Lo que imaginé en el jacuzzi del gimnasio
Me llamo Marina, tengo treinta y un años y vivo en Valencia desde que terminé la carrera. Soy de piel canela, con el pelo castaño y ondulado que casi nunca me molesto en alisar. Hago deporte casi cada día: salir a correr al amanecer, la bici los fines de semana y, sobre todo, nadar. Soy menuda, mido poco más de metro setenta, y tengo el cuerpo de quien no para quieta. Los pechos pequeños y firmes, con los pezones grandes que se me marcan bajo cualquier camiseta por fina que sea.
Lo que voy a contar pasó hace ya unos cuantos años, cuando todavía estudiaba y entrenaba en el polideportivo de la universidad. Aún me sonrojo al recordarlo, aunque más por lo que llegué a imaginar que por lo que de verdad ocurrió.
Esa mañana había sido dura. Once kilómetros sobre la cinta con un calor pegajoso que se colaba por las ventanas del gimnasio. Cuando terminé, estaba empapada y solo pensaba en el agua. Bajé a los vestuarios casi vacíos a esa hora y empecé a desnudarme despacio.
Zapatillas fuera. Camiseta fuera. Las mallas, que se me pegaban a la piel, costaron un poco más. Me quité el top deportivo y dejé los pechos al aire, y por último el tanga, tan húmedo de sudor que tuve que despegármelo. Me metí bajo la ducha con el agua bien fría, buscando ese golpe que te despierta entera. La piel se me erizó al instante y noté cómo los pezones se me ponían duros bajo el chorro.
Salí, me sequé apenas y me puse el bañador azul marino y un albornoz granate que siempre llevaba en la mochila. Miré el móvil un momento: once kilómetros redondos en una mañana así no estaban nada mal. Lo dejé en la taquilla con la ropa y me fui hacia la zona de piscinas, descalza, dejando huellas húmedas en las baldosas.
La piscina de relajación estaba desierta. Nadé un rato suave, sin prisa, solo por sentir cómo el agua tibia me iba desanudando los músculos cansados. Brazada lenta, respiración tranquila, los pensamientos disolviéndose poco a poco. Cuando noté el cuerpo más ligero, salí, me sequé un poco los hombros y entré en la sauna.
No llevaba ni dos minutos sobre la madera caliente cuando se abrió la puerta. Entraron dos chicos, no tendrían más de treinta. Y, a primera vista, estaban muy bien. De esos que se nota que pasan horas levantando peso. Bañadores ajustados, cuerpos fibrados, hombros anchos. Uno era moreno y el otro de pelo castaño claro, los dos con el corte corto. Me saludaron con una sonrisa educada y se sentaron en el banco de mi izquierda.
El aire ardía y el silencio se volvió espeso. Aguanté el calor hasta que la cabeza me empezó a dar vueltas, me levanté, pasé otra vez por la ducha fría y crucé hacia el jacuzzi, justo enfrente de la sauna. Me hundí en el agua burbujeante con un suspiro y dejé que los chorros me golpearan la espalda.
Desde ahí tenía la sauna de frente, con su cristal empañado. Los dos chicos seguían dentro. Y yo, sin proponérmelo, me puse a mirarlos. El moreno tenía el pecho cubierto de vello oscuro; el otro iba liso, depilado, con los músculos del abdomen marcados incluso a través del vaho. Me quedé observándolos más de lo que debería. No me importaría nada acostarme con alguno de ellos, pensé. O con los dos. A la vez.
Y la imaginación se me disparó sola.
***
Me imaginé de vuelta en la sauna, en ese banco de madera ardiente. Ellos entraban detrás de mí y, esta vez, se sentaban uno a cada lado. Notaba sus miradas recorriéndome el cuerpo en la penumbra. De repente, el moreno me ponía una mano sobre la rodilla. Yo lo miraba y, como no decía nada ni la apartaba, él entendía y empezaba a subirla despacio por el muslo, sin dejar de mirarme a los ojos. Tenía unos ojos color avellana increíbles, claros, que brillaban en el calor.
No sabía dónde mirar. Me sentía expuesta, atrapada en mi propia indecisión. Y justo cuando me disponía a decirle algo, me besaba. Me besaba sin pedir permiso, abriéndome los labios, deslizándome la lengua dentro mientras yo todavía intentaba entender qué estaba pasando. Una mano me acariciaba el cuello con suavidad y la otra, la que había subido por el muslo, encontraba el camino hasta mi pecho.
Entonces aparecía otra mano sobre el otro muslo. El segundo chico. Subía despacio, decidido, hasta rozarme la entrepierna por encima del bañador. Me separaba como podía del moreno, giraba la cabeza hacia el castaño y él aprovechaba para besarme también. Tenía a uno acariciándome los senos y al otro con la boca pegada a la mía y dos dedos jugando entre mis piernas.
***
Mientras imaginaba todo eso, casi sin darme cuenta, mi propia mano había empezado a acariciarme el sexo por encima del bañador, escondida bajo el agua caliente del jacuzzi. Noté el clítoris hinchado bajo las yemas de los dedos y los pezones tan duros que apenas el roce de la tela me arrancaba un escalofrío. Era una situación tremendamente morbosa, y eso me encendía todavía más.
Eché un vistazo alrededor. Nadie. La zona de piscinas seguía vacía a esa hora muerta de la mañana. Solo estaban los dos chicos de la sauna, y ellos, obviamente, iban a lo suyo, ajenos a mí tras el cristal empañado.
Así que seguí. Seguí imaginando.
***
El moreno me bajaba los tirantes del bañador y me dejaba los pechos al aire en mitad del calor. Se inclinaba y me lamía un pezón despacio, dibujando círculos con la lengua, mientras con la mano me apretaba el otro. El chico depilado, mientras tanto, me apartaba la tela del bañador y me metía dos dedos. Estaba tan mojada que entraban sin ningún esfuerzo.
En el jacuzzi hacía exactamente lo mismo que imaginaba. Me había deslizado dos dedos dentro y los movía despacio, muy despacio, disfrutando de sentir cómo entraban y salían resbalando con facilidad. Con la otra mano me acariciaba el clítoris en pequeños círculos. Se me escapó un gemido bajo que se confundió con el burbujeo del agua.
Seguí inventando. El chico depilado terminaba de desnudarme, se arrodillaba entre mis piernas y empezaba a lamerme. Movía la lengua a un ritmo perfecto, golpeando suavemente el clítoris mientras seguía penetrándome con los dedos. El moreno se quitaba el bañador y se ponía de pie frente a mí.
Sin pensarlo dos veces, en mi cabeza, lo agarraba y me lo metía en la boca, lo abrazaba con los labios y me lo tragaba hasta donde podía. Lo sujetaba de las caderas y marcaba yo el ritmo. Los quiero a los dos, pensaba, los dos ahora mismo. Tiraba del pelo al que tenía arrodillado para que se incorporara también. Le bajaba el bañador mirándolo a los ojos y pasaba de uno a otro, alternando, primero uno y luego el otro, mientras los masturbaba con las manos. Al final conseguía tenerlos a los dos a la vez, juntos, y los miraba desde abajo con una sonrisa descarada.
***
El orgasmo empezó a crecer dentro de mí como una ola que no se podía parar. Lo noté subir desde el vientre, tensándome los muslos, acelerándome la respiración. No intenté disimularlo. Eché la cabeza atrás contra el borde del jacuzzi, cerré los ojos, abrí bien las piernas bajo el agua y me dejé ir.
Mientras el placer me sacudía entera, imaginé a los dos chicos corriéndose sobre mis pechos, derramándose encima de mí a la vez. Las convulsiones me recorrieron en oleadas, una detrás de otra, y tuve que morderme el labio para no gritar. Cuando empezaron a calmarse, todavía con la mano entre las piernas, junté los muslos con fuerza para estirar un poco más ese último temblor.
Me quedé un momento así, respirando hondo, el corazón desbocado, el agua caliente meciéndome el cuerpo todavía estremecido. No recordaba haberme corrido así de fuerte en mucho tiempo, y todo sin que nadie me tocara siquiera un dedo.
Poco a poco volví en mí. Me coloqué bien el bañador, me acomodé los tirantes sobre los hombros y abrí los ojos.
Y los abrí justo a tiempo.
***
Los dos chicos salían en ese momento de la sauna. El moreno empujó la puerta de cristal y el castaño lo siguió. Y entonces, delante de mí, se cogieron de la mano. El moreno se giró, le dijo algo al oído al otro y se dieron un beso suave en los labios antes de dirigirse hacia las duchas, entrelazados, riéndose de algo que solo ellos sabían.
Me quedé mirándolos con la boca entreabierta y una carcajada silenciosa subiéndome por dentro. Toda mi fantasía, todo ese desfile de manos y bocas y deseo que había montado en mi cabeza, y ellos ni siquiera me habían visto como yo los veía a ellos. Iban a lo suyo. Literalmente.
Salí del jacuzzi con las piernas todavía algo flojas, me envolví en el albornoz granate y volví hacia los vestuarios sin poder borrar la sonrisa. A veces el mejor sexo no es el que pasa, sino el que te inventas. Y esa mañana, en aquel gimnasio vacío, yo me había regalado el mío.
Todavía hoy, cada vez que entro en una sauna y huelo la madera caliente, me acuerdo de los dos desconocidos que nunca supieron lo que provocaron. Espero que ellos también disfrutaran de su mañana tanto como yo de la mía. Cada uno con su fantasía.