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Relatos Ardientes

Acepté lo que mi amigo me pidió en su auto

Era sábado por la noche y la casa estaba tan silenciosa que se escuchaba el zumbido del refrigerador desde el sillón. Llevaba horas tirado frente al televisor, cambiando canales sin enganchar con ninguno, con un vaso de hielo derritiéndose sobre la mesa baja. Eran cerca de las once cuando el celular vibró y vi su nombre en la pantalla.

Mateo no era un amigo de los que escribían cada día. Lo veía cada tres o cuatro meses, casi siempre en cumpleaños ajenos, y siempre nos íbamos en algún momento a charlar afuera. Habíamos estado tomando algo dos semanas atrás, y entre cerveza y cerveza yo le había confesado, medio en broma, que tenía una fantasía dando vueltas hacía meses: una mamada dentro de un auto, en algún estacionamiento mal iluminado, con el miedo de fondo de que alguien apareciera. Él se había reído y había dicho que la idea le gustaba más de lo que esperaba.

—¿Qué hacés? —escribió.

—Nada, mirando tele. ¿Vos?

Tardó treinta segundos en responder.

—Necesito una mamada.

Me quedé mirando el mensaje con el pulgar suspendido sobre la pantalla. Lo leí tres veces. La primera, sentí una punzada en el estómago. La segunda, se me secó la boca. La tercera, ya estaba calculando cuánto tardaba en llegar a la zona del polígono industrial donde a veces estacionaba la gente para no ser vista. Se me estaba poniendo dura antes de contestar, la polla empujando contra el pantalón de andar por casa, y me la agarré por encima de la tela sin pensarlo, apretándomela mientras releía las tres palabras.

Me levanté del sillón y fui a la cocina. Tenía una botella de vodka a medio terminar arriba del microondas. Me serví un chupito corto y lo bajé de un trago, sintiendo el ardor en el pecho y la lengua amarga. Necesitaba sacudirme la cabeza pensante, la que iba a sabotearme con argumentos de último momento. No tengo que decir que sí. Puedo decir que estoy cansado. Pero la verdad era otra: hacía meses que la fantasía me dormía y me despertaba, meses imaginándome de rodillas en un asiento de copiloto con una verga desconocida golpeándome contra el paladar.

—¿Dónde? —escribí.

—En el predio de atrás del supermercado viejo. En quince minutos.

Me puse un pantalón cómodo, una remera oscura y zapatillas. No me miré en el espejo, porque sabía que si me miraba iba a buscarme una excusa. Cerré la puerta despacio, como si temiera despertar a alguien, aunque vivía solo. Bajé las escaleras de a dos en dos y entré al auto. Las manos me temblaban un poco al meter la llave.

Manejé despacio por las calles vacías. El reloj del tablero marcaba las once y veinte. La ciudad parecía contener la respiración. En los semáforos miraba a los costados sin razón, como si esperara que alguien me reconociera. Nadie te conoce. Nadie te está mirando. Tenía la polla dura contra la costura del pantalón desde que había salido del edificio, y cada bache me la sacudía y me recordaba a qué iba.

Llegué al predio y reduje la marcha. Era una explanada de cemento agrietado, con dos postes de luz que parpadeaban y un montón de cajones de plástico apilados contra la pared del supermercado clausurado. Al fondo, junto a un contenedor oxidado, estaba el auto de Mateo. Me hizo señas con las luces.

Estacioné detrás de él y respiré hondo. Apagué el motor. Por un instante consideré arrancar de nuevo y volver a casa. Después abrí la puerta y bajé.

Él también bajó. Nos quedamos un segundo de pie en el medio de los dos autos, mirándonos como dos chicos que nunca habían hecho algo así.

—¿En el tuyo o en el mío? —preguntó.

—En el tuyo —dije sin pensarlo.

Me subí del lado del acompañante. Olía a ambientador barato y a transpiración fresca. Él se acomodó en el asiento del conductor, corrió un poco el suyo hacia atrás y se giró para mirarme. Tenía los ojos brillantes y la boca entreabierta. Era la primera vez que lo veía con esa cara.

—Estás nervioso —dijo.

—Mucho.

Sonrió. Levantó la mano y la apoyó sobre mi pecho, justo encima de la remera. Mis tetillas son un punto débil que pocos descubren a la primera, pero a él se lo había contado aquella noche de cervezas, y se acordaba. Pasó el pulgar por encima de la tela. Aguanté la respiración. Lo hizo otra vez, esta vez con la palma entera, y la piel se me erizó debajo del algodón.

—Decime si querés que pare —murmuró.

No le contesté. Cerré los ojos. Él entendió.

Me apretó las tetillas a través de la remera y solté un suspiro corto, como si me hubieran sacado el aire de un golpe. Me subió la remera hasta el cuello, me la dejó enroscada bajo la barbilla, y me tomó las dos tetillas entre los dedos. Me las pellizcó fuerte, retorciéndomelas con una lentitud que me arrancó un gemido ronco desde el fondo de la garganta. Se inclinó y se metió una en la boca, chupándomela húmeda mientras con la mano libre me apretaba la otra hasta el punto exacto entre placer y dolor. Sentí la polla latirme dentro del pantalón, un latido sordo que me subía hasta el ombligo. Me bajó el cuello con el dedo y me besó el hombro. No era un beso de amor; era un beso de aviso, un beso que decía que iba a pasar lo que ambos habíamos venido a hacer.

—Se te está marcando ahí abajo —dijo, con la boca todavía contra mi pecho, y me pasó la mano por encima del bulto—. Estás durísimo.

—Cerrá la boca y seguí —murmuré, y no reconocí mi propia voz.

Cuando me caliento, ya no me importa nada. Es como si una llave girara dentro mío y todas las dudas que estaban gritando hace cinco minutos se apagaran en seco. En ese asiento de copiloto, con la mano de Mateo todavía en mi pecho, la llave giró.

Él se movió primero. Se aflojó el cinturón, se bajó el pantalón y la ropa interior hasta la mitad del muslo. La tenía completamente erecta, pegada contra el vientre, brillando bajo la luz amarillenta del poste. Era gruesa, más gruesa de lo que había imaginado, con una vena marcada corriéndole por debajo y la cabeza hinchada y colorada, ya perlada de una gota espesa en la punta. Los huevos le colgaban tensos, apretados contra la base, y un olor cálido a piel y a sexo me llegó desde el asiento del conductor. Se reclinó hacia atrás y me miró.

—Acercate —dijo.

Me incliné sobre la palanca de cambios. La postura era incómoda, pero ya no me importaba. Sentí su mano apoyarse en mi nuca, suave al principio, guiando, pidiendo. Saqué la lengua y le rocé la punta. Recogí esa gota espesa y la paseé por el paladar. Estaba salada, densa, con ese gusto inconfundible a semen a medio hacer. Él dejó escapar un quejido bajo, como si llevara horas conteniéndolo.

—Chupámela bien —dijo—. Como querías.

Me la metí entera en la boca. Estaba caliente, dura, latiendo. Me gustó sentir el peso en la lengua, el olor a piel limpia, la forma en que los dedos de Mateo se cerraban en mi pelo cuando bajaba más. Empecé despacio, midiendo cuánto podía recibir sin atragantarme. La saqué hasta la punta, le pasé la lengua alrededor de la cabeza dibujando círculos, y volví a hundirla hasta la mitad. Después le lamí toda la vara por debajo, de la base hasta la punta, con la lengua chata y aplastada, dejándole un rastro de saliva brillante bajo la luz del poste. Le bajé más, a los huevos, y me los metí uno a uno, chupándoselos suave mientras con la mano le agarraba la verga y se la trabajaba de arriba abajo. Él me dejó hacer durante el primer minuto, la respiración cortándosele en cada exhalación.

Después puso las dos manos en mi cabeza.

—Así —susurró.

Y empezó a moverse él. Me cogía la boca con un ritmo lento al principio, después más rápido. Yo me dejé llevar. Mi boca producía mucha saliva, le chorreaba por el costado y le mojaba la base, le caía en gotas sobre los huevos. Cada empujón me la metía un poco más adentro, hasta que la punta me tocaba el fondo de la garganta y yo me convulsionaba en una arcada breve que solo lo excitaba más. La sacaba, tomaba aire por la nariz, y volvía a hundirse. Pasaba la lengua por la cabeza cada vez que me daba una pausa, le subía y le bajaba como podía. Sentía la verga hincharse cada vez más, endurecerse, y a él temblarle los muslos debajo de mi mano libre. Él gemía con la mandíbula apretada, como si no quisiera hacer ruido pero no pudiera evitarlo.

—Mirá cómo se te llena la boca de polla —jadeó—. Mirame.

Levanté los ojos sin sacármela. Él tenía la cabeza echada hacia atrás contra el reposacabezas y la miraba de reojo. La escena le arrancó otro gemido y me empujó la nuca un centímetro más profundo.

—No sabés cuánto te imaginé así —dijo.

Yo no podía contestarle. Tenía la boca llena. Pero algo en mí se infló cuando lo dijo. Estaba siendo lo que él había deseado durante semanas, y eso era casi tan excitante como tenerlo en la boca. La saliva me chorreaba por el mentón y me caía en gotas sobre el asiento. Yo la sentía tibia contra mi propia piel y no me importaba.

De repente, unas luces giratorias barrieron el techo del auto. Una sirena tenue, como un quejido, pasó cerca. Los dos nos congelamos. Mateo me empujó hacia abajo con un golpe de pánico que me dejó tirado contra el asiento del copiloto, agachado en el espacio para los pies, con la boca todavía llena del gusto de su polla. Él se subió el pantalón a medias y bajó la cabeza también.

—Es la municipal —murmuró—. Quedate quieto.

El haz de luz pasó por la luna trasera, se detuvo un instante sobre los autos abandonados del fondo, y siguió de largo. El ruido del motor se fue perdiendo calle abajo. Pasaron tres minutos hasta que volví a respirar normal. Mateo levantó la cabeza con cuidado.

—Se fueron —dijo.

—¿Seguimos?

Lo miré desde abajo. Tenía la cara congestionada, el pelo revuelto, la respiración entrecortada. Su erección no había bajado un milímetro; le asomaba por encima del pantalón medio subido, todavía brillante de mi saliva.

—¿Vos querés? —preguntó.

Asentí.

—Vamos a movernos. Hay un lugar más tranquilo a tres cuadras.

***

Arrancó. Yo me senté bien y me limpié la boca con el dorso de la mano. Mientras manejaba, él me apoyó la mano en el muslo. No la corrió en ningún momento. La luz de los semáforos le iluminaba la cara de a tramos, y cada vez que se ponía rojo y nos parábamos, me apretaba la pierna como avisándome que esto no había terminado. En un semáforo me subió la mano hasta el bulto y me apretó la polla por encima del pantalón, y yo cerré los ojos y dejé escapar un suspiro largo.

Estacionó en una calle sin salida, detrás de un galpón cerrado. No había luz, salvo la de un cartel de neón a media cuadra que hacía un zumbido apagado.

—Acá no viene nadie —dijo.

Apagó el motor. El silencio fue brutal. Solo se escuchaba el zumbido del cartel y nuestras respiraciones.

Esta vez no esperó a que me acercara. Se desabrochó el pantalón otra vez, se lo bajó del todo hasta las rodillas, y quedó completamente al descubierto de la cintura para abajo. La polla se la agarró con la mano derecha y empezó a masturbarse despacio, tirando de la piel hacia atrás para exponer la cabeza roja y brillante, mostrándomela sin pudor. Con la otra mano se acariciaba los huevos, apretándoselos suave contra el cuerpo. Yo lo miraba a él. La sumisión que me había agarrado durante todo el viaje era completa: él movía la mano, yo esperaba.

—Vení —dijo—. Abrí la boca.

Me incliné de nuevo, esta vez sin la urgencia del primer round. Abrí bien y él me apoyó la punta contra los labios, restregándomela por toda la cara, por las mejillas, por la nariz, marcándome un rastro de saliva y presemen antes de metérmela. La metí entera. Me la clavó hasta el fondo de un solo empujón y yo tosí, se me llenaron los ojos de agua, y aun así no la solté. Su mano me golpeaba los labios mientras se seguía masturbando, alternando entre dejarme trabajar y agarrársela él mismo. Yo le pasaba la lengua, le subía, le bajaba, le saboreaba cada centímetro. Se la sacaba de la boca y me la refregaba contra los labios cerrados, contra el mentón, y yo abría de nuevo como un perro esperando comida. Le chupaba los huevos alternando, uno y el otro, mientras con la mano se la trabajaba yo mismo, apretándosela desde la base y bombeándosela hasta la punta. Lo escuchaba gemir en una frecuencia más baja, más íntima, como si el segundo round fuera para él mismo y no para los dos.

—Qué bien la chupás, hijo de puta —murmuró—. Estabas hecho para esto.

La cabeza de su polla se le puso todavía más hinchada, los huevos se le apretaron contra la base, y yo sabía leer esas señales. Estaba por acabar. En aquella charla de hace semanas, yo le había dicho otra fantasía: que me acabaran en la boca. Que lo sintiera caliente, espeso, en la lengua. Él se acordaba.

—¿Querés mi leche? —me preguntó con la voz quebrada.

—Sí.

—¿Toda?

—Toda.

—Sacá la lengua. Dejámela ver.

Le saqué la polla de la boca y saqué la lengua, plana, obediente, con los labios abiertos y la mirada clavada en la suya. Él se agarró la base con la mano, apuntó la cabeza contra mi lengua, y se la sacudió tres veces rápidas con el puño. Eso le hizo perder el último resto de control. Se apretó la base con la mano, se la metió hasta el fondo de mi boca, y dijo:

—Ahí va.

Sentí la primera oleada estrellarse contra la lengua. Caliente, salada, viva. Un chorro grueso que me golpeó el paladar y me chorreó hacia atrás. Después la segunda, la tercera, más chorros, cada uno acompañado de un espasmo de sus caderas que le clavaba la polla contra mi garganta. Me apretó la cara contra él con fuerza, sin dejarme escapar, y recibí todo lo que tenía. La boca se me llenó de semen caliente y espeso, sentí cómo me resbalaba por los costados de la lengua, cómo me llenaba el paladar. No solté ni una gota. Tragué con los ojos cerrados, sintiendo cómo el sabor me bajaba por la garganta en dos tragos gruesos. Le pasé la lengua por la cabeza, limpiándole las últimas gotas, y él dio un respingo de sensibilidad.

Cuando me soltó, me quedé un segundo así, con la boca todavía pegada a su piel, la respiración entrando y saliendo en bocanadas. Él me acarició la nuca con una ternura inesperada.

—Mirá lo que hiciste —dijo casi riendo, mirándose el vientre—. Te lo tomaste todo.

—Abrí la boca —agregó después, con una sonrisa cansada.

La abrí. Me la revisó con la mirada, comprobando que estaba vacía, que me había tragado hasta la última gota. Asintió satisfecho.

Me senté en mi asiento y, con el sabor todavía en la boca, me bajé el pantalón. La polla me saltó dura contra el vientre, tan hinchada que me dolía. Necesitaba terminar yo también. Empecé a masturbarme con la mano derecha, rápido, sin disimulo, mientras Mateo me miraba sin moverse. Me la trabajaba de arriba abajo, apretándomela fuerte en la base, con la otra mano agarrándome los huevos. No me ayudó, no me tocó, solo me miraba, la polla suya todavía afuera, todavía brillante de mi saliva. Y eso me alcanzó. Sentí el orgasmo subírme desde la raíz, un tirón desde los huevos que me dobló en el asiento. Le acabé también a chorros, sobre mi propia mano, sobre el vientre, sobre la remera negra, con el sabor de él todavía en la lengua y un gemido ahogado que me salió de algún lugar profundo. Cuatro, cinco tirones, cada uno un latigazo de placer que me sacudía las piernas contra el tapizado.

Después nos quedamos en silencio. Él se acomodó la ropa. Yo me limpié con un puñado de servilletas que sacó de la guantera, tratando de no dejar rastros del semen sobre el asiento. Ninguno de los dos sabía bien qué decir.

—¿Estás bien? —preguntó al final.

—Sí —dije, y era verdad—. Estoy mejor que bien.

Sonrió. Me dio la mano, formal, como si nos despidiéramos después de un negocio. Bajé del auto y crucé hasta el mío. Antes de subirme, me di vuelta. Él bajó la ventanilla.

—¿Repetimos? —pregunté.

—Algún día.

Arrancó primero. Lo vi alejarse por la calle vacía, las luces traseras encogiéndose hasta desaparecer en la esquina. Después arranqué yo y manejé hasta casa con la ventanilla baja, dejando que el aire frío me entrara por la boca. No hemos vuelto a vernos desde aquella noche, pero las ganas siguen ahí, esperando otro mensaje a las once.

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Comentarios(8)

NocturnoCba

me engancho desde el primer renglon. muy bueno!!

CristianRba

Dejame pensando que paso despues jaja, escribi la segunda parte por favor!

RamiroK

ese momento de tension antes de subir al auto... lo describis perfecto. me recuerda a algo parecido que yo tambien vivi y nunca le conte a nadie

LeoMontevideo

una pregunta sincera: eso que te pidio habia pasado antes entre ustedes o fue algo totalmente de la nada?

SergioDF

se nota que es vivido, no inventado. esa incomodidad inicial es demasiado real para ser ficcion

TatoBA

excelente!!! quiero mas relatos asi

MiguelCba

Gracias por animarte a contarlo. hay algo en esa mezcla de amistad y deseo que es muy dificil de narrar bien, y vos lo lograste

cardonpab

tremendo, no me lo esperaba para nada

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