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Relatos Ardientes

Mis compañeros de piso me encontraron así

Conocí a Diego un martes cualquiera, de esos en los que no esperas nada y todo termina pasando. Habíamos hablado por la aplicación durante un par de semanas, fotos a medias, mensajes que subían de tono cuando se hacía tarde, y al final me invitó a su piso de estudiantes en el barrio viejo. Me dijo que sus compañeros estaban de fiesta y que no volverían hasta el amanecer.

—Tenemos toda la noche para nosotros —escribió—. Ven sin prisa.

El edificio era de esos antiguos, con escalera de madera que crujía y una bombilla que parpadeaba en cada rellano. Subí los cuatro pisos despacio, con el corazón latiéndome en la garganta. Todavía estás a tiempo de dar la vuelta, pensé. Pero no quería darla. Llevaba demasiado tiempo deseando exactamente esto.

Diego abrió la puerta en calzoncillos, con el pelo revuelto y una sonrisa que no disimulaba nada. Era más alto de lo que parecía en las fotos, ancho de hombros, con un tatuaje que le subía por las costillas. Me miró de arriba abajo sin pudor, como si ya supiera lo que íbamos a hacer y solo estuviera comprobando el inventario.

—Así que tú eres el grandullón del que todos hablan —dijo apoyándose en el marco.

—¿Todos? —pregunté.

—El grupo del piso. Les conté que venías. —Se mordió el labio—. No te preocupes, no están.

El piso olía a cerveza vieja y a colonia barata. Había botellas en la mesa de la cocina, una pila de platos sin lavar y una guitarra apoyada en el sofá. Diego me llevó de la muñeca hasta su habitación, cerró la puerta con el pie y me empujó contra la pared antes de que pudiera decir nada.

Su boca sabía a menta y a algo dulce. Me besó con hambre, con esa urgencia de quien lleva días imaginándolo, y yo le respondí igual, agarrándole la nuca, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la ropa. Me quitó la camiseta de un tirón y se quedó mirándome el pecho.

—Joder —murmuró—. Las fotos no te hacían justicia.

***

Lo que vino después fue lento al principio. Diego me tumbó en su cama, una cama estrecha de estudiante con sábanas que olían a él, y se tomó su tiempo. Me recorrió el cuerpo con la boca, los dientes rozándome el cuello, la lengua bajando por el esternón. Cada vez que yo intentaba acelerar, él me sujetaba las muñecas contra el colchón y me obligaba a esperar.

—Tranquilo —susurraba—. No hay prisa. Tenemos toda la noche, ¿recuerdas?

La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara de mesa con la pantalla roja que teñía la piel de un tono cálido, casi irreal. Yo lo miraba desde abajo, con la respiración entrecortada, mientras él me preparaba con una paciencia que me volvía loco. Dos dedos, luego tres, lubricante frío y después su boca otra vez, hasta que le supliqué.

—Por favor —dije, y la voz me salió rota.

Diego sonrió y se colocó entre mis piernas. Me las levantó, me abrió en una uve que me dejó completamente expuesto, y entró despacio, centímetro a centímetro, observando mi cara para saber exactamente cuándo parar y cuándo seguir. Cuando estuvo dentro del todo solté un gemido largo que él ahogó con un beso.

—Eso es —dijo contra mi boca—. Ya eres mío.

Empezó a moverse con un ritmo profundo y constante. Yo me agarré a sus hombros, sentía el sudor resbalándome por las sienes, el colchón crujiendo, su aliento caliente en mi oído. El mundo se redujo a esa habitación roja, a su cuerpo encima del mío, al placer que me subía en oleadas. Perdí la noción del tiempo. No supe si llevábamos diez minutos o una hora.

Y entonces oí la llave.

***

Giró en la cerradura a las dos de la madrugada, exactas, porque vi el reloj de la mesilla justo en ese instante. Primero entró la luz del pasillo, blanca y fría, recortando una franja sobre el suelo de la habitación. Luego las voces.

—¡Diego! ¿Dónde te has metido, tío? Traemos pizza y birra para el…

La frase se cortó en seco.

Toni fue el primero en abrir la puerta del todo. Alto, moreno, con una camiseta de tirantes y los brazos marcados de gimnasio, se quedó petrificado con la caja de pizza todavía en la mano. Detrás de él, en fila, aparecieron los demás: Iker, larguirucho y rubio, con esas piernas interminables de jugador de baloncesto; Rubén, pelirrojo y pecoso, con el cuerpo fibroso de quien nada cada mañana; y Saúl, el más callado, bajito pero todo músculo, con el móvil ya a medio camino del bolsillo.

Hubo cuatro segundos de silencio que duraron una eternidad.

Diego seguía encima de mí, dentro de mí, los dos sudados y respirando fuerte, bañados por aquella luz roja como en una escena de película. Y yo los miré a los cuatro, uno por uno, sin cerrar las piernas, sin intentar taparme con la sábana que tenía a un palmo de la mano.

En mi cabeza solo se repetía una frase, una y otra vez. Me están viendo así, abierto y entregado, y nunca he estado tan excitado en toda mi vida.

Toni fue el primero en reaccionar. Se le escapó una risa nerviosa, y después una sonrisa lenta, peligrosa, que le cambió la cara entera.

—Hostia —dijo en voz baja—. Diego, ¿esto qué es? ¿Un regalo de bienvenida?

Diego no se movió. Yo tampoco. Pero apreté los músculos a su alrededor, una sola vez, fuerte, para que entendiera que no pensaba irme a ningún lado. Él soltó un gruñido contenido y me clavó los dedos en las caderas.

Iker dio un paso dentro de la habitación y cerró la puerta tras de sí. La franja de luz blanca desapareció y volvimos a quedarnos los seis en aquella penumbra roja.

—Tíos —dijo Iker, con la voz más ronca de lo que pretendía—. Este es el que decía Diego en el grupo. El grandullón. El que escribió que quería que lo dejaran sin sentido.

Rubén se mordió el labio. Saúl ya tenía el móvil en la mano, aunque la pantalla estaba apagada, como si todavía no se atreviera.

Diego habló por fin, con la voz temblorosa pero cargada de deseo.

—Chavales… os presento. Se llama Mario. Y, bueno… me estaba dejando hacer lo que quisiera.

Silencio otra vez. Lo notaba en el aire, esa tensión espesa, cuatro chicos plantados a los pies de la cama sin saber del todo qué hacer con lo que estaban viendo. La decisión, me di cuenta, no era de ellos. Era mía.

Así que hablé yo.

—Podéis hacer algo más que mirar —dije, con la voz rota de placer, recorriéndolos a los cuatro con la mirada—. Si os atrevéis.

Esa fue la mecha.

***

Toni se quitó la camiseta de un tirón y la tiró al suelo.

—Pues si el grandullón invita —dijo—, sería de mala educación rechazarlo.

En menos de un minuto los cuatro estaban desnudos alrededor de la cama. Diego salió de mí despacio, y sentí el vacío como un golpe en el estómago, una ausencia que necesitaba llenar de inmediato. Se apartó a un lado, apoyado contra la pared, mirando con una sonrisa y la mano ocupada, contento de cederme al resto.

Toni subió a la cama y se colocó entre mis piernas. Me levantó las caderas con las dos manos y me observó con algo parecido a la reverencia.

—Mira cómo lo ha dejado —murmuró—. Te ha abierto como una flor.

Entró de una embestida que me arrancó un gemido desde lo más hondo. No fue suave. No quería que lo fuera, y él lo supo. Me agarró de los muslos y empezó a moverse con una fuerza brutal, el cabecero golpeando la pared, mientras yo me retorcía debajo de él buscando más.

Iker se acercó por el otro lado y se inclinó sobre mi cara. No pidió permiso, y a esas alturas yo no quería que lo pidiera. Abrí la boca y lo recibí, sintiendo el peso de su deseo, las manos de Toni clavadas en mis caderas, dos ritmos distintos que me partían por la mitad y me dejaban sin aire.

Rubén y Saúl esperaban a los lados, impacientes, turnándose, las miradas yendo de mi cara a mi cuerpo y de vuelta. Saúl al final encendió el móvil, pero no para grabar nada que fuera a salir de allí; lo dejó en la mesilla, la cámara apuntando al techo, como si solo necesitara una excusa para tener las manos libres.

—Esto no me lo creo —dijo Rubén, casi para sí mismo—. Esto no me lo creo.

***

Y así fue la noche entera. Yo en el centro de aquella cama estrecha, rodeado de cinco desconocidos que a cada minuto lo eran menos. Toni embistiéndome sin tregua, Iker en mi boca hasta que se me saltaron las lágrimas, Diego mirando desde la pared con esa sonrisa de quien lo había orquestado todo. Y cuando Toni terminó, lo relevó Rubén, y a Rubén lo relevó Saúl, y a Iker lo sustituyó otra vez Diego, en un carrusel que no parecía tener fin.

Cambiamos de postura mil veces. Me pusieron a cuatro patas, me sentaron a horcajadas, me tumbaron de lado con una pierna en alto. Me pasaron de mano en mano como si fuera la mejor idea que habían tenido en la vida, y en algún momento dejé de distinguir quién era quién: solo había manos, bocas, cuerpos calientes y la luz roja tiñéndolo todo de irreal.

—Joder, Mario —jadeó Iker en algún momento, con la frente pegada a mi espalda—. Eres lo mejor que ha entrado en este piso.

No contesté. No podía. Estaba demasiado lejos, demasiado dentro de aquella sensación que me consumía. Cada empujón me acercaba a un borde del que llevaba horas asomándome sin caer, y cuando por fin caí, lo hice con un grito que se me escapó sin permiso, agarrado a las sábanas, el cuerpo entero sacudiéndose.

Ellos no pararon. Siguieron hasta que, uno tras otro, fueron rindiéndose también, hasta que la habitación se llenó de respiraciones agitadas y risas cansadas y el peso de cinco cuerpos derrumbándose sobre una cama que no estaba hecha para tantos.

***

Amanecía cuando me marché. La luz gris del alba entraba por la ventana mientras me vestía en silencio, con los cuatro dormidos amontonados y Diego despierto, observándome desde la almohada.

—¿Volverás? —preguntó.

Me até los cordones sin contestar enseguida. Por la ventana se veía el barrio viejo despertando, los primeros camiones, una persiana subiéndose en el bar de enfrente.

—Eso depende —dije al fin, con media sonrisa—. ¿Vuestros compañeros tienen pensado salir de fiesta otra vez?

Diego se rio bajito para no despertar a los demás.

—Para ti —respondió— nos quedamos en casa todos los fines de semana.

Bajé los cuatro pisos de aquella escalera de madera con las piernas todavía temblando y una idea muy clara en la cabeza. Esta no va a ser la última vez. Y, por la forma en que la puerta se cerró a mi espalda, supe que ellos pensaban exactamente lo mismo.

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Comentarios (4)

MatiasBA22

jajaja imaginate la escena!! tremendo, me encantó de principio a fin

DiegoCba_87

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber cómo reaccionaron los compañeros

Rodri_mdp

el arranque me mató, qué manera de abrir un relato. Seguí escribiendo porque tenés mucho para dar

Ignacio_Cba

increible!! se me hizo cortisimo, quiero mas

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