Acabé en la fiesta de Mauricio rodeado de machos
Soy de Monterrey y desde el último año de secundaria sé que me van los dos lados. Mucha gente piensa que el bisexual no existe, que es un escalón para no aceptar que eres gay, pero a mí me valen esas teorías. Yo entreno duro en el gimnasio, tengo tatuajes en los brazos y en la espalda, y nadie que me cruce por la calle me imagina mamando una verga al rato. Justo por eso me gusta. Me prende ser ese cabrón al que nadie se figura cachondeando con señores casados a las tres de la mañana.
Andaba en el último semestre de prepa cuando pasó lo que les voy a contar. Un sábado había salido de fiesta con la banda del salón, los típicos compas con los que te tomas seis cubas y terminas gritando una canción de banda en plena Plaza Morelos. Como a las doce me regresaron a la colonia. Iba pedo y caliente, esa combinación peligrosa en la que el celular se vuelve una pistola cargada.
Mientras los muchachos manejaban yo ya iba mandando mensajes a tres o cuatro señores que me habían cogido antes. Tipos divorciados, casados aburridos, padres de familia que vivían a quince minutos de mi casa y que sabían cómo dejarme el culo bien lleno. No quería dormir solo, quería una verga adentro antes del amanecer.
Me bajaron en la esquina de mi casa y me quedé ahí, recargado contra la barda, esperando que vibrara el teléfono. La calle estaba en silencio. Solo un perro ladrando lejos y el ruido del semáforo cambiando para nadie. Por fin contestó uno. Era Mauricio, un señor que había conocido en una página de anuncios y que vivía cerca, a quince cuadras.
Mi mensaje había sido directo, sin rodeos: «Qué onda papi, andas dormido o de fiesta». Mauricio me respondió a los pocos minutos: «¿Dónde andas, culito? Estoy en casa de un compa con la banda. Andamos pedos y con perico».
Me alegró saber que no estaba solo. Le escribí: «Yo también ando pedo y caliente. Quiero una verga metida hasta el fondo, papi». Lo que me contestó me puso a mil de inmediato.
—Uy culito, por eso te respondí. Contratamos a una puta trans para cogérnosla entre todos, pero la culera nos vio, se rajó y se peló. Somos seis cabrones queriendo vaciar los huevos en un agujero. Vente, te usamos —decía el mensaje.
Me temblaron las manos de la ganas. Le pedí la dirección y le mandé un último audio: «Voy en camino, papi. Quiero que me dejen el culito bien preñado, no me importa con quién». Quería ponerlos calientes antes de llegar. Quería que me esperaran como se espera a la cena.
Pedí un taxi y mientras lo esperaba me revisé al espejo del celular. Llevaba unos jeans entallados, una playera negra y la nuca recién rasurada. Bien. Me veía bien para lo que me venía.
***
La casa estaba en una colonia tranquila, una de esas calles de banqueta angosta y árboles viejos. Desde la esquina ya se escuchaba la música a todo volumen, corridos y banda. Toqué el timbre y abrió Mauricio. Lo había visto dos veces antes y siempre me había parecido un señor común, panzón, con barba mal recortada y manos grandes. Esa noche estaba todavía más rojo de la cara, los ojos chiquitos y brillantes.
—Pásale, mijo, pásale —me dijo apretándome la nalga al entrar.
Me llevó a la sala sin más presentación. Eran cinco más esperando, todos sentados o de pie con la cerveza en la mano. Tendrían entre cuarenta y cincuenta años, salvo uno que parecía mayor, sesenta tal vez, con la panza por encima del cinturón y una mirada que me recorrió de arriba abajo como si midiera carne en un mercado. Eran morenos, robustos, machines. Olía a sudor, a tabaco y a colonia barata. La mesa de centro tenía un espejito con tres líneas de coca a medio jalar.
Mauricio me agarró del brazo antes de que pudiera saludar y me jaló a un cuarto al final del pasillo.
—Mira, güey —me dijo cerrando la puerta—. Esto era para la puta. Póntelo tú. Los vas a calentar machín si sales así.
Sobre la cama había unas medias de nylon rosa pálido y una tanga del mismo color, brillante, casi metálica. Le dije que sí con la cabeza y empecé a desnudarme. Mauricio se quedó mirándome un momento, se relamió los labios y salió. Quedé en la cama con la luz amarilla de un foco viejo iluminándome los muslos. Me puse las medias despacio, sintiendo cómo el nylon se ajustaba a las piernas, y después la tanga. Me miré al espejo del clóset. Parecía otra persona. Me prendió verme así, como si la versión decente de mí se hubiera quedado afuera.
Salí descalzo y los seis voltearon al mismo tiempo. Uno chifló. Otro soltó una carcajada. Don Reynaldo, el mayor, no se rio. Solo apretó la mandíbula y se acomodó el bulto del pantalón.
—Ven, mija —me dijo Mauricio parándose en medio de la sala—. Vente a comerme la verga y enséñales el culito a los compas.
Se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones a medio muslo. Su verga ya estaba medio dura, gordita, peluda, oscura. Me hinqué frente a él con las piernas separadas y me llevé esa verga a la boca. Mientras le pasaba la lengua por la cabeza, me solté las nalgas con las manos para que los demás pudieran verme. Sentí seis miradas clavadas en el ano. Me sentía perra. Me sentía mercancía. Me prendía tanto que se me iba la cabeza.
—Eso, mija. Enséñales que andas en celo, pinche perra —me dijo Mauricio mientras me agarraba la nuca y empujaba.
Hice la tanga a un lado y me metí un dedo. El gemido me salió sin pensar. Mauricio se giró hacia los demás y soltó:
—Órale, cabrones, la perra ya está rogando que le metan algo. ¿Quién va primero?
Uno de ellos se quitó el pantalón a la velocidad de la luz. Era de complexión recia, panza dura, vello negro por todas partes. Tendría unos quince centímetros pero con la cabeza ancha, brillando ya de babita. Se escupió en la mano, se la untó y se acomodó atrás de mí.
—Ahí va, perrita. Pa que no te piques la cola, mejor te la pico yo con la verga —dijo, y los demás se rieron.
Sentí la cabeza estirándome el ano y bajando hasta el fondo casi de un solo empujón. Solté un gemido fuerte, más sorpresa que dolor.
—Ayyy, qué rico, no mames —se me escapó.
Me agarró de la cadera, se quedó quieto un momento dejándomela hasta el tronco y empezó a bombear. Primero despacio, después más rápido, más rápido, hasta que el sillón crujía con cada empujón. Yo tenía la verga de Mauricio entrando y saliendo de mi boca, su mano todavía en mi nuca. El de atrás me daba con tanta fuerza que el sonido de la nalgada se mezclaba con la música.
—Eso, cabrón, llénale el culo. Déjamelo lubricadito —le decía Mauricio.
Le apreté el ano, intentando ordeñarlo. Quería sentir cómo se vaciaba. No tardó. Soltó un gruñido largo, se me pegó hasta el fondo y sentí los espasmos. Tres, cuatro chorros calientes adentro. Se quedó pegado un momento, jadeando, con las manos clavadas en mi cintura, y después se salió despacio. Sentí el ano abrirse, vacío, con un hilo escurriendo hacia el muslo.
***
Mauricio se sacó la verga de mi boca y dio la vuelta para tomar el lugar de su compa. Yo me acomodé bien en cuatro, levanté el culo y abrí más las piernas como una buena hembra.
—Miren nada más, solita se acomoda —dijo otro de los amigos.
—Esta perra no tiene llenadera —contestó Mauricio.
Me clavó de golpe y volvió a sacarme un gemido. Me dio una nalgada que sonó seca y se puso a moverse con un ritmo más constante, más cogedor. Yo ya estaba flojo y resbaladizo, así que solo sentía placer. En esas estaba cuando se me paró otro enfrente, sin pantalones, ofreciéndome la verga. No alcancé a verla bien porque me la metió de un jalón en la boca. Tenía unos quince centímetros, gruesa, oscura, con un sabor a sudor que me hizo cerrar los ojos.
Mauricio aguantó unos cuantos minutos. Me clavó hasta el fondo, jadeó como animal y vació adentro su segunda porción de la noche. Cuando salió, el de la boca me la sacó también y se hizo a un lado.
—¿Quién sigue? —preguntó Mauricio frotándome la espalda con la palma abierta.
Sin que viera quién, otro se acomodó atrás de mí y me la metió de un solo empujón. Esa la sentí más adentro. Más larga. Solté un gemido más fuerte, casi un grito ahogado. El amigo de adelante me volvió a tomar de la cabeza y me cogió la boca con desesperación, hasta que terminó vaciándose en mi garganta. Me tragué todo. Al principio amargaba; después se ponía dulce. Eso es algo que aprendí esa noche.
El de atrás aguantó más. Me llevó a un punto donde ya no pensaba, donde solo escuchaba mi propia respiración y el ruido de su pelvis contra mis nalgas. Cuando terminó, me dejó otra vez la sensación caliente adentro y se salió despacio. Cuatro vergas, cuatro porciones de leche. Mi culo ya era una poza.
El siguiente fue rápido. Apenas le tomó cinco minutos. Me agarraba de la cintura como perro a su perra, me clavaba hasta el fondo y soltaba ruidos cortos. Cuando se vino, casi se cae encima de mí. Me quedé quieto, con la frente en el sillón, esperando. Empezaba a sentir el cansancio en las rodillas, pero todavía me quedaba algo.
—Échele, don Reynaldo, ya nomás falta usted de desahogarse —dijo Mauricio.
Levanté la cabeza. Se me había olvidado el viejo. Estaba sentado en el sillón de enfrente, callado, con las dos manos en el bulto. Me miró fijo.
—A ver, mami, ven pa acá —me dijo con una voz grave, sin prisa—. Quiero verte la carita cuando te la meta.
Me levanté con las piernas temblando un poco y me acomodé boca arriba sobre el brazo del sillón, con los pies apoyados en la tela. Don Reynaldo se paró frente a mí, se bajó el short y dejó libre lo que tenía. Solté un sonido sin querer.
—Ayyy, don Reynaldo —dije con los ojos muy abiertos.
Era una verga distinta a todas las que había probado. Diecinueve, veinte centímetros, curva hacia arriba, gruesa como muñeca de niño, oscura, llena de venas. La cabeza era enorme, morada, brillante. Los otros se rieron de mi cara. Mauricio aplaudió.
—Ira lo que te voy a meter, mamita —dijo el viejo bajándose la piel con dos dedos.
Me tomó los tobillos, me los acomodó sobre su pecho y se agarró la verga del tronco para apuntarla. Empujó despacio, sin pausa, sin prisa, hasta que sentí la cabeza presionando un punto adentro que no sabía que existía. Las piernas me temblaron solas. Los pies se me doblaron en punta sobre su pecho. De la verga me empezó a escurrir babita sin que la tocara nadie.
—¿Rica, eda? —me dijo viéndome a los ojos.
Yo solo asentí con la boca abierta. No podía hablar.
Me agarró los pies y me los abrió para los lados, separándome más las piernas. Empezó a moverse. Cada empujón me sacaba un gemido nuevo. Era distinto a los otros. Don Reynaldo sabía. Cogía con experiencia, con ritmo, leyéndome la cara para saber cuándo apretar más y cuándo aflojar. Yo no podía dejar de mirarlo. Le gemía como una hembra de verdad.
—Pinche don Reynaldo, me la va a desmayar —se rio Mauricio.
El viejo ni caso le hizo. Aceleró. Me agarró de la cintura, me pegó más a él y me cogió con más fuerza. Sentía cómo la cabeza me empujaba la lechita propia hacia afuera con cada embestida. Otro de los amigos se acercó al lado y se la jaló frente a mi cara. Me agarró del pelo, me giró la cabeza y descargó en mi boca un chorro caliente y amargo. Me tragué lo que pude.
—Te voy a llenar, mami, te voy a llenar —avisó don Reynaldo entre jadeos.
Apuntó hasta el fondo y se vino. Sentí cada palpitación de su verga adentro, larga, lenta, como si quisiera asegurarse de que cada gota se quedara. Cuando terminó, salió despacio y me mantuvo las piernas abiertas para mirarme.
—Ira qué rica puchita tienes, toda llena de mecos —dijo casi con ternura.
***
Pensé que se acababa ahí, pero Mauricio se había metido coca y andaba prendido. Apenas me bajaba las piernas cuando me las volvió a levantar y me clavó de nuevo. Cogía rápido, urgido, sin orden, jalándome los pies hacia su cara y chupándome las medias de nylon. No tardó en darme otra porción y caer hacia atrás riéndose solo.
Yo respiraba fuerte. Bajé las piernas, me senté en el brazo del sillón un momento. Uno de los amigos, sentado en el sofá, se la jalaba mirándome.
—Ven, trágatela —me dijo.
Me bajé al piso, me puse en cuatro entre sus piernas y le abracé la cabeza con la boca. Apenas la chupé tres veces, otro se me acomodó atrás. Era el de la coca. Me clavó de golpe y empezó a montarme como perro. Apoyé la frente en el sillón y dejé que se diera gusto. Yo ya no tenía energía para nada. La verga del de adelante se vació en mi boca casi al mismo tiempo que el de atrás soltaba lo suyo adentro. Quedé tirado en la alfombra, jadeando, con la tanga torcida y las medias rotas en una rodilla.
El resto se rio. Mauricio se paró encima de mí, sacó la verga ya flácida y me dio dos cachetadas suaves con ella en la mejilla.
—¿Qué pasó, putita? ¿No que querías mucha verga? —se burló.
Me dio un poco de risa también. No me ofendía nada esa noche.
***
Me levanté como pude, fui al baño, me limpié encima con papel y agua, me vestí. Don Reynaldo se estaba poniendo el saco. Me ofreció llevarme a la casa. Mauricio se rio y le preguntó si me iba a dar la despedida. El viejo asintió sin sonreír.
Tenía una pickup vieja, de las grandes, con olor a tabaco impregnado. En el camino me preguntó si me había gustado y le dije que sí. Me dijo que olía a sudor y a mecos, y se rio bajito. A dos colonias de mi casa metió la pickup en una calle oscura y se estacionó junto a un terreno baldío.
—Órale, mamita —me dijo desabrochándose el pantalón otra vez—. Móntate. Quiero verte gozar.
Le dije que ya andaba muy cansado, que mejor otro día. Me miró sin sonreír y me apretó el brazo con la mano grande.
—No seas mal agradecido, sorrita. Te estoy llevando a tu casa. Ordéñame.
No había forma de decirle que no. Me quité los pantalones, pasé una pierna sobre él y me dejé caer despacio sobre esa verga otra vez dura. Aunque seguía resbaladizo y abierto, la entrada me dolió un poco. Me agarró de la cintura y empezó a hacerme subir y bajar. A los pocos segundos ya estaba yo solo moviéndome encima de él, gimiendo otra vez como al principio.
—No que no, mamita. Si te encanta —me dijo viéndome a los ojos.
Cuando se vino me clavó hasta el fondo y me dejó ahí, sintiendo otra vez las palpitaciones largas. Me bajé temblando, me vestí en silencio y me dejó en la avenida, a dos cuadras de mi casa.
Caminé despacio. El culo me escurría dentro del pantalón. Tenía las medias guardadas en la bolsa porque me daba pena tirarlas en la calle. Cuando llegué, abrí la puerta con cuidado, me metí a la regadera y me quedé un rato bajo el agua caliente, sintiendo cómo se me iba la noche por el desagüe.
Esa fue la única vez que me cogieron entre seis. No la única que me cogió don Reynaldo. Pero esa es otra historia.