Lo que encontré en la mochila de aquel universitario
Tengo cincuenta y dos años, pero mi cuerpo no los aparenta. Las horas en el gimnasio y el trabajo físico de bedel me han mantenido en forma todo este tiempo. Los brazos marcados, los hombros anchos de cargar material, el pecho sólido con algo de vello ya encanecido. No soy un culturista, pero se nota que muevo peso a diario.
La cara tiene esas arrugas que dan carácter, las canas en el pelo y la barba recortada con ese punto plateado que a más de un chaval le tira. Soy el tipo de hombre maduro que hace que los universitarios de veinte se giren a mirarme cuando paso con el uniforme puesto, sudado después de cargar cajas por los pasillos.
El curso pasado, en plena época de exámenes, me encontré una mochila abandonada en los lavabos de la tercera planta del edificio de Arquitectura. Era tarde, casi las nueve de la noche, y los pasillos estaban desiertos. La cogí para llevarla a objetos perdidos, pero la curiosidad pudo conmigo.
Al abrirla vi lo de siempre: documentación con el nombre del dueño, manuales de cálculo, apuntes subrayados en amarillo. Un estudiante aplicado. Rebusqué un poco más intentando dar con el móvil para avisarle, y entonces mis dedos tocaron algo de silicona.
Metí la mano hasta el fondo y saqué dos plugs anales. Uno pequeño, de iniciación. Y otro bastante más serio: negro, grueso, de base ancha, con un botoncito y una lucecita LED. Conexión inalámbrica.
Me quedé plantado en el lavabo vacío, con el juguete en la mano, mirando la documentación del chaval. Veintitrés años según el carné. Cara de niño formal en la foto. Y ese cabrón llevaba esto en la mochila a clase. Le di la vuelta al plug: pesaba, era de los buenos. Aquel tío se lo metía de verdad.
Durante todo el día siguiente llevé la llave del armario en el bolsillo. Nadie preguntó por ninguna mochila en toda la mañana, y empecé a pensar que el chaval había renunciado a recuperarla, demasiado avergonzado por lo que escondía dentro. Pero al final de la jornada, sobre las siete, cuando ya recogía las últimas cosas de mi turno, apareció.
Un chico joven. Primero de carrera, seguro. Tendría diecinueve años como mucho. Pelo castaño algo largo, gafas de pasta, sudadera gris de la facultad, vaqueros ajustados. Delgado, con esa cara de buen crío que todavía no ha perdido del todo. Se acercó al mostrador con pasos cortos, mirando al suelo.
—Perdone… eh… ayer… creo que me dejé una mochila —dijo en voz baja, casi un susurro. Estaba rojo como un tomate.
Me apoyé en el mostrador, cruzando los brazos, dejando que los bíceps tensaran la camisa del uniforme.
—¿Una mochila? ¿De qué color?
—Negra… con… con un parche de un grupo de música —balbuceó, sin atreverse a mirarme.
Era él. El dueño de los plugs.
—Ah, sí. La encontré yo ayer en los lavabos de la tercera planta —dije despacio, saboreando cada palabra—. La revisé para ver de quién era.
El chaval palideció. Se le cortó la respiración.
—¿La… la revisó?
—Claro. Hay que comprobar la documentación para saber a quién pertenece —respondí con una sonrisa—. Vi cosas muy… interesantes.
—Acompáñame a conserjería. Tengo que verificar que la mochila es tuya. Y que esos objetos son tuyos, ya sabes a qué me refiero, ¿verdad?
El chaval tragó saliva con fuerza. Vi cómo le subía y le bajaba la nuez.
—Yo… sí… —tartamudeó, las mejillas de rojas a casi púrpura—. ¿De verdad hace falta que…?
—Es el protocolo —le corté, serio, sosteniéndole la mirada—. Si no puedes identificar el contenido, no puedo entregártela. Podría ser de cualquiera.
Sus ojos se movieron nerviosos hacia los lados, comprobando que no hubiera nadie cerca. El vestíbulo estaba vacío.
—Vale —susurró al fin, bajando la vista—. Sí… hay cosas personales.
—Entonces sígueme —ordené, dándome la vuelta sin esperar respuesta.
Eché a andar hacia la zona de conserjería, al fondo del pasillo. Escuché sus pasos dubitativos detrás de mí, arrastrando un poco las zapatillas. El pobre crío venía siguiéndome como un cordero, sabiendo perfectamente lo que le esperaba dentro.
Abrí la puerta del cuarto, me hice a un lado y, cuando entró, cerré y eché la llave. El chasquido del pestillo resonó en el pequeño habitáculo. El chaval se quedó quieto en medio de la estancia, las manos en los bolsillos de la sudadera, temblando ligeramente.
Cogí la mochila del armario y la dejé sobre la mesa. La abrí despacio, sin dejar de mirarle.
—Además de los manuales, ¿hay algo personal que sea tuyo? —pregunté con una sonrisa que dejaba clarísimo que ya sabía la respuesta—. Tienes que contestarme para verificar que son tus objetos.
El chaval miraba la mochila abierta como si fuera una bomba a punto de estallar.
—Venga, dímelo —insistí, cruzando los brazos—. ¿Qué más hay ahí dentro?
Se quitó las gafas y se frotó los ojos. Cuando volvió a ponérselas, tenía las lágrimas contenidas.
—Hay… hay dos… juguetes —susurró, apenas audible.
—¿Juguetes? No te oigo bien.
—¡Dos plugs! —soltó de golpe, casi gritando de pura vergüenza. Se tapó la cara con las manos—. Joder, ya está, ¿vale? Hay dos plugs anales en mi mochila.
—Ajá. ¿Y para qué los llevas a clase?
—A veces me lo pongo… antes de venir —se le escapó un sollozo ahogado—. El pequeño. El grande es para casa.
—¿Y por qué traes el grande a la facultad, entonces?
—Porque a veces, después de clase, voy a quedar con gente que conozco por una app —confesó, hundiéndose todavía más—. Y si el tío promete, lo uso antes para estar preparado.
La humillación en su cara era total.
—O sea, que vienes a clase con el culo abierto, ¿no? —resumí, disfrutando cada segundo—. Ahí sentadito en las aulas, tomando apuntes, con un plug metido.
—Sí —susurró, derrotado.
—¿Y el negro grande, el de la lucecita?
Se estremeció al oír la descripción.
—Ese vibra. Lo conecto al móvil y puedo controlarlo yo o dárselo a alguien para que lo maneje. A un tío que conocí. Me hacía llevarlo puesto en la biblioteca y lo activaba cuando le daba la gana. Yo tenía que aguantar sin hacer ruido.
El chaval seguía con la cabeza gacha, deshecho de vergüenza, cuando sus ojos se desviaron hacia abajo. Hacia mi entrepierna. La tenía completamente dura bajo el pantalón del uniforme, imposible de disimular, el bulto marcándose contra la tela azul oscuro.
Se quedó paralizado mirándolo. Abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
—Yo… puedo usarlos —tartamudeó, con la voz temblando—. Delante de usted. Para que vea que son míos. Para verificar que es mi mochila.
Me apoyé contra la mesa, dejando que viera bien mi erección.
—Vale. Hazlo.
El chaval tragó saliva y empezó a desnudarse. Las zapatillas, los calcetines, la sudadera gris, la camiseta blanca. Estaba delgado, pálido, lampiño, las costillas marcándose apenas, el pecho liso de crío que aún no ha pisado un gimnasio. Se desabrochó los vaqueros con dedos temblorosos y se los bajó junto con la ropa interior de un tirón.
Y ahí estaba. Completamente desnudo delante de mí. La tenía a medias, pequeña, colgando entre unas piernas flacas con algo de vello castaño claro. Pero lo mejor era su culo: pequeño, redondo, prieto, dos nalgas blancas y suaves que pedían a gritos que las abrieran.
Metió la mano en la mochila y sacó el plug pequeño, el de metal.
—No —le ordené—. Usa el grande. El negro. El que vibra.
Se giró hacia mí con los ojos muy abiertos.
—Pero… si ese es muy…
—He dicho el grande.
Se quedó quieto unos segundos. Luego asintió despacio y volvió a meter la mano. Sacó el plug negro y lo sostuvo, mirándolo con terror.
—¿Tienes lubricante?
—Sí… en el bolsillo lateral.
Cogió el bote, pero antes de abrirlo se llevó el plug a la boca. Empezó a lamerlo despacio, recorriendo la silicona con la lengua, los ojos cerrados a medias, la expresión pasando del terror puro a algo más entregado. Luego se mojó dos dedos, se inclinó hacia delante y empezó a meterse el índice.
Al principio con timidez, mordiéndose el labio, temblando. Pero cuando entró el segundo dedo, se le escapó un gemido bajo que no pudo contener.
—Joder —susurró para sí, con los ojos cerrados.
Ya no estaba avergonzado. Estaba excitado. Se echó lubricante y volvió a metérselos, esta vez con más ganas, abriéndose despacio. La tenía ya completamente dura, goteando contra el suelo.
—Te gusta, ¿eh? —le dije, bajándome la cremallera.
—Sí —admitió sin pensarlo, con la voz ronca—. Me encanta.
La saqué y empecé a tocarme despacio, viendo cómo el crío se abría para mí. Se puso de espaldas, apoyando las manos sobre la mesa, cogió el plug grande y le echó más lubricante. Llevó la punta atrás y empezó a empujar.
—Joder… joder… —gemía mientras la punta iba entrando. Su cuerpo se resistía al principio, pero él seguía empujando.
—Métetelo entero —ordené.
El plug se hundió hasta la base de golpe y el chaval soltó un grito ahogado, arqueando la espalda. Se quedó ahí, temblando, con el juguete dentro del todo. Solo asomaba la base negra entre sus nalgas.
—Lo tengo entero… —gimió, mirándome por encima del hombro con los ojos vidriosos.
Se incorporó despacio y cogió el móvil con dedos torpes. Abrió la aplicación, tocó la opción de compartir el control y apareció un código en pantalla.
—Escanee esto —dijo entrecortado, sosteniéndolo con las dos manos—. Así podrá controlarlo usted. Descárguese la app.
El plug vibraba en su interior en modo bajo. Yo saqué el móvil y empecé a descargar la aplicación. La barra iba lenta mientras yo seguía tocándome con la otra mano.
El chaval no aguantó más. Se dejó caer de rodillas delante de mí y me agarró de la cintura. Me miró desde abajo con esos ojos desesperados, las gafas algo torcidas, la boca entreabierta.
—Por favor… —suspiró.
Y se lanzó directo. Su boca caliente me envolvió de golpe y empezó a chupar con unas ganas brutales, sin demasiada técnica pero con un hambre salvaje. La saliva le goteaba por la barbilla. Se notaba que no era la primera vez.
—Joder, qué vicioso estás… —gruñí, agarrándole del pelo castaño.
Él respondió metiéndola más al fondo, ahogándose un poco pero sin parar. Y entonces empezó a moverse: las caderas balanceándose, el culo apretando y soltando alrededor del plug, forzándolo a moverse dentro, como si se follara a sí mismo con el juguete mientras me la chupaba.
Lo cogí del pelo con fuerza y tiré hacia atrás, sacándosela de la boca de golpe.
—Lámelos bien —gruñí—. Si quieres lo de dentro, te lo ganas antes.
El chaval gimió y empezó a lamer obediente, la lengua caliente recorriendo cada pliegue.
—No me voy a correr todavía —le avisé, vigilando la pantalla—. Cuando termine de instalarse esto, ya veremos.
Su propia erección goteaba sin parar formando un charco pegajoso en el suelo.
***
La descarga terminó. Abrí la aplicación, busqué la opción de escanear y apunté la cámara hacia la pantalla que el chaval aún sostenía con mano temblorosa. Conectado. Apareció el control: intensidad, patrones, modo música.
Toqué en el modo música y elegí una canción de mi biblioteca, un tema de heavy de los que pegan fuerte. Le di al play. El plug empezó a vibrar al ritmo de la batería y la guitarra.
—¡Joder! —gritó el chaval, arqueando la espalda con violencia. Las piernas le temblaban, casi pierde el equilibrio de rodillas.
Las vibraciones cambiaban de intensidad siguiendo cada golpe, cada riff. Su cuerpo se contraía sin control alrededor del juguete.
—Ahora sí —gruñí.
Le agarré la cabeza con las dos manos y se la metí hasta el fondo de la garganta de una sola embestida. Empecé a usar su boca sin tregua, entrando y saliendo, forzándole a tragarla entera cada vez. Su nariz chocaba contra mi vello encanecido, la saliva le caía por toda la barbilla.
Él intentaba respirar entre embestidas, pero apenas podía. Las gafas se le resbalaban, torcidas. Sus manos me agarraban los muslos intentando aguantar, pero no me apartaba. Se dejaba. Y mientras tanto, el plug vibraba salvaje al ritmo de la música, cada cambio de intensidad haciéndolo temblar y gemir ahogado.
—Trágatela… —gruñí, embistiendo más fuerte, más profundo.
Su garganta se contraía alrededor del glande. Se ahogaba, pero no apartaba la cara. Las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas, mezclándose con la saliva que le chorreaba hasta el cuello.
La canción seguía, la batería aceleraba, el plug vibraba más fuerte. El chaval gemía desesperado, deshecho entre mi polla y el juguete torturándole por dentro. Su propia erección goteaba sin parar, a punto de explotar sin que nadie la tocara.
El solo de guitarra volvió locas las vibraciones dentro de él. Gritó ahogado, arqueando la espalda. Y exploté. Me enterré hasta el fondo de su garganta y descargué en chorros calientes, uno tras otro. Él se ahogaba, intentaba tragar pero era demasiado; se le escapaba por las comisuras. Tosió sin apartar la cara, tragándose lo que pudo.
—Así… buen crío… —suspiré, dándole las últimas embestidas lentas.
Cuando terminé, le solté el pelo. Se quedó de rodillas, tosiendo, con las gafas torcidas, los ojos vidriosos. El plug seguía vibrando dentro de su culo. Su propia erección, dura como una piedra, goteaba a punto de reventar.
Lo agarré del brazo y lo levanté de un tirón.
—Venga, date la vuelta.
El chaval obedeció al instante. Lo empujé hacia la mesa y lo obligué a inclinarse sobre ella, el pecho aplastado contra la madera fría, los brazos extendidos, el culo en pompa. Se dejaba usar por completo. Intentó llevar la mano hacia su erección y le di un manotazo.
—No te corres con la mano —gruñí—. Te corres por el culo o no te corres.
Volvió a intentarlo. Otro manotazo.
—Por favor… —sollozó, moviendo el culo en el aire.
Abrí la mochila y saqué un preservativo. Rasgué el envoltorio con los dientes y me lo puse. Agarré la base del juguete y empecé a sacarlo.
—Ooohh… joder… —gimió mientras el plug salía despacio, centímetro a centímetro. Su cuerpo se resistía a soltarlo.
Salió del todo. Su entrada quedó abierta, dilatada, palpitando en el aire. Dejé caer el plug al suelo, donde siguió vibrando contra las baldosas. Puse la punta en su entrada abierta.
—Respira hondo…
Y se la metí entera. De golpe. Hasta el fondo.
—¡Joder! —gritó, arqueando la espalda con violencia. Las manos se le clavaron en el borde de la mesa. Me apretaba como un guante, caliente y prieto, todavía templado por las vibraciones.
—Así… qué buen culo… —gruñí, agarrándolo de las caderas.
Él gemía sin control, completamente empalado. Su erección rebotaba contra el abdomen, hinchada y a punto de estallar. Empecé a moverme dentro de él sin piedad. Mis caderas golpeaban contra su culo con cada embestida, y el sonido de carne contra carne retumbaba en el cuarto cerrado.
—¡Sí…! ¡Sí…! —gemía él, aplastado contra la mesa, babeando sobre la madera.
—A partir de ahora vas a ser mío —gruñí en su oído, sin dejar de moverme—. Cada día vas a venir aquí, antes de tu primera clase, para que yo descargue.
—S-sí… seré suyo… lo que quiera… —sollozó, con las lágrimas cayéndole.
Le tiré del pelo, echándole la cabeza hacia atrás.
—Dilo. Di que eres mío.
—¡Soy suyo! —gritó—. ¡Para que descargue cada día!
—Así me gusta…
Seguí embistiendo sin parar. Su cuerpo delgado rebotaba contra la mesa con cada golpe.
—Este culo ya no es tuyo —gruñí—. Es mío. Para follar cuando me dé la gana. Antes de clase, entre clases, después de clase. Siempre que este viejo necesite vaciarse, tú estarás aquí esperando.
—Sí… siempre… —jadeó, rendido.
—¿Vas a dejar que otros te toquen? —pregunté, dándole un azote.
—¡No! ¡Solo usted!
—Borras esa app —ordené, follándolo más duro, más rápido. La mesa rechinaba contra el suelo—. Ya no necesitas buscar a nadie. Me tienes a mí.
—La borro… se lo prometo… seré solo suyo…
Sentí cómo todo se me tensaba otra vez, el calor subiéndome desde la base de la columna.
—Voy a llenarte… —gruñí.
—¡Sí! ¡Lléneme! —suplicó, empujando el culo hacia atrás para tragarme más profundo.
Tres embestidas más. Cuatro. Cinco. Exploté dentro del preservativo, enterrado hasta el fondo, gruñendo como un animal mientras me vaciaba por completo. Él gritó y se corrió sin tocarse, su erección escupiendo chorros contra el suelo mientras su cuerpo se contraía violentamente alrededor del mío, ordeñándome hasta la última gota.
Nos quedamos ahí, jadeando, sudados, yo todavía dentro de él. El plug seguía vibrando en el suelo. La canción ya había terminado hacía rato.
—A partir de mañana —jadeé—, te quiero aquí a las siete y media. Antes de tu primera clase. Limpio y con el plug puesto. ¿Entendido?
—Sí… entendido… —susurró, completamente deshecho y feliz.
Salí de él despacio, con un sonido húmedo. Me quité el preservativo y lo anudé.
—Vístete —ordené, tirándolo a la papelera—. Pero antes —añadí, señalando el plug que seguía vibrando en el suelo—, métete eso. No quiero que te manche los pantalones.
Él me miró, los ojos vidriosos detrás de las gafas torcidas. Y sonrió. Una sonrisa de rendición total, de quien acaba de encontrar a su dueño.
—Sí, señor —dijo en voz suave.
Se agachó a recoger el plug. Apagué la aplicación desde el móvil y las vibraciones cesaron. Se dio la vuelta, apoyando las manos en la mesa, y me ofreció su culo abierto, todavía brillante de lubricante. Llevó la punta a su entrada, respiró hondo y empezó a metérselo. Poco a poco, centímetro a centímetro. La parte más ancha le estiró la entrada; cerró los ojos, se mordió el labio y empujó un poco más, hasta que entró del todo y se cerró alrededor de la base, atrapándolo dentro.
Soltó un gemido de satisfacción y se giró hacia mí.
—¿Así está bien, señor?
—Perfecto —gruñí—. Ahora vístete. Y mañana a las siete y media aquí. Ni un minuto tarde.
Empezó a vestirse despacio, con el plug bien metido. Cuando terminó, parecía un estudiante cualquiera. Nadie habría dicho que llevaba un juguete dentro y que acababa de convertirse en el desahogo particular de un bedel de cincuenta y dos años.