le veía la cara, solo el torso y esa verga que se acariciaba sin prisa, esperándome.
—Tu turno —escribió en el chat de al lado, porque habíamos quedado en no hablar con la voz para mantener el misterio.
Respiré hondo. Me senté un poco más erguida contra el respaldo, ajusté el ángulo del teléfono y, despacio, me saqué la blusa por encima de la cabeza. El sujetador fue después. Cuando mis pechos quedaron al aire frente a la cámara, vi que su mano se detenía un segundo, como si necesitara asimilar lo que estaba viendo.
—Joder, qué tetas tan grandes —tecleó rápido—. Qué ricas, en serio.
Le gustan. Le gustan de verdad.
—Son todas tuyas —respondí—. Disfrútalas.
Y vaya si las disfrutó. Empecé a moverme para él, a jugar con mi propio cuerpo sabiendo que cada gesto lo encendía más. Me juntaba los pechos con las dos manos, los sacudía suavemente, me pellizcaba los pezones hasta sentirlos duros y sensibles. Sacaba la lengua y fingía que iba a lamerlos sin llegar a tocarlos, dejándolo a milímetros, prolongando esa tortura que a él lo volvía loco al otro lado.
La mano del desconocido se movía cada vez con más fuerza. Yo veía cómo apretaba, cómo subía y bajaba marcando un ritmo cada vez más urgente, y esa imagen me iba mojando por dentro de una forma que no esperaba. No me estaba tocando todavía y ya sentía la ropa interior húmeda, pegada a mí.
Era una situación absolutamente morbosa. Él se daba placer mirándome, yo me exhibía para él, y entre los dos habíamos construido en cuestión de minutos una intimidad rara, sucia y perfecta. No nos conocíamos de nada y sin embargo nos estábamos dando exactamente lo que el otro necesitaba.
—Estoy cerca —escribió, y casi pude oír su respiración agitada a través de la pantalla.
Me incliné hacia la cámara, dejé que mis pechos llenaran toda la imagen, y eso fue lo último que necesitó. Su mano se aceleró de golpe, el torso se le tensó, y de la punta de la verga salió un chorro espeso que le manchó toda la mano y el vientre. Lo vi acabar sin disimulo, entregado, y juro que sentir que yo había provocado eso me dejó al borde del precipicio.
Apenas terminó, cortamos la llamada. Sin despedidas largas, sin intercambios de números, sin nada. Tal como habíamos acordado. Y ahí me quedé yo, sola otra vez en mi habitación silenciosa, con el cuerpo encendido y una calentura que no pensaba dejar a medias.
***
Pasé la mano por encima de mis bragas y noté de inmediato lo empapada que estaba. Las aparté a un lado y me acaricié el sexo con la yema de los dedos, despacio, dibujando círculos suaves sobre el clítoris. Qué sensación tan deliciosa. Solté un suspiro y eché la cabeza hacia atrás contra la almohada.
No iba a quedarme así. Cogí de nuevo el móvil y busqué imágenes que me terminaran de prender, fotos explícitas, vergas grandes y venosas, una detrás de otra. Cada vez que aparecía una especialmente gruesa, o una de piel oscura, sentía una punzada caliente en el bajo vientre y mis dedos se movían más rápido. La excitación crecía sin freno. Estaba más mojada de lo que había estado en semanas.
En ese punto necesitaba más que mis dedos. Quería sentir algo dentro, algo que llenara el vacío que la calentura había abierto en mí. Miré alrededor, buscando con qué jugar, y mis ojos se posaron sobre un pequeño frasco de cristal que tenía en la mesilla, de punta redondeada y lisa, del tamaño justo, casi como si lo hubieran fabricado para esto.
Lo tomé y, por un instante, pensé en metérmelo en el coño. Pero otra idea, más sucia, más prohibida, cruzó mi cabeza y me hizo morderme el labio. ¿Por qué no probarlo por detrás mientras me masturbaba por delante? La sola idea me apretó el estómago de puro deseo.
Busqué el lubricante en el cajón y unté bien el frasco. Me coloqué de costado, levanté una pierna y apoyé la punta fría y resbaladiza contra la entrada de mi culo. Empujé con cuidado. Al no ser muy grueso, entró sin apenas resistencia, pero la sensación fue intensa, distinta a todo, una presión nueva que me arrancó un gemido largo desde el fondo del pecho.
Lo acomodé con cuidado y lo dejé alojado ahí dentro, quieto, mientras volvía a llevar la otra mano a mi clítoris. Uf. La doble sensación me desbordó. El coño se me empapó todavía más, si es que eso era posible, y la excitación subió varios escalones de golpe. Cada vez que apretaba un poco el músculo, sentía el frasco moverse dentro de mí y un escalofrío me recorría entera.
Volví a las fotos con la mano libre. Elegí la imagen de una verga enorme, oscura, surcada de venas, y cerré los ojos imaginando que era ella la que tenía metida atrás. Imaginé a aquel desconocido de la videollamada penetrándome mientras me sujetaba de las caderas, susurrándome lo rica que estaba. Mis dedos volaban sobre el clítoris, rápidos, precisos, mientras el frasco seguía firme en mi culo llenándome por completo.
La tensión se acumuló en mi vientre como una ola que no terminaba de romper. Me arqueé sobre la cama, los dedos resbalando en mi propia humedad, la respiración entrecortada. Estaba justo en el borde, suspendida, a punto de caer.
Y caí.
El orgasmo me sacudió de pies a cabeza. Fue uno de los más intensos que recuerdo, una descarga que me hizo temblar y apretar las piernas mientras el placer me recorría en oleadas, con el frasco metido hasta el fondo intensificándolo todo. Me corrí rico, larguísimo, mordiéndome el labio para no gritar y despertar a los vecinos.
Cuando por fin la última ola se desvaneció, me quedé tendida, jadeando, con la piel cubierta de sudor y una sonrisa boba en la cara. Despacio, retiré el frasco. Al hacerlo sentí un pequeño vacío, una ausencia casi melancólica, y me reí sola pensando lo mucho que había disfrutado de tenerlo dentro.
Me tapé con la sábana y me quedé un rato así, repasando todo: el desconocido, su mano, sus palabras, el morbo de haber sido mirada por alguien sin rostro, el atrevimiento de haber improvisado un juguete con lo primero que encontré. Una tarde aburrida se había convertido en una de las corridas más ricas de mi vida, y todo por animarme a buscar algo diferente cuando el cuerpo me lo pidió.
Esa es la conclusión a la que llegué, ahí tumbada y todavía latiendo: el placer no espera a que nadie venga a dártelo. A veces basta con una pantalla, un extraño dispuesto a mirar y las ganas de dejarse llevar sin pedir permiso. Yo aprendí a no negarme nada, y desde entonces cada tarde aburrida es solo una invitación a probar algo nuevo.