La playa nudista donde perdí toda la vergüenza
Me llamo Adrián, y hay un verano que repaso en mi cabeza más veces de las que debería. Trabajo por turnos, así que muchos días entre semana los tengo libres mientras el resto del mundo está en la oficina. Aquella mañana de julio me desperté con un calor pegajoso y una excitación que no me dejaba en paz. Andaba por casa con un pantalón ancho y fino, y cada vez que me movía la tela me rozaba y me recordaba lo encendido que estaba.
Podría haberme masturbado allí mismo, en el sofá, en cinco minutos. Pero no quería eso. Tenía tiempo y tenía ganas de que fuera distinto, de alargarlo, de convertirlo en algo que recordara. Fue entonces cuando se me ocurrió la idea que me puso el corazón a mil: ir por primera vez a una playa nudista.
Jamás lo había hecho. Solo pensarlo me daba un morbo difícil de explicar, esa mezcla de vergüenza y excitación que te seca la boca. Metí una toalla, la sombrilla y el bote de crema en la mochila, y salí antes de arrepentirme.
***
Conduje hasta una cala apartada, en un pueblo costero a media hora de mi casa. Para mi sorpresa, encontré aparcamiento enseguida; a esa hora de la mañana había sitio de sobra en la explanada de tierra junto a los pinos. Dejé el coche, me eché la mochila al hombro y bajé por un sendero estrecho hasta la arena.
Al llegar comprobé que no había casi nadie, quizá diez o doce personas repartidas por una playa grande y bonita. Busqué un sitio que no estuviera ni demasiado cerca ni demasiado lejos del resto. A pocos metros, una mujer joven tomaba el sol completamente desnuda sobre una hamaca. Tenía un cuerpo precioso, proporcionado, con unos pechos firmes y un bronceado uniforme que delataba que la playa nudista no era ninguna novedad para ella. Lo que más me llamó la atención fue lo que hacía: tejía con dos agujas, tranquila, como si estuviera en el salón de su casa.
Un poco más allá, dos chicos de mediana edad se acariciaban sin disimulo, sonriéndose y rozándose, con una alegría más que evidente entre las piernas. Confieso que miré de reojo y comparé, como hacemos todos aunque no lo admitamos. Vi de todo, y la verdad es que no salí mal parado. No pensaba exhibirme, pero uno siempre tiene su orgullo.
***
Monté la sombrilla, extendí la toalla sobre la hamaca y empecé a quitarme la ropa. Primero la camiseta, después el bañador. Lo hice despacio, vigilando de reojo si alguien me observaba. Para mi sorpresa, nadie me prestaba la menor atención. El único que andaba pendiente de los demás era yo. Eso, en lugar de decepcionarme, me relajó muchísimo.
Soy muy blanco y me quemo en un suspiro, así que saqué la crema de protección factor cincuenta y empecé a embadurnarme los brazos, el pecho, el abdomen y las piernas. Cuando llegó el momento de la espalda baja y el resto, tuve que ponerme de pie. Me extendí la crema por los glúteos con las dos manos, cubriéndolos enteros, y entonces noté que la pareja de chicos se había fijado en mí.
No sé si fue el morbo o un punto de exhibicionismo que no me conocía, pero me demoré un poco más de la cuenta. Pasé los dedos entre las nalgas, rocé apenas la entrada, solo un instante, para su deleite. Tampoco quise pasarme; no soy gay, aunque me encanta provocar a cualquiera que tenga ganas de mirar.
Seguí por delante. En cuanto empecé a deslizar la mano por el pene para repartir la crema, lo noté despertar. Levanté la vista y la pillé: la mujer de las agujas me observaba desde su hamaca, unos segundos, los justos para que yo supiera que me miraba. Le seguí el juego. Agarré la polla, ya medio dura, con la mano entera y la masajeé como si me estuviera masturbando, solo un par de pasadas. No quería que me tomaran por un degenerado el primer día.
Me unté los testículos y las ingles. Agradecí haberme depilado del todo el pubis: la crema no se acumulaba en ningún sitio y las manos resbalaban con una suavidad que volvía el gesto casi obsceno. Cuando terminé, ella no movió un músculo, pero al volver a coger las agujas pude ver una sonrisa pequeña, contenida, dibujándose en su cara.
***
Intenté apartar todo aquello de la cabeza. Me senté a tomar el sol y traté de pensar en cualquier otra cosa para que la erección que amenazaba no terminara de llegar. Mi cuerpo no me hizo ni caso. La calentura iba a más, y la polla empezaba a moverse sola, como desperezándose. Me levanté y caminé lo más rápido que pude hasta el agua.
Andar completamente desnudo por la orilla fue una experiencia liberadora. Sentí el aire en todas partes, una sensación de estar en contacto con todo, sin barreras. Aunque el trayecto era corto, lo disfruté como pocas cosas.
El agua estaba templada. El contraste con el calor me ayudó a controlar la erección, cosa que en ese momento agradecí. Seguí entrando hasta que cubría, nadando despacio, notando cómo el agua corría libre entre las ingles, el pene y los testículos. Fue tan placentero que decidí que no iba a reprimirme más.
Tenía el agua por el cuello, así que nadie podía ver lo que hacían mis manos bajo la superficie. Me aseguré de que nadie estuviera cerca y empecé a tocarme con la izquierda. Acaricié el glande, más grueso que el resto, circuncidado y sensible. Después agarré con fuerza y me di varios movimientos firmes. Al ver que el agua se agitaba demasiado, bajé el ritmo, pero no dejé de disfrutar de cada caricia.
Con la mano derecha empecé a masajear los testículos, y de ahí la llevé atrás. Rocé la entrada y una corriente eléctrica me recorrió el cuerpo entero, desde abajo hasta la polla, que se puso aún más dura, si es que eso era posible.
***
Llevaba unos minutos perdido en lo mío cuando, no sé cómo, no me di cuenta de que un hombre mayor se había acercado nadando. Tendría sesenta y pico años. Me dio los buenos días y me sonrió. Al saber que me había pillado, la erección se me bajó de golpe, como si alguien hubiera apretado un interruptor. Él se alejó sin decir nada, sonriendo todavía.
Entendí que tampoco había que hacer un drama. Cuando me calmé, nadé un rato más y salí del agua para volver a mi sitio.
Para entonces, mi vecina de hamaca se había puesto de pie. Me dedicó una mirada cómplice y se irguió despacio, dejándome ver su cuerpo entero. Era preciosa, con unas curvas de infarto. Me dio la espalda y descubrí un culo perfecto, redondo, firme, como esculpido en piedra. Se agachó a por el bote de crema, se echó una cantidad generosa en la palma y volvió a dejarlo en la arena. Juntó las manos, repartió la crema, y me lanzó otra mirada, esta vez con la sonrisa más pícara que le había visto.
Empezó por las piernas, alzando una sobre la hamaca para llegar mejor. Cada movimiento dibujaba el contorno de su cuerpo. Subió a los brazos, y cuando los tuvo cubiertos se agarró los pechos con ambas manos, recorrió el contorno, los apretó y se dio un pellizco suave en los pezones. Me miró y asomó la punta de la lengua, descarada. Estaba jugando conmigo, y lo sabía.
No puedo más, pensé.
Ya no era capaz de ocultar la erección. Empecé a tocarme, pero no como una masturbación abierta, sino de forma sensual, ocasional, como si yo también jugara. Ella entonces se cargó más crema en la mano y, sin ningún pudor, se dio la vuelta. Separó las piernas y se untó el culo, primero por los costados, marcando todo el contorno, y después se agarró las nalgas con las dos manos y tiró de ellas hacia los lados, dejándome ver la entrada, brillante por la crema. Apreté la polla con fuerza; estuve a punto de terminar allí mismo por el espectáculo que me estaba regalando.
Se giró otra vez. Pasó las manos alternando por el pubis, volvió a abrir las piernas y deslizó la derecha por todo el sexo, de abajo arriba, recorriéndolo despacio hasta salir por arriba. Tragué saliva. Cuando por fin decidió sentarse, guardé esa imagen en la carpeta de mi memoria donde van los recuerdos que no se borran nunca.
***
Estaba caliente hasta un límite que no recordaba haber alcanzado nunca. Decidí recoger mis cosas antes de hacer algo de lo que arrepentirme. Me vestí, y cuando me giré para mirarla una última vez, ella ya no estaba; sus cosas seguían allí, pero ella había desaparecido. No me habría atrevido a hablarle, aunque un «hasta luego» y un «gracias» sí se los habría dicho. Suspiré, terminé de recoger y subí hasta el coche.
Conduje rápido hasta casa. Aparqué en la calle y subí las escaleras de tres en tres. Dejé la ropa tirada por el suelo del pasillo y me metí directo en la ducha. Bajo el agua, cada vez que las manos me pasaban por la polla o los testículos era como una descarga. Me acaricié, me toqué el culo y empecé una paja lenta, recordando cada curva de la mujer de la playa, la forma descarada en que se había untado, sus labios, la manera en que se aseguraba de que yo lo viera todo.
Aceleré cuando noté que subía. El orgasmo llegó lento y largo, abundante; cinco o seis chorros que fueron a parar a los azulejos. Me quedé sin aire, tuve que apoyarme en la pared para no caer. La polla seguía con espasmos y se negaba a bajar.
Cerré el grifo, me sequé deprisa y fui a por el masturbador que guardaba en la habitación. Lo unté de lubricante y me lo puse encima todavía duro. El roce sobre una zona tan sensible me hacía jadear; lo movía con la mano, como una doble caricia. Me dejé llevar y volví a correrme dentro, esta vez con la sensibilidad al máximo, tanto que tuve que sacarlo enseguida porque no aguantaba el contacto.
Lo dejé a un lado en la cama. El cansancio me venció sin que opusiera la menor resistencia. Se me cerraron los ojos solos y caí en un sueño profundo. Soñé con la playa, con ella, inventando situaciones que en la realidad no llegaron a pasar. Fue, sin duda, el sueño más placentero que he tenido nunca.